martes, 8 de noviembre de 2022

Rocanrol. The Bell JAM Session

 



THIS TUESDAY IS THE FUCKING JAM
COME TO ROCK !!! 

 


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Classic Rock In Pics
@crockpics
 

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Martes, 8 de Noviembre

 

 

Rocanrol

lunes, 7 de noviembre de 2022

La hora de los tiburones


Boris Johnson

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    El Fútbol Modesto es la lucha de clases que venden los plutócratas de provincias para defender la Liga de Tebas, un negocio que ya sólo vive de las propinas del Var. La astracanada bilardista de ayer en Chamartín divierte obscenamente a los comentaristas, tan viudas de Xavi todos, pero mata cualquier afición. Y este fútbol es lo que explica la grimosa desolación de España en esta Champions.


    La leyenda boba dice que en el 98, al perder Cuba, los españoles se fueron a los toros. En realidad, los españoles se enteraron de la pérdida de Cuba al salir de los toros, que es otra historia. Mas el llanto mediático ante aquel desastre fue inferior al vivido esta semana con la expulsión de la Champions de Barcelona y Atlético, los “tiburones fracasados”, que diría Mourinho, aunque él debía de estar pensando más en la Juve, la tercera pata de la Superliga de Florentino, Laporta y Agnelli, que parecen ser los únicos personajes conscientes del desastre comercial para el fútbol que se avecina fuera de la Premier, ese chiringuito de las corporaciones americanas y los Potosís árabes, en cuya defensa el gamberro de Boris Johnson movilizó incluso a Zelenski, que es como César en la guerra de las Galias o como Cortés camino de la laguna azteca, que entre batalla y batalla sacaban un rato para redactar unas crónicas. “¿Y qué digo?”, debió de preguntar Zelenski, a lo que Johnson le haría las indicaciones que salieron en la carta al uefo Ceferino: no a la Supèrliga, que es cosa de fachas, y sí a la Premier, que representa la democracia, pues entre todos hemos llegado a un punto en que la democracia es ésa suripanta que va vestida de verde, como la Esperanza de Ivà en el tema musical de “Makinavaja”.


    Qué negocio no habrá en la Premier, si se movilizan estos personajes, mientras aquí todavía andamos discutiendo si lo del Real Madrid, único club que todavía planta cara al tsunami financiero, es o no es… cholismo, de Cholo, el entrenador mejor pagado del mundo, que cae eliminado por la muchachada de Xabi Alonso y sale al tercio a saludar, aunque sin la gracia de Luis Miguel Dominguín en Las Ventas cuando levantó el índice y se autoproclamó el Número Uno. (Luis Miguel tenía cosas de “pecador de la pradera”, que diría Chiquito: en su finca de Quismondo escondía a Ramón Tamames, que dormía en una tinaja acondicionada, y organizaba festivales benéficos que atestaba de gentes de copete contra las que enviaba a dos docenas de carteristas traídos en autobús del Foro para, al grito de “¡todo para los pobres!”, limpiarles los copetes y las carteras, que luego aparecían vacías al otro lado de la tapia del camposanto).


    La crueldad de la eliminación atlética, con moviola retrospectiva del Var a partido concluido, es un desenlace que a lo mejor se merecía el alcalde Almeida, que ahora entenderá lo que Courtois, que ha vivido en las dos orillas, quiso decir cuando habló del lado bueno y el lado malo de la historia. A Courtois le tocó vivir el lado malo en Lisboa con el gol de Ramos en el 93, y el lado bueno, en los partidos de la mejor Champions que se recuerda, la última, al eliminar el Madrid al jeque de París y a toda la plutocracia inglesa (City, Chelsea y Liverpool). Se dice que Joao Félix pidió lanzar el penalti de la catástrofe, pero que Carrasco, disfrazado de Caballero de los Espejos, como el Carrasco del Quijote, se lo negó.


    Lo del Barcelona de Xavi, Pedri y Gavi, alias El Plantillón, pertenece al mundo de Berlanga, que hoy podría rodar con los “palanqueros” la segunda parte de “Los jueves, milagro” para sacarle punta a la Europa League, la revista de humor que se juega los jueves. Incluiría “cameos” de Kevin de Bruyne, el discípulo de Guardiola que dice que ellos no juegan para ganar, sino para divertirse, y de Soriano, no Juan, el pintor mejicano, sino Ferrán, el ejecutivo catalán del City. Juan presentó a su novia a su mamá (“se llama Paloma y es catalana”), que contestó: “¡Qué lástima! Tan joven, y ya catalana...” Y Ferrán presentó el cómico premio de mejor club del año al City con una declaración que no deja dudas: “Es fruto de nuestro trabajo”. Se trata del mismo Ferrán que en mayo rabió por la suerte del Real Madrid para ganar la Champions.


    Porque lo que importa, a todos, es la Champions de Ceferino, no la Liga de Tebas, cuando la Mosca Catarí (la sombra del Mundial) hace que en estos partidos los futbolistas parezcan ya todos Hazard. Incluso los farsantes del Cambio Climático pudieron sacar ayer tajada del Bernabéu: el nuevo césped abulense parece sucumbir como el anterior, que era extremeño.

 

 


VUELVE SETIÉN


    La Premier se lleva cuando le peta al Aston Villa a Unai Émery, que eliminó sin despeinarse al Bayern en la última Champions, y lo sustituye Setién, el pasiego con pinta de vendedor de “sobaos” que entrenaba al Barcelona de Messi que se llevó ocho goles del mismo Bayern en la Champions. Si la Superliga no saliera adelante, el futuro inmediato que le espera al fútbol español de clubes es el que hemos visto en la semana trágica, pero España es feliz entregada a sus particularismos. “¿Irme a la Premier si me pagan más? En Lugo venían por mí y me quedé”, explica Setién. Tenemos personaje.

