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lunes, 15 de enero de 2018

En Cádiz también perdemos. Pero menos


 Santuario cadista

 Mi chico en el Ramón de Carranza

Francisco Javier Gómez Izquierdo

      A pesar de la amenaza de los carnavaleros gaditanos, que lo son todos los del lugar, de romper hostilidades contra los burgaleses por el poco respeto, dicen, hacia su fiesta mayor, cualquier día es bueno para ir a Cádiz. Cualquier día y cualquier disculpa. Por ejemplo, continuar con la penitencia masoquista con la que nos lleva castigando nuestro equipo.
     
Ayer jugó el Córdoba en el Ramón de Carranza, el santuario futbolístico al que una docena de amargados sin conocimiento pretende rebautizar, como si fuera propio de gente de seso cambiar el nombre del Mar Mediterráneo o el del cabo de Ajo en Santander. El trofeo Carranza llegó a ser tan grande como la Copa de Europa y al Carranza venían los más grandes equipos de Europa y América. Equipos que en sus salas de trofeos enseñan orgullosos la Copa más pretendida del verano en todo el mundo del fútbol, pero no divaguemos...
     
El Córdoba volvió a temer y a dudar, y como no podía ser de otro modo, volvió a perder. Asumimos la derrota, por repetida, como normal consecuencia del año errático del equipo, pero personalmente me entristece la desazón e impotencia de cinco cientos de devotos llorosos (alguno ayer en la grada como Magdalenas) que ven desangrarse impotentes a un ídolo maltratado por la tiránica condición de sus amos.

     Cree el cordobesista ingenuo que el Córdoba es del cordobesismo, siendo evidente que no es así. El Córdoba es de un perillán que lo quiere vender a otro perillán del que no se fía mientras el Club agoniza con tan grande escándalo que hasta los rivales se compadecen y se cortan en darnos el pésame a pesar de ver a la criatura en estado terminal. Los perillanes, mientras tanto, van descubriendo sus trampas y maldades propias y ajenas.

      El Cádiz, en la línea que un servidor viene señalando. Se deja dominar y espera la carrera de víbora mortal de sus dos extremos, Salvi y Alvarito. Dos jóvenes que entienden perfectamente las pretensiones del entrenador Álvaro Cervera y las cumplen a rajatabla y sobre todo con talento. Empezaron de amarillo en 2ªB y ahí están con 25 años a punto de jugar en Primera. Lo harán los dos el año que viene. Es posible que incluso en febrero próximo. Dicen que espías de Nápoles vinieron a comprobar el estado de forma de Álvaro García, un utrerano de la cuadra de Quique Pina, otro que tal. Nos coló los dos goles (2-0) a su modo. Sprint de 30 metros con la solvencia de un velocista negro que apostara con un carrerista blanco. Si un servidor fuera entrenador procuraría no jugar con la defensa adelantada contra el Cádiz. Sobre todo contra el Cádiz, equipo pensado para el contraataque y que creo lo pondrán en dificultades esta segunda vuelta los entrenadores de equipos que copien su táctica. Por mí, ojalá asciendan los cadistas. Es hasta posible que con el descenso del Córdoba, me anime a comprar un abono en el Carranza, pero veo al equipo con bastantes carencias. Seguro que subsanables, pero la defensa, hummm...
      
A la hora del partido apareció  mi chico en el estadio. Aprovechó que iba al Falla a ver a la comparsa de Subiela, para reprochar a Caballero los modos y maneras de un centrocampista que hace cinco años pudo ser, pero que ni es ni nunca lo será. El que es, es Subiela. Lo mejor, al parecer, hasta ahora de las preliminares del Carnaval. Acabo de llegar a Córdoba y mi chico me dice que ayer a media noche el teatro lloró de emoción ante media hora sublime. “Casi imposible de superar. Lo tienen crudo Martínez Ares y Juan Carlos”. 
      
¡Ah, lo mío y lo de mis amigos estuvo alrededor del atún! El Muri, incorregible en sus desmesuras, pedía en el Paquetetorres de Barbate ¡qué tostás, madre mía! tarantelito de almadraba.