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viernes, 8 de enero de 2016

Sobre reyes, magos y concejales


La Adoración de los Magos
Leonardo da Vinci


Vicente Llorca

Aún recuerdo el día que en la cafetería de un instituto madrileño una profesora del mismo nos comentó:

-Me gustan los curas que no parecen curas.

-Eso es que a usted no le gustan los curas –le repliqué al instante.

En aquel instituto de la periferia se había producido semanas antes un suceso que un servidor y el severo profesor de teología del lugar –única ciencia exacta de todo el centro– calificamos al poco como de pintoresco, por lo menos. En los seminarios y salas de profesores se habían repartido durante unos días unas octavillas convocando a la solidaridad con la parroquia y la repulsa frente al Obispado con motivo de la pretensión, en no sé qué centro catequista de la carretera de Toledo, de celebrar la Eucaristía en unos términos que recuerdo vagamente, pero que se resumían en el uso de pantalones vaqueros, camisetas y una parafernalia amistosa como de asamblea sindical.

La proclama tuvo un éxito desconcertante y al poco la carta de apoyo a la misa de colegas había sido firmada por una amplia representación del claustro de enseñantes y liberados, que apoyaba sin ambages la secularización parroquial del antiguo rito Romano.

-¿No has visto la carta de la parroquia de…? –me preguntaron una tarde en el bar.

-La he visto. Ignoraba hasta ahora, lo reconozco, la preocupación por los temas litúrgicos que acechaba a este centro. Nunca había oído a nadie hablar del rito mozárabe, jacobita o armenio, ni de la Consagración por las especies, ni de la precesión del filioque. Y por lo que sé ninguno vais nunca a misa.

-Ya. Pero hay que apoyarles.

Y ahí terminó la conversación.

Fascinación de la uniformidad, pensé. En el Paraíso imaginario de todos aquellos profesores de la Liberación por el Sindicato estos hubieran soñado con un mundo en el que toda diferencia fuera finalmente abolida. Y en el que felizmente todo rito y lugar adquirirían, fatalmente, las características de una asamblea sindical, permanente.

Con el doctor en Teología por la Universidad de Tubinga –lugar y grado del que por cierto nadie en aquel centro de la LOGSE había oído nunca hablar– no sé por qué comentamos después de una imagen ya clásica de la secularización, como era la famosa fotografía de los Guardias Rojos de Mao, miles de chinos todos mirando de frente a la cámara con el mismo uniforme y blandiendo el célebre libro del Gran Timonel en la mano.

- –le objeté yo al sabio metafísico–, pero con la diferencia quizá que en las imágenes de China hay todavía algo así como un vago regusto épico… Está en el recuerdo de la Larga Marcha del Ejército Rojo y las feroces guerras civiles posteriores. Mientras que en los claustros de enseñantes, francamente, soy incapaz de advertirlo.

- –comentó tristemente nuestro erudito alemán–. Las filas de los delegados sindicales no marchan ni siquiera uniformadas. Van simplemente mal vestidos.

He recordado ahora esta teoría del uniforme –y de la misa en mangas de camisa– a propósito de la cabalgata de Reyes secularizada que según parece nuestros próceres madrileños ofrecieron a “la ciudadanía” –el demonio de la lengua confunda a tal vocablo– con motivo de la reciente Fiesta de la Epifanía del Señor. O sea, el día de Reyes de toda la vida.

No la vi. Comentarios posteriores me hablan de la conversión de todo el ritual legendario en un acto como de asamblea sindical, de nuevo. De vestidos desmitologizados, gestos trendie, de músicas profanas y de la tradición de la Estrella de Belén convertida en una fiesta House. Una vez más.

Qué aburrimiento… En algún lugar, remoto, debe de quedar la fascinación por la leyenda que hablaba de los sabios que llegaron a Belén como “magos” –con toda la ambigüedad a que el término, arameo en origen, fue traducido luego al griego, y al latín más tarde– daba lugar. Y a la noción del “Oriente” como el lugar, misterioso y distante, de donde en realidad proviene toda la sabiduría: de más allá.

La magia es decididamente ajena a la asamblea sindical. En su lugar debió repetirse el vaivén de apoteosis del compañerismo y la igualdad de todos los ritos.

Junto con el mantenimiento del misterio, para mí más arcano, de cómo se accede al cargo de delegado sindical y a las correspondientes subvenciones. O, más  allá aún, cómo pueden todos ser profesores de la Complutense en un estado de perfecta estulticia cultural. Que, a su modo, también esto es cosa de magia.

Magoi en griego, mezcla de hechiceros, adivinos y sabios. Houdini sabía algo de ello.