[Lunes, 31 de Octubre]

Arte. Nadie puede "acercarse" siquiera a Malévich


 

Si la importancia de un artista se juzga por el cambio del gusto estético que sus creaciones provocan y, en consecuencia, por el número de obras que, procedentes de su escuela, entran en los museos y en la decoración de espacios públicos, nadie puede acercarse siquiera (ni Leonardo, Rafael, Miguel Ángel, Durero, Velázquez, Rubens, Rembrandt, Goya, Monet, Cézanne o Picasso) a la larga sombra artística del pintor que, tras la Revolución de Octubre, impuso el suprematismo del color, en formas geométricas, a la Escuela Estatal de Arte de Moscú y a la Bauhaus de Weimar.

 

     El prestigio de este artista era tan grande que cuando Stalin organizó en 1932 la exposición «Quince años de arte soviético», para hacer obligatorio el estilo oficial del «realismo socialista», se le reservó una sala especial, en lugar de mandarlo al Gulag junto con los demás modernistas. Alcanzó la fama con su óleo sin marco «Cuadrado negro sobre fondo blanco» (Museo de San Petersburgo) y le bastaron 20 años para conquistar el trono de la estética occidental en pintura, escultura, arquitectura, decoración, ilustración de libros, diseño industrial, fotografía artística y arte cinético.

 

     El siglo XX terminó y el XXI empezó bajo los auspicios de ese estilo modernista, derivado del cubismo, que se llama «suprematismo». De cada tres obras de artistas vivos que ingresan en los museos, una es «suprematista».

Antonio García-Trevijano

 

Majas

Museo del Prado 

Lunes, 7 de Noviembre

 

Valle de Esteban


Dábame la vida mala,
dábame la vida negra:
de día majaba esparto,
de noche molía cibera,
echóme un freno a la boca

porque no comiese della

domingo, 6 de noviembre de 2022

Remembranzas trevijanistas XXVIII



 

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica
    

El general Forestier Walker, héroe de la famosa batalla de Sudán y gobernador de Gibraltar, en compañía del almirante Goodrich, jefe de la División Naval de Gibraltar, acompañados de sus respectivas esposas, en junio del año 1907, se alojaron también en la casa de los abuelos de Antonio García-Trevijano. El respeto de Trevijano al sistema liberal de representación británica fue casi sagrado. También el presidente del gobierno Segismundo Moret, jefe del Partido Liberal, se alojaba en la casa de los García-Trevijano cuando bajaba a Granada. En septiembre del año 1909 fallece el abuelo José García Moreno, pero la influencia de María Trevijano sigue siendo muy destacada, gracias a su amigo Natalio Rivas, jefe político liberal de toda la Alpujarra. Así se demuestra en la visita del Rey a Órgiva y Haza del Lino, cuando la comitiva oficial detiene los automóviles en el domicilio del ilustre abuelo de Antonio, como homenaje póstumo a su memoria, dando las condolencias el Rey a su viuda. Después de comer en la mansión de María Trevijano, el Rey y el Conde Romanones se despidieron, quedándosele el bombín allí al Conde, y Joaquín Sorolla, que seguía al Rey, permaneció varios días en la mansión de María Trevijano pintando paisajes de aquella comarca. Tenía Doña María media docena de esculturas de Mariano Benlliure de su época de juventud, que, sin duda, es la mejor, antes de que el genio valenciano se industrializase. El propio Mariano Benlliure también pasó varias veces por la casa de la gran mecenas María Trevijano en la época en que trabajaba también en Zamora con su padre. Muchas otras grandes figuras nacionales, como Gregorio Marañón, solían saludar a la abuela de Antonio cada vez que pasaban por la “Suiza andaluza”, que es La Alpujarra. También fue amigo íntimo de la familia el político socialista y republicano Fernando de los Ríos, de lo que se escandalizaba grandemente el cura párroco de Órgiva. El liberalismo y progresismo de la familia García-Trevijano, perfectamente armonizado con un acendrado espíritu cristiano, no fue castigado tras la Guerra Civil, gracias a la relación amistosa que mantenía con el general Queipo de Llano. Cuando María Trevijano murió, el 23 de enero de 1958, el pueblo entero de Órgiva asistió a sus funerales, recordando especialmente su permanente inclinación a remediar con afecto y largueza las desdichas de los vecinos más humildes.

Como puede verse, Trevijano no era un parvenu por antecedentes familiares en la política nacional, y sus relaciones con Don Juan de Borbón fueron naturales. Republicano de corazón, y liberal por ambiente familiar, su vida estuvo movida por sus ideales y no por los intereses a los que se abrazaron sin ningún escrúpulo la chusma de la Transición.

El mensaje político de Antonio, coherente y tantas veces repetido desde hace más de treinta años, forma parte ya de la hegemonía cultural, y ya cualquier ciudadano medianamente informado conoce las trampas y siniestros cambalaches en que se funda nuestro sistema político. Lo que fue un análisis crítico de una sola persona, hoy ya forma parte de las ideas generales, de la conciencia de la ciudadanía española. Y no puede durar mucho un sistema político cuyos fundamentos morales están reprobados ampliamente por la hegemonía cultural del momento.

Respecto a la cuestión flagrante de las éticas medioambientales y la defensa de la Naturaleza Trevijano fue un pionero. Ya en su obra La alternativa democrática (Plaza y Janés, 1977) nos decía: “La restauración del medioambiente es una obra inseparable de los poderes de la democracia social y regional”. Y para él la relación entre especulación y la degradación del medio ambiente era prácticamente mecánica. La defensa efectiva de la Naturaleza, al influir globalmente en el sistema económico, entraña la esencia del poder político, y no el de su apariencia. El aire se vicia hasta grados de alarma en las grandes ciudades. Algunos de sus componentes, como el neón, el argón, el kriptón, indispensables para la vida, se consumen a un ritmo superior al de su renovación. El medio ambiente, el entorno, la ordenación del territorio, el paisaje, el urbanismo, irrumpen en el campo político como la expresión más desgarrada, y a la vez más abstracta, del derecho a la vida y a la salud. “No hay Seguridad Social sin seguridad vital”. Naturalmente que la ética medioambiental de Antonio era antropocéntrica, y siempre se opuso a esas éticas peregrinas de tipo neojainista que ponen en duda la jerarquía de los seres vivos.

