martes, 12 de marzo de 2024

Cuando la nieve cae, el exilio no es verdad



Orlando Luis Pardo Lazo

Diario de Cuba


Cuando la nieve cae, las avenidas quedan mudas. Incluso si hay tráfico, ese tráfico no suena. La ciudad entera es como una alfombra. Paisaje de puertas adentro. Memoria imaginada de mi infancia. Habana nórdica de mis anhelos. Familia nueva. Lenguaje de estreno. Hogar.


Cuando la nieve cae, la noche es tan bella que no deja dormir. Prendo el carro y salgo a manejar sin saber a dónde. No importa que el App de Uber casi nunca se active durante las nevadas. No estoy afuera para ganar dinero. De hecho, es preferible la ausencia de pasajeros. Estoy afuera para que la nieve no caiga sin mí, para no dejarla sola en una caída que, sospecho, podría ser la última en todo el planeta. La última en toda la historia. La última, también, en mi biografía que ya comienza a hacérseme demasiado larga.


Cuando la nieve cae, hay amor generalizado en mis ojos de cubano sin Cuba. Las lágrimas me nublan la vista con sus copos tibios. No estoy triste, sino exultante. Todo es ternura y eternidad. El carro patina un poco, sí, pero tampoco es cuestión de caer en pánico. En la práctica, me da risa verme timoneando dentro de mi taxi-esquí. Perfectamente seguro, resbalando en cámara lenta de contén a contén. Como los carritos locos del Coney Island de La Habana. Feliz, efímero. Pensando en mí y en ti y en todos ustedes, en si alguna vez seremos todos nosotros.


Cuando la nieve cae, quiero gritar. Pararme en el techo del carro, sin dejar de manejarlo. Ser un oso oteando dónde hibernar. O un lobo ávido de montar a su hembra, después de matar a un montón de presas para alimentarla. A nuestra hembra y a la carne nacida de nuestra mutua carne machihembrada.


Cuando la nieve cae, la ropa sobra. La excitación misma me la quita. Tal como la locura me mantiene a salvo de mí. Manejar desnudo es volver a la infancia, es volver a ser un humano.


Cuando la nieve cae, cubanos sin Cuba, es el gran momento de la reconciliación nacional. Todo lo escrito y todo lo pensado por otros viene ahora a mí en ráfagas, envuelto en un halo azul de cine de barrio, oloroso a aire acondicionado prístino, republicano, siglos antes de la Revolución cubana. Entonces, lo recuerdo todo de Cuba. Y Cuba lo recuerda todo de mí. Nosotros, que normalmente ya no recordábamos nada. Y arropo cada escrito y cada pensamiento con un manto de compasión cósmica. La misma que sentí inmediatamente después del primer orgasmo, que es el momento en que se define si un hombre será o no será un criminal.


Cuando la nieve cae, la música de los portales y los pasillos que van pasando se hace inevitable. Todo resuena, todo se sintoniza en una especie de sinfonía silente. Vi tantas veces esta escena de niño. Y me asusté tanto. El futuro no es fácil cuando uno acaba de nacer, y se sabe frágil e inmortal. Tuve tantas oportunidades para no llegar hasta este instante. Y todas las desaproveché por azar, por no estar del todo presente para ejecutarlas. La vida fue también como este resbalar entre las aceras heladas, iluminadas por un rayo de blanco nube, blanco lucero, blanco Orlando Luis Pardo Lazo.


Cuando la nieve cae, suelto el timón y extiendo mis brazos hacia alguna parte, para ver si esta vez no me sueltas y no te suelto yo de la mano. Te extraño. Por eso sé que ya es demasiado tarde para intentarlo. No siempre fue así, lo sabemos. Pero, a partir de cierto punto de simulación en nuestras existencias, también lo sabemos, no tuvimos otra opción que no fuera traicionarnos en masa.


Dejamos de ser contemporáneos. Nos desaparecimos, nos desaparecieron, nos dejamos desaparecer.


Cuando la nieve cae, compañeros. Cuando la nieve compañera cae.