jueves, 4 de abril de 2024

Los jueces




Ignacio Ruiz Quintano
Abc


    No quiero que en la grande polvareda (“ciclogénesis”, se dice ahora, que derriba, ay, obeliscos en Madrid) se nos pierda don Beltrane: la Justicia.


    El éxito internacional de nuestro deporte ha puesto sordina al éxito internacional de nuestra Justicia: la Justicia Universal.


    “Universal” impresiona, aunque así, sin más, no significa nada. También la tontería es universal y pocos la desean en casa.


    Pero nuestra Justicia Universal se basa en protestas y glamour, como los Goya.

    
Un día los políticos caídos del cielo se metieron a cocinillas de la justicia, y los jueces, igualmente caídos del cielo, en justa correspondencia, se metieron a cocinillas de la política.


    –Destilad, cielos, como rocío de lo alto, la justicia –clamó el profeta, previendo la Santa Transición.


    Desde los tres jueces que empaquetaron para la degollación a don Rodrigo Calderón (Corral el BuenoContreras el Malo y Salcedo el Indiferente), no habíamos vuelto a dar al mundo jueces como los del Libro de los Jueces, o sea, jueces libertadores, capaces de reunir en una misma imagen la fama y la devoción.


    Mis amigos americanos no me preguntan por Rajoy, de quien nunca han oído hablar, ni por Bardem, de quien tampoco oyeron hablar jamás. Pero me preguntan por Garzón, que tan malos ratos hizo pasar a Pinochet. Y por Pedraz, que tan malos ratos intentó hacerle pasar a Bush. Y por Moreno, que tan malos ratos podría hacerle pasar a Jiang Zemin. Y por Castro, que, contra la opinión de fiscales e inspectores, tan larguísimos ratos nos está haciendo pasar con la Infanta, de cuyo caso Quevedo (don Francisco, naturalmente: aquí no se estila otra cosa) también podría decir que tienen más culpa los malos que lo males.
    

La Generación Mejor Preparada de la Historia asiste, sin saberlo, a la jibarización del Siglo de Oro. Y lo que el santo Javier no consiguió con el Evangelio, lo consigue el juez Moreno con una orden de arresto: la conquista (espiritual) de la China.


Febrero, 2014 

Jueves, 4 de Abril

 



Escopofilia

miércoles, 3 de abril de 2024

Don Beltrane



Calle de Serrano
Madrid

Ignacio Ruiz Quintano
Abc


    Socialdemocracia es esta confusión hecha obra maestra en España, donde todo parecía marchar “hasta que en una vereda / con la grande polvareda / perdimos a Don Beltrane”.

    
Digo que a la vergüenza perdimos de vista.

    
En la fachada del Colegio de Abogados en la madrileña calle de Serrano han puesto un tendedero de togas forenses. ¿Con qué idea? Tratándose de abogados, cualquiera sabe. “Justicia gratuita”, se lee en un cartelón. Pero, si la justicia siempre fue aquí lenta, es porque en España el tiempo es dinero. Azar y dinero. Por eso el ministro de Justicia procede de la industria del juego.


    Rafael Perea El Boni colgó un día su traje de torear en la ventana de su hotel en Tudela y se lo robaron:


    –¡Y luego dicen que no son españoles!

    
¡Justicia gratuita!


    En su segunda acepción, la gratuidad de la justicia vendría avalada por las opiniones de Carmena, la alcaldesa de Madrid para quien la profanación de lugar de culto con amenazas a los fieles es libertad de expresión, y la literatura de los autos de Pedraz, el justiciero universal.


    Pedraz es muy libre de interpretar la ley como Dios le dé a entender, que para eso es juez en España, donde, sin embargo, habría que exigirle que escribiera en español. Su auto sobre el “humor negro” en el caso de los tuits del concejal Zapata podrá estar escrito en indi o en esperanto, pero no en español, lo cual no quita para que la socialdemocracia se lo cante como si fuera la sentencia del juez Marshall en el caso de Marbury contra Madison, y lo malo es que, en España, seguramente lo sea.

    Ayuna de ideas, la socialdemocracia local trata de aliviarnos del mono juvenil de libertad política con el placebo libertario del Orgullo Gay. Del frufrú de las orgías paganas de la fertilidad a las rutilantes cabalgatas urbanas de la homosexualidad, cuyas preces, de ser escuchadas por los dioses en su totalidad, supondrían la extinción de la especie, extinguida culturalmente, al menos en Europa, el 28 de julio de 1914.


Julio, 2015

Miseria del centrismo político


Adolfo Suárez


Pedro Carlos González Cuevas


 La voz “centro” procede del griego “kentron” o punto fijo del compás que traza un círculo. Se trata, pues, de un concepto geométrico: el punto equidistante entre dos extremos. En su acepción directamente política, el vocablo es muy reciente en lengua española, aunque se utilizó en el siglo XIX y XX. Hasta 1983, no aparece en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua; y se define así: “Designa también las tendencias o agrupaciones políticas, cuya ideología es intermedia entre la derecha y la izquierda”. En general, los partidarios del centro político se han presentado, recurriendo al principio de justo medio aristotélico, como árbitros de posiciones antagónicas tanto de derecha como de izquierda, recogiendo “lo mejor” de una y otra tendencia. Historiadores  mediocres como Javier Tusell  han intentado definir el centro recurriendo a planteamientos tales como “tener en cuenta las razones del otro”; convertir el Estado y la Administración en “lugares de encuentro y no en instrumentos de perseguir al adversario”; distinción entre “interés de partido y bien colectivo”; conciencia de “alteridad”; rechazo de la visión atomística de la sociedad; compasión; defensa del Estado benefactor. Otros autores, Ricardo Montero Romero, consideran, desde una perspectiva sociologista muy próxima a la tesis del fin de las ideologías, que el centrismo es la consecuencia de los cambios experimentados por las sociedades occidentales tras la Segunda Guerra Mundial. Se trataría de “un fenómeno casi inevitable a medida que las sociedades progresan en términos económicos, se articulan en términos sociales y maduran en términos políticos”. “El centro, lejos de no existir, es el mejor signo de la madurez de un sistema democrático, a pesar del enorme peso que la ideología sigue teniendo en la orientación del voto en España”.  Y es que esa alternativa tiene como fundamento social las clases medias, la mesocracia, porque: “No se conocen casos de clases medias radicalizadas”, cuya mentalidad e intereses se concilian «muy bien con los valores esenciales del liberalismo”. Sin embargo, tendencia a la moderación no es algo inherente a un determinado sector social, sino que depende de los contextos sociales, económicos, políticos y culturales concretos. De ahí que esta tesis se concilie muy mal con la evidencia histórica de que, por ejemplo, el fascismo fue, como señaló el historiador Renzo de Felice, una alternativa política cuya base social se sustentaba en las clases medias “emergentes”. En un sentido análogo, el sociólogo Seymour Martin Lipset sostenía que el fascismo era una versión radical, extremista del centro político; se trataba del extremismo de la clase media, una “tercera vía” entre el conservadurismo aristocrático y el socialismo revolucionario, aunando elementos de un lado, como el nacionalismo, y de otro, como el intervencionismo y el proteccionismo económicos.


