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jueves, 1 de octubre de 2020

La Moción

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    La consigna liberalia según la cual la moción de censura de Abascal “nace fallida” supone admitir que el parlamentarismo, ese invento liberal, es una farsa.
    

La teoría dice que, prohibido en la Constitución el mandato imperativo, al Parlamento va cada uno a hablar (¡la “dinámica dialéctica” que el teólogo Smend daba como razón del Parlamento!), y en función de lo que se escuche, a votar, pues, de lo contrario, con que se reunieran únicamente los jefes de los partidos alrededor de un cocido en Lhardy, que está enfrente, resolveríamos el asunto por bastante menos precio.
    

Hace un siglo que el italiano Mosca avisó de la realidad oligárquica de la clase política parlamentaria y ofreció tres soluciones bizarras: la dictadura del proletariado, el retorno al absolutismo burocrático y una forma de organización sindical en sustitución de la representación parlamentaria. ¿Cuál de ellas es la preferida por nuestros liberalios de “la moción nace fallida”?
    

Hasta donde uno recuerda, la creencia en un “government by discussion” (no confundir con la democracia, hipóstasis fabricada por los vendedores de “souvenirs” en el primer centenario de la Revolución francesa) era la joya del mundo conceptual del liberalismo, pero ya ven.


    A esto debía referirse Thomas Bernhard cuando recomendaba a los conferenciantes llevar un mazo gigante con el que golpear a la gente para que al menos una parte de lo que estás diciendo se hunda en las cabezas (versión bernhardiana del goyesco “la letra con sangre entra”).
    

Eso es lo que hace girar al mundo: golpear a la gente en la cabeza. Y aquellos que dicen que tienes que mostrar consideración por tu prójimo y no hacer nada, son los más duros de todos. Es cierto que atacan discretamente: tienen un martillo gigante, pero lo mantienen oculto tras las bambalinas. Delante de la cortina son todo sonrisas, pero detrás de ella te martillean.
    

Bernhard venía a España porque le gustaba oír hablar español, del que no entendía una palabra.

 


Thomas Bernhard