Antonio García-Trevijano reconocía que la hazaña de la Seguridad Social era la obra más decisiva e importante realizada por el régimen franquista, basada sin duda en la ideología ramirista. Pero esta gran obra de democracia social debía ser corregida en algunos aspectos. Pues al establecerse la cotización de las empresas por el número de asalariados empleados, en vez de hacerlo con arreglo al valor añadido en el proceso productivo, una vez excluidos los costes de la mano de obra, se penaliza a las empresas con mayor capacidad de empleo (que ocupan el 80% de la población asalariada), y se beneficia a las grandes empresas industriales, altamente automatizadas.

Hoy la situación de nuestra libertad está aún peor que en vida de Antonio. Sus negros pronósticos se van cumpliendo cada día con mayor desvergüenza. Al no existir un número mínimo de quorum en la participación electoral, ya no es que en España no exista la Democracia (separación de poderes) ni el sistema sea representativo (candidatos a distritos uninominales seleccionados por el pueblo), sino que el sistema sobrevive aunque sólo sean sus participantes-palmeros los amigos, conmilitones y familiares de los candidatos de los propios partidos políticos, que ya se nos desvelan claramente como empresas voraces muy jerarquizadas de la gestión pública. Pero la culturización política que supone la gran figura de Trevijano irá empapando al pueblo de los conocimientos básicos para que sin violencia nos podamos zafar pronto de la mafia partidocrática de la que hoy somos puro objeto de ludibrio.

En nuestra falsa Democracia de participación indirecta no representativa no se votan individuos ni personas, sino colectivos empresariales que ellos mismos acuerdan las mordazas al pueblo en los oscuros mechinales del poder. La Soberanía (Bodino) del Estado español no ha residido jamás en esta “Democracia” en el pueblo español, ni tampoco en la Corona, sino que viene residiendo “realmente” en dos casas de Madrid situadas en las calles de Génova y Ferraz. Como decía el maestro con profundidad, “los partidos estatales, únicos agentes de la acción política, son los únicos sujetos de la historia”.

[El Imparcial]

Domingo, 6 de Noviembre

 

En el café de Chinitas
dijo Paquiro a su hermano:
«Soy más valiente que tú,
más torero y más gitano»

"Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza"

DOMINGO, 6 DE NOVIEMBRE

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo:

-En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.


Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».


Lucas 20, 27-38

sábado, 5 de noviembre de 2022

La importancia de llamarse Ernesto (Retrato de Hemingway)



LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

[Prólogo a La guerra, los toros, Cuba, África y mi mujer,
los reportajes inéditos en España de Ernest Hemingway]

 
 
Ignacio Ruiz Quintano

    El reportaje se ajustaba al talento de Hemingway como un cigarro a los labios de Lauren Bacall.
    
Y, sin embargo, Hemingway, la estrella del género estrella, todavía pasa por ser el hombre lobo –un animal sin esperanza– de la Generación Perdida, cuya mascota, por cierto, Gertrude Stein, un auténtico fox-terrier de pelo duro, fue la primera en olerlo:

El éxito de Hemingway –murmuró en París para quien quisiera escucharlo– se debe a que parece moderno y huele a museo al mismo tiempo.

Igual que Enrique VIII.

Porque, hoy, Ernest Hemingway es el Enrique VIII del periodismo americano.

    Tal para cuál, el rey que hizo que Inglaterra dejara de ser una simple isla europea y el reportero que hizo que el periodismo dejara de ser una simple isla literaria. Hombres leales a sus instintos, fueron por la vida como leones rampantes: acaparadores de esposas, cazadores furiosos y lectores voraces, hay una mueca de lujuria que distingue a este par de faunos de barba roja en las copias de las fotografías de Robert Capa en las cantinas de Madrid y en las copias de los retratos de Hans Holbein en el museo del Louvre.
    
Del cesaropapismo político del Renacimiento al cesaropapismo periodístico de la Generación Perdida. (Ya en París, allá por los locos años veinte, Hemingway era famoso por dos obsesiones: beber –desde entonces se le atribuye el invento de la frase “Tome una copa”– y sumar años a su edad –exigía que lo llamaran Papa, mote que terminaría designando una bebida habanera, mezcla de ron, pomelo y marrasquino–.) Ambos obraron siempre con arreglo a su propio código ético, y, si la posteridad acepta que un tipo duro de Greenwich legó a Inglaterra una flota, una iglesia nacional y una doctrina del equilibrio europeo, aceptará también que un tipo duro de Chicago ha legado al periodismo el espectáculo, el reporterismo genuinamente americano y la teoría de la autopromoción literaria.
    
Como reportero, Ernest Hemingway es, “para de una vez decir palabras fatales”, clásico en suma. Irónico destino para un periodista que en su oficio nunca consideró la importancia de llamarse Ernesto. (En inglés, The Importance of Being Earnest, la acolchada comedia de Wilde, es una broma que en español, traducida literalmente, se pierde. Quiere decir “la importancia de ser serio”, y no faltó un sabio que propuso, en vano, que se dijera La importancia de ser Severo, que haría, como en el original, las veces de adjetivo y nombre propio).

Siendo corresponsal en París, Hemingway redactaba despachos plagados de descripciones de personajes y escenarios, obviando la actualidad. A su sustituto, David Rogers, a quien hoy nadie recuerda, no le quedó más remedio que admitir su propio error:

Mi error fue la idea de que se debía hacer un trabajo serio.
    
Mas para entender la importancia de Hemingway en el reporterismo, primero hay que entender la importancia del reporterismo en América, donde lo importante no es la historia, sino el modo de obtenerla. Se trata del periodismo-espectáculo, cuyos poderes de fascinación están, más que en la tipografía, en la literatura. La tipografía ayuda a retener al público y a limitar la práctica del zapping, pero la literatura es la encargada de asombrar o de divertir –nunca de convencer, que es vicio europeo– sin demasiados miramientos con la verdad, que ése ya es vicio universal.
    
Manejando la pluma como si fuera la espada de Gog y Magog, Hemingway hizo posible un periodismo que se lee igual que una novela, y ése ha sido, desde Nueva York hasta San Francisco, el sueño eterno de todos los reporteros nacidos para la gloria que Tom Wolfe registró en una frase única: “El periodismo era el motel donde pasar la noche camino del destino: la Gran Novela.” Un golpe de suerte, una fiebre cerebral como la del oro o la del petróleo que se propagó en América, un fenómeno psicológico que, según Wolfe, debía de figurar en el glosario de Introducción General al Psicoanálisis, por algún sitio entre Narcisismo y Obsesiones Neuróticas.
    