  En realidad, el intento más ambicioso intelectualmente hablando de teorización del centro político fue la denominada “Tercera Vía”, de la cual el sociólogo Anthony Giddens fue uno de sus promotores y que tuvo a Toni Blair como líder político. La “Tercera Vía” apareció a mediados de la década de los años noventa del pasado siglo, cuando en Gran Bretaña el nuevo laborismo ganó las elecciones y puso fin a un largo período de hegemonía tory. Su propuesta se presentaba como un camino renovador que decía tomar lo mejor de la derecha y de la izquierda, buscando, de nuevo una posición intermedia entre los que sostenían que el Estado era el enemigo batir y los que sostenían que el Estado era la solución. No pocos analistas y críticos interpretaron este proyecto como un intento de adecuación de la socialdemocracia a la hegemonía indiscutida del neoliberalismo y del proceso de globalización. La politóloga Chantal Mouffe, señaló que la “Tercera Vía” suponía, de hecho, una socialdemocracia resignada a “aceptar la actual etapa del capitalismo”. No en vano, Margaret Thatcher consideró a Blair como “el más formidable laborista” desde 1963. Con esa afirmación envenenada, evidentemente, blasonaba de la victoria de su proyecto neoliberal frente a la izquierda socialdemócrata.


 Como hemos tenido oportunidad de ver, se trata de unos principios tan vagos y generales, tan eclécticos que no constituyen una auténtica doctrina política. Nos encontramos ante una opción carente de entidad desde el punto de vista estrictamente político, lo mismo que desde la óptica de la filosofía política. Como señala Julien Freund, el “centro” es “una manera de anular, en nombre de una idea no “conflictual” de la sociedad, no sólo al enemigo interior, sino a las opiniones divergentes”. Y es que la política es una cuestión de decisión y eventualmente de compromiso. En el mismo sentido se expresa Chantal Mouffe, cuando afirma que el “centrismo”, al impedir la distinción entre derecha e izquierda, socava e impide “la creación de identidades colectivas en torno a posturas claramente diferenciadas, así como la posibilidad de escoger entre auténticas alternativas”. Y concluye: “Si este marco no existe o se ve debilitado, el proceso de transformación del antagonismo en agonismo es entorpecido, y esto puede tener graves consecuencias para la democracia”. Y es que se trata de una perspectiva “pospolítica”, que impide pensar de un modo político y de formular preguntas políticas y de proponer respuestas políticas. Como ya señaló Carl Schmitt este tipo de planteamientos tienen como horizonte una sociedad sin amigos ni enemigos; una sociedad apolítica, basada en unos supuestos morales y en la primacía del factor económico que impiden dotarse de una teoría realista del Estado y de lo político. Y es que la política, como corrobora Chantal Mouffe, con independencia de como de plural sea, viene caracterizada por una diferencia que es imposible de erradicar y, por lo tanto, no puede ser subsumida o reconciliada por completo. En consecuencia, las políticas siempre se enfrentan a la presencia de una no-identidad que excluye al Otro y lo define como un “exterior constitutivo”. En otras palabras, el “momento de lo político” constituye siempre un “nosotros” que requiere como su condición misma la demarcación de un “ellos”.


  Por otra parte, el centrismo carece de fundamentos precisos de orden filosófico y/o antropológico. Si, como señala Thomas Sowell, las ideologías políticas tienen por base una determinada “visión” de la realidad -“trágica”, en la derecha; “utópica”, en la izquierda-, el centro carece de ese soporte; ni tan siquiera puede considerarse como una visión “híbrida”.


 Y es que, en definitiva, el “centro” es un concepto mínimamente esclarecedor. Sólo tendría algún fundamento cuando entre dos posiciones hay niveles intermedios. En tanto que entre derecha e izquierda no existe una posición dialéctica en sentido estricto, no puede existir una tercera posición que las supere. Entre ambas existe una dinámica continua, contrastes, tensiones, pero no cabe una posición de perfiles imprecisos, carente de sustantividad por sí mismo, ya que depende de posicionamientos ajenos y más cerca entonces de lo que sería un simple señuelo electoral. En el fondo, el “centrismo” no es más que la consagración del oportunismo político. Y no es extraño que sea, como señala el historiador François Dulay, la opción preferida de los empresarios y del mundo del dinero en general. Porque el centrista concibe, en realidad, el campo político como una especie de mercado, un área concurrencial, en la que todo se puede comprar, pactar y vender. De ahí que los centristas no tengan en cuenta la importancia de los afectos en política; porque, señala Chantal Mouffe, tienen por base “una visión muy estrecha de la racionalidad”, consistente “en acuerdos institucionales e ideales despojados de pasión”.


  Las dos experiencias “centristas” más reseñables, a lo largo de los últimos cuarenta años, han sido la Unión del Centro Democrático, luego metamorfoseado en el Centro Democrático y Social, y más recientemente Ciudadanos. Ambas experiencias se caracterizaron por la ausencia de un proyecto político claro y por el oportunismo y ambivalencia de sus líderes más significativos, Adolfo Suárez González y Albert Rivera Díaz.


   La UCD no fue más que una amalgama de grupos políticos minoritarios, que intentó aunar a liberales, democristianos, socialdemócratas y antiguos militantes del sector “azul” del Movimiento Nacional. En consecuencia, nunca llegó a constituirse en un auténtico partido político. Fue un conglomerado de grupo de notables, que, en un primer momento, pudo contar con la “imagen” de Adolfo Suárez creada a través de los medios de comunicación. Dada su contextura plural, nunca se preocupó de hacer una declaración de principios programáticos. En ese sentido, resultó esencial la figura de Suárez.  Era un político profesional en estado puro.  Representó una percepción tosca, empírica y elemental de las cosas. Suárez sustituyó el pensamiento sistemático por un conjunto de equívocos y mixtificaciones generalizadas. Redujo todo a la esfera de lo útil y del efecto inmediato. Fue esclavo del tiempo presente y políticamente vivió al día. Su formación intelectual fue, como hemos señalado, muy somera y, en consecuencia, su acción política resultó asombrosamente miope ante los problemas suscitados por la política cultural y la hegemonía ideológica, que dejó en manos de las izquierdas. A ese respecto, ha tendido a mitificarse esa experiencia centrista y su propia figura. Sin embargo, se trata de una experiencia política inseparable de un contexto histórico muy determinado. Su pretendida virtualidad radicó más que nada en una muy coyuntural capacidad de transacción, obligada en el fondo por la necesidad de construir un nuevo régimen de partidos. Mal que bien, se logró fundar una institucionalidad más o menos aceptada por el conjunto de la población, que garantizase la conversión del antagonismo en agonismo, es decir, la institucionalización del conflicto social y político. Sin embargo, la UCD y Suárez no fueron los únicos fautores de esa obra política. Salvo los terroristas de ETA y un sector minoritario de las derechas, todas las fuerzas políticas significativas, con mayor o menor sinceridad, apostaron por el pacto y colaboraron en la instauración del nuevo sistema política. Y es que el conjunto de las izquierdas y los nacionalistas periféricos, hasta entonces proscritos, tenían todo un mundo que ganar y nada que perder. Una vez consolidado el régimen de partidos, Suárez y la UCD demostraron su mediocridad e insuficiencias a nivel político. Algo que tuvo su continuidad en el fallido experimento del CDS.


