jueves, 7 de noviembre de 2013

El sindicato de prensa y el portero del Madrid

 @elminuto7
Declaraciones de César que parecen de hoy, pero son de 2010, comentaba su relación con Iker en 2002

El crimen del día...

EL CRIMEN DE CUENCA

Jueves, 7 de noviembre


Los domingos de ABC
20 de Marzo de 1983

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Erasmus


Wert, el Rectificador

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Erasmo de Rotterdam escribió el “Encomio de la estulticia” y la justicia poética ha hecho que hoy patronee a los becarios de la Unión Europea.

    En España, esos becarios son como los vendimiadores de la estulticia en el sentido erasmiano: “bobería y poco saber”. Condenados por el sistema educativo a limpiar váteres en Londres o Berlín, el plan de Wert, el Rectificador, era que empezaran a limpiarlos ya (sin esperar a la licenciatura), y para ello les sisó, con retroactividad y de tapadillo, como parece ser norma de la casa, la subvencioncilla de 150 euros que servía a los estudiantes para aplazar en tierra extraña la mendicidad.

    Y lo peor fue el sentimentalismo de la explicación ministerial: el dinero iría a parar a los pobres de solemnidad.

    O a las indemnizaciones de los presos de la insurgencia septentrional agraciados con la piñata Parot.

    A mí la trapisonda de Wert me pillaba con una niña en Alemania, adonde viajó en septiembre contando con un dinero que de pronto le negaban. Le he dicho que así era en la mili, si llevabas boina verde: te soltaban en un monte y tenías que buscarte la vida. Como Aznar quitó la mili, a Wert no le quedaba otro remedio que quitar las becas para seguir haciendo hombres.
  
Claro que lo que hacen con las becas podrían hacerlo con los bonos del Tesoro, que a eso se va reduciendo la garantía del Estado, una vez perdida la de la Iglesia, y pienso en esos ahorrillos episcopales esfumados en preferentes (pro-“rateadas”) del padre Piquer y aquel oso de San Corbiniano (¡escudo papal de Benedicto XVI!) que resultó ser el oso verde de Cajamadrid.
  
Contra esta cultura del recorte nada prevalece: a la exposición, en Madrid, de Martín Chirino (último de los “grandes” vivo) no asistió una sola autoridad cultural del Ministerio, de la Comunidad o del Ayuntamiento.

    Sólo Sonsoles, “goéthica” y “lotteana”.

     Y es que hasta el viejo Wert empieza a parecerme un triste recorte del joven Werther.

Sin palabras

GESIOH

 ‏@Captain_Baul

Miércoles, 6 de noviembre


Los domingos de ABC
6 de Diciembre de 1981

martes, 5 de noviembre de 2013

Huelga de basuras

Calle de Jorge Juan

J. R. M.

You Don't Bring Me Flowers


Becos

 Uriarte



Garfield

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Los viejos profesores recomendaban la lectura de Herodoto porque su obra está llena de anécdotas divertidas.

    Una de esas anécdotas, predilecta del mexicano Alfonso Reyes, es la de un rey egipcio deseoso de saber si ellos, los egipcios, eran en verdad los primeros habitantes del mundo. Para ello, buscó el lenguaje que hablan espontáneamente los hombres: tomó dos niños recién nacidos, de padres humildes como Guardiola y vulgares como Blatter, para que la prueba fuera más pura, y los entregó a un pastor que los confió a unas cabras en sus apriscos, lejos del contacto humano. Dos años después, el pastor abrió la puerta de la choza, los niños se dejaron caer sobre él y, alargándole sus manos, dijeron “becos, becos”, que resultó ser el término con que se designaba al pan entre los frigios, de modo que los frigios eran científicamente los más antiguos hombres del mundo, y su lengua, la original.

    “Becos, becos” es el vagido de moda en la izquierdona española, con Garzón, muy jevo, y Uriarte, muy chirene.

    El justo juez Garzón (¡oh! divino y justo juez, hacedor de cielo y tierra, protector universal donde todo el bien se encierra, etcétera…) pasando la escudilla a la puerta del viejo convento de la calle de Ferraz. Y el prelado Uriarte (el de los ojos de gato Garfield) postulándose de Serpiente para vigilar el manzano en el futuro Paraíso Vascongado, que sería una cosa como el patio de la cárcel de Carmona donde encerraron al socialista Besteiro como único preso civil, pues todos los demás eran presbíteros vascos.

