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jueves, 27 de febrero de 2014

Entre dos aguas


Entre suspiro y suspiro


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Va a ser imposible defender la alegría: no esa alegría ovina del motete de Benedetti que cantaban los Belén ante el pino navideño de Zapatero, sino aquella alegría guitarrera del español que en la calle “veía caminar a Rafael el Gallo” y oía tocar a Paco de Lucía.
    
Ha muerto Paco de Lucía. (¿Quién lo engañaría para salir con el muermo de Santana en Usera?)
    
Y Manolo Sanlúcar firma con Mayor Zaragoza por la expropiación de la Catedral de Córdoba para entregarla, no a los visigodos de San Vicente, sus primeros propietarios, sino a los musulmanes, que los desahuciaron, mientras el rajoyismo se mueve “entre dos aguas”, como un primorriverismo laico y liberal.

    –¡Háblenos de Ceuta, señor Rajoy! –pedía en el Congreso Rubalcaba, con mucho temblor de sotabarba caruncular.

    (Como sea que Rajoy también gasta ya su apunte de sotabarba como de pavo, pensé en Alberto García-Alix retratando a Jesús Posada de pavera, entre su Cánovas y su Sagasta del momento: la mítica pavera de Alfonso en el Madrid del 22.)

    ¡Ceuta!

    Primo perdió el cargo de gobernador militar de Cádiz por proponer públicamente el canje de Ceuta por Gibraltar. Después, con el visto bueno de los socialistas, que engordarían como tudescos, montó el primorriverismo, un “ismo” de muchísima fe (“confiar en Dios y veremos”, fue su sistema) y de muchísimas reformas materiales que cometió el error de marginar a la “intectualidá”, con lo que eso supone en España.

    Para la “intelectualidá”, que nunca cambia, los tres peores ministros del primorriverismo fueron el de Instrucción Pública, el de Justicia y el de la Gobernación, como ocurre hoy con Wert, Gallardón y Fernández, en tanto que Rajoy parece aceptar de cada día lo que pueda dar, esperando a que lo demás lo traiga el mañana, astucia que se confunde con debilidad moral.

    Cómo verá su futuro electoral el Münchhausen de Solares que suplicó que a él (¡a Rubalcaba!) no le multen, si pone en la calle una mesa petitoria.