    En ese sentido, podría hablarse, siguiendo a Plutarco, de Adolfo Suárez y Albert Rivera, UCD y Ciudadanos como vidas paralelas. Hace ya algunos años, el periodista Álex Salmon tituló significativamente uno de sus libros El enigma Ciutadans. Un misterio político; y en una de sus páginas se preguntaba: “¿Es Ciutadans de izquierdas? Sí. ¿Es Ciutadans de derechas? Sí”. Según el periodista, los hombres de Rivera no buscaban “ideologismo, sino ideas”. El líder catalán afirma, en una entrevista, haberse sentido “más cerca de los valores que representa el PSC, los de izquierdas”; pero, lo que son las cosas, “desde hacía tiempo tampoco me representaban”. “Los veía trasnochados, demasiado aparato”. No obstante, cuando el PP se hizo “centrista”, le pareció bien. “Me interesé por ello. Piqué me gustaba. No tenía nada que ver con la línea moral conservadora. Además, yo también me siento liberal, si bien desde el punto de vista político, no económico”. En las elecciones de 1999, votó a Maragall; en 2000, por el PP; en las municipales del 2003, se decidió por CIU, ya que el candidato era amigo del dueño de la tienda de motos de la que Rivera era cliente; en las autonómicas, lo hizo por Piqué; en 2004, escandalizado por las mentiras de Aznar respecto a los atentados de marzo, votó en blanco. Sabemos que en su juventud, militó en Nuevas Generaciones del PP; luego en el sindicato UGT de la Banca. En 2009, se presentó a las elecciones europeas con el grupo conservador Libertas, que dirigía el conocido abogado Miguel Durán, consiguiendo 22.0903 votos, es decir, un 0´14 por ciento.


   El partido tuvo, a lo largo de su historia, autodefiniciones diversas. En su II Congreso, se definió como “centroizquierda, no nacionalista”; primero socialdemócrata y posteriormente liberal, que adoptó en 2017. E ingresó en el Grupo Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa. En materia religiosa, primero optó por el “laicismo”; y luego por la postura “aconfesional”.


  Rivera Díaz se declaró, en numerosas ocasiones, admirador de Adolfo Suárez, de Barack Obama y de Emmanuel Macron, aunque, dada su versatilidad, pudiera haber elegido, llegado el caso, cualquier otro líder político. Sin embargo, puede decirse que, en realidad, tenía razón. Como sus iconos venerables, Rivera simbolizó la ambigüedad del ser y la apariencia del estar; de ahí su comportamiento ambivalente y oportunista, apresurado, sin horizonte. La experiencia histórica de la UCD y luego la del CDS resultaba muy aleccionadora. Y es que Ciudadanos fue, ante todo, un partido mediático, que vivió de la imagen. Su proyecto se sintetizó en el concepto de “cambio sensato”. Creía que el aborto debería ser “despenalizado”, pero que no es un “derecho fundamental”. Era partidario de los vientres de alquiler y de la maternidad subrogada. Republicano, pero respeta a la Monarquía constitucional, porque “no tiene poderes públicos” y el monarca es “un representante institucional”. Felipe VI, en su opinión, “está cumpliendo con las expectativas que teníamos: ejemplaridad, sensatez, buena imagen del país, modernización”. Rivera Díaz se confesaba agnóstico —en realidad, no ha sido bautizado— y abogaba por la separación de la Iglesia y el Estado; pero se muestra partidario del respeto a la tradición católica. Propugnaba listas abiertas y la reforma de la ley electoral para evitar que los separatistas “sean los árbitros de la política nacional”. Reforma fiscal profunda “dirigida a la redistribución”, progresividad en los impuestos, para crear “una gran clase media fuerte”. Educación pública y concertada. Pacto nacional para la educación. Ley educativa que compatibilice igualdad de oportunidades y calidad, además de que fomente “la educación emocional”. Defensa del castellano en Cataluña, pero no era partidario de la devolución de competencias educativas al Estado, porque el problema es, según Rivera Díaz y su partido, de “lealtad a la legalidad y a la Constitución”, “hacer que el Estado federal autónomo funcione gracias a los mecanismos de coordinación y de control”. Se muestra contrario al cupo vasco, que califica de “anacronismo decimonónico”, lo mismo que al referéndum sobre la independencia catalana. Se autodefine europeísta y partidario de un “proyecto político único” de Europa, unificando “la política bancaria y fiscal”. Creación de “unos verdaderos Estados Unidos de Europa”, “más unión europea, no menos”. Con respecto al tema de la “memoria histórica”, se muestra partidario de “limpiar nuestros símbolos de todas las manchas que dejaron la Guerra Civil y la Dictadura”.


 Tras la desaparición efectiva de Ciudadanos como fuerza política de envergadura, la nostalgia centrista permanecía incólume en algunos sectores sociales, intelectuales y políticos. El sociólogo Juan Díez Nicolás lamentaba, en El Debate, la ausencia del centro en la vida política española: “Sólo un nuevo partido de centro impedirá que se mantenga y crezca la polarización en España, contribuyendo al equilibrio y la moderación”. Pertinaz diagnóstico, no excesivamente convincente, como hemos tenido oportunidad de ver, desde la experiencia histórica. En cualquier caso, pronto han comenzado a circular proyectos de restauración del centrismo. Y el PP, bajo el liderazgo de Núñez Feijoo, experimenta un claro giro centrista.


  ¿A qué conclusiones nos llevan estas experiencias políticas?. En nuestra opinión, no corren buenos tiempos para una nueva emergencia de partidos autodefinidos como centristas, tanto en España como en el resto de las sociedades europeas. No es sólo la ausencia real de un liderazgo sólido, o la ligereza de sus bases sociales. Como hemos podido ver, ni Suárez ni Rivera fueron auténticos líderes políticos. La pretendida moderación de la UCD y luego de CDS y Ciudadanos no estuvo exenta de un profundo cinismo; y sirvió concienzudamente para encubrir una especie de nihilismo doctrinal, en el que los sucesivos centrismos realmente existentes se han movido en la sociedad española desde hace más de cuarenta años, a causa de sus orígenes contradictorios, improvisados y oportunistas. Una imagen de moderación que encubrió la carencia de concepción del mundo y la indiferencia ante las posiciones en pugna. Moderación ha sido, y es, el nombre teórico que encubrió el vacío doctrinal, el pragmatismo sin horizontes, la inepcia negociadora y la debilidad política. El resultado lo tenemos hoy a la vista. Un Estado de las autonomías que produce una imparable desnacionalización de España; la crisis del Estado benefactor y del sistema de pensiones; la partitocracia inherente al sistema; el invierno demográfico; la ausencia de una narración histórica compartida, etc. Y no es solo una situación española, aunque tenga su propia y grave especificidad. Las sociedades occidentales han entrado en lo que el sociólogo François Dubet ha denominado “la época de las pasiones tristes” caracterizada por la indignación, las nuevas desigualdades, la crisis del Estado-nación y la aparición de los sistemas políticos iliberales.  Y es que cuesta trabajo tomar en serio el centrismo político, porque parece una entelequia carente de rigor y de energía dialéctica, que, en el fondo, sólo sirve para justificar que las cosas se mantengan tal y como están. Habida cuenta de la incapacidad que los centristas demuestran a la hora de explicarnos nuestra realidad, podemos entender el porqué del auge de los movimientos políticos denominados identitarios. Y es que la misma pretensión de estar en el medio, en la superficie, implica un olvido o el desprecio acerca de los grandes principios y, en consecuencia, una gran incapacidad de ir a la raíz de las cosas. Lo que, en el fondo, no deja de ser un juego de equilibrismo más factible sobre el papel que sobre la realidad. Y la prueba de ello es que tales propuestas han carecido de una base popular capaz de seguirlas y mantenerlas con el mismo entusiasmo. No parece ser la hora del centrismo, sino del pluralismo agonístico.  es decir, la legítima confrontación democrática entre diversos proyectos de sociedad, claros, contundentes y rectilíneos. 