    ¿Se puede ser juez y parte, como Garzón? ¿Y cura y lerrouxista, como Uriarte?

    De lo primero tenemos el ejemplo de Garzón, y de lo segundo, el de don Basilio Álvarez, páter del Partido Radical. “¿Cómo nos vas a hacer creer, Basilio, que cuando tú dices unas palabras misteriosas en el altar, Dios te obedece y baja al pan y al vino?”, le chinchaban los camaradas.

    –¡Pues se j…, y baja!

    Dame "becos" y llámame tonto.

Paco Jémez

Paco entre glorias cordobesistas: 
Perico Campos, Diego Moreno y Cruz Carrascosa
 
Francisco Javier Gómez Izquierdo
 
Hace seis temporadas, cuando quedaban diez o doce jornadas para que acabara la  liga de segunda división, el presidente del Córdoba despidió a Paco Jémez porque empataba ó perdía los partidos en el minuto 93. El presidente del Córdoba encargó a su secretario técnico, Emilio Vega para más señas, que calmara ánimos en la sede de la peña... digamos más poderosa, y allá que se fue con el nuevo entrenador, a la sazón José González.
       
Como Córdoba es un pueblo y un servidor pertenece a una peña menor, fui invitado por si quería decir algo al nuevo entrenador o al secretario técnico, pues en esas provisionalidades andaba el fútbol califal. Reproché con educación la ligereza en el despido y aseguré a uno de los pocos gaditanos tristes que si los partidos duraran 90 minutos, él no estaría allí. A los  presentes manifesté que si fuese presidente de los dos Atléticos, del Sevilla, del Valencia... equipos de respetable cantera, ficharía a Paco porque revalorizaría a muchas promesas y haría más rentable al club.
       
Creo que llegaron a 18 ó 20 puntos perdidos entre los minutos 90 y 98 (inolvidable un partido contra el Poli Ejido), pero doy fe que nos lo pasábamos bien en el campo. Así empezó Paco Jémez y mi firme deseo fue que volviera a El Arcángel. Volvió y lo vió el mundo.
        
Paco Jémez es un tipo raro, al que en Madrid le toman por elegante a la guardiolesca manera, cuando sólo es un flamenquito pinturero que gusta de jalares “apretaos” y chaquetas calorronas. Paco Jémez no es un filósofo, ni un intelectual, ni un bienqueda del fútbol. Es uno de esos tíos con salero, con muy mal genio y que está a lo que está con todo su espíritu. Paco no tiene cultura diplomática y es mucho más primitivo que lo que mira la Ilustración futbolística madrileña. Paco es cabezota hasta la desesperación y es capaz de morir en el intento de convertir al ranerío de su charca en príncipes... quizás menores, pero príncipes al fin y al cabo. Fuentes, Hervás, Fernández, Fede Vico... sanearon el Córdoba. VitoloVieira a Las Palmas. Batistao, Javi Fuego, Piti... al Rayo.  Quiero decir que Paco crea riqueza allá donde entrena, por poco que le den. Mis criterios para ponderar los méritos de un entrenador se reducen al valor que tiene el futbolista del que se hace cargo y lo que se paga por él al año de disciplinarlo.
       El Rayo estaría condenado al descenso con cualquier entrenador. Es muy probable que con Paco también, pero Paco merece ya orquesta capaz de interpretar su partitura y le sería oportuno apartarse de los orgullosos cantaores con sentimiento y buscar en tierras en las que abundan las manadas de juveniles. No está para el Madrid y el Barça ya que se pegaría en los tigres con los divinos... pero es ideal para Athletic, Celta, Sevilla,  Valencia...

    Un servidor siempre ha defendido a este arrojado cabezota y ahora más que nunca le deseo un poco de suerte y sobre todo aplicación defensiva. Ni Tito es Berti Vogts, ni Nacho Paolo Maldini.

Martes, 5 de noviembre

1992
[Solapa a cargo de la Editorial]

lunes, 4 de noviembre de 2013

La corrida ha devenido en un tío feo con un bicho feble

El toro de la México
 
José Ramón Márquez
 
¡Pero vamos a ver! ¿Qué  pasa en México? ¿Qué pasa en la Monumental, en Aguascalientes? ¿Es que allí hay algo distinto de lo que ocurre en otros lados?

Da la sensación de que o bien estamos mirando constantemente para otro lado, o de que no nos enteramos de lo que pasa alrededor, porque lo que está ocurriendo en México es exactamente lo mismo que lo que está sucediendo en todos los demás sitios.
 
