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jueves, 24 de mayo de 2012

Décimotercera de Feria. Corridas de alegría

El Número Uno
Eso es Morante para Don Fernando Bergamín, 
el Abonado Culto de la Andanada del 9

José Ramón Márquez

Hoy sí que sí, hoy la cultura venía a Las Ventas, que eso se notaba en detalles nimios como que a Gárgoris, el tuareg de la Carpa del carpe diem, le acompañaba el estrafalario Arrabal, o en que en la Andanada se aposentó el culto Don Fernando, como quien se sienta en el hotel Sacher de Viena a degustar un trozo de tarta. Hoy la cultura era la protagonista y salió a escape de la carpa para dar un aleteo sobre la Plaza y derramar sus dones sobre esa chusma hortera e ignorante que no sabe ni se imagina que ir hoy a los toros es lo mismo que si hubiesen estado por la mañana en la facultad de Políticas escuchando la conferencia de Isidre Ambrós sobre Transiciones Políticas en Asia. Cosas de la cultura, que vale lo mismo un rule por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que tomarte un gin tonic en Toribio, que también tiene sus cuadros colgados en las paredes, que siempre nos fijamos en el de la Belmonta, que es una tía en bolas toreando por verónicas.

La cultura tiene estas cosas, que todo son referencias, acotaciones, digresiones y disgresiones, escolios, intertextualidades, homenajes o préstamos, que una vez que te metes en el mundo éste de la cultura te das cuenta en seguida de que eso es un no parar, que unas cosas te llevan a otras, siendo el goce mayúsculo;  y donde los ignorantes ven solamente a un tío vestido de luces con un trapo y un estoque, los que saben de cultura ven a Creta y a Minos, ven a Horus y a Marduk, ven a Apis y a las Puertas de Ishtar, y a la diosa Cibeles, antes de que se la quedase el Real Madrid, y a San Marcos y la constelación de Tauro, ven los tíos una barbaridad de cosas que las ven ellos porque miran con los ojos de la cultura y algunos es que por más que guiñemos los ojillos, es que no las vemos; y mientras a los culturillas se les ponen los ojos como bolas de alcanfor con todo aquello, los ignorantes que no sabemos de culturas, erre que erre con que lo único que queremos ver es un toro en la Plaza; claro es que eso es lo que con más terquedad están dispuestos a no darnos, especialmente si el día es de juegos florales, como el de hoy, porque toro de lidia y cultura son términos que no se llevan bien, al parecer.

Se abre la puerta y aparece Danzarín, número 80. Desde la superioridad moral que le da ser consciente de su elevado papel, inspecciona el auditorio y exclama: “No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, incluso yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero... etcétera” y entonces, a medida que expone las razones inmortales de la ‘Apología’ un runrrún de aprobación se va haciendo dueño del tendido y se intuye que la catarsis tendrá lugar con tan sólidos actores.

Cuando aparece Abejito, número 66, la expectación es grande. Sale con parsimonia al proscenio y con voz algo atiplada súbitamente recita las inmortales palabras del ciego de Quíos, la rocosa: “Ya terminó este inofensivo certamen; ahora veré si acierto a otro blanco que no ha alcanzado ningún hombre y Apolo me concede gloria." Así dijo, y apuntó la amarga saeta contra Antínoo. Levantaba éste una hermosa copa de oro de doble asa y la tenía en sus manos para beber el vino. La muerte no se le había venido a las mientes, pues ¿quién creería que, entre tantos convidados, uno, por valiente que fuera, iba a causarle funesta muerte y negro destino? Pero Odiseo le acertó en la garganta y le clavó una flecha; la punta le atravesó en línea recta el delicado cuello, se desplomó hacia atrás, la copa se le cayó de la mano al ser alcanzado y al punto un grueso chorro de humana sangre brotó de su nariz... etcétera”.

