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lunes, 29 de enero de 2018

La ceja de Cristiano

Wittgenstein (no Kroos)


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En España con las cejas puede hacerse la misma canción que Basilio hizo con los cuellos de cisne: a la ceja tonta de Zapatero la ha sustituido la ceja carismática de Cristiano, que divide a los españoles en cejialtos (“highbrows”) y cejibajos (“lowbrows”).

    En el Tao de los piperos, la ceja de Cristiano es la sonrisa en el ojo de la mente.

    –Todo es comestible si se corta en porciones muy pequeñas –dijo el sabio indio a Lawrence Durrell.
    
Ahora mismo, al pipero no le queda otro alimento que la ceja de Cristiano, partida en proporciones tan pequeñas que un ex jefe de Cultura del periódico global ha visto en ella… “¡la ruptura de la frontera de la homosexualidad!”


    ¿Qué es una mirada taoísta? ¡La de Cristiano mirándose en la pantalla del móvil la ceja partida!
    
Es un hecho relevante en la historia del fútbol, culturalmente hablando: hay una iconografía femenina, casi homoerótica. Y eso es extraordinario. San Sebastián atravesado, en vez de por flechas, por el taco de una bota y sangrando. La última frontera del fútbol no es la raza, es la homosexualidad –explica este obispo de la Cultura.
    
En la Universidad de Washington había un tipo, A. W. Levi, que en los 70 trató de explicar el contenido del pensamiento de Wittgenstein recurriendo a la homosexualidad: la ética wittgensteiniana sería la sutil estrategia de un orgulloso homosexual que se coloca a sí mismo, con perspicacia y cuidado, más allá del juicio moral de sus contemporáneos.

    Si se añade un poquito de psicoanálisis, el cuadro se convierte en un “Guernica”, y ahí tenemos a un tipo serio, el Steiner de “After Babel” (nada que ver con “Babelia”) afirmando que eros y lenguaje se mezclan por todas partes, porque el sexo es un acto profundamente semántico: “Si el coito se puede esquematizar como diálogo, la masturbación parece ser correlativa a la pulsación del monólogo…”

Ben-Ami Scharfstein

    Un profesor de filosofía de la Universidad de Tel-Aviv, Ben-Ami Scharfstein, sostiene que la mayor parte de los filósofos se ocultan detrás de sus fachadas (¡estoy pensando en los nueve años de no-juego de Benzemá!): sus ideas no serían sino construcciones cuya intención es hacer lo más difícil posible cualquier penetración en esas fachadas.

    Con la tesis de Scharfstein (el producto filosófico de un hombre es una expresión “enmascarada” de su estado interno) aplicada al estilo de cada futbolista se puede elaborar un diagnóstico “científico” (cultural) de la crisis del Real Madrid, que desde diciembre hace de la Liga “el partidillo de los jueves” para preparar una Liga de Campeones que no exige campeones.

    Otro filósofo (¡y psicoanalista!), John Oulton Wisdom concluyó que el idealismo de Berkeley (el obispo que da nombre a la Universidad más progre del mundo), quien negaba la existencia de la materia, sólo era una expresión de la misma analidad inconsciente que le causó sufrir de colitis. O que toda la filosofía de Hegel no es sino la expresión de su aislamiento, de su soledad y de su depresión. Y quienes juzguen “difícil” la filosofía-teología de Hegel, que reparen en este titular de la prensa deportiva al hilo del fichaje de Alexis Sánchez por el United de Mourinho: “Gary Lineker se declaró ‘choqueado’ por el arribo del tocopillano a los Diablos Rojos”.


El rey pasmado

BENZEMÁ Y EL ESTRÉS

    Benzemá tiene algo de Gabino Diego en “El rey pasmado”. En Valencia volvió a la titularidad que Zidane le asegura en perjuicio de Asensio, un jugador muy superior a él, y al ser sustituido respondió con un “cabreíllo” como el que se agarró cuando Mourinho le dijo “gato”. A Benzemá sus flabelíferos le han hecho creer que es una mezcla de Van Basten y Romario, pero, a efectos prácticos, na pasa de ser un cruce de Pineda e Isidro, incompatible, eso sí, con el estrés. Todo indica que al Madrid de Zidane le lastra las piernas el estrés de competir por la Liga y la Copa del Rey. Eludamos, pues, el estrés y petemos el Guinness World Records. Club, entrenador y afición han decidido que el título que prestigia es la Champions. Para jugar la Champions no se exige ganar la Liga. Correr al tran tran de Benzemá quita el estrés y da para la Cuarta Plaza. Donde empieza el sufrimiento acaba la diversión. ¿Cuál es el problema?