En España, sin ir más lejos, todas las ferias -Madrid incluida- están basadas en la palmaria ausencia o rechazo del toro, sustituido constantemente por aquí y por allá por un asqueroso bóvido bobalicón, renqueante y muy, muy tonto. Desde Valdemorillo hasta Jaén, salvo veinte corridas mal contadas en cuatro sitios que ya nos conocemos, el toro de empuje, de vigor, de venirse arriba, de aprender, de no dejarse ganar la partida, de peligro, de incertidumbre, está completamente extinguido y, además por todas partes nos quieren convencer de que no lo demanda nadie, salvo cuatro chalados. Y lo malo es que lo mismo llevan razón.

A cambio de expulsar de la plaza al toro, el que mete miedo a los toreros y a los espectadores, los de la tele, los de los periódicos, los de la radio, todo ese conglomerado, en suma, al que denominamos genéricamente los cerreuves, han sido capaces de convencer al público de que a cambio de renunciar al toro se gana la posibilidad de asistir a un espectáculo de tipo cultural/artístico/gastronómico. Cultural porque siempre suelen hacer una cutre exposición en la plaza o sus aledaños; artístico porque dicen que todo ese postureo monflorita en que ha devenido el toreo es arte y, en fin, gastronómico porque la mayoría de los que van a la plaza a lo que realmente van es a papear.

Hay muchos de los que van a los toros que, los pobrecillos, se conforman con la memez ésa del arte, con que si el tal Morante desplegó el vuelo de su capote, con que si el Manzanares hizo un mohín, con que si el Talavante se marcó un fandango, y mientras los pobres se extasían con esas manifestaciones horteras y decadentes de ese toreo innecesario que no es arte sino ‘arte más o menos decorativo’, nadie echa cuentas de que el toro va desapareciendo ante nuestros ojos, como lágrimas en la lluvia que decía aquél.

Sin embargo, por más que quieran que la banda se trague esa rueda de molino del rollo del arte, que es uno de los pilares donde se asienta con mayor fuerza la falaz nueva visión de la neotauromaquia, el asunto falla de manera estrepitosa, dado que lo del arte usualmente no mana por lado alguno, por más que se incremente la bobaliconería de las reses y se disminuya su presencia. Muchas veces basta sólo con echar una miradilla a los toreros que hacen el paseíllo, fijarse en lo feos que son y en los tiparracos que se gastan, en los deplorables ademanes chulescos de puticlub que usan, en la falta de garbo o cosa parecida (no osaremos decir la palabra torería), y saber bien que todos esos factores unidos a la sempiterna ausencia de conocimientos del oficio de que adolecen casi todos no es capaz de generar ni una sola micra de arte, ni de arte decorativa, ni siquiera figuritas de los chinos, ni ná de ná.
 Ésa es la razón de que ahora, para intentar mantener la engañifa hayan inventado la novedad del indulto del perrillo trotón y amaestrado al que quieren hacer pasar por toro y al que para ser perro auténtico sólo le falta el aprender a traer la pelota, idea que brindamos a los ganaderos, a ver si arraiga.
 
A la vista de que la corrida de toros ha devenido, normalmente, en la contemplación de un tío feo e incapaz con un bicho tonto y feble, se han tenido que inventar el rollo del indulto, para que la gente, después de trasegar los cubatas, el vinarro y los bocatas, saquen a paseo su  generosidad, como pequeños césares, decidiendo con un pañuelo la vida y la muerte, y que puedan volver a sus casas con la sensación de haber experimentado en la plaza de toros al menos una emoción: en este caso la de la clemencia, pues otra, por desgracia, no hay.

El atizador de Blatter



Atardecer de Difuntos
Chinchón


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Sucedió el 25 de octubre de 1946, durante el encuentro semanal organizado por la Sociedad Ciencia Moral de Cambridge (debate de profesores y estudiantes de filosofía) en el edificio Gibbs del King’s College.

    De profesor invitado, Karl Popper, el chico bueno de Viena, cuya charla llevaba por título “¿Existen los problemas filosóficos?”

    Estaban presentes Bertrand Russell, agitador radical, y el chico malo de Viena, Ludwing Wittgenstein, presidente del club.
    
Popper sostenía que la filosofía se ocupa de las cosas del mundo. Wittgenstein, no.

