Ignacio Ruiz Quintano
Abc
El objetivo gubernamental era que se discutiera de números, no de víctimas, y en ésas estamos. Bien. En el África occidental había una comarca donde nadie sabía contar más que hasta cinco, y cuando por excepción lograba allí alguien contar hasta seis o siete, los ancianos de la tribu le ofrecían una chistera desfondada, que se encontraron un día en una playa, le colocaban un enorme paraguas en la mano, lo sentaban en un tronco y lo proclamaban rey. Esta historia, que tanta gracia hacía a Julio Camba, servirá para llevar la tranquilidad al Gobierno de la Puerta del Sol: en Madrid, la tribu zapateril no quiere un rey, sino un delegado, cuya única misión sea contar los manifestantes de la oposición, porque Madrid es el manifestódromo de España, donde los manifestantes acostumbran manifestarse contra el Gobierno de turno. “¡Qué cantidad de agua!”, dice un paleto al ver el mar por vez primera. “Es muy hermosísimo, pero demasiado igual...”, contesta su compañero. “¡Cualquiera calcula las fanegas que tiene!”, insiste el primero. ¿Cuántas fanegas tenía la manifestación del sábado en Madrid? Cuando se trata de manifestaciones, hay periódicos de progreso con dos varas de medir, y publican un croquis gordo, si la manifestación es de índole progresista, pero si la manifestación es de índole reaccionaria el croquis que publican se encoge hasta la mitad. Y así se va escribiendo la historia. Ahora hemos sabido que el golpe del 23-F lo pararon los partidos y los sindicatos subiéndose, como Yeltsin, a los tanques, y que a la manifestación del Día Después asistieron, sólo en Madrid, y en el tramo entre Neptuno y las Cortes, no menos de cuatro o cinco millones de personas. ¿Que cuántas fanegas tenía la manifestación del sábado en Madrid? El delegado, al contarlas, no pasó de cinco, cifra que se nos hace pequeña. ¿Pero qué le vamos a hacer nosotros? Al parecer, discutir un informe policial vuelve a ser delito, y cualquiera se expone a que le caiga encima el peso de la ley, que pesa como una escultura de Manolo Valdés. Quite, quite. ¿Cien mil? Cien mil. Los mismos, curiosamente, que cuando iban por la calle un tío con un grajo muerto y su disecador gritando “Nunca mais!”

