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sábado, 4 de agosto de 2018

Córdoba C F. Estancado en los límites salariales

Así nos obliga a correr en Montecarlo don Tebas


Francisco Javier Gómez Izquierdo

        Llevo varios días tentado de escribir algo sobre el sobrecogedor presente y misterioso futuro del Córdoba CF, mi equipo de los últimos treinta años, pues el de toda la vida seguirá siendo el Burgos CF que tantos disgustos sigue dándome, pero lo voy posponiendo porque cada dos o tres horas de los últimos treinta días a los aficionados blanquiverdes nos sobresalta un rumor y de repente miramos con esperanza las gateras más ridículas, pero lo cierto es que no sabemos lo que ha pasado, lo que pasa ni lo que pasará.
       
Recordarán ustedes la llegada en enero de un mecenas, de un entrenador y de media docena de futbolistas, mercenarios sí, pero comprometidos en la conquista de un milagro. De la angustia pasamos a la euforia de la salvación y a ser ejemplo de fe en el esfuerzo y cuando aún no habíamos acabado de celebrar nos sorprendió el despido de Sandoval, las amenazas del gran jefe Tebas por gastar, al parecer, más de lo debido; la dimisión del rompedor y recién venido Luis Oliver; la falta de liquidez del mecenas; el fichaje de Francisco, un entrenador al que no se acababa de querer del todo; la huida de varios jugadores; la ausencia de nuevas contrataciones (4 de agosto y no hemos fichado a nadie aún); la renuncia del nuevo entrenador, al que al parecer no se había inscrito; la continua amenaza del antiguo amo del Córdoba, Carlos González, que va diciendo por Madrid que el Córdoba todavía es suyo porque no le han pagado... y lo último de hace un rato es la vuelta de Sandoval,  el despedido hace un mes, a un club de fútbol con quince mil abonados... pero sin futbolistas.

      Quedan quince días para el comienzo de la Liga ante el Numancia y en Córdoba todo es incertidumbre e incomprensión con el límite salarial que nos dejó Carlos González, uno de los presidentes más afortunados que haya tenido el fútbol profesional. Al hombre, amo y señor, se le iban los dineros en sueldos suyos, quedando lo justo para lo importante. Luis Oliver, personaje con más conocimiento del negocio que Carlos González, pero a la vez mucho más oscuro e inquietante, se parapetó en extraños porcentajes de los contratos con los nuevos que fichó en enero para la salvación del equipo y se guardó un último apunte para sí mismo garantizándose un millón de euros si el equipo no descendía. Los porcentajes ya eran cuantiosos. El millón de euros, demoledor para el cálculo del límite salarial de don Tebas. Si añadimos además que don Tebas y don Oliver se tienen indisimulada inquina entendemos la dimisión de don Oliver para aliviar negociaciones que no vemos lleguen a puerto “manque sea” malo. En la ciudad se sospecha que don Oliver, todo un lince en las callejuelas del Derecho, sigue maquinando excentricidades y aunque duela reconocerlo, ojalá sea así, porque no ve uno cabeza más capaz en las actuales circunstancias.
       
Aquí estamos. Con quince días por delante a la espera de un entrenador que llega de Madrid y que no se entendió muy bien con los pocos jugadores que quedan, diecisiete, de la última campaña. Con los que se entendía se han ido. Con un presidente que aspira ¡ozú! al ascenso. Con quince mil abonados de los que unos diez mil manifiestan haberse precipitado en sacarse el carné... y un servidor haciendo turnos en la mina agalbanado con la proverbial “calor omeya” de la que pensábamos librarnos este año.

       Como va a pasar lo que don Tebas y su límite salarial quieran, lo mejor es dejar de cavilar y atender a la correcta elaboración del gazpacho. El mejor y más barato remedio en días como los que tocan.