    El enfrentamiento, según los testigos, duró diez minutos. De pronto, Wittgenstein, que jugueteaba con el atizador de la chimenea, blandiéndolo, dijo:

    –Ponga un ejemplo de norma moral.

    Y Popper contestó:

    –No amenazar a los conferenciantes invitados con un atizador.
    
Wittgenstein sufrió un ataque de ira, arrojó el atizador  y se fue dando un portazo.

    Sobre este incidente David J. Edmonds y John A. Eidinow publicaron en 2001 un libro entretenidísimo titulado “El atizador de Wittgenstein, una jugada incompleta”.
    
Mis simpatías por Cambridge vienen de las regatas de primavera (81 por 75 victorias sobre Oxford) y por cuentos como el del atizador de Wittgenstein.
    
Frente a eso, Oxford sólo contaba con el Big Bang de Hawking, que tampoco es nada del otro mundo. Hasta que apareció el fifo Blatter, esa caricatura de Soprano con reloj de cuco.
    
Sesenta y siete años después de lo de Cambridge con Wittgenstein, Oxford montó el número del atizador con Blatter, el suizo que corona la cadena alimentaria en el fútbol contemporáneo, sobre Platini en Europa y Villar en España, todos ellos al servicio de la Grande Humanidad Culé, que abarca desde Qatar a la Unicef.
    
El añoso Blatter, teñido para la ocasión, ofreció en Oxford un número de club nocturno a la hora del cierre, haciendo mofa de Cristiano Ronaldo, que es hacerla del Real Madrid, en beneficio de Messi, que es el beneficio del Barcelona.
    
Con Platini exigiendo protección arbitral para Messi y con Blatter haciendo mofa de Cristiano, ¿qué se puede esperar del pobre Undiano?
    
Los árbitros son humanos –es la monserga popular.

    En el juego del poder, los árbitros son como los porteros de finca: no necesitan de propinas para saber a qué vecino hay que llevarle la bolsa de la compra o abrirle la puerta del ascensor.
  
Undiano decidió esta Liga en Barcelona con su mejor voluntad de acierto. El Madrid ha puesto el resto: el partido de Difuntos en Vallecas no lo veíamos desde el segundo año de Valdano, cuando el Rayo hizo de su Cappa un sayón en el Bernabéu.

    ¡Es la autogestión!

    Desde la grada, da la impresión de que el ataque lo organiza Cristiano Ronaldo, y la defensa, ay, Sergio Ramos, que para esto se deshicieron los dos de un entrenador.

    En los banquillos de Vallecas hubo un duelo de elegantes: por un lado, Paco Jémez, cuyo equipo parecía el Ajax de Cruyff, y por el otro, Ancelotti y Zidane, superpuestos como Cary Grant y Katharine Hepburn en “La fiera de mi niña”, cuando a ella se le rasga el vestido.

    Y Blatter, troleando.


LOS TRES MUNDOS
    Con Popper empezamos y con Popper terminamos. Cuando leemos que el Rayo es el Mejor Colista del Mundo en la misma prensa que dice Mejor Portero del Mundo (Casillas) y Mejor Central del Mundo (Ramos), nos acordamos de Popper, que fue el propagandista de los tres mundos: mundo uno, que es el mundo físico; mundo dos, que es el mundo de nuestras experiencias (para muchos, el mismo mundo que el primero); y mundo tres, que es el mundo de los productos del intelecto cuyo núcleo es el lenguaje humano. Es decir, Mundo Ramos, Mundo Casillas y Mundo Rayo, es decir, el Mejor Colista del Mundo. El nuevo fútbol no se entiende sin la vieja filosofía.


Siente al Rayo a su mesa



Le vie di Roma
(Colección Look de Té)

Jorge Bustos
 
Yo prefiero ser del rico Real Madrid porque soy pobre, que ir con el pobre Rayo porque se es rico, como hace Robinson. Pero si yo fuera vallecano y me viese colista cada semana, le pediría al señor Jémez que, ya que somos pobres, dejase de intentar jugar como los ricos, porque el dinero y los puntos en Liga es lo único en esta vida que no se puede ocultar.

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Lunes, 4 de noviembre

In illo tempore

domingo, 3 de noviembre de 2013

Hoy he enterrado a otro amigo

Hoy he enterrado a otro amigo. Esto se va convirtiendo en una triste rutina. La viuda me pidió que hablara en el funeral porque, según me dijo, yo lo conocía bien. Pero allá, con la palabra en la boca, frente al ataúd del amigo, no estaba seguro ni de conocerme a mí mismo. He intentado ser honesto, pero la honestidad me sabía a poco. Únicamente el silencio que se me iba interponiendo entre las palabras me parecía justo, adecuado. ¿Qué demonios está haciendo uno cuando está hablando de su amigo frente a su cuerpo sin vida?