Leer en La Gaceta de la Iberosfera

Miércoles, 3 de Abril

 


Valle de Esteban

La luna riela

martes, 2 de abril de 2024

Pasión española


Philippe Muray


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Para Muray, no hay en nuestros días una palabra más eficaz que “pasión”.


“¡La pasión siempre tiene razón!”, dice un eslogan reciente para no sé qué. La pasión hace que cuele todo. Es el derecho humano imprescriptible. Como el Partido en otros tiempos, la pasión siempre tiene razón.


Vean, si no, el alegato, la semana pasada, de la ministra de Igualdad en el Banco Azul, poniendo boca abajo la bancada de lo que en el teatrillo del Estado de Partidos, donde todo es mentira menos lo malo, hace el papel de izquierda, cuyos miembros creyeron presenciar la segunda venida de… ¡Pasionaria!


Pasión gitana y sangre española / Y el mundo en una caracola –cantaba Manolo Tena.


Con el dedo índice de la apasionada ministra podríamos señalar la obscenidad que supone un Banco Azul en un Parlamento, con el verdadero poder soberano, que es el ejecutivo, intimidando a los representantes del pueblo, o poder legislativo, si bien ya sabemos que en el Estado de Partidos el diputado sólo representa a quien lo haya incluido en la lista (cerrada o abierta es irrelevante). Tamaña obscenidad fue objeto de consideración únicamente en las constituyentes de Filadelfia y en las constituyentes francesas del 91.


En España el del Banco Azul es un debate carente de pasión, pues el pueblo mostrenco pasa, y nuestros juristas de reconocido prestigio insisten, por ignorancia o conveniencia, en llamar “separación de poderes” a lo que Franco llamó “unidad de poder y división de funciones”. Un gato por liebre de manual que permite conducirnos como a chivinos a una guerra ajena (el llamado del tétrico Obama, un malo de película de Roger Corman, en el 10 de Downing Street es como los tres golpes que da la vara de San José en la puerta de los agonizantes), mientras en la retaguardia sus promotores aprovecharán para vender a los contribuyentes mascarillas y yodo contra el uranio.


En materia de pasiones, la contrafigura de la ministra de Igualdad del sanchismo sería la consejera de Igualdad en el primer bonillato andaluz, Rocío Ruiz, que quiso amenizar la Semana Santa con un comentario sociológico a lo Margarita Nelken, y declaró que en las procesiones ella no veía sino “desfiles de vanidad y rancio populismo cultural”, un “commoner entertainment”, con hombrones que “se destrozan la columna por cargar enormes trozos de madera”.


Me quedo con la fiesta pagana que atrae el turismo y llena las tabernas.


El daño que la cursilería liberalia ha causado en España es muy grande, con su sociología de editorial, ¡a estas alturas!, de “El Sol”: “La Semana Santa sevillana es una ceremonia propia para todas las creencias.” Para el periódico de Ortega, la religión era sociología.


El intento de esta orgullosísima teoría que se llama sociología –anota Nicolás R. Ricoes problematizar teóricamente, esto es, sociológicamente, todo cuanto pueda, aunque tenga que llegar a morderse la cola.


Y con la cola en la boca andamos.


[Martes, 26 de Marzo] 

Martes, 2 de Abril

 


Te atreves, y la vida se abre

lunes, 1 de abril de 2024

Hughes. Real Madrid, 2-Athletic, 0. Rodrygo renace otra vez


@realmadrid

HUGHES

Pura Golosina Deportiva


Pude ver el partido, pero en unas condiciones mejorables, así que no percibí algunos detalles. Mi despiste era tal que tardé varios minutos en darme cuenta de que el Madrid eran los de azul. Yo miraba a los de blanco y no terminaba de situarlos. Los jugadores no terminaban de ser ellos mismos, como si los viera miopemente. Al rato, caí en la cuenta: los de blanco son los del Athletic, pero entonces empezó a parecerme que eran el Sevilla.


Aun así, pude apreciar algunas cosas. Sobre todo, el partido de Rodrygo. Dos goles extraordinarios, y ese fútbol satinado suyo que se hace más claro en la banda izquierda.


El primer gol fue muy suyo. La coge en la banda y se centra clavándola por la escuadra. El segundo me pareció aun mejor. Muy abierto, como un disciplinado extremo, recibió el pase de Bellingham y su gol consistió en dos cosas: un amague yendo hacia dentro con dos toques muy seguidos, muy cortos, diría que muy sutiles, con la pelota cosida a la bota. Es algo que hace mucho cuando se adentra en el área. Sus regates no son largos sino que se fraccionan en toques más cortos que añaden a la jugada una mezcla de velocidad y precisión, como un grado más de las dos. Ahí su fútbol se hace hermano de Brahim más que de Vinicius. Alcanza un nivel más alto de precisión y finura.


El gol tuvo una segunda acción; cuando salió del regate, con espacio para chutar ya dentro del área, no lo hizo al palo largo sino al corto, y ese es el gesto de Mbappé, la jugada de Mbappé, que alguna vez Vinicius ha intentado.


Lo curioso es que, entre uno y otro, con Mbappé de fondo, la figura del extremo zurdo que no es zurdo alcanza otro nivel. Se van superando, citando, emulando unos a otros. Rodrygo y Mbappé (y sé que es pronto para ponerlos en la misma frase) no son, de todos modos, extremos sino puntas que parten del extremo. Vinicius llega de muy atrás, acarrea el juego desde mucho antes, como un río lejano, por eso su fútbol no admite comparación.


Rodrygo ya brilló con Brasil. Es un jugador deprimido por las rachas, que sufre, pero cuando sale de ellas sale de un modo triunfal, quizás mejor, mejorado, crecido o madurado como futbolista. De cada racha sale un mejor Rodrygo. Más que salir, renace de ellas.


Según los datos del recomendable tuitero Don Amancio, lleva unos 50 goles y 40 asistencias en 207 partidos, si no recuerdo mal. Esto es, casi, dar o marcar un gol por partido. Esto lo ha hecho fuera de su posición, fuera de sitio, con las vacilaciones propias de la edad y de un temperamento menos firme. Por encima de su incuestionable rendimiento, Rodrygo deja una sensación de gusto estético. Es un jugador para futbolistas o, como diría Benzema, un jugador para connaisseurs. En pleno debate Vinicius (considerado por algunos como una especie de Lenin de la subversión futbolística), habrá quien defienda a Rodrygo como opción simpática y política para el puesto. Rodygo responde a las tres características kantianas: es bueno, es bello y es agradable. Parece que molesta menos.