De pronto, todo el mundo quería ser periodista, aprovechar esa hora de favor que nunca es duradera en los periódicos –permanecer íntegro, pagar el alquiler, acumular experiencia, pulir el estilo–, y un día, sin vacilar, dejar el empleo, mudarse a una cabaña, trabajar día y noche –en la imaginación de los niños, los reporteros sólo trabajan de noche– e iluminar el celo con el triunfo final, o sea, con La Novela, si bien a los más, y en el mejor de los casos, únicamente los esperaba la más modesta recompensa del periodismo, “que consiste en medio minuto de silencio en la cena del Club de Prensa Exranjera”.
    

Hemingway tuvo el acierto de hacer del mundo entero su cabaña, y así fue como descubrió que lo más triste del mundo no era la angustia humana, sino que hubiera tantos hombres que no la sintieran. Gracias a eso, mientras lo respetaron las fuerzas, logró huir de los grandes peligros que amenazan a todo artista, y que son el resentimiento y la satisfacción. (“El periodimo –pensaba desde el principio– es sólo bueno para ejercerlo durante un tiempo.”)
    
A imitación de su padre, que se había suicidado por temor a una enfermedad mortal, Hemingway murió volándose la bóveda craneal con su fusil inglés de dos cañones, y eso que en To Have and Have Not, para ningunear el estupor burgués del suicidio, no se había cansado de elogiar la tradición nativa del Colt y del Smith and Wesson, “esos instrumentos americanos tan fáciles de llevar, de tan seguro efecto, tan indicados para concluir el sueño americano cuando éste se vuelve una pesadilla, sin otro inconveniente que la casquería que tiene que limpiar la familia”.

Gertrude Stein, la esfinge tebana de Pennsylvania que le reveló en París el misterio de los toros, siempre había visto en él a un hombre frágil, “un timorato como aquellos hombres de los buques fluviales del Mississippi que describe Mark Twain”. Asomaba julio en Pamplona cuando ocurrió. Tenía sesenta y tantos años y un Premio Nobel de Literatura.

    El reportaje era el género que mejor se ajustaba al talento de Hemingway, y Hemingway se hizo reportero persiguiendo ambulancias en el Kansas City Star, con su centenar de reglas de estilo, “las mejores reglas que jamás aprendí sobre el arte de escribir”. Expresiones populares frescas, no lugares comunes. Verbos, no adjetivos. Huyendo de la rancia y pía retórica materna, el perfeccionismo literario acabaría siendo su rasgo característico: “Sólo sangre, huesos y músculos.” Aquello no podía ser otra cosa que un lenguaje nuevo.

    Hemingway llegó a París con veintitrés años, y ya se llamaba a sí mismo “el viejo gacetillero”. Se instaló entre los exiliados de la Orilla Izquierda, y allí, a sueldo de un editor canadiense, hacía su vida de corresponsal extranjero, y a cuenta de Gertrude Stein, escribía poemas kiplinescos.
    
Se dice que escribía a máquina, con dos dedos. Después se acostumbró a escribir de pie, con un lápiz en una mano y una copa en la otra. “La prosa –decía– es arquitectura, no decoración de interiores.” Pintaba los hechos y sugería emociones. Lo mismo que Patton, amaba la guerra. Después de todo, los directores aún guardaban sus lágrimas para los corresponsales de guerra.

    Pasó la última parte de la primera guerra mundial en el servicio de ambulancias en el frente italiano. En la guerra civil española hizo cuatro visitas al frente: primavera y otoño del 37 y primavera y otoño del 38. (“La guerra civil –anotó– es la mejor guerra para un escritor, la más completa.”) Por pereza, acudió tardíamente a la segunda guerra mundial, y lo hizo empujado por su esposa Martha, periodista de Collier’s, que había conseguido colocarlo en la agencia. De creer a Gertrude Stein, Hemingway había tirado su talento por la borda en 1925: “Tenía capacidad para la emoción, pero se avergonzaba de parecer sensible, escudándose en una brutalidad de chicarrón de Kansas con que daba salida a su timidez enfermiza. Entonces se obsesionó con el sexo y la muerte.” (De una carta remitida a su editor en 1949: “Para celebrar mis cincuenta años, hice el amor tres veces, maté tres palomas seguidas en el club, bebí un cajón de whisky con amigos y miré el océano en busca de peces gordos toda la tarde.”)

    Obsesionado por el pelo corto en las mujeres, aquel oso de barbas coloradas había perseguido con dinamismo de cazador a las “prostitutas de combate” en Madrid, y en La Habana, a las del puerto, mientras narraba cómo una vez había sido prisionero de una siciliana, dueña de un motel, que le había escondido la ropa para obligarlo a fornicar con ella durante una semana.

    Es fama que a Hmingway sólo le gustaba beber con mujeres. Por otra parte, podía comer sandwiches de cebolla y tomar whisky en petaca de plata. Un día, Martha Gellhorn, su tercera esposa, periodista capaz de derribar al adversario de tres pocotazos –no en vano Hemingway la abandonó por alguien “que me deje a mí ser el escritor de la familia”–, se atrevió a catalogarlo como “el mayor mentiroso después de Münchhausen”.

¿Por qué habría de hacerse ermitaño el diablo al llegar a viejo? Los cubanos aún no han despejado la incógnita de su última frase de despedida en el aeropuerto de La Habana, un año y medio antes de suicidarse: “I’m not a yankee, you know.” Pero es que a Hemingway, el tipo duro salido de Oak Park, suburbio de Chicago, cuando Chicago solamente era el primer centro criminal del mundo, hay que abordarlo en disposición de buscar, no exactitudes, sino maravillas.

