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martes, 8 de enero de 2019

Cruzar la Raya





Vicente Llorca

Llegan a veces a este lado de la frontera conocidos que desean cruzar la raya y pasar al otro lado, a Portugal.

No sé qué idea tienen de la otra parte. En ocasiones, me temo, la imagen del país al otro lado está formada por la sugestión que da el desconocimiento. Ha estado siempre lejos… En otras, vagas noticias formadas por las nuevas mansiones en la ciudad de Lisboa, y fotografías de fiestas y terrazas sobre la ribera del Tajo, contribuyen a formar la imagen, evanescente y algo utópica, de lo que se encuentra más allá.

Pasamos la raya entonces, y atravesamos la región de Guarda, la Beira Alta. Bajo la antigua catedral de piedra las calles, sombrías y pobres, dibujan aún un laberinto de esquinas y sombras alrededor de la vieja judería. Al igual que estos días en Castilla al otro lado de la raya también hiela. Y de la misma forma, en la Serra da Estrela, comenzamos a cruzar pueblos vacíos. Calles sin gente, bares sin nadie, almacenes que ya cerraron, chalets nuevos que nadie nunca ocupó.

El interior se despuebla lentamente, a los dos lados de la frontera.

El hielo y la niebla duran ahora todo el día.

La otra tarde, sentados frente a la chimenea de E., un pariente con lumbre en la cocina y canas en el pelo, recordábamos algún relato sobre el paso de la raya, que habíamos conocido por nuestros mayores. Eran relatos de la guerra, del contrabando más tarde. En otro tiempo todo el mundo en la provincia los conocía. Yo recordaba en concreto algún invierno –cuando había aún invierno y los chupiteles colgaban de los aleros de las casas toda la noche– en el que nos quedábamos encerrados en el viejo caserón de la familia y el tío C., que había sido candidato del Bloque Agrario primero y diputado por la CEDA después, nos contaba historias de la guerra civil frente a la chimenea. Eran relatos de la retaguardia y de los pueblos más bien. Él nunca había estado en el frente. Mi padre y el tío Tomás, y el padre de Ramón, que conversaba con nosotros, sí. Pero nunca hablaban de ello.

Por la raya cruzaron algunos de los que en los meses previos a la guerra vinieron a buscarlos. Alguien daba el chivatazo y cuando los guardias de asalto venían a la finca ellos no se encontraban allí. De las fincas cercanas a Ciudad Rodrigo era fácil pasar la frontera. E. recordaba el caso también de su abuelo, Juan Matías, que se negó a salir de la casa cuando los del pueblo subieron a buscarlo, en la ribera del Huebra, y salió a recibirlos a la puerta nombrando por su apodo a todos.

Cuando estalla la guerra todos los destinos se cruzan. Al abuelo, diputado por la CEDA también, le avisan días antes y puede salir de Madrid con parte de la familia. Semanas atrás le habían venido a buscar a la finca unos guardias civiles pero no estaban allí. Los montaraces dijeron que no les habían visto. El tío Pepe pudo escapar de milagro de la capital porque se cruzó en el portal con las milicias que venían a preguntar por él. El portero dijo que no tenía noticias hacía mucho tiempo. Pudieron alcanzar la tranquilidad de la raya luego. El tío Manolo, en una casa vecina, tuvo menos suerte: le delató una sirvienta y fue apresado por los milicianos. Él no pudo alcanzar la raya. Tampoco unos parientes vecinos que vivían en la Glorieta de Chamberí. Tenían una finca en Ávila e intentaban llegar de algún modo. Pero los detuvieron en el portal y nunca lo hicieron.


Nuestra abuela, con la tía Carmen, mi madre y las nietas pequeñas, nos recordaba luego E., tuvo que realizar un largo recorrido para llegar hasta aquí. Ya habíamos oído la historia otras veces.  Pero era agradable ver que alguien la relataba todavía. Incluía la visita de los milicianos al despacho familiar, casas de conocidos en Madrid, el jardín de un consulado, el asalto a una embajada después, el viaje hasta el puerto de Alicante más tarde, al de Valencia luego; la llegada a la frontera de Francia por Port Bou, el viaje con un taxista anónimo y generoso que las lleva hasta Biarritz, el regreso luego por la España del norte hasta llegar, por fin, a la raya –la calma frente a la frontera de Portugal de nuevo.

En las indecisiones de los primeros meses apenas llegan las noticias, nos contaba el tío C.  ( Él había escapado de una cárcel de Bilbao. Había tardado mucho en llegar de vuelta, no sabíamos cómo). No se sabe de muchos de ellos. Algunos parientes y amigos cruzan a Portugal y luego regresan. El nombramiento de Franco como Jefe del Gobierno del Estado en una finca cercana, la de Los Campos del Hospicio, el Decreto de Unificación en la capital más tarde hará que varios de ellos, antiguos cargos de la CEDA, de los tradicionalistas o del Bloque Agrario se queden más allá. Hay alguna fotografía de reuniones en alguna de las dehesas. Luego, vuelven a marchar. La finca de José María Gil Robles, Valverde, está situada en un alto sobre la ribera del Águeda. Desde el porche se ven los montes del Alto Douro. Entran y salen azarosamente. En algún momento ya no regresan más. A Filiberto Villalobos, diputado por el Partido Liberal Demócrata, el abuelo Cándido le ofrece pasar con su coche a Portugal. No accede y lo detienen en Salamanca. Pasa dos años en la cárcel. Se aleja de la política luego, sigue ejerciendo de médico rural, no cruza nunca la frontera. Luego, con el tiempo, muchos de los que van y vienen se instalan en Estoril, en torno al Consejo de Don Juan. Nuestra madre, el tío C., lo que queda del antiguo grupo de la CEDA, viajan de continuo a la costa de Cascais, tienen reuniones allí, hablan de no sé qué conspiraciones que no tienen traducción en las fotos. Siempre están sentados hablando en grandes butacones y con una mesa de café enfrente. Luego, regresan a este lado.

En el viejo caserón de la familia se reúnen a veces también durante la guerra –los que han podido llegar hasta allí. Cuentan de los que están y de los que no pudieron volver. Los muebles del salón donde se reúnen pertenecían, nos dicen, a la finca de Padierno, la de Argimiro Pérez Tabernero. Ellos no habían podido regresar. Atrapados en el veraneo de Málaga en julio del 36 habían sido fusilados todos, los hijos incluidos. No sé cómo llegaron aquellos armarios de madera de castaño, las mesas de cuero, las librerías de caoba a aquella casa de la familia. La finca cercana de los Argimiros, la ganadería, el hierro habían desaparecido hacía tiempo.

Las reuniones se van distanciando. Más tarde, ya en la posguerra, algunos siguen cruzando la raya. Son esta vez las cuadrillas de segadores portugueses que en verano acuden a este lado a contratarse. (También suben del otro lado de la sierra, de las Hurdes y Las Batuecas, oscuras y como perdidas todo el año entre los negros riscos de pizarra y los sombríos robles). Y pasan también los contrabandistas. Traen tabaco y café sobre todo. Más tarde caballerías y ganado de labor. Llegan a las fincas, dejan el ganado en las casas, cobran lo tratado, el café en los bares de la carretera. Después regresan por caminos que desconocemos, vuelven más allá.

Después las historias de la guerra, de los inviernos de la posguerra, de la frontera cercana, se van difuminando. Tienen como un vago aroma a humo, y a casa cerrada, y a voces que en la noche helada preguntan por alguien.

Portugal estaba siempre al lado, desde estas fincas. Estaba más allá también siempre.

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