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viernes, 21 de febrero de 2014

¡Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil!

(Colección Look de Té)
Jorge Bustos

Sen­tado que la columna es un género lit­er­ario, sí que encon­tramos en Twit­ter a numerosos colum­nistas que se com­por­tan como activos par­tidar­ios de la red social del pajar­ito. Sus almas colmen­eras pajarean por los altos andamios de Inter­net, diríamos con el poeta. La evan­ge­lización de la columna pub­li­cada esa mañana, la imposi­ción de manos sobre los feli­gre­ses y la dia­triba cate­c­u­me­nal con­tra los cléri­gos rivales de otras par­ro­quias mediáti­cas son los usos más comunes que hace de Twit­ter el colum­nista con­tem­porá­neo. ¿Les ayuda Twit­ter a ser mejores escritores de colum­nas o repor­ta­jes? ¿Aquilata su inge­nio, afila sus recur­sos, diver­si­fica sus intere­ses, matiza su solem­nidad? Mi opinión, no ya cómo ornitól­ogo incip­i­ente y declar­ado cliente de la pajar­ería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos mil­lares de seguidores, es que Twit­ter ejerce sobre el colum­nista una pre­sión per­versa al mismo tiempo que favorece innegable­mente la pop­u­lar­ización de su tra­bajo y la social­ización de sus efec­tos, la inmedi­atez del retorno crítico y del aplauso edi­f­i­cante, la expec­ta­tiva de un venial trá­fico de influ­en­cias lab­o­rales y, por qué no admi­tirlo, el establec­imiento de debates más o menos esquemáti­cos que ali­vian el tedio del escritor agra­ci­ado con dosis blindadas de intimidad.

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