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miércoles, 29 de agosto de 2018

Españoles y Franceses: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro Capítulo 9

 Galería de los espejos
Versalles


Jean Juan Palette-Cazajus

9. La Francia de Antiguo Régimen bajo la mirada de un protestante suizo:

Los viajeros españoles en Francia que nos hayan dejado el relato de su experiencia son infinitamente menos numerosos que en la situación inversa.Ya lo había observado Gregorio Marañón que consideraba «los libros de viaje, los memoriales y los epistolarios como el punto flaco de la literatura española». Y el excelente hispanista francés Jean Sentaurens echaba de menos «alguna bibliografía general sobre los viajes de los españoles fuera de su tierra y sobre los libros de viajes por Francia, escritos en idioma castellano. La cosa mejora algo a partir del siglo XVIII. Así el sacerdote Diego Alejandro de Gálvez, en 1755, cuenta su experiencia parisina: «Los franceses es (sic) una nación de grande mérito; su aplicación a las Ciencias, y los grandes progresos en ellas, su admirable gobierno, el vasto y ventajoso comercio que hacen, sus muchas y bellas fábricas, su política y modales; y en cuantas cosas buenas se ven en este reino, les hace recomendables, ocupando uno de los primeros papeles entre las naciones más cultas de Europa. Pero están tan persuadidos por no decir han dado en la locura, de que todas sus cosas exceden con ventajas a las de todas las naciones juntas. Tan satisfechos están de París, que les parece no hay en el Universo otra que le exceda en tamaño... Nada hay bueno sino París y su Francia. Por lo que respecta a España, la miran con la mayor bajeza y desprecio, y aún creen que todos los españoles son ignorantes».

 
 Le Brun: Pierre Séguier, Canciller de Francia con sus pajes (1655-1661)

Época fausta para la cultura francesa, más incierta y dudosa para la española. El ilustrado abate canario José Viera y Clavijo, viajero en París en 1777, opina así que  «creo que nosotros tenemos más razón de admirarnos de lo ignorante que están los sabios Franceses de las cosas de la España, que de lo instruido que se hallan en las demás cosas». El botánico y naturalista Antonio José de Cabanilles, amigo del anterior, le dirige, en 1779 una carta escasamente entusiasta: «Amigo y dueño mio: ya se verificó nuestra buelta a esta Babilonia, y hemos dejado la pureza y diversion de Atis por la imundicia de Paris: que puerca, obscura y desagradable la he encontrado! Como yo no voy a ningún espectáculo, ni tengo más comercio que con mi calle y un par de Yglesias que descubro desde la puerta, me veo en la precisión de apechugar con libros y papeles hasta artarme». Pero estos viajeros, incluso estando en Francia mantienen la mirada obsesivamente mediatizada por los problemas de la realidad patria. Obsesionados por las comparaciones, pierden de vista la Francia de lo cotidiano.

 Por esto dedicaremos algunos instantes a unas consideraciones apasionantes por la agudeza, la lucidez, la perspicacia de su autor y la fecha en que fueron escritas. Se trata de las «Lettres sur les Anglais et les Français» (Cartas sobre Ingleses y Franceses) del escritor suizo Béat Louis de Muralt (1665-1749). Escritas hacia 1697, es decir en el apogeo del largo reinado de Louis XIV (72 años si incluimos la regencia de su madre Ana de Austria, hija de Felipe III), el más grandioso, glorioso y ruinoso de la historia de Francia. Estamos en vísperas de la Guerra de Sucesión de España que amargó los últimos años del reinado. Las cartas sólo se publicaron más de un cuarto de siglo después, en 1725. Muralt nos habla pues de un carácter y unas costumbres que se corresponden con el momento áureo de la Francia de Antiguo Régimen. El autor había sentado plaza en la Guardia Suiza del monarca francés, donde llegó al grado de capitán. En la segunda mitad de su vida escribió numerosos textos religiosos en la línea del llamado «pietismo», una versión individualista, crítica y austera del luteranismo. Es decir que procedía de una Suiza protestante cuya sencillez y rigor de costumbres nada lo predisponían a la indulgencia con el muy formal catolicismo de corte y la feria de las vanidades y del poder que pudo presenciar en Versalles. Aquella cultura era muy diferente de la que se irá desarrollando a partir de la muerte del llamado «Rey-Sol» en 1715. Una cultura de las apariencias y el boato que se verá sustituida por una cultura de la intimidad y de la naturalidad;  una cultura normativa y artificial que dejará paso a la sutileza y la sensualidad; una cultura absolutista que será pronto socavada por las ideas de las Luces. Por esto nos puede sorprender, más allá de la distancia y las reservas, la persistencia de una evidente empatía:

 
 Nicolas de Largillierre
Retrato femenino, 1696

-«Los franceses, más que ninguna nación que yo conozca, cuidan de presentar su lado bueno y tratan de que la primera impresión les resulte favorable».

