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jueves, 30 de agosto de 2018

ESPAÑOLES Y FRANCESES: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulo 10

Rafael
Baldassare di Castiglione (1515)


Jean Juan Palette-Cazajus

10. Algunos valores de Antiguo Régimen y sus secuelas:

Cuando los viajeros extranjeros retratan a los franceses hasta entrado el siglo XVIII -y Béat de Muralt es especialmente representativo- un conteo estadístico de las palabras más utilizadas por ellos nos proporcionaría, a buen seguro, términos como «frivolidad, ligereza, desenvoltura, locuacidad, vivacidad, buenas maneras, civilidad, ingenio, entendimiento, sociabilidad, alegría, escasa religiosidad, chovinismo y... vanidad». Levi Strauss decía que hallamos en ciertas culturas tradicionales, costumbres que sólo se pueden explicar si entendemos que la sociedad que las ha adoptado ha querido desmarcarse o hacer simplemente lo contrario de lo que piensa y practica el poblado vecino. Me atrevería a insinuar la posibilidad de que en la época álgida de su enfrentamiento, franceses y españoles hayan querido en ciertos casos y de manera más o menos consciente, desmarcarse unos de otros y significarse frente a la vida mediante actitudes contrapuestas. La «frivolidad», y la «ligereza»,  el culto al ingenio de los franceses, serían así el contrapunto de la «austeridad» y la «gravedad» hispana. Y la «vanidad» gala que presume de «civilización», el equivalente de la «arrogancia» española que presume de «honor» y «ortodoxia». Al fin y al cabo es lo que ya nos decía Miguel Servet en la cita con que abríamos este trabajo: «Los galos son alegres […] y huyen profundamente de la hipocresía y gravedad, que guardan los reconcentrados españoles». Aquella «ligereza» debe entenderse como la  voluntad de desmarcarse de su antónimo, «la pesadez», la de los plebeyos. La ligereza aristocrática proclama la superioridad «aérea» del nacimiento, percibida como una esencia impalpable que sobrevuela la naturaleza plomiza de quienes viven amarrados a la gleba. Semejante «opción» temperamental dejó su marca en la historia francesa, a veces desastrosa, y ha seguido suscitando paradójicas resonancias hasta nuestros días.

 Batalla de Crécy (1346), miniatura de la época

Se entenderá mejor ese culto de la aristocracia francesa del Antiguo Régimen a la exhibición de la «ligereza», si lo relacionamos con un concepto italiano popularizado en «Il libro del cortigiano», la obra emblemática del poeta Baldassare di Castiglione (1478-1529), escrita en 1528 y traducida al español por Boscán: el de «Sprezzatura». La traducción literal de «sprezzatura» sería «desprecio», pero mejor convendría hablar de «desdén», entendido aquí como matizado de despreocupación, de “diletantismo” -otro italianismo- en el vestir, en el amar, en el vivir y, lo más importante, en el morir. Ligereza, desdén y sentimiento de superioridad son palabras que sirven para destacar la naturalidad del valor frente a la posibilidad de la muerte y la suma elegancia de no tener que ostentarlo. El amor, la vida, la guerra, todas las vicisitudes de la vida, deben ser contempladas como minucias desde el prisma de nuestra exquisita calidad personal. La coquetería mental es suprema. El símbolo es el «hombre a caballo». El hombre de noble cuna cabalga. Cabalga en la vida y cabalga en la guerra.