En general, y ya digo que mirando todo con poca atención, pareció un mal partido aunque tampoco podía esperarse mucho. Era una trampa entre las selecciones y el City, que ya se acerca amenazante en la gesticulación disparatada de Pep 'Rose Farts' Guardiola. 

La del Domingo de Resurrección en Madrid. Pitones de acero y varas del Conde de Tendilla en el sexto, de nombre "Niños. G". Márquez & Moore

 


Aurelio Cruz, de azul pavo y oro, y el toro colorado, sexto de la tarde, Niños. G (sic), número 45




 ...aunque parece ser que el auténtico nombre del animal era Niñoso



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Un hombre armado con una pica montado en un caballo y allá a lo lejos un toro colorado. El hombre mueve con pericia al caballo tordo y atrae la atención del toro que, al cite, se arranca con fuerza, con la gallardía de su casta, y acomete con vigor a la cabalgadura mientras el hombre echa el palo y, antes de que el burel llegue a topar contra la muralla de faldillas que protegen al rocín, ya tiene la acerada puya colocada en su espalda, certeramente puesta por el piquero, mientras las gentes en pie ovacionan la emocionante suerte que acaban de contemplar. He ahí el nexo que nos une a los aficionados de la hora presente con los que en la Plaza Mayor de Madrid ovacionaban el arrojo del Conde de Tendilla en el siglo XVII, pues antes de la preeminencia de los matatoros o toreadores a pie, antes de que se fijasen las reglas del arte taurómaco y prácticamente hasta los albores del pasado siglo fue el tercio de varas el auténtico protagonista de la Fiesta, con sus actores vestidos de oro, con el perdido rito de darse las alternativas entre los picadores, o de frotarse con linimento Sloan para aliviarse de los trompazos recibidos, con los lances variados a los que el tercio de varas daba lugar, desde las caídas al descubierto o las de latiguillo, hasta los necesarios quites para salvar al picador caído de una situación comprometida o los toros aquerenciados junto al despojo de alguna de sus víctimas, el primer tercio ha sido el hilo que ha dado sustento a la afición y su puede decirse que su decadencia, iniciada ya de manera decisiva con la implantación del peto y que ha acarreado la consiguiente postergación de sus protagonistas, ha ido paralela primeramente a la hipervaloración del toreo de a pie y, después, a la exacerbación del amaneramiento en los modos y, frecuentemente, al vilipendio de los piqueros por realizar su labor.


El hombre con  la pica del que antes se hablaba se llama Aurelio Cruz, de azul pavo y oro, y el toro colorado, sexto de la tarde, Niños. G (sic), número 45, según la ficha que entrega la esmerada Empresa que rige los destinos de Las Ventas, aunque parece ser que el auténtico nombre del animal era «Niñoso». Entre ambos nos han hecho el espléndido regalo de un vibrante tercio de varas que amortiza de manera más que suficiente el precio de la entrada. Cuando muchas veces vemos al toro acudir de lejos sin codicia, mansurronamente, e incluso recibir aplausos por ello, hoy en este toro de incierto nombre no hubo duda alguna de la decisión del astado por ir con todo al encuentro del caballo, pura y emocionante gallardía, para encontrarse con un picador a su altura, deseoso de hacer bien la suerte, de mover al caballo con mando y de echar el palo con decisión al sitio correcto. Habrá muchos jóvenes de estos que ahora se acercan a Las Ventas, benditos sean, que hoy por primera vez en sus vidas habrán visto en plenitud la belleza del tercio de varas y se habrán puesto en pie, junto a aficionados que peinan canas, a ovacionar la emoción pura que transmite esa faceta de la tauromaquia tan poco fácil de hallar por esos cosos de Dios.


Y como la cosa va de picadores, pues digamos además que ahí estuvo también Rafael Carbonell, de azul marino y oro, picando al primero de la tarde, Alambisco, número 3, con buen arte y buena monta, y que el toro, en otro registro menos espectacular que el sexto, demostró su predisposición a acudir al caballo donde recibió el castigo justo y bien administrado. Dejaremos ahí la cosa de las varas porque al lado de lo anterior también hubo unos borrones morrocotudos que hoy no merece la pena comentar.


Para este Domingo de Resurrección contrató la Empresa una corrida de Pedraza de Yeltes seria, excelentemente presentada y de buen juego cuya principal característica fue que los pitones no se deterioraban al roce de las maderas, del peto o de las telas. Salía el toro, se iba al burladero del 10, arreaba un cabezazo a la barrera y los pitones seguían incólumes, salía el siguiente y lo mismo, incluso el quinto arreó un tremendo cabezazo al burladero del 6, que se cayó de espaldas de la violencia del impacto, y los pitones como si nada, como si fueran de acero templado: he ahí un tema para una Tesis en la Facultad de Veterinaria. Lo segundo a resaltar fue la buena disposición del encierro hacia el asunto de los caballos, de lo que ya se ha dado cuenta brevemente, y lo tercero las bonitas embestidas que han regalado y la distancia a la que se han querido mover. Todo eso diríamos en la parte positiva. En la otra, cierta debilidad de alguno de los pupilos de los señores Uranga Otaegui y, para que quede anotado, lo suelto que se fue del tercer puyazo el enigmático Niños. G, sin que eso desmerezca de la bravura de su acometividad y la alegría de sus tres entradas al caballo. Los aguafiestas consiguieron que el Presidente, don José María Fernández Egea, sacase el trapo verde al quinto, Dulcetito, número 17, el del trompazo contra el burladero del 6, otro colorado de gran presencia y buen son, para que saliese a catar el fresquete de Madrid un tal Humorista, número 45, de la ignota ganadería de Carmen Valiente, que fue como se podría esperar de él: lerdo, cansino y más débil que el hermoso ejemplar al que echaron. Allá ellos con su conciencia.


Para la lidia y muerte a estoque de los de Pedraza contrataron a Román, al lisboeta  Manuel Días Gomes, que venía a confirmar la alternativa que tomó en Francia en 2015, y a Francisco de Manuel.


Días Gomes se presentó en Madrid muy bien acompañado por una cuadrilla de lujo: a caballo los dos hermanos Carbonell y a pie Juan Carlos García, Ángel Otero y Fernando Sánchez, y hay que ver cómo choca que este humilde torero se venga así a Madrid cuando hay por ahí algún torero que se “retiró” el año pasado, cantado como figura de época por ciertos vates, que más que cuadrilla parecía que llevaba una redada de un after hour. Muy bonito fue el inicio de la faena de Días Gomes a su primero, un inicio muy «madrileño», si cabe la expresión, que fue saludado con sinceras palmas por el respetable. Luego la cosa se enmarañó a lo largo de la faena pues dio la impresión de que no vio la distancia que el toro le demandaba, más larga que la que el portugués proponía, y aunque se le notó el deseo de hacer las cosas correctamente, sacando algún estimable natural, acabó presentando más dudas que certezas y su labor fue silenciada por la cátedra. En su segundo, el carmenvaliente que se nos coló de matute, poco se pudo hacer salvo desesperarse ante las condiciones febles, caedizas y exasperantes del toro.