El delirio ya se apodera de los tendidos cuando en pleno éxtasis cultural asoma la gaita al abrirse el chiquero Nublado, número 152,  y con gran juicio hace suyas las palabras de Cartesius: “El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él que aun los más difíciles de contentar en cualquier otra cosa, no suelen desear más del que tienen. Al respecto no es verosímil que todos se equivoquen, sino que más bien esto testimonia que la capacidad de juzgar bien y de distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que se llama el buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y así la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que los otros, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por distintas vías y no consideramos las mismas cosas. Pues no se trata de tener el ingenio bueno, sino que lo principal es aplicarlo bien... etcétera”

En cuarto lugar aparece Trágico, número 132, que veloz y con displicencia se va a los medios y con firmeza, sin que la carrerita le haya quitado el resuello, mirando fíjamente a Gárgoris y con lágrimas en los ojos entona la tremenda “Alocución” de Paco Brines: “¿Es que, acaso, estimáis que /por creer/en la inmortalidad,/os tendrá que ser dada?/Es obra de la fe, del egoísmo/o la desolación./Y si existe, no importa no haber creído en ella:/respuestas ignorantes son todas las humanas/si a la muerte interroga./Seguid con vuestros ritos fastuosos, ofrendas a los dioses,/o grandes monumentos funerarios,/las cálidas plegarias, vuestra esperanza ciega./ O aceptad el vacío que vendrá,/en donde ni siquiera soplará un viento estéril./Lo que habrá de venir será de todos,/pues no hay merecimiento en el nacer/y nada justifica nuestra muerte.”

El quinto no va a ser malo, precisamente, y cuando sale a la palestra tras haber sido anunciado como Osado, número 107, y rápidamente recita de carrerilla el tercer manuscrito de Marx: “Pues no sólo los cinco sentidos, sino también los llamados sentidos espirituales, los sentidos prácticos (voluntad, amor, etc.), en una palabra, el sentido humano, la humanidad de los sentidos, se constituyen únicamente mediante la existencia de su objeto, mediante la naturaleza humanizada. La formación de los cinco sentidos es un trabajo de toda la historia universal hasta nuestros días. El sentido que es presa de la grosera necesidad práctica tiene sólo un sentido limitado. Para el hombre que muere de hambre no existe la forma humana de la comida, sino únicamente su existencia abstracta de comida; ésta bien podría presentarse en su forma más grosera, y seria imposible decir entonces en qué se distingue esta actividad para alimentarse de la actividad animal para alimentarse. El hombre necesitado, cargado de preocupaciones, no tiene sentido para el más bello espectáculo. El traficante en minerales no ve más que su valor comercial, no su belleza o la naturaleza peculiar del mineral, no tiene sentido mineralógico... etcétera”

Y luego, el gran final, la apoteosis de esta tarde de firme cultura, con el sexto, Talador, número 111, con Bernal en sus belfos: “Era el gran Montezuma de edad de hasta cuarenta años y de buena estatura y bien proporcionado, y cenceño, y pocas carnes, y el color ni muy moreno, sino propio color y matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas y bien puestas y ralas, y el rostro algo largo y alegre, y los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor y cuando era menester gravedad; era muy pulido y limpio, bañábase cada día una vez, a la tarde; tenía muchas mujeres por amigas, hijas de señores, puesto que tenía dos grandes cacicas por sus legitimas mujeres, que cuando usaba con ellas era tan secretamente que no lo alcanzaban a saber sino alguno de los que le servían. Era muy limpio de sodomías... etcétera”

Al término del festín, enaltecido nuestro espíritu, tomamos las escaleras para bajar a la vulgaridad de la calle donde el ruido de la ciudad, el griterío de las sirenas y el ruido de las máquinas nos sacan del trance cultural en el que nos había dejado la tarde. Entonces fue cuando alguien cayó en la cuenta:

-Hoy nos han tangado, ¿verdad?

La papela de Don Fernando

Don Fernando, en pie para aplaudir la música callada 
del gaitero de La Puebla

Ese veguero cultural, 
despreciador de cutres e incultos

La papela del inmortal Abella, que agasajó 
al ganadero por la corrida más fiera de 2011

Los mayorales
A dos por yunta

Banderillero... ¿meando?
¿O Arte de Birlibirloque?

Un mexicano ante el encastado becerro con el que 
Morante paró todos los relojes 
(y la posible carrera del mexicano, pero es que el Arte es así:
 ande yo caliente y ríase la gente)

La imaginación es carnívora: se alimenta de sangre, no de sueños
José Bergamín

Silvio, el Morante del rock, en Corridas de alegría

Comedia española