El pensamiento Disney se carga las ferias


Esperando al de Ciudad Real

José Ramón Márquez

Feria en Potes por los Santos, la más importante del año porque es la última oportunidad para los ganaderos de vender los jatos y coger algo de dinero, según están las cosas.
 
No es exagerado pensar que en veinte años la feria de los Santos de Potes o bien ya no tendrá ganado o bien sólo sobrevivirá por medio de las subvenciones. Lo mismo que desaparecieron las ferias de Riaño, ahora en noviembre, o la de Camaleño, en octubre. No es que ya no vaya a haber feria, si feria es que haya feriantes, sean del tipo que sean; es que el ganado parece que lleva camino de desaparecer, tal y como prácticamente ha desaparecido de Riaño, o bien se trata de mantener la feria a base de subvención, como cosa de promoción turística, tal y como ocurre en Camaleño, que ya ni se acuerdan de antes, cuando venía el ganado hasta de Portilla de la Reina o de Posada de Valdeón, subiendo por el Caben de Remoña.

La cosa es que ahora, con tantos requisitos, cada vez interesa menos a los ganaderos bajar el ganado a la feria. Con tanto saneamiento, con tanta brucelosis, con tanto confort animal, bajar un jato a la feria se pone en un pico y muchos prefieren arreglarse con un tratante de Ciudad Real que anda recorriendo todas las cuadras de Liébana y, aunque pague un poco menos, coger los cuartos y dejarse de líos.
 
Y luego, lo del ferial, que es de risa, porque el ganado que ha estado en los puertos, ahí arriba a lo que pase, para poder estar en la feria hay que ponerles un techo, para que los bóvidos por un día olviden lo que es la intemperie y comprendan la bondad de un oscuro burócrata que en Bruselas parió la idea de que el ganado estaba mejor bajo techado que al raso; así, de una forma suave, el pensamiento Disney ha llegado incluso hasta estos recónditos valles, que con tanta saña se opusieron incluso a la romanización.
 
Bueno, al menos parece ser que, este año, los que no tuvieron prisa vendieron bien antes de que empezase a llover y se volvieron a sus pueblos con los remolques vacíos y con más cuartos de los que daba el de Ciudad Real en la bolsa. Y de lo demás, todo fue como siempre, con el consabido atasco de autos que llegaba hasta La Hermida, con los de los puestos vendiendo sus mercancías y con la novedad de la parada de tudancas, que este año trajeron a unas de exposición que venían del valle de Polaciones, con sus campanos y sus guirnaldas, y le fastidiaron un poco su particular parada a Carlos Trejo, que lleva años trayendo a Potes el espectáculo de la bajada de sus tudancas lebaniegas.
 
No extrañaría que el año que viene se pensase el no bajar, que ya hay otros entre los ganaderos de más postín que han tomado esa decisión.

Domingo, 3 de noviembre

Turner, 1992

sábado, 2 de noviembre de 2013

México en Madrid

 Carrera de San Jerónimo

Embajada de México en España

J. M. Castaño

Muertos


Manuel Machado


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    La vejez, según los viejos, es haber cogido frío.

    Por eso los viejos de Madrid acaban en Conil, y los de Burgos, en Gandía.

    Desde que la ciencia descubrió los rudimentos del frío, todo lo que se nos sirve a la mesa es comida vieja, y donde antes se nos pedía respetar a los viejos ahora se nos pide respetar las cadenas del frío.

    Envejecer, pues, es ir enfriándose, y el frío absoluto es la muerte.

    Cuando Gómez de la Serna tituló su libro de la muerte “Los muertos y las muertas”, lo hizo para acentuar el frío mortuorio, aunque estaba anticipando, sin saberlo, la friura del lenguaje feminista, que banalizando la vida no ha conseguido eludir a la muerte.

    De hecho, la única preocupación de los muertos en los libros que hablan de ellos es el sol.

 Calentarse al sol. Si la pelea de la vida fue conseguir un piso con sol, la pelea de la muerte será instalarse en un nicho con sol, donde suden las flores y su goteo asuste a los vivos como se asusta a los garbanzos.

