martes, 1 de octubre de 2013

Oppenheimer

Hughes
Abc

 Emitir la serie de Oliver Stone sobre la historia estadounidense es mejor que darle un programa a Bosé, cosa que, la verdad, tampoco estaba tan mal. Pero puestos a la pluralidad, mejor a lo bestia y con la historia de otro. Stone plantea una alternativa a la épica yanqui. Al gran Hollywood. Mejor que Michael Moore, pero peor que Gore Vidal. En su primer programa olvida Normandía y habla de la importancia del «estoicismo de la sociedad rusa». Se quejan aquí de Willy Toledo, pero imaginen lo que debe sentir un republicano al descubrir que fueron los rusos los que salvaron al mundo libre. Cuenta Stone la IIGM de modo fascinante, como si las potencias fueran Rasca y Pica. Aparece Churchill, las manos muy hundidas en el abrigo como escondiendo una petaca en un bolsillo y las colonias en el otro (sus discursos, de su voz, son la poesía del siglo). Y Roosevelt y Wallace, debilidades del autor. Pero lo subyugante es Oppenheimer. Místico americano, cerebro de la bomba atómica, organizándolo todo con el «fascista» Grove en el desierto de Los Álamos (como White y Pinkman preparando meta azul en el desierto). Mientras Alemania se centraba en el V2, que producía las erecciones del personaje pynchoniano y que ahora nos parece un cohete de juguete, EE.UU. apostó por la gran bomba. Vemos imágenes de un científico ofreciendo plutonio a un militar como una Copa de Europa al Caudillo. Oppenheimer, un Bertrand Russell en una de cine negro, produjo una idea global de la muerte que nos reunificó.