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viernes, 25 de noviembre de 2011

El cochino


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Por encima de los separatismos está el espíritu de la raza. ¿Qué español no se conmueve con los mimos dispensados por las fuerzas del orden catalán al soberbio ejemplar de cochino ibérico en libre tránsito por la barcelonesa Ronda de Dalt?

Si el alma rusa es un asno de Buridán que muere de tristeza entre la mirada exterior de Turgueniev y la mirada interior de Tolstoi, el alma catalana era en Dalt un asno de Buridán en riesgo de morir de pena entre las pelis de Disney y los “fuets” de Casa Tarradellas.

Ese cochino ibérico podría ser un truco de la Generalidad para distraer la atención del tijeretazo de Mas (“ticket moderador”, para el vulgo), igual que la cabeza de cochinillo empleada en el Camp Nou para distraer a Figo en el lanzamiento de un córner
.
Pero, acostumbradas al Estado del Bienestar, las clases pasivas de Cataluña se preguntan (y hacen bien): “¿Por qué pagar un euro por la visita al ambulatorio (vieja propuesta del Tripartito), si se puede sacar lo mismo de subastar la biblioteca de Messi?"

Me emocioné como español con el trato policial a un cochino ibérico en Barcelona. No lo mejorarían los madrileños, si se encontraran en la calle de Serrano con la bicha de Bazalote, la otra joya del iberismo. Sólo que la entrega del cochino a una Protectora Animal plantea el problema jurídico (debatido por Huxley y Gladstone) de los cochinos gadarenos (Mateo, 8) que Nuestro Señor arrojó al mar.

¿A quién pertenecían los cochinos? ¿A judío o a gentil? Si a un gentil, su destrucción suponía un caso de injerencia injustificable en la propiedad privada.

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