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viernes, 23 de diciembre de 2011

José Paquiro Tomás en el Día de la Marmota

El rey de los paquiros

José Ramón Márquez

El día de la Marmota ya llegó.

Inexorablemente, ya estamos en el Punxsutawney taurino, y que nadie diga que no lo habíamos avisado, que lo hemos escrito aquí y además nos hemos desgañitado en las tabernas, en los restaurantes de medio pelo que frecuentamos, que se lo hemos dicho con gritos y con susurros a todos los que se nos han puesto enfrente hablando del Pasmo de Galapagar, Papá Galapagar, que al tío éste le daban el Prestigioso Premio Paquiro sí o sí, que el Paquiro o el Paquirín se lo llevaba el Ciprés Berroqueño porque sí, que la morterada del Paquirín iba para el Paquiroman, hiciese lo que hiciese, torease donde torease, torease lo que torease, torease como torease, porque el Paquiro no es sólo un premio de un montón de pasta que siempre se lleva el mismo; es un acto de amor, es una declaración de principios, es una fetua, es un ucase, es un honor que se da sólo al único que en verdad lo merece, a aquél que debe recibirlo, y no hay más.

Lo dijimos con antelación, antes de que el tristón berroqueño comenzase su particular Feria de Abril, y hoy sale por fin, el mismo día de la lotería, la pedrea para el Berroqueño; el prestigioso Premio Paquiro según dicen los que lo entregan, y con éste ya llevan tres años premiando al Punxsutawney de la inmolación, haciendo que llegue el premio siempre a las mismas manos.

De los cuatro años que llevan convocando el Muy Prestigioso Premio Paquiro, cuatro largos años de prestigio a sus espaldas que pesan lo suyo, resulta que en tres de ellos todo el prestigio ha ido a parar a las manos del Pétreo Tomás y uno a las de Morante, que ese accidente ocurrió porque el Comandante de Puesto se dio de baja y no había forma de dárselo a él, a su único depositario, a su ganador nato, al único que lo merece.

En cuatro ediciones del Paquiro es curioso que no haya habido un solo toro que señalar entre los que ha matado el actual tricampeón. Claro es que quien dice toro debería decir, acaso, materia del arte taurino creada para que los seguidores, los hooligans, los harekrisnas entornen sus ojos y se deleiten golosos con ese último y final derechazo en el que el ídolo, el semidiós, vuelve a hacer que pone en juego su vida; vida siempre pendiente de un hilo de oro.

Hasta la saciedad hemos dicho que si en la pasada temporada ha habido dos tíos que han llevado a la Plaza la verdad y la entereza, la razón de ser del toreo que se hace con toros, estos han sido Mora y Fandiño. Estos, como es natural, no merecen ni una cita a pie de página para el cansino día de la prestigiosa marmota Paquiro, porque ellos lo que han hecho ha sido torear, a cara de perro, lo que se les ha puesto delante, con hombría y entereza, con clasicismo y con las normas del arte de los antiguos matadores: parar, templar, mandar, cargar la suerte, matar. El toreo. Ellos no estaban en el sanedrín, porque ellos construyeron su temporada de toreros a despecho de todos. Ni Mora ni Fandiño tenían por delante una Feria de Abril amañada y tramposa como la del berrocas cipresero, con sus toros escogiditos, con su crítica amansadita, con su público bizcochoncito a la caza del instante irrepetible y del susto de la pseudo inmolación. Ahí estaban esperando a José Tomás el toro aquél del Conde de La Maza de Sevilla, aquel otro de Cebada Gago de El Puerto o el de Cuadri de Madrid, pero les tocaron a otros porque el tripaquiro no veía claro ir con toros ni ir a las Plazas que dan y quitan.

Y lo que ocurrió es que salieron los toros de Paquiro para los toreros como Paquiro, pero el Paquiro de consolación se lo dieron al de siempre, que, total, para eso es para lo que lo crearon.

Día de la Marmota en Punxsutawney
Si os fijáis bien, están todos