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domingo, 27 de noviembre de 2011

Paro joven


Hughes

Sólo algunas colonias francesas, los exóticos paraísos de la francofoní, tienen tasas de desempleo superiores a las de algunas regiones españolas. El desempleo joven es, sencillamente, incomparable al de cualquier lugar del mundo de temperaturas no extremas. Sólo en los polos, en determinados desiertos y en ciertos lugares del África negra el paro joven es mayor, pero se mueren antes, con lo que la juventud es relativa. El paro español es una aberración antropológica.

En España es tan raro encontrarse a jóvenes trabajando que cuando coinciden dos en un ámbito profesional surge una extrañeza. Uno se piensa que está en un pub. Si dos jóvenes coinciden en una transacción comercial y se tratan parece que están fingiendo. Parecen actores, los de Al salir de clase cuando dejaron el Insti. Brota de ellos una sensación de contemporaneidad más fuerte que nunca, que se superpone al trato profesional. Parecen estar jugando un juego ajeno, y están a solo un paso de la hilaridad: de decirse, tío, vamos a dejarnos de formalidades, nos conocemos demasiado bien, somos los del anuncio de cerveza, colegas y tal. Del usted ni hablar, el usted es un fetichismo, como ser aficionado a los guantes de raso o a los coches de época.

Dos jóvenes trabajando son dos intrusos en un mundo raro. Tal es el paro de las mocedades que alguien en Europa (Europa sigue siendo una instancia, una alteridad, no nos ha penetrado del todo) ha dicho que los jóvenes deberían estar preguntándose la razón. Por qué, que diría Mourinho, en algo que se le ha criticado, pero que no deja de ser el principiar de todo pensamiento fértil.

Para la izquierda, y muy pronto también para la derecha, la juventud fue un idolillo.
Todo empezó con la divinización izquierdista de la juventud y con el reclamo electoral de su voto. El joven ha sido la estrella decisoria y el modelo de actitud y parece que "la sociedá", como diría uno de ellos, ha querido congelarlos en ese eterno estado de promesa, vindicación y belleza. España se ha especializado en producir jóvenes, en colocarles un paréntesis de décadas para que se preparasen, y perpetuasen ritos inciáticos y aquilataran su curriculum, como una inútil carta de hidalguía. En lugar de hijos y desengaños el joven tiene másters o cursos de reciclaje laboral, que son el pariente pobre, menestral y barrial, del máster. Esos cursillos, la reinserción del joven reo en la casa de los padres.

Pasa que de toda la idolatría juvenil queda una triste caricatura: una generación soñando con poder montarse en la queli una estantería billy del Ikea. El setenteo ha quedado en eso y la juventud eternizada se ha ido quedando en casa y hasta ha rebajado el patriarcado porque el padre ha tenido que acostumbrarse a que al final acabara habiendo varios hombres en su casa, porque cumplidos los veinticinco, se necesita también la hegemonía del sofá, del mando y las pantuflas.

Los hogares españoles han democratizado sus usos para que el joven hombre o la joven mujer (la jóvena, ¡cuando la juventud se esdrujulizó!) pudiera tener su espacio. La familia, así, ha sido célula fundamental pero cambiante, transformada y se ha debido adaptar y el machismo se ha ido reduciendo a base de pluralizar, que diría un político provincial, la decisión familiar.
Esta fascinación de España con los muchachos le ha salido cara, pero al menos ha democratizado los hogares. El mando rueda de mano en mano y unos y otros, resignados, se van turnando en el zapping.

El parado es un joven varado. Un joven atrapado. El parado tiene algo fáustico, como forzado Dorian Gray. El parado es joven cronificado, sin la fugacidad hiriente de lo joven y ya hay un cansancio de juventud, un exceso español de informalidad.

El caso es que España, como sistema socioeconómico, ha resultado un perpetuador de juventudes y quizá todo se debiera a ese culto inexplicable hacia lo joven, que no era un culto a la belleza, sino un culto a su estado transitorio, moldeable, impugnador, a la regurgitación ésa como medio revolucionaria que se tiene a los diecinueve años. Los políticos cogieron del joven, fascinados, su promesa de cambio, le quitaron el lenguaje y la pulsión de la modificación y, vampíricos, se la quedaron para sí, dejando a generaciones enteras, como filas de ejércitos sucesivos, sin ese ímpetu, sin ese empuje, convertidos en jóvenes profesionales instituidos, cansados. Usted, le decían los políticos, sea joven, honre su condición de joven, decida como tal, vote joven, piense joven, pero ¡si cuando uno es joven se siente viejo, si uno empieza a sentirse joven y a reivindicar la juventud con las primeras canas! ¿No es a ser adulto a lo primero que se juega?

El político vampirizó al joven y actuó para que éste, fascinado, le votara y comenzando así se llegó a un país en el que ya no habría más que jóvenes, millones de individuos que ingresarían, de hacelro alguna vez, en el resignado y delimitado mundo de la madurez (al que sólo se entra con el hierro candente del trabajo y su mugido estertóreo de dolor) a los treinta y cinco años o a los cuarenta, justo cuando el alma ya empieza a vislumbrar el otoño de las cosas.

Los Objetos Impares
25 de Noviembre