 La batalla de Pavía pintada por A. Ferrer Dalmau

En Crécy, primera gran batalla de la Guerra de los Cien Años, en 1346, las anárquicas cargas de la caballería francesa se empalaron sobre las afiladas estacas que protegían las lineas inglesas y fueron desbaratadas por la lluvia de flechas disparadas por el  poderoso “Long Bow” de los arqueros galeses. 70 años después, en Azincourt, en el barro hasta los corvejones, lo más granado de la caballería francesa volvió a perecer bajo las mismas nubes de flechas, tras otra carga absurda y desordenada. Frivolidad, ligereza. Nadie pensó en sacar lecciones. La disciplina militar sólo podía ser cosa de siervos. Aquellos personajes se negaron siempre a asumir que el mundo plebeyo de los arqueros ingleses, con su entrenamiento intenso, fastidioso, al fin y al cabo anticipo de la modernidad social y militar, pudiese prevalecer sobre la superioridad innata de la sangre noble y los rituales sagrados de la guerra caballeresca. Frivolidad, ligereza, Ciento diez años después, en Pavía, en 1525, en un momento en que la prosaica artillería parecía decantar la batalla del lado galo, el monarca francés, Francisco I, hijo del mismo atavismo, pensó que la carga de los caballeros, con sus lujosas, pesadas y ya casi ineptas armaduras, era la que debía inclinar el fiel de la balanza y dignificar la victoria. Los 3000 arcabuceros, disciplinados y entrenados, de Don Alonso de Ávalos poco menos que practicaron tiro de pichón sobre la nobleza francesa. “Todo se ha perdido menos el honor”, dijo Francisco I camino de la Torre de los Lujanes. Frivolidad, ligereza.

 Dien-bien-phu, 1954

Pero es que todavía en el verano de 1914, en las primeras semanas  del conflicto, el ejército francés, guerreras azules y pantalones rojos (los alemanes iban, razonable y prosaicamente, de gris) fue conminado a suicidas cargas a la bayoneta, segadas, ya no por los arcabuces de los tercios, sino por las ametralladoras germanas. Buena parte de la oficialidad era de origen aristocrático y se ponían guantes blancos antes de caer, espada en mano, elegantemente fulminados. Aquella frivolidad mortífera era en el fondo una traición a la sociedad que les había encomendado su defensa. La frivolidad y la ligereza se habían vuelto históricamente absurdas y éticamente criminales.

 Sevilla, 8 de julio de 1982

De esta psicología de Antiguo Régimen, donde la estética y la ética, la frivolidad y la desenvoltura se mezclaban de forma casi orgánica quedó, en los «cerebros» franceses -para hablar como el Sr Fouillée- cierta fascinación hacia un tipo de comportamiento expresado por la palabra «panache». Muchas cosas se entenderán mejor -se entendían mejor- si conocemos este vocablo y su peculiar universo. Traducido literalmente, sería el «penacho», el de un ave, de un casco o de un tocado. Pero se emplea sobre todo, de forma metafórica, para significar un cóctel variable de heroísmo, de espíritu de sacrificio y de estilo. Pero ante todo esto: el estilo. No importa que ganes o pierdas, en el deporte o en la guerra. Lo que importa es cómo lo haces. Mejor una derrota con “panache” que una victoria árida. Quienes recuerden el partido de semifinales del Mundial de fútbol de 1982, en Sevilla y la derrota final, en la tanda de penaltis, de Francia frente a Alemania (¡qué casualidad!) saben lo hermoso y desesperante que puede ser un equipo jugando con “panache”, contra otro, prosaico y eficaz. Sin duda uno de los últimos casos de absurdo «panache» se dio con motivo del no menos absurdo desastre de Dien Bien Phu. Horas antes de que cayera el campo atrincherado, el 7 de mayo de 1954, sumergido por las tropas norvietnamitas de Giap y Hô Chi Minh, estando ya todo perdido, un batallón de paracaidistas salió voluntario desde Hanoi para lanzarse sobre lo que quedaba del campo. Su único objetivo: «mourir avec les copains», morir con los compañeros. Aquella batalla se libró  con “panache” novelesco durante casi seis meses. Pero nada podía ocultar los tremendos errores estratégicos y políticos que equivocaron la ubicación del obsoleto «campo atrincherado» (¡un concepto medieval si nos ponemos a pensar!) y subestimaron tanto el potencial de los norvietnamitas como el peso determinante de la ayuda china y soviética. Frivolidad, ligereza, siglo tras siglo.

Le Panache