Madrid, 1997

 

El escritor resucita



España parece muerta

 

José Rivela Rivela*


   Voy a encontrarme con el escritor. Para llegar al cementerio paso al lado de la  iglesia y encuentro tres tumbas: padre, madre e hijo. De pie y concentrado en algo se encuentra el escritor. Dicen de este hombre que es uno de los mejores escritores del planeta. Me dice: los que se encuentran aquí tumbados son mi padre, mi madre y mi hermano.

               
   En sus escritos no tiene consideración con los gustos y deseos de quien lo lee. La tozudez y la demencia desbocada es lo suyo. Tanto si quiere como si no, siempre sierra la rama sobre la que se asienta y cuando cae siempre lo hace en un lugar incómodo.

                         
   Vamos caminando por esta ciudad, que se llama España. Tomamos algo en un bar y el escritor habla con los parroquianos. Discuten sobre la independencia de algunos pueblos. Cuando salimos está enfadado: los que defienden ser independientes están mal de la cabeza, me suelta. Mientras caminamos no para de hablar, me mira fijamente y me suelta: aprecio todo lo que guarda silencio. Sin embargo, mientras caminamos no para de mover la sin hueso. Llegamos a la catedral y ahí está un hombrecillo que se llama Agüero, un jerarca del clero, que en la conversación con el escritor defiende las declaraciones de Irene Montero, que defiende la pederastia con el consentimiento de los niños. El escritor vocifera y fuera de sí se lanza: ¿cómo puede defender la Iglesia a una chiflada con chalet? Mientras grita esto varias veces me agarra y me dice que nos vayamos, que esto no lo aguanta. Camina deprisa y no para de hablar: tal como está el patio me pongo enfermo, busco refugio en los clásicos, sobre todo en los que no consiguieron hallar su lugar en la sociedad, en quienes se dieron de cabezazos, en quienes fracasaron y acabaron hundiéndose.

 
   Andando derecho sacudió la cabeza y apartó el aire con los brazos (hace falta aire, aire, aire y nada más): No te preocupes, tranquilo, me hablaba usted ayer de pies y ojos, pues todavía los tengo, nadie me los ha arrancado. Estoy viendo y escuchando cosas que sino se ven no se creen, es algo increíble, increíble, ocupan tu casa, se quedan ahí tan panchos y tienes que apoquinar lo que gastan. Así durante una eternidad. Te arruinan.


   La ministra Irene dice que estas cosas no existen, claro, porque en su finca no entra nadie, por qué, porque tiene a la guardia civil que vigila la entrada. ¡Así cualquiera! Pues bien, un tipo del Sur, que tiene un asador, dijo que al que ocupe el chalet de Irene, le da una pasta. Unos amigos de la del chalet dijeron que lo bueno sería que ocuparan el asador, y que le prendieran fuego con el dueño dentro. Así andamos, sofocados todo el día, con los nervios destrozados... Así vivimos diariamente los españoles, con el corazón en un puño. Esto tiene toda la pinta de acabar mal. Porque lo que os estoy contando es verdad ¿no? Sigue andando, hablando, gesticulando: estoy a punto de llevarme a mí mismo al absurdo. Suenan mensajes de móviles alrededor tic tic, tic tic, tic tic y por uno de los altavoces móviles se oye la voz de un senador del PP: ...todos, todas y todes... El escritor grita: ¿quién autoriza a este gaznápiro a patear el español?


   Todo se mueve y como al escritor lo conocen se acerca un hombre de unos cuarenta años y dice: el Gobierno modifica unilateralmente los estatutos de RTVE para dar más poder al... Gobierno. El escritor le dice: ¡No va a ser a la oposición, panoli!


   Continúa caminando y hablando consigo mismo. Yo lo escucho atentamente porque este genio expresa con gran precisión lo que sucede en España. Ahora suelta: en breve los participantes en la última guerra civil serán desenterrados, pues hay que dejar espacio para los muertos de la próxima. Seguimos el paseo, no hay nadie; nos perdemos porque no miramos los rótulos de las calles. De repente canta: Él es un segador llamado muerte / tiene la autoridad del señor Dios...


   Bajamos despacio la escalera que lleva a la Iglesia y al cementerio. Son las primeras horas de la tarde de un día caluroso; España parece muerta. Sólo a lo lejos se oye el ladrido de un perro; por alguna parte circula un autobús. De pronto llegan dos coches desde el Este, un Mercedes y un Porsche. ¿Qué buscan aquí? ¡Tal vez la tumba de un genio? ¿Se pararán? No, pasan de largo frente a la Iglesia. Son coches hermosos y veloces.

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*Profesor de Arte en el IES de Celanova (Orense)

Sábado, 5 de Noviembre

 

Churrería

viernes, 4 de noviembre de 2022

Trampas 22

 


Joseph Heller

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    La llamada ley de memoria democrática, que nos conmina a recordar algo que España nunca ha conocido, y que supone la autoilegalización de toda la casta extractiva que nos parasita, es una trampa 22 a la altura de la del “Estado de Derecho”, vista por los piperos del 78.


    La trampa 22 fue popularizada por Joseph Heller en su novela “Trampa 22”, sobre un escuadrón de pilotos americanos destinados en Italia en la segunda guerra mundial. Para abandonar el servicio, se requería estar loco, pero cualquiera que quisiera abandonar el servicio no estaría realmente loco.


    –Orr estaba loco y podían retirarlo del servicio; sólo debía solicitarlo. Y en cuanto lo hiciera, ya no estaría loco y tendría que cumplir más misiones. Orr estaba loco si cumplía más misiones y cuerdo si no las cumplía, pero si estaba cuerdo tenía que realizarlas. Si las realizaba estaba loco y no tendría que hacerlo; pero si no quería estaba cuerdo y tenía que hacerlo.


    Orr, que “tenía dientes de caballo y ojos saltones que le iban bien a sus grandes carrillos”, es el Pueblo Soberano en el Estado de Derecho. Para Leibholz, ponente del Estado de Partidos que padecemos, la identificación kelseniana del Derecho con el Estado deforma por completo la misión de la ley, y más si los geómetras del fenómeno jurídico son los Bolaños de cucaña nueva, rocín gordo y galgo de piso.