    En un día como hoy, las únicas alegrías de los muertos son un rayo de sol y aquella caja de música que Ruano puso en la necrológica de Manuel Machado, en cuyo “Nuevo Retrato” se había pintado de niño que apoya su sien en un libro-caja de música, escena que sirve al funebrista cesáreo (César de los muertos) para dar a entender que el hombre tiene sólo una única actitud ante la vida, y que eso fue el Manuel Machado de “aparezco en aquel retrato, calladito, escuchando, encantado, al dulce soniquete”.

    –Con melancolía –escribe Ruano– ladeo también ahora (ha muerto el poeta) mi cabeza. ¿Todos tenemos el oído pendiente de una canción lejana que el ruido de los hombres, de nuestros propios pasos, no nos deja oír exactamente? ¿Será, Dios mío, una misma canción? Es probable que la idea final del hombre que muere sea la de que va a nacer. Y esa música sea la nana dulce del pobre niño que todo hombre lleva dentro martirizado por el hombre que lleva fuera.

    Tal cual.

Amor constante más allá de la muerte*


Manuel Manilla


Lauda de entrada

Ignacio Ruiz Quintano

Nadie muere si vivió de veras. Se mueren sólo los muertos. Si la vida es algo,
 no es de ningún modo nuestra vida, sino la vida nuestra en los demás.
 La inmortalidad es memoria. Temblor de primavera ausente,
 en el invierno del recuerdo. Milagro
.
César González-Ruano



    Al principio, según Mingote, la gente eran sólo dos.

    Nada convence como una buena hipótesis, y la de Mingote es una hipótesis magnífica. El resto bien podemos imaginarlo. Pero, de Pío Baroja a Rocío Jurado, ¿a dónde va toda esa gente que Mingote viene despidiendo desde hace cincuenta años?

    –Ya estoy despedido –apunta Ramón Gómez de la Serna en la lauda de entrada a su libro Los muertos y las muertas–. Tenemos que evitar que suceda lo que en las conferencias telefónicas, que las cortan cuando nos falta la despedida. Yo ya quedo despedido.
    
Se supone que, si Mingote acude a despedirte, es que uno va a ir al cielo.
    
Al cielo iremos los de siempre –avisa un libro de Mingote.
    
Al cielo de Mingote, naturalmente, pero cielo al fin y al cabo, que es un cielo que todo el mundo se imagina con algo de vida en el campo o de veraneo en el Norte.

    Foxá contó una vez cómo el padre Guepin, abad mitrado de Silos, paseando por sus soleados claustros románicos con unos amigos, suscitó la conversación de cómo imaginaba cada uno al cielo.
 Todos expusieron sus visiones: conciertos sacros, espectáculos sin tedio, goces sin pecado...
    
Yo –dijo el padre Guepin– me lo figuro como un eterno paseo, por los jardines del Paraíso, haciendo “respetuosas objeciones” al Ser Supremo: Señor, ¿por qué hubo enfermedades? ¿Para qué hicisteis a los microbios? ¿Qué objeto tenía el planeta Júpiter?
    
Veraneo en el Norte o vida en el campo. El mejicano Julio Torri, precursor del texto breve –humor, audacia y perfección–, anotó en La vida del campo, inspirada en Villiers de l’Isle Adam:


M. M.

    “Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza. La mañana es alegre y el sol ríe con su buen humor de viejo. Precisamente del sol conversan el muerto y un pobrete –acaso algún borracho impenitente– que va en el mismo sentido que el entierro.

    ”–Deploro que no te calientes ya a este buen sol, y no cantes tus más alegres canciones en esta luminosa mañana.

    ”–¡Bah! La tierra es también alegre y su alegría, un poco húmeda, es contagiosa.

    ”–Siento lástima por ti, que no volverás a ver el sol: ahora fuma plácidamente su pipa como el burgués que a la puerta de su tienda ve juguetear a sus hijos.
    
”–También amanece en los cementerios, y desde las musgosas tapias cantan los pinzones.

    ”–¿Y los amigos que abandonas?

    ”–En los camposantos se adquieren buenos camaradas. En la pertinaz llovizna de diciembre charlan agudamente los muertos. El resto del año atisban desde sus derruidas fosas a los nuevos huéspedes.

    ”–Pero...

    ”–Algo poltrones, es verdad. Rara vez abandonan sus lechos que han ablandado la humedad y los conejos.

    ”–Sin embargo...

    ”–La vida del campo tiene también sus atractivos.”