Francisco de Manuel no vio las condiciones del sexto, el famoso Niños.G, y eso le pesará sin duda. El toro tenía un tranco alegre que se destapó en el segundo tercio y se comprobó en el cite desde los medios que le propuso de Manuel al que acudió prestamente. En esa primera serie, poniendo el toro mucho más que el torero, cosechó aplausos que se fueron enfriando a medida  que el trasteo descolocado y ventajista de  Francisco de Manuel iba echando por tierra sus posibilidades de triunfo. Algún muletazo suelto en el que se quedó en el sitio le debería haber servido para ver las condiciones del animal que tenía enfrente, pero optó por no apretar el acelerador en una faena a menos en la que resaltó la excelente clase del toro para la muleta. Incomprensiblemente lo colocó para la muerte por dos veces en la suerte contraria y ahí le dejó un espadazo feo que acabó de enfriar a todos. En su primero, Miralto, número 16, otro que se portó como un tío en el caballo, tampoco había conseguido poner en marcha una faena armada. Puede decirse que tuvo el mejor lote de la tarde con el que no supo o no pudo.


Y Román, que le hemos dejado al final porque hoy, lejos de ese torero bullidor y casi siempre cogido de tantas tardes, presentó un semblante más sosegado y, por así decirlo, de aire más clásico. Comenzó haciendo galopar al toro, Buscadero, número 13, en dos tandas planteadas a larga distancia, enhebrando los pases y dejando alguno de muy buen aire. A continuación continuó por naturales muy seriamente, con buena colocación y mando para acabar con una tanda ligada y honrada que puso en su mano, tras una estocada tendida y traserilla que acabó con el toro, la primera oreja de la temporada a la que nadie puso un pero. En su segundo la cosa tomó otro derrotero, Resistente, número 12, fue el garbanzo negro, también por su capa negra, del encierro de Pedraza, con el que intentó llegar a algo que no llegó. Lo mató a la última de cualquier manera.



En el peto, Niños. G (nada que ver con Hombres G, el marshmallow de la Movida)

 "entre ambos nos han hecho el espléndido regalo de un vibrante tercio de varas que amortiza de manera más que suficiente el precio de la entrada"


ANDREW MOORE










Sánchez




Otero





Oreja romana


FIN

Un país de gestos




Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Del país de gestas que al decir de los libros fuimos, al país de gestos en que al decir de los medios hemos quedado. Una decadencia inclusiva, la nuestra.


En el fútbol no se habla ya de otra cosa: un “mal gesto” le costó a Courtois el cruzado de la rodilla izquierda y otro “mal gesto” acaba de costarle el menisco de la rodilla derecha. También tenemos los gestos de Carvajal, que es el capitán madridista, y Rudiger, que es quien tiene el carácter madridista de capitán, al trencilla Manuera sobre los insultos a Vinicius en Pamplona, mismo lugar y mismos insultos que en el caso de Greenwood activaron el protocolo contra la violencia.


Pero Greenwood juega en el Getafe, y Vinicius, en el Real Madrid, con lo que el trencilla Manuera estaba más pendiente de los gestos (¡siempre los gestos!) de Vinicius para sacarle la tarjeta que del “Vinicius muérete” de la grada, y la señal es que el trencilla ha recibido el apoyo del CTA, que es como la casita china de los Tres Monos Sabios: Kikazaru, el mono que no oye, encargado de observar para sus amos los dioses a los humanos y transmitir sus observaciones a Mizaru, el mono que no ve, que a su vez se lo transmite a Iwazaru, el mono que no habla. Si Carvajal avisa al trencilla Manuera de los gritos de odio en el campo y el trencilla Manuera se hace el Kikazaru, lo que tiene que hacer Carvajal, como capitán, es plantarse con el equipo, y que sea lo que Dios quiera. En vez de eso, Carvajal va al Combinado Autonómico de De la Fuente (muy pronto Combinado Federal de Cubarsí) y diserta sobre la teoría del error humano arbitral como lo haría un labriego de Leganés. Eso no es un capitán.


“Mono”, por cierto, es el insulto más empleado en España contra Vinicius. Los hijos de la gran Pé pretenden eludir la acusación de racismo con el argumento de que no se lo dicen por negro, sino por tonto. Es un argumento que a ellos mismos los acredita como tontos, y, sin embargo, nadie les dice “monos” en su trabajo, ni siquiera con un gesto, que bajo ningún concepto pasarían por alto, dada la piel tan fina que con la democracia ha echado el españolejo para sus cosas. Sólo hay que ver las discusiones de tráfico. En el fútbol español, basta con un gesto para sacar de sus casillas a los cabestros de la grada y para que los trencillas te saquen la amarilla. “Caballero, caballero, ese gesto”. El quietismo se predica sólo para Vinicius, vejado por la chusma en su pedestal de estrella. Lo quieren como en la descripción de Bergamín:


Al subirse al pedestal, un cubo de madera pintado de blanco, Don Tancredo es el estoicismo elevado al cubo; es un Séneca elevado al cubo; es el senequismo español elevado al cubo… Qué duda tiene que el de Don Tancredo también es un quietismo. Miguel de Molinos, ¿no es un poco un Don Tancredo místico?


Becarios y trencillas como salidos de “Viridiana”, el chafarrinón de Buñuel, buscan para el artista Vinicius (Thomas Bernhard resume su carrera: “El arte consiste sólo en tocar cada vez mejor el instrumento que se ha elegido”) un final bergaminiano: “Y el toro ‘Zurdito’, de Miura, que, sin duda, no se fijó en él, derribó a Don Tancredo con la precisión de la luz sobre la mesa de la Última Cena”.


¿Cómo equilibrar el arte de jugar al fútbol de un portento como Vinicius frente al arte de ofenderse de los peinaovejas que mondan pipas en los estadios, no importa la categoría del graderío?


A mí me han llegado a denunciar como sospechoso de hacer gastos de escándalo algunos  de los amigos que invitaba a comer casi diariamente en mi casa –anota Ruano en sus memorias–. No podían soportar con calma tanta invitación impune.


De ahí la buena crianza que denota el gesto de Joao Félix sobre Vinicius, un tipo que en la Liga, o lo que sea lo que se juega en España, ha forzado las mismas expulsiones, dos, en 343 faltas sufridas en 170 partidos, que Vitor Roque en 7 faltas sufridas en 9 partidos: “Se le critica –dice Joao– porque es mejor que los demás. Dicen que provoca porque regatea, pero es su fútbol, un fútbol divertido, pues fútbol no es sólo dar pases y patadas”.


El gesto, según Pemán, es una bella prerrogativa del ser humano: es como la vanguardia y la avanzada de la palabra. Por eso la dignidad del gesto fue una de las características olímpicas con que Homero adornó al padre de los dioses: “Basta, en una ocasión, que Júpiter frunza las cejas y agite levemente su cabellera perfumada, para que se estremezca todo el Olimpo”. Y por eso nuestros trencillas, que todavía no han denunciado al gestor Negreira, reprimen cualquier gesto con tarjetas.


La última guerra –recuerda Foxá, hablando de la mundial– se hizo con tres gestos: la mano abierta de los fascistas, el puño cerrado de los rojos y el más intelectual y menos auténtico de Churchill y las democracias: los dedos índice y corazón abiertos para formar la V de la victoria.


Y añade que Santo Tomás decía, hablando de gestos, que el hombre posee inteligencia y manos (¡las dos cosas que están prohibidas en el fútbol!). Sin las manos, que son las ilustraciones, no hubiera nacido el lenguaje, que es el texto.