 -«Los franceses son educados, atentos, solícitos […] parecen hechos para la vida social […] pero no se dan por satisfechos con los sentimientos de amistad que inspiran […] quieren ser aplaudidos y admirados […] particularmente por nosotros los extranjeros […] casi piensan que esa es nuestra obligación…»

-«…Estiman tanto el ingenio, los buenos modales, las apariencias que descuidan lo realmente importante[…] Prefieren el gusto de aparentar al de ser realmente».

-«La bondad de corazón [···]es propia a esta nación[...]lo que hace de los franceses[…] los amigos más atentos.[...]Pero he aquí al mismo tiempo una gran rareza: […] es por el ingenio y el entendimiento, que consideran generalmente opuesto a la bondad, que los franceses desean ser alabados. Aunque por ello quedasen comparados con el diablo».

-«[...] Otra distinción que despierta la avidez del francés es la autoridad, el gusto por el mando…»

-«Los franceses son poco sensibles a la libertad […] La poca que les deja su príncipe la sacrifican a la costumbre de la que son esclavos[…]  «¡Esto se hace! ¡esto no se hace!» son  razones  sagradas para aprobar o condenar algo.

-«[...] Los que se consideran hombres libres, o aquellos a quienes les importa la libertad no consideran los franceses como un modelo y no los admiran»
.

 
Nicolas de Largillierre
Preceptor y alumno, 1685 

-«Una cosa que no se puede separar del talante francés en la conversación es la cortesía. No se contentan con rehuir la aspereza y lo chocante...quieren atraer y distinguirse mediante la cortesía».

-«La importancia de la indumentaria es más considerable en Francia que en ninguna otra parte...En esto los franceses le deben mucho a las mujeres que no se quedan en casa y corren a lucirse al igual que los hombres.[...]¿Tendremos que aprobar la extrema libertad que las mujeres tienen en Francia?  Estaremos de acuerdo que el comercio frecuente y libre entre los dos sexos las preserva de la corrupción grosera a la que sucumben en otros países algunas mujeres a las que tratan de mantener encerradas?»

-«Sus buenos libros […] pintan el amor de una manera que no lo desacredita, Hacen de él una de las cualidades o circunstancias ordinarias al hombre y de las que no tiene por qué ocultarse ni sentirse confuso.[…] La ópera [...]es una de las fuentes [...]de donde esta nación saca su carácter. Allí el amor se representa como lo que hace la felicidad de la juventud[…] y despierta el gusto por él en los espectadores. Las danzas de hombres y mujeres mezclados contribuyen a ello.[…] las madres llevan sus hijas a la ópera y los maridos allí conocen a sus mujeres».

-«El francés hace de la vida un rato placentero, un paseo. Otros la ven como un asunto serio, un viaje».

-«La nación francesa, más que cualquier otra es sujeta al cambio y sensible a  la novedad».

-«El pueblo es menos insolente y de mejor trato que en otras partes...soporta la dominación por dura que sea. Admira con sumisión todo lo que tiene aires de grandeza
».

-«Los franceses quieren a su rey más que cualquier otra nación. Toda la importancia que le dan  a su nación la concentran en su persona».

-«Los ingleses hacen la nación inglesa […] Es la nación francesa la que hace a los franceses[...]Los franceses se consideran como el pueblo civilizado, el que sobrepasa a los demás en entendimiento y buenos modales[...]y solo les falta dominarlos también por su potencia. Esta ambición es lo peor en el carácter de los franceses y una cosa que los distingue de los ingleses, satisfechos con la idea de que su modo de vida es el mejor y que dejan que el resto del mundo se gobierne como bien le parezca».


 Louis Le Nain
Familia de labradores

Béat de Muralt termina pensando, todo bien sopesado, que «al fin y al cabo ni merecen los franceses el odio que tanta gente les tiene, sobre todo los ingleses, ni la admiración que despiertan en otros. Parece que el efecto que deben producir sobre quien los conoce es quererlos y reírse un poco de ellos».

Las citas, en su brevedad descontextualizada, pierden calidad expresiva y sólo pueden desvirtuar  la sutileza y penetración de los análisis de Muralt. Sólo pueden invitar a la lectura sosegada de sus consideraciones. El autor suizo escribe con cierta calidad de estilo y es perceptible la voluntad de acatar las normas del clasicismo francés. Para el autor, Inglaterra es entonces el país de la libertad en fuerte contraste con el absolutismo galo. Habrá que esperar casi un siglo para que la Bastilla sea derruida y Francia se convierta en el adalid de las libertades modernas.

 
Versalles desde el Gran Canal