M. M.

    Cuando muere un gran hombre, vino a decir Leon Bloy, siempre añade algo a la Vía Láctea. Y no pensaba en la pasarela de la popularidad. La popularidad, tiene para sí Mingote, no es nada.
    
Es más importante el aprecio de la gente que importa, las personas de talento, los maestros, como Wenceslao Fernández Flórez, que estaba firmando en la Feria del Libro. Le llevé el primer tomo de sus Obras Completas para que me lo dedicara, y el maestro, amablemente, era muy amable, escribió una dedicatoria: “Con amistad y admiración a Antonio Mingoti”. O sea, me admiraba, pero no tanto como para aprenderse mi apellido. Se empezaba a perfilar nítidamente mi arrolladora personalidad.

    A Fernández Flórez, por cierto, no le hacía gracia alguna que la exhibición del ataúd donde el interesado va tendido, tan largo como es, sin hacer nada, ofreciera contraste tan agudo con la actividad, con el ajetreo circundante, que para el muerto tiene que resultar vejatorio.

    –La prisa de los demás, reveladora de vida, produce, sin duda, una especie de humillación en el difunto. A nadie le puede gustar, por lo menos en los primeros días, que le recuerden que ya no existe, y pasar inactivo, tumbado, entre la riada de apresurados chóferes que hacen sonar las bocinas, de vendedores clamorosos, de transeúntes diligentes, parece que es ir diciendo: “¡Fastidiarse, amigos, que yo me he asegurado ya la holganza!”
    
No creía arriesgado suponer que el muerto hubiese sentido la inquietud de la proximidad de la noche: el miedo a llegar al camposanto en sombras ya, cuando todo es allí más extraño y temible:

    –Si a uno lo dejan en su nicho con sol, parece que la instalación es menos impresionante; pero el difunto mejor bragado no puede menos de sentir terror, si toma posesión de su tumba entre tinieblas. Dígase lo que se quiera, la primera noche que se pasa en un cementerio, aunque se disponga de un buen panteón, no tiene nada de agradable. No es posible el descanso, se extraña todo y a cada instante se espera que ocurra algo tremendo.
    
La muerte moderna, tiene observado Octavio Paz desde su laberinto de la soledad, no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores.

    –En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más.


M. M.
   
Pero como es un hecho desagradable, la filosofía del progreso pretende escamotearnos su presencia: “En el mundo moderno todo funciona como si la muerte no existiera. Nadie cuenta con ella. Todo la suprime: las prédicas de los políticos, los anuncios de los comerciantes, la moral pública, las costumbres, la alegría a bajo precio y la salud al alcance de todos que nos ofrecen hospitales, farmacias y campos deportivos. Nadie piensa en la muerte, en su muerte propia, como quería Rilke, porque nadie vive una vida personal. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios.”

    –La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.
    
César González-Ruano, que sigue siendo el escritor al que mejor se le han dado los muertos, sabía que los muertos no se terminan nunca y tuvo la impresión de que se muere un poco en cada amigo que nos deja:
    
La vida no es mucho más que eso: la fe de ella que dan quienes nos conocen. El día que nadie nos pudiera conocer seríamos como muertos sin enterrar. Vivimos en tanto que vivimos en alguien. Tiene sólo sentido la vida en tanto que alguien nos ama o nos estima. La muerte es el desconocimiento, la indiferencia. A los muertos los han querido, pero ya no los quiere nadie. Si alguien les siguiera queriendo en todo el vigor de la actualidad, de la realidad del amor, resucitarían.
   
 Si Ruano es el escritor al que mejor se le han dado los muertos, Quevedo es el escritor que más y mejor se ha encarado con la muerte.

    –Quevedo es el tremendo español, y por eso anda a vueltas como nadie con el tremebundismo de la muerte –dirá, en apoteosis de necrología, el gran Ramón de los muertos y las muertas–. Quevedo estuvo siempre ensayándose con la muerte.
    
En el Sueño de la muerte, la muerte avisa que eso –huesos descarnados con una guadaña al hombro– no es la muerte. Dice la muerte:


M. M.

    –Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los vivos. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertos de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte; y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo, y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte...
    
A Ramón lo estremece de Quevedo la proposición de que caminemos muertos para no dejar de vivir, como si nos diese la contraseña para pasar frente a todas las garitas en que la muerte vigila. Y se agarra al descomunal soneto en que Quevedo juega con toda la mitología griega del otro mundo: el alma en la laguna, orillados los recuerdos, Caronte aguarda.