Si en Cuba jugaran al fútbol, jugarían como Vinicius. No por nada los cubanos, para indicar que una persona es perfecta, dicen: “Es así”. Y juntan en redondo el pulgar con el índice dibujando una imaginaria onza de oro, que ya no circula.



Primer Derbi 

La secesión de las élites y el fin de las clases medias


Christophe Guilluy


Javier Bilbao


No quisiera entrar en polémicas futboleras, que allá no se me ha perdido nada y en bastantes jardines me he metido ya, pero tengo amigos madridistas a los que llevo un tiempo escuchando cierto discurso que me llama la atención: la liga española sería, a su parecer, un circo de enanos en el que el Real Madrid se encuentra constreñido, mientras que es la Champions donde puede medirse y, por extensión, su anhelada Superliga europea, de materializarse, devendría en agua de mayo para finalmente poder independizarse junto a otros equipos ya globales como el Barça y el Atlético de esas obsoletas ataduras nacionales. Pues bien, aquí tendríamos un ejemplo un tanto prosaico pero muy nítido del fenómeno que Christophe Guilluy define en No Society: el fin de la clase media occidental.


Según este geógrafo francés, las reformas económicas de los años 80 en el caso del Reino Unido y Estados Unidos —añadiríamos que también en España, con una reconversión que siguió un camino similar— supusieron el canto del cisne de la clase obrera y el inicio de un proceso de globalización que tras haber desindustrializado las sociedades occidentales acomete, a continuación, la liquidación de la agricultura (la cual, como vemos en las recientes movilizaciones, se resiste a morir). ¿Qué nos queda entonces? Países escindidos entre una élite, bien integrada en la nueva economía, que se percibe a sí misma como cosmopolita, garante de un nuevo código moral liberal-progresista y que se concentra geográficamente en unos pocos núcleos urbanos (una «gente de arriba» o «gente de cualquier sitio», que el autor estima en torno al 25% de la población), frente a unas nuevas clases populares, crecientemente precarias, de moral «anticuada», de las que aquellas aspiran a desembarazarse, pues rotos los lazos nacionales son considerados un lastre: «La Francia periférica» —en nuestro caso podríamos hablar de «La España vaciada»— los «brexiteers» o, en el contexto estadounidense, aquellos «deplorables» a los que se refirió Hillary Clinton, que viven en zonas rurales, carecen de títulos universitarios y son trumpistas entusiastas. Pero antes de hablar de la irrupción electoral de estas nuevas clases populares y cómo han trastocado el mapa político (en lo que poco tienen que ver injerencias rusas, fake news y resurrección de fascismos) sigamos definiendo las características de ambas facciones y cómo se han ido conformando.  


En la campaña presidencial de 1981 el secretario del Partido Comunista Francés, Georges Marchais, declaró que había que «frenar la inmigración regular e irregular» al ser «inadmisible dejar entrar a nuevos trabajadores inmigrantes en Francia, cuando nuestro país cuenta con cerca de dos millones de desempleados». La respuesta que recibió ya se la pueden imaginar y motivó una réplica aún más interesante por su parte: «planteamos los problemas de la inmigración y dicen que es para utilizar y favorecer el racismo, que lo que hacemos es adular los más bajos instintos; y si combatimos el tráfico de drogas, dicen que sería para no hablar del alcoholismo que nuestra clientela tanto aprecia… todos a una gritan que somos partidarios de la ideología de Petain (…) ¿Qué idea tiene esa gente de los trabajadores? Tarados, incultos, racistas, alcohólicos, brutales según nuestros detractores, desde la derecha al Partido Socialista, así son los obreros» (si Marchais viviera hoy día vería a Yolanda Díaz proclamando lo mucho que le aburren los hombres heterosexuales y dedicándose el Día del Padre a hablar de los maltratadores).


Podríamos decir que en ese momento comenzó el divorcio entre el progresismo académico-mediático y las bases populares con la que teóricamente se identificaban. Éstas dejaban de ser protagonistas del relato nacional frente al clasismo cada vez más indisimulado de unas élites que podían descargar sobre sus hombros los aspectos más oscuros de su pasado: segregación, esclavitud, colonialismo… todo aquello fue racismo y racismo sería lo que ahora mueve a los votantes populistas, ergo son los herederos de aquello ¡Ea, asunto zanjado!


Pero esta triada de élites/pueblo/inmigración trae consigo otro aspecto peliagudo: el descrédito del bien común, la atomización social. Para mediados del siglo XX, cuenta el autor, en Francia se habían construido 5 millones de viviendas públicas inicialmente para clases medias y bajas. Convertidas lenta e inexorablemente año tras año en guetos de inmigración y de sus sucesivas generaciones, que conforman en esos lugares sociedades paralelas acordes a su identidad y valores, la población autóctona para la que en principio iban dirigidas termina desplazándose a zonas periféricas o rurales. En el reparto de la tarta se quedan sin su parte, incrementando así su desafección del sistema.


El resultado es que la propia existencia de viviendas sociales y cualquier otro tipo de ayudas termina siendo cuestionada de forma generalizada, incluso a ojos de sus hipotéticos beneficiados: ante la disyuntiva de fronteras abiertas o Estado del Bienestar, termina sacrificándose el segundo. Las consecuencias son unas cifras de paro reales mucho más elevadas de las oficiales —que Guilluy estima para Francia de un 18% y en EE.UU de casi un 20%—, pérdida de poder adquisitivo para más de la mitad de los hogares en este siglo, reducción de la movilidad social (incrementándose el abandono escolar entre los jóvenes de clase baja-media) y un hecho insólito desde la II Guerra Mundial como es la disminución de la esperanza de vida en ese sector de la población (junto a la epidemia de opiáceos entre la población blanca de clase trabajadora, en el caso estadounidense). Para maquillar esos datos se dan situaciones tan peculiares como que desde 2013 el instituto estadístico europeo pide a los Estados miembros que incluyan en el PIB también la prostitución y el tráfico de drogas. Pues bien, de todo ese descontento larvado surgieron los chalecos amarillos en Francia.   


Para el sector que sí sale beneficiado de la globalización la situación es mucho más halagüeña. Entre 1980 y 2007 el salario medio aumentó un 0,82% anual, para el 0,01% de los mejor pagados el incremento fue del 340%. Para el conjunto de Francia, señala nuestro autor, hasta 1999 el crecimiento del empleo beneficiaba a todo el territorio francés, aunque desde 2006 hasta 2013 se ha concentrado casi exclusivamente en los núcleos urbanos de más de 500.000 habitantes y en los de menos de 100.000 se ha creado un ínfimo 0,6% de los nuevos puestos de trabajo. Esto ha disparado el precio del alquiler en las grandes ciudades, desplazando de ellas a las clases bajas y acelerando así esa redistribución poblacional de tal manera que las grandes urbes pasan a ser esos Barça y Real Madrid para las que sus respectivas naciones se quedan pequeñas.


