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lunes, 21 de septiembre de 2020

Carnestolendas

 


Ignacio Ruiz Quintano

Don Carnal se ha presentado en el siglo como en el poema de la Edad Media, es decir, matando y desollando reses, pero tan soberbio «revival» medieval, tremolinas obispales incluidas, se despide hoy con el entierro crudo y castizo de la sardina. ¿Una sardina en Madrid? Como sabemos por «La casa de Lúculo», una sardina, una sola, es todo el mar, y por eso Camba nos dice que la sardina no es para tomar en el hogar con la madre virtuosa de nuestros hijos, sino fuera, con la amiga golfa y escandalosa. Enterrando, pues, una sardina, creemos enterrar toda tentación, aunque esta vez lo que de veras enterramos es el chuletón.

Yo creo que el entierro del chuletón supone el triunfo de los antófagos, o partidarios de Doña Cuaresma, sobre los creófagos, o partidarios de Don Carnal. Otro paladar. Otro siglo. Otra civilización. La Edad Teocrática, en fin, acuñada por Vico, anunciada por Bloom y entrevista por Ferrusola, la señora de Pujol, en su divina plática sobre esa nueva ola de barbarie y religión que llega pidiendo de comer, pero con hambre no de balón, como Rivaldo, sino de románico.

Por supuesto que Ferrusola es más que un «hecho diferencial» de la Españeta, que tiene por seña de identidad justificar, por ejemplo, la falta de habilidad al pelar los langostinos con cuchillo y tenedor con una excusa científica al estilo de la ofrecida por la vecina de Cañabate: «A mí me gustan los langostinos con el caparazón. Mi médico dice que ahí es donde están las vitaminas.» De entrada, Ferrusola tiene aspecto de pertenecer a eso que lord Russell llamaba «la gente bien», para la cual el extranjero suele ser una influencia moralmente degradante, y todos tenemos una deuda de gratitud con la policía por el cuidado que pone en que sólo los extranjeros excepcionalmente virtuosos tengan permiso de residencia entre nosotros. Ferrusola me parece el arquetipo de una condición catalana y preciosa que recibe el nombre de «avi» y que, según Fernández  Flórez, tiene la  función de segregar sobre aquella cuestión que se le asigna la sugestión de su patriarcalismo: «No es verdad, como creen algunos, que el ‘avi’ se produzca espontáneamente entre los catalanes, sino que ellos lo logran a la manera —aunque por procedimientos distintos— que las hormigas y las abejas logran sus  reinas.» Y es que el hilo de sus canas, argumenta el cronista, ata más reciamente que el alambre, porque los «avis»  irradian una respetabilidad irresistible sobre las ideas que defienden, sobre el grupo que acaudillan, sobre la ciudad en que viven, sobre su sastre, sobre su bastón...

Bienvenida sea, si ha de ser, la Edad Teocrática, pero, ¿vamos a ser más civilizados por chupar raíces en lugar  de tuétanos? No sé, no sé. Según Ortega, uno reúne las dos condiciones del mamífero, que por eso nos pasamos la vida dudando entre ser ovejas o ser tigres. El tigre es bello, pero no es útil. La oveja es útil, pero no es bella. Los colmillos y los caninos,  en efecto, nos recuerdan lo que tenemos de tigres, y, sin embargo, las muelas nos permiten, si queremos, echárnoslas de ovejas. Los sabios que vienen ocupándose del asunto tampoco nos aclaran mucho. Unos defienden que Atapuerca fue la despensa de un gran carnívoro, pero otros, en cambio, sostienen que en el Paraíso, al menos mientras Adán no se comió la manzana, todos los animales se alimentaban de flores.

En cuanto al centrismo gastronómico —adornar con flores las mesas de comer—, no se ha  conseguido sino que los claveles huelan a chuletas y que las chuletas sepan a claveles, y contra esta idea ya se alzó en su día con una carta a «Blanco y Negro» el Doctor Thebussem: «Mezclar olor de rosas, claveles y violetas con salmones, perdices y chorizos me parece tan absurdo como ceñir pistolas a un Santo Cristo.» ¿Que para vivir es preciso masticar lo vivo y no lo muerto? ¿Una escarola y no una cola de toro? Los antófagos ponen el ejemplo de Séneca, que se alimentaba de frutas y legumbres y jamás bebía más que agua. Los creófagos, sin embargo, pueden contestarles que lo mismo hace Paco Porras.



Paco Porras

Reunimos las dos condiciones del mamífero, que por eso nos pasamos la vida dudando entre ser ovejas o ser tigres. El tigre es bello, pero no es útil. La oveja es útil, pero no es bella. Los colmillos y los caninos, en efecto, nos recuerdan lo que tenemos de tigres, y, sin embargo, las muelas nos permiten, si queremos, echárnoslas de ovejas