    –Su mejor poesía –concluye Ramón su Quevedo– es esa en que habla de sus cenizas enamoradas, soneto con algo de epitafio de sí mismo: Amor constante más allá de la muerte.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado
.

    Mientras aguardaba a su boda con una viuda –¡nada que ver con Lisi!–, Quevedo tuvo la obsesión de expresar poéticamente, al hilo de Propercio, la idea de la pasión amorosa sobreviviendo a la fugacidad del cuerpo. El amor, que diera sentido a la vida, había de dar sentido a la muerte.
__________
*Prólogo para el libro de necrológicas  
Serán ceniza, mas tendrá sentido, de Antonio Mingote
Ediciones Luca de Tena, 2006


M. M.

Sábado, 2 de noviembre

Turner, 1995

El oso de Pembes

 
 
José Ramón Márquez
 
En los años cuarenta un oso llegó a Pembes, ayuntamiento de Camaleño. Los osos no suelen andar por ahí, ni ahora que son como stars del ecologismo, llenos de detectores, pulseras, collares, ni hace años, cuando iban a pelo. Los osos, aquí en Liébana, de siempre han andado más bien por La Culebrera, que es un fragoso bosque que se extiende desde el Deva hasta la carretera que va a San Glorio. Ahí es donde los furtivos que andaban al corzo o al cochino a veces han visto los rastros del oso, y también del urogallo.

No es normal que un oso asomase por Pembes, pero allí se plantó un oso bien grande, que llegó al caserío casi treinta años antes que la luz eléctrica. Un paisano lo vio y, muerto de miedo, se tiró de cabeza al heno quedándose allí hasta que pensó que el peligro ya había pasado. El oso siguió deambulando por entre las casas y, al parecer, ya no tuvo más encuentros con personas. Acaso algún perro ladró y salió corriendo.

En éstas los malos pasos del oso le llevaron a un corral donde tenían guardado al macho de las Tudancas. Al día siguiente el cuerpo del oso, muerto a cornadas, estaba tirado en el corral y el toro  mostraba en su cuerpo los signos de la lucha.

Unos días después se supo que el oso era de unos gitanos que le tenían amaestrado y le llevaban bailando por los pueblos, y que le andaban buscando porque se les había escapado.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Roca

El roquedal constitucional


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Otro catalán de culo cerrado (“estamos con el culo así cerrado”, dijo Sergio Ramos a Cristiano en Barcelona) al que le sale (¡hablando de Ramos!) el cojonudito español del Derecho: Roca, padre de la Constitución.
    
Es imposible que alguien me diga que (el referéndum separatista) es inconstitucional. Es constitucional si hay voluntad política de hacerlo constitucional.
    
He ahí el secreto de todo el constitucionalismo español: hacer lo que al que mande se le ponga en los cojones (“no hay cojones para negarme a mí una TV”, fraseó famosamente un editor), palabro universal del gusto incluso de un alma tan fina como Truman Capote.
    
No le falta razón (a Roca, no a Capote): tenemos una Constitución “punk” porque en ella cabe de todo: es, se dijo en su día, como un fabuloso “guante Varadé”, antes de que se suicidara La Fornarina.
    
Parecía que nuestro constitucionalismo era cosa de botines blancos, como el flamenquito de Sánchez Mejías en la venta de La Narda o como el juego del Madrid de Sergio Ramos en el Bernabéu.
    
Pepín Bello contó a Cañabate la broma que un día, en Sevilla, gastaron él e Ignacio Sánchez Mejías a un amigo del Norte que quería flamenquito. Pepín, que gastaba botines blancos, dio a Ignacio la idea: ponerse todos botines blancos y decirle al amigo que ésa era la señal para que en la venta no les entrara por derecho la Narda, quien, avisado, se sentó junto al amigo, obsequiándole con miradas tiernas y palmaditas musleras.

    –En esto –dice Pepín–, la Narda se acerca más al amigo y le dice muy gachonamente: “¡Que ojos más bonitos tiene usted, caballero!” El amigo pega un salto en la silla, y alargando primero un pie y luego el otro, se los metía casi en las narices de la Narda, mientras gritaba: “¡Eh, cuidado! ¡Mire usted, mire usted, que llevo botines blancos!”
    
La España de Mariano enseña los botines blancos a Roca con el mismo éxito que el Madrid de Ancelotti se los enseña a los árbitros.

Viernes, 1 de noviembre

Turner, 1992