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sábado, 22 de diciembre de 2012

Ramoncín


 Ramoncín tenía un deje despectivo que se mezclaba con su insolencia del roquero barrial, roquero de un rock horrible, la verdad sea dicha, pero que no prosperó quizás por la misma inteligencia del implicado (¡rey del pollo frito cuando nadie sabía nada del Kentucky!)

Hughes

Han imputado a Ramoncín por el caso de la SGAE. La imputación tiene algo de muerte social, de modo que al imputado se le hace una semi-necrológica. Que le imputen a uno es recibir, como Ruano, la necrológica en vida. De la imputación a lo mejor se sale inocente, pero sin duda también un poco muerto. Ramoncín ha padecido siempre el descrédito de ser Ramoncín y no ser Ramón, pero es que ya había habido Ramones en España, y Pacos, y Antonios y llamarse Ramoncín era una genialidad respetuosa. En la España actual ha ido desapareciendo el diminutivo, por paternalista, dirían, pero el individuo que lograba mantener vivo el diminutivo lo que estaba conquistando era la rebeldía. Ramonín era pueril y le podían haber tomado por tontito, pero Ramoncín tenía un deje despectivo que se mezclaba con su insolencia del roquero barrial, roquero de un rock horrible, la verdad sea dicha, pero que no prosperó quizás por la misma inteligencia del implicado (¡rey del pollo frito cuando nadie sabía nada del Kentucky!), que pudiendo haber reconvertido su roquismo hasta el rock senil, pasó a ejercer, digamos, la auctoritas social del roquero sin subirse al escenario. Era un roquero honorífico que se metió a tertuliano. El tertuliano-roquero, vamos, que daba la barrila con su tertulianismo redicho y vacilón en lugar de darla con el riff puñetero o la vocalización del ripio en español. Porque Ramoncín cantó el rock en crudo español y eso fue traumático hasta para él, que ya quedó para siempre con tono espantado de cantante con pantalones ajustados. No era chulería, es que le había visto al español el envés de su rudeza al adaptarse a las formas extranjerizantes del rock. Entre el rock y el rollo del tocho cheli y la jerigonza, casi se puede decir que Ramoncín vivió del barrio toda su vida, como los tíos que se ponen un kiosco o un ultramarinos. Ramoncín, que yo antes emparentaba con Cayetana Guillén Cuervo, porque me parecía un poco Ramoncina, ahora tendrá que responder ante un juez cuando le canten su verdadera nombradía: José Ramón Julio Márquez Martínez, que no es poca cosa. Ahí se ve lo que de endulzamiento ha tenido el rock, fuga de la fatalidad hispana. Ahora, descaretado, la pena segura será no ser Ramoncín. No se sabe si habrá más. O si con la excusa del caso SGAE, el juez, retratista último de la vida española, irá tirando de la manga y forzando el sumario hasta sentar en el banquillo a los autores-perpetradores: a Amaral, a Loquillo, a Mocedades...