    En una democracia, argumenta Leibholz, el Pueblo Soberano está supeditado al Derecho y, por tanto, limitado en su libertad de decisión, si no desposeído, de lo que se deduce que sólo el Derecho es soberano, por lo que la soberanía (cuyo concepto implica poder ilimitado) del pueblo no existe. Pero sí (aquí caemos en la trampa 22), “ya que la soberanía en su esencia no es un concepto jurídico, sino político”, con lo que el baranda de turno, nunca el pueblo, tiene la última palabra, es decir, el poder de decisión total, último y máximo, como por ejemplo obligarnos a creer en algo que los españoles no vemos ni vimos jamás: la democracia representativa, que nació y casi murió en los Estados Unidos, pero que el Psoe decreta que se inventó en España tal día como hoy del 82.



    Hecha la trampa (22, por supuesto), hecha la ley, pero la autoilegalización del sistema a la que asistimos (este continuo “de la ley a la ley” en el parchís de Kelsen) no es un harakiri, inconcebible en un político. Eso se dijo de la abolición por la nobleza liberalia (Noailles, Aiguillon) de sus derechos feudales en la Revolución francesa, y luego el historiador Lefebvre demostró que fue una audaz operación financiera para convertir en capital circulante el patrimonio feudal inmovilizado. Tampoco fue un harakiri lo de las Cortes franquistas con el triunfo de la doctrina Labadíe según la cual el pluralismo había que hacerlo dentro del Movimiento, necesitado de “representación política a la luz”, dos cosas, luz y representación política, que seguimos esperando mientras pedaleamos como hamsters en la trampa 22.


 [Viernes, 28 de Octubre]

Viernes, 4 de Noviembre

 

  Erizo checo antitanque (de pensamiento)

jueves, 3 de noviembre de 2022

¡Oh, es él!




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Obama (¡el Ike de Mariano!) viene a España, y hay que verlo como un regalo que la socialdemocracia se hace a sí misma. Del “Macarena” con Clinton al merengue pepero con Obama.

Si Obama, con su rollo malo de seguir jugando a la Guerra Fría, ha obrado el milagro de convertir a Putin en Pedro el Grande, ¿no iba a obrar el de dar a Rajoy otra mayoría?
Claro que el Septimio Severo de Honolulu (Severo, emperador africano que, según Gibbon, inauguró la ruina de Roma) va a llegar cuando España esté ya contando los votos. Desembarcará en Rota como Carlos V en Tazones, con puros de los hermanos Castro para el Kichi, que no tiene leído a Pemán, y no sabe, el hombre, que en Rota estuvieron las almadrabas del duque de Medinaceli, adonde iban los pelantrinos de todas partes “por atún y a ver al duque”.

Dicen que Obama viene a España para correr los sanfermines (suponiendo que el 7 de julio aquello siga siendo España), aunque lo que en realidad hacen los Obama, con una vulgaridad impropia del espíritu constitucional de su país, es campaña contra Trump para devolver a los Clinton a la Casa Blanca, donde Hillary tenía a Bill durmiendo en el sofá con el maletín nuclear, en castigo por los cuernos levinskyanos, que eso es llevar muy lejos a Montesquieu, pues mientras los europeos aún no hemos conocido la separación de poderes, los americanos van ya por la de camas, y a punto, si ganara Hillary, de adentrarse en lo que Quevedo llamaría, viendo la portada famosa de “Time”, una República coronada.

Los Obama no tienen la finura política de los Adams (“Hamilton es tan ambicioso como Julio César”, es lo más que dijo Abigail, esposa del segundo presidente americano, de un adversario político), pero tienen la prensa, y su batalla por el poder contra Trump es obscena. Para que no lo vea, a la niña, que cumple 18, ya la han colocado en España, cosa que pocos padres españoles pueden hacer. Podría hospedarse en el castillo de Zetapé (¡los otros Addams!).
 
[Publicado el 6 de Junio de 2016]

Arte. Mondrian. Al fraude artístico unen el fraude intelectual


 

 

La idea de Mondrian era borrar del arte toda huella de la naturaleza, a fin de alcanzar la belleza pura con una contraimagen geométrica de la misma, mediante cuadrados y rectángulos en rojo, amarillo, azul, blanco y negro. Ese método lo dedujo de la obscura filosofía de Schoenmakers, que explicaba el universo con místicas líneas horizontales y verticales.

     Mondrian convirtió el gran arte de la pintura en una obra impersonal, anónima, que excluía por completo todo atisbo de personalidad individual del artista en la expresión de figuras de geometría plana sin posibilidad de transmitir emoción. Tanto el movimiento exterior en el espacio como el interior en los estados de ánimo, sólo podían representarse con posiciones estáticas de distintos cuadraditos azules y rojos, dentro de un cuadrado dividido en cuadrículas blancas trazadas con rayas amarillas, como calles por donde se desplazaba el móvil. Así pintó Mondrian, que era muy aficionado a bailar, sus pasos por una pista de Broadway a los sones de un Boggie-Woogie, cuando visitó Nueva York. Un óleo sobre una tela cuadrada, de 127 por 127 cm., que se conserva en el Museo de Arte Moderno de N.Y. Un verdadero fraude objetivo.

    No creo en la sinceridad de la crítica de arte que ensalza, como si fueran pintores geniales, a meros dibujantes de regla y compás que alcanzan a pintar muestrarios de colores en gamas menos matizadas que las ofrecidas por la industria química de la pintura, y que además tienen la ridícula pretensión de hacernos creer que sus infantiles creaciones expresan la filosofía de la igualdad comunista o la teología mística del socialismo calvinista. Al fraude artístico unen el fraude intelectual. Quisieron crear un arte para todos, y han conseguido un arte para nadie. Un no arte.

     Salvo el artista belga Georges Vantongerloo, ninguno de los miembros del grupo De Stijl destacó como pintor o escultor. El fundador del grupo y del periódico que en 1917 dio nombre al movimiento, Van Doesburg, abandonó la pintura por la arquitectura, después de reconocer que el arte lo entendían como fenómeno de poder: «No es proletario, ni burgués. Tampoco se encuentra determinado por las condiciones sociales, pero desarrolla poderes que a su vez determinan la cultura en su conjunto».