Lo vimos en las reacciones al Brexit, por ejemplo, con voces como la del periodista de El País John Carlin explicando que había firmado una petición para independizar Londres del Reino Unido, idea esta de la ciudad-Estado que lejos de ser una broma empezaron a acariciar ciertas élites. La distribución del voto entre campo y ciudad en lo que respecta a Estados Unidos comienza a ser abismal haciendo de las grandes ciudades feudos liberal-progresistas, mientras que la gentrificación parisina, por su parte, es un hecho del que Guilluy se hace eco con especial énfasis como lugareño. Por la nuestra, podríamos añadir el caso de Madrid: las tensiones separatistas en España hacen de la capital una plaza fuerte frente a la disgregación territorial, sin duda, dotada de una admirable conciencia nacional y, sin embargo… no son pocos los que anhelan verla como una especie de distrito federal, de acuerdo con el liberalismo ayusista, razón por la que difícilmente ésta podrá llegar a la presidencia de la Nación, como algunos ansían, pues ni su discurso ni el desarrollo económico madrileño como ciudad-nodo de globalización son replicables en el conjunto de España. Si bien Guilluy no menciona a Madrid, si describe el intento separatista catalán como un ejemplo de egoísmo de élites barcelonesas secesionistas que consideran un lastre al resto del país, mostrando un apreciable conocimiento de nuestro contexto que es de agradecer.


Ahora bien, frente a esta realidad descrita en las líneas precedentes ¿qué hacer? Dice nuestro autor «desde hace décadas, los movimientos sociales acaban en callejones sin salida. Este enfrentamiento envuelto en algodones entre el Gobierno y los sindicatos forma parte del espectáculo político-mediático [¡no está hablando de España!]. En realidad, escenifican un choque de impotencias. Impotencia de un Estado cuyos márgenes de maniobra no han dejado de reducirse e impotencia de un movimiento social cada vez más desconectado de las clases populares. La relegación económica, cultural y geográfica que ha conducido a un desinterés político, sindical, asociativo de las clases populares hará cada vez más difícil esta conexión». Ante la atomización social la reacción inicial es que tanto las críticas como la búsqueda de soluciones se centran en el plano moral-individual. Si alguien está en condiciones laborales precarias y no puede acceder a una vivienda se le reprochará ser vago, paguitero, miembro de una generación de cristal que ha abandonado la cultura del esfuerzo y que se lo gasta todo en el Netflix y en vicios, que si yo a tu edad tal y cual… Respecto a quien busca soluciones, a menudo recurrirá a la especulación en criptomonedas —mera ludopatía— o a los libros, cursos y maestrillos de autoayuda, véase ese extravagante personaje llamado Amadeo Lladós, como si vía ejercicios gimnásticos uno pudiera llegar a ganar un sueldo digno en un país cuyo sistema productivo ha sido desmantelado en aras de la globalización/integración europea.  


Pero desesperarse no vale de nada y en esta vida casi siempre hay una solución. Señala Guilluy que las zonas en las que emergió el entonces llamado Frente Nacional estaban sujetas a una doble inseguridad, la social (ligada a los efectos del modelo económico) y cultural (relacionada con el multiculturalismo). Sólo de esa combinación ha ido surgiendo de forma creciente el voto populista en Francia y, posteriormente en Estados Unidos de una manera casi calcada, el voto a Trump. Nada menos que el 69% de los votantes de Le Pen se incluían en 2017 en la etiqueta de «quienes llegan a fin de mes con muchas dificultades» y como esos problemas estructurales a los que quiere dar respuesta a falta de solución van empeorando, ahora mismo está ya bordeando la mayoría absoluta. Quien quiera emular su éxito en otro país deberá apelar a ambas cuestiones.


Hemos sido testigos de que la reacción ante ellos de la clase dirigente ha sido una huida hacia adelante, recurriendo a los comodines del antifascismo y antirracismo —como ya pasó con Marchais hace más de 40 años—, aunque cada vez están funcionando peor. En estos últimos tiempos ha tenido lugar una irrefrenable deslegitimación de los agentes de difusión de la ideología dominante, ya fuera Hollywood, el ámbito académico, los medios de comunicación… De manera que, salvo algún incidente dramático en absoluto descartable, parece que Trump será reelegido y en 2027, esta vez sí, Le Pen podría ganar. Su fórmula, en conclusión, es sencilla y no es impuesta desde arriba, sino que surge de abajo: «soberanismo, proteccionismo, preservación de los servicios públicos, rechazo a las desigualdades, regulación de los flujos migratorios, fronteras: estos temas son comunes a las clases populares de todo el mundo».


Leer en La Gaceta de la Iberosfera 

Lunes, 1 de Abril

 


Valle de Esteban

Gallina sussex con banco y bacon

San Hugo de Grenoble. 1 de abril


San Hugo por Simón de Bueras, 1558. Coro de los Hermanos en la Cartuja de Miraflores. Burgos



San Hugo en el refectorio. Zurbarán. 1655. Museo Bellas Artes de Sevilla. Procede de la Cartuja de Sevilla



           Francisco Javier Gómez Izquierdo


            Medio siglo hará cuando ya servidor tenía la sangre envenenada con el fútbol y por otra parte sentía gran inclinación por la Cartuja de Miraflores. Entendí desde entonces que no era descabellada la idea de un guía bajito y con barba que enseñaba el edificio tan querido y que soltaba a los turistas nada más pisar el atrio de entrada ante un cuadro del que desconozco dónde ha ido a parar, "..aquí tienen a San Hugo, patrón de los futbolistas". Aquel hombre inventó o escuchó a alguien, supongo, que San Hugo de chico estaba todo el día dando patadas a balas de paja con gran disgusto de sus padres, cosa que no he visto documentada en ningún sitio por mucho que he indagado. Como pueden suponer, aficionado al Santoral que es uno, San Hugo está entre mis favoritos y llevo 50 años manteniendo la "tontá" de que el patrón de los peloteros es San Hugo de Grenoble y hasta cometí la irreverencia de hacer unas croniquillas de fútbol para aficionados de Osasuna y Córdoba con semejante seudónimo. En alguna peña cordobesista sigo siendo San Hugo.


          Dicen los apuntes que he juntado que San Hugo fue hombre de mucha paciencia y apacibilidad. Que el Papa le hizo Obispo de Grenoble casi a las bravas. Que su santidad hizo cambiar las relajadas costumbres de su Diócesis. Que sólo se le conoce mirar una vez a una mujer y que como ya conocerán procuró un terreno, Chartreuse -la Cartusia- a San Bruno y sus seis compañeros eremitas a los que atendió y mantuvo durante un tiempo. Famoso es el cuadro de Zurbarán donde se cuenta el milagro de San Hugo que al llegar en Miércoles Santo al refectorio de aquellos monjes austeros y solitarios, los encontró dormidos ante platos con carne que él les había procurado para el domingo anterior al Miércoles de Ceniza. Discutieron si les era lícito comer carne en tiempo de Cuaresma. Un sopor los embargó durante cuarenta y cinco días y al despertar ante San Hugo, la carne era ya ceniza y la respuesta a sus deliberaciones era a todas luces: NO.


         Hoy 1 de abril es San Hugo y me he enterado que es día que no sé quién lo puso como el día de las bromas y que los mayores vuelven a la infancia. Otra "tontá" más gorda que la de servidor. ¿Y por qué no puede uno hacer a San Hugo patrón de los futbolistas como contaba el barbado guía burgalés a italianos, ingleses, portugueses y franceses, sobre todo habiendo tantos días dedicados a modernas mamarrachadas?