Follow by Email

domingo, 26 de enero de 2020

La insinceridad triunfante


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Lo último en periodismo es que un periodista holandés que informó de que la policía había mentido en un caso ha ingresado en prisión por no revelar sus fuentes. ¡Qué bárbaro! ¡Acusar de insinceridad a la policía! Antes, con la crisis, ese periodista habría ingresado en el paro, pero ahora, con el pleno empleo, se conoce que únicamente queda sitio en la cárcel. A este paso, dentro de poco no habrá en las celdas más que palabras de honor. Y luego vamos por ahí quejándonos de que nuestra libertad de opinión languidece como las rosas. Al ver lo de Holanda, en otra época refugio europeo del librepensamiento —Descartes, Hobbes, Locke, Bayle y Espinosa pensaron allí—, ya podemos decir que nunca estuvo más lozana nuestra libertad de opinión, a pesar de la invasión de políticos y de inversores, que injustamente pasan por ser los enemigos naturales del periodismo.

Si el viejo periodismo venía a ser siempre una transacción entre la realidad y los ideales, el nuevo periodismo no es más que una transacción entre la política y las finanzas. El ideal periodístico de los políticos suele resumirse en un famoso comentario del general De Gaulle: «Mis enemigos los tengo en la prensa, por lo tanto yo me quedo con la televisión.» Más escueto es el ideal periodístico de los inversores, reducido —en inglés, por supuesto— a la siguiente pregunta: «What is News?» Si se sigue el juego socrático, no hay más que una respuesta: «Noticia sólo es, en efecto, lo que da dinero.» Y en eso estamos. Quiero decir que estamos mejor que nunca, y lo digo, pues en esto consiste la libertad de opinión, es decir, en decir lo que uno quiere. ¿O es que si usted quiere decir que puede decir todo lo que quiere decir no lo puede decir? Otra cosa es el dinero que luego le den por decirlo. Si mucho, enhorabuena: es usted lo que se llama un comunicador. Si poco, pruebe a cambiar de balcones al pasar el sombrero de la colaboración después de haber cantado un poco a la guitarra debajo de ellos, y no olvide que es más fácil descubrir una combinación para jugar a la ruleta que una ley para explicar las oscilaciones de las monedas. ¿Por qué iba a descubrir usted lo que no ha descubierto Wim Duisenberg?

Lo importante, en cualquier caso, es que la libertad de opinión no afecte a la opinión, riesgo, ciertamente, que en España no corremos. Como decía Ortega al hablar de la sinceridad triunfante en su época, «en los países de habla española lo mismo da escribir una gran verdad que una insolente inepcia: nada trae consecuencias». Suya es la teoría según la cual las épocas clásicas, en arte como en política, son épocas esencialmente insinceras, obra de la insinceridad de los hombres que en ellas vivieron: «La vida clásica se compone de tópicos.» Visto así, no seré yo quien niegue la evidencia del nuevo Siglo de Oro. ¿Quién no ha oído hablar, por ejemplo, de la cuestión del déficit cero?

Ahí lo tienen: el déficit cero. A unos les parece una bagatela romántica, y a otros, una muestra de formalidad, pero es palpable la emoción de estos instantes en la vida periodística, donde no se habla de otra cosa. La macroeconomía, como se sabe, no responde a cálculos ni a capacidades, sino a voluntades y decisiones. Por ese lado, las marcas gubernamentales que se establecen en Madrid se mezclan televisivamente con las marcas olímpicas que se establecen en Sidney. Tampoco es para menos. Un déficit cero no constituye en sí mismo ningún ideal político, y. sin embargo, se hace imprescindible para acometer de una vez por todas la reforma del carácter nacional.

A un Estado a cero, igual que a una TVE a cero, por concurso o por subasta, nunca le faltarán pretendientes. En aras de la insinceridad triunfante, quizás esto no debería decirse, puesto que siempre es más fácil gobernar un pueblo ingenuo que se inclina ante lo que ignora, pero tras del déficit cero se esconde la privatización inminente del Estado. Privatizado el Estado, ¿qué quedará de aquella disposición social para la pereza y el rechupeteo de cargos que todos conveníamos en denominar «carácter nacional»?

Wim Duisenberg

El ideal periodístico de los políticos suele resumirse en un famoso comentario del general De Gaulle: «Mis enemigos los tengo en la prensa, por lo tanto yo me quedo con la televisión»