 Buchholz renegó de su pintura mondrianista. Dexel dejó de pintar durante treinta años. Richter se pasó al cine abstracto y al surrealismo. César Domela apenas dedicó cuatro años de juventud a la pintura holandesa que condenó el individualismo de Rembrandt.

Antonio García-Trevijano
 


Piet Mondrian

Jueves, 3 de Noviembre

 

Señales

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Amor constante más allá de la muerte*




LAUDA DE ENTRADA


Ignacio Ruiz Quintano

Nadie muere si vivió de veras. Se mueren sólo los muertos. Si la vida es algo,
 no es de ningún modo nuestra vida, sino la vida nuestra en los demás.
 La inmortalidad es memoria. Temblor de primavera ausente,
 en el invierno del recuerdo. Milagro
.
César González-Ruano



    Al principio, según Mingote, la gente eran sólo dos.

    Nada convence como una buena hipótesis, y la de Mingote es una hipótesis magnífica. El resto bien podemos imaginarlo. Pero, de Pío Baroja a Rocío Jurado, ¿a dónde va toda esa gente que Mingote viene despidiendo desde hace cincuenta años?

    –Ya estoy despedido –apunta Ramón Gómez de la Serna en la lauda de entrada a su libro Los muertos y las muertas–. Tenemos que evitar que suceda lo que en las conferencias telefónicas, que las cortan cuando nos falta la despedida. Yo ya quedo despedido.
    
Se supone que, si Mingote acude a despedirte, es que uno va a ir al cielo.
    
Al cielo iremos los de siempre –avisa un libro de Mingote.
    
Al cielo de Mingote, naturalmente, pero cielo al fin y al cabo, que es un cielo que todo el mundo se imagina con algo de vida en el campo o de veraneo en el Norte.

    Foxá contó una vez cómo el padre Guepin, abad mitrado de Silos, paseando por sus soleados claustros románicos con unos amigos, suscitó la conversación de cómo imaginaba cada uno al cielo.
 
 Todos expusieron sus visiones: conciertos sacros, espectáculos sin tedio, goces sin pecado...
    
Yo –dijo el padre Guepin– me lo figuro como un eterno paseo, por los jardines del Paraíso, haciendo “respetuosas objeciones” al Ser Supremo: Señor, ¿por qué hubo enfermedades? ¿Para qué hicisteis a los microbios? ¿Qué objeto tenía el planeta Júpiter?
    
Veraneo en el Norte o vida en el campo. El mejicano Julio Torri, precursor del texto breve –humor, audacia y perfección–, anotó en La vida del campo, inspirada en Villiers de l’Isle Adam:


M. M.

    “Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza. La mañana es alegre y el sol ríe con su buen humor de viejo. Precisamente del sol conversan el muerto y un pobrete –acaso algún borracho impenitente– que va en el mismo sentido que el entierro.

    ”–Deploro que no te calientes ya a este buen sol, y no cantes tus más alegres canciones en esta luminosa mañana.

    ”–¡Bah! La tierra es también alegre y su alegría, un poco húmeda, es contagiosa.

    ”–Siento lástima por ti, que no volverás a ver el sol: ahora fuma plácidamente su pipa como el burgués que a la puerta de su tienda ve juguetear a sus hijos.
    
”–También amanece en los cementerios, y desde las musgosas tapias cantan los pinzones.

    ”–¿Y los amigos que abandonas?

    ”–En los camposantos se adquieren buenos camaradas. En la pertinaz llovizna de diciembre charlan agudamente los muertos. El resto del año atisban desde sus derruidas fosas a los nuevos huéspedes.

    ”–Pero...

    ”–Algo poltrones, es verdad. Rara vez abandonan sus lechos que han ablandado la humedad y los conejos.

    ”–Sin embargo...

    ”–La vida del campo tiene también sus atractivos.”


M. M.

    Cuando muere un gran hombre, vino a decir Leon Bloy, siempre añade algo a la Vía Láctea. Y no pensaba en la pasarela de la popularidad. La popularidad, tiene para sí Mingote, no es nada.
    
Es más importante el aprecio de la gente que importa, las personas de talento, los maestros, como Wenceslao Fernández Flórez, que estaba firmando en la Feria del Libro. Le llevé el primer tomo de sus Obras Completas para que me lo dedicara, y el maestro, amablemente, era muy amable, escribió una dedicatoria: “Con amistad y admiración a Antonio Mingoti”. O sea, me admiraba, pero no tanto como para aprenderse mi apellido. Se empezaba a perfilar nítidamente mi arrolladora personalidad.

    A Fernández Flórez, por cierto, no le hacía gracia alguna que la exhibición del ataúd donde el interesado va tendido, tan largo como es, sin hacer nada, ofreciera contraste tan agudo con la actividad, con el ajetreo circundante, que para el muerto tiene que resultar vejatorio.

    –La prisa de los demás, reveladora de vida, produce, sin duda, una especie de humillación en el difunto. A nadie le puede gustar, por lo menos en los primeros días, que le recuerden que ya no existe, y pasar inactivo, tumbado, entre la riada de apresurados chóferes que hacen sonar las bocinas, de vendedores clamorosos, de transeúntes diligentes, parece que es ir diciendo: “¡Fastidiarse, amigos, que yo me he asegurado ya la holganza!”
    
No creía arriesgado suponer que el muerto hubiese sentido la inquietud de la proximidad de la noche: el miedo a llegar al camposanto en sombras ya, cuando todo es allí más extraño y temible:

    –Si a uno lo dejan en su nicho con sol, parece que la instalación es menos impresionante; pero el difunto mejor bragado no puede menos de sentir terror, si toma posesión de su tumba entre tinieblas. Dígase lo que se quiera, la primera noche que se pasa en un cementerio, aunque se disponga de un buen panteón, no tiene nada de agradable. No es posible el descanso, se extraña todo y a cada instante se espera que ocurra algo tremendo.
    
La muerte moderna, tiene observado Octavio Paz desde su laberinto de la soledad, no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores.

    –En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más.


