Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Se asombraba el otro día Tucker Carlson de la ignorancia política de la actual gente bien inglesa. Lo descubrió en “una cena de alto nivel” en el Reino Unido con “personas inteligentes, muy bien educadas”.
–No tenían ni idea de nada. Creen lo que les han contado en la NBC. No saben qué está pasando. Es un vacío informativo. La ironía es que Internet estaba destinado a informarnos a todos, pero el resultado ha sido lo contrario: la gente sabe menos. De hecho, la gente sabe tan poco que, bueno, estamos al borde de una guerra nuclear.
Por los noticieros ingleses corren como “cardos rusos” (llámanse así esos matojos rodantes que amenizan las películas del Oeste) los bulos del separatismo galés, escocés e irlandés, a fin de preparar a la población para la vuelta a Bruselas, capital de la Europa de los Sacarinos, todos esos gobernantes no electos (directa y separadamente) que fantasean con las furgonetas de Zelenski para llevarnos a la guerra. Burnham y Macron parecen Sacarinos de los Rothschild, como Merz parece Sacarino de Larry Fink, y Sánchez, de Soros: inmigración a manta y guerras por la democracia, esa hoja de parra de la obediencia, pues para atemperar la indignidad de obedecer, a los que obedecen, que son los más, se les dice que ellos deciden quiénes mandan, que son los menos, pero todos sabemos que si los que obedecen decidieran realmente algo, no se les permitiría votar. La propaganda se ocupa del resto.
Y de la ignorancia política de la gente bien inglesa ante Tucker Carlson a la ignorancia política de la gente bien española ante la invasión de Ceuta, engullida por los cuatro estómagos (panza, bonete, libro y cuajar) del Consenso, con todas las instituciones del Reino metidas debajo de la cama: nuestra izquierda, que abreva de la inteligencia del gobierno, la atribuye a Putin (autor, en fin, del golpe catalán del 17), y nuestra derecha, informada por la intelectualidad liberalia, la atribuye a los descamisados Vinicius y Mbappé, que declinaron lucir una camiseta caballa en Elche, que es como si Jared Kushner y Steven Witkoff, los Oliver y Hardy trumpianos, se hubieran negado a ponerse las camisetas que Zelenski les ofreció en Kiev.
–¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino. Hágase en mí según la voluntad de los imbéciles –exclamó el gallo al morir.
Hablamos del gallo que Sócrates había mandado sacrificar a Esculapio. Alfonso Reyes cita un cuento de nuestro Clarín que pinta a Critón, discípulo tonto e “idealista de segunda mano”, detrás de un gallo que trepaba las bardas para escapársele y le decía: “¿No comprendes que tu maestro hablaba en parábolas? ¿Que eso de sacrificar un gallo no era más que un modo pintoresco de hablar?”
Pero Critón no quiso entender de razones y alcanzó al gallo de una pedrada.
[Martes, 22 de S eptiembre]