M. M.
   
Pero como es un hecho desagradable, la filosofía del progreso pretende escamotearnos su presencia: “En el mundo moderno todo funciona como si la muerte no existiera. Nadie cuenta con ella. Todo la suprime: las prédicas de los políticos, los anuncios de los comerciantes, la moral pública, las costumbres, la alegría a bajo precio y la salud al alcance de todos que nos ofrecen hospitales, farmacias y campos deportivos. Nadie piensa en la muerte, en su muerte propia, como quería Rilke, porque nadie vive una vida personal. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios.”

    –La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.
    
César González-Ruano, que sigue siendo el escritor al que mejor se le han dado los muertos, sabía que los muertos no se terminan nunca y tuvo la impresión de que se muere un poco en cada amigo que nos deja:
    
La vida no es mucho más que eso: la fe de ella que dan quienes nos conocen. El día que nadie nos pudiera conocer seríamos como muertos sin enterrar. Vivimos en tanto que vivimos en alguien. Tiene sólo sentido la vida en tanto que alguien nos ama o nos estima. La muerte es el desconocimiento, la indiferencia. A los muertos los han querido, pero ya no los quiere nadie. Si alguien les siguiera queriendo en todo el vigor de la actualidad, de la realidad del amor, resucitarían.
   
 Si Ruano es el escritor al que mejor se le han dado los muertos, Quevedo es el escritor que más y mejor se ha encarado con la muerte.

    –Quevedo es el tremendo español, y por eso anda a vueltas como nadie con el tremebundismo de la muerte –dirá, en apoteosis de necrología, el gran Ramón de los muertos y las muertas–. Quevedo estuvo siempre ensayándose con la muerte.
    
En el Sueño de la muerte, la muerte avisa que eso –huesos descarnados con una guadaña al hombro– no es la muerte. Dice la muerte:


M. M.

   
Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los vivos. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertos de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte; y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo, y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte...
    
A Ramón lo estremece de Quevedo la proposición de que caminemos muertos para no dejar de vivir, como si nos diese la contraseña para pasar frente a todas las garitas en que la muerte vigila. Y se agarra al descomunal soneto en que Quevedo juega con toda la mitología griega del otro mundo: el alma en la laguna, orillados los recuerdos, Caronte aguarda.

    –Su mejor poesía –concluye Ramón su Quevedo– es esa en que habla de sus cenizas enamoradas, soneto con algo de epitafio de sí mismo: Amor constante más allá de la muerte.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado
.

    Mientras aguardaba a su boda con una viuda –¡nada que ver con Lisi!–, Quevedo tuvo la obsesión de expresar poéticamente, al hilo de Propercio, la idea de la pasión amorosa sobreviviendo a la fugacidad del cuerpo. El amor, que diera sentido a la vida, había de dar sentido a la muerte.

__________
*Prólogo para el libro de necrológicas  
Serán ceniza, mas tendrá sentido, de Antonio Mingote
Ediciones Luca de Tena, 2006


M.M.

Halloween. ¿Truco o trato?

Miss Octubre

Miércoles, 2 de Noviembre

 


Aranda de Duero

F.J.G.I.

martes, 1 de noviembre de 2022

La democracia nuclear

 

El verdugo

 


 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Protección Civil, dependiente del ministro Grande Gómez, Marlaska para la política, compra “cuatrocientos megáfonos para avisar a la ciudadanía de un ataque nuclear”. ¿Por qué no una bandada de gansos?


    Marlaska tiene de la energía nuclear la misma idea que de la energía eléctrica tenía un mítico señor Guadilla de mi pueblo, que para manipular un cable pelado enviaba a su esposa a cortar la luz en el transformador, que estaba en la plaza. Un día, para ganar tiempo, la envió a dar la corriente antes de acabar, “y vienes corriendo a avisarme”; así lo hizo la mujer, que volvió sin resuello y halló al señor Guadilla derribado por el latigazo eléctrico, más veloz que ella.


    En un mundo donde lo increíble, decía Wolin, se ha vuelto banal, la guerra nuclear no parece sino otro episodio cinematográfico en una serie de duración ilimitada que Marlaska anunciará en el vecindario como si fuera el afilador. ¡Crania ibérica!


    Es el socialismo carpetovetónico: intensificación de la igualdad: de la política a la social y de la social a la nuclear. Cada persona, anota Schmitt en el 56, tiene el derecho fundamental a por lo menos una bomba nuclear. Sólo entonces seremos iguales. ¿Pero cómo lograremos una bomba atómica para cada uno? “Bueno, el esforzado pueblo de los ganadores del Nobel también solucionará ese problema. ¡Adelante hacia la democracia nuclear!”


    –¿Qué necesitaba la humanidad cuando fue creada la bomba atómica?, pregunté a Kojève. Me respondió hegelianamente que la humanidad necesitaba una excusa moral con el fin de tener un pretexto para no llevar a cabo más guerras. El paraíso.


    Treinta años más tarde, otro alemán, Sloterdijk, vio en la bomba atómica al Buda real de los países occidentales: el máximo rendimiento del ser humano y de su capacidad destructiva, el triunfo de la racionalidad.


    –Ya no podemos ser más malvados, inteligentes y defensivos. Infinita es su paz e ironía.


    Sloterdijk nos hace ver que, de vez en cuando, esas bombas, inamovibles en sus silos, se ríen por lo bajo. Para él, la bomba atómica es una máquina condenadamente irónica. Si esto puede ser nuestro Buda, concluye, entonces tiene en el cuerpo un diablo sarcástico: uno tiene que darse cuenta de lo que significa explotar hacia el cosmos en una autodesintegración completa. Y puede hacerlo en cualquier momento. En el núcleo de la fulminante masa explosiva dominan un estruendo y una risa semejantes a la del interior del sol.


    Hans Zehrer (“¿Quién tiene el poder?”), en el 57: la potencia atómica, esencialmente secreta, y la democracia, esencialmente pública, son incompatibles, con lo que, donde una mano mínima decide sobre el átomo, existe un estado de excepción permanente que deja a la democracia sin efecto.


    La contribución española a la cuestión nuclear es Marlaska con el megáfono de los civilones de Berlanga buscando al verdugo (“Don José Luis Rodríguez”/Nino Manfredi) en las cuevas del Drach.

[Martes, 25 de Octubre] 

Martes, 1 de Noviembre

 

 

Mestizo