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lunes, 15 de junio de 2026

La de Beneficencia'26. El cante de los poderdantes en "Singin' in the Rain". Márquez & Moore

 



A Joaquín Vidal,
en su abono del tendido bajo del 10,
 fila 6, asiento 17, en Las Ventas, 1999



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


Antes la Corrida Extraordinaria de Beneficencia se celebraba un jueves, como el Corpus. Ahora ambos se celebran en domingo. Antes la Corrida Extraordinaria de Beneficencia la presidía un Rey. Ahora la preside el funcionario García-etcétera. Antes en la Corrida Extraordinaria de Beneficencia se anunciaban los triunfadores de la Feria, ahora el cartel está hecho desde antes de que empiece la Feria. Son pequeñas diferencias entre lo de antaño y lo de hogaño que, por más vueltas que le damos, no acaban de gustar mucho, verdaderamente. En lo que nunca ha cambiado la Corrida Extraordinaria de Beneficencia es en la asistencia a ella de un público especialmente fiestero y con ganas de diversión, aumentada por la cantidad de entradas que se regalan.

 

Para la Beneficencia de 2026 contrataron a Alejandro Talavante, apoderado por el empresario de la plaza de Las Ventas; a Roca Rey, apoderado por el hijo del antiguo empresario de la Plaza de Las Ventas, y a Víctor Hernández, apoderado por el anterior Gerente de la Plaza de Las Ventas, con lo que, más o menos, todo queda en casa.


Para la cosa del ganado decidieron quienes lo decidieran que se iban a traer un encierro de la ganadería de  Victoriano del Río, que ya sabemos todos que es propiedad de la sociedad limitada Medianillos Ganadera, y que es ganadería muy apropiada para el triunfo de los toreros: nos recuerda la señora o señorita doña Patricia Navarro, en un folleto que entregan a la entrada junto con el programa, que los toros Medianillos han propiciado hasta la fecha 20 puertas grandes en Madrid. Por centrar un poco el asunto diremos que hasta el día de la fecha no ha habido un solo torero que haya abierto la Puerta Grande de Madrid con los toros de José Escolar. Algo tendrán los unos y los otros que les hace diferentes. Por ejemplo, con los de Escolar estamos atentos a ver si alguno abre la boca durante las fases de su lidia y lo normal es que dicha apertura no se produzca y, sin embargo, los toros de Victoriano del Río, que no tienen empacho en mostrar sus lenguas jadeantes, en cambio se caen constantemente, tal y como hoy pasó, que los seis anduvieron cayéndose en mayor o menor medida durante las diversas fases de sus vidas públicas. A algunos nos gustan más los de Escolar, porque rechazamos por completo al toro que da pena, pero no cabe duda que muchos coletudos y muchos públicos prefieren la sumisa docilidad, en la que ellos mismos se ven retratados, a la imprevisible casta. Hubo dos toros hoy, el cuarto, Empanado, número 11, y el sexto, Gorrión, número 99, que entraron con vigor al caballo, metieron los riñones y empujaron con fe, haciendo peligrar la estabilidad de José Manuel Quinta y de Israel de Pedro: alguna traza de casta, que no han podido borrar de su podrido ADN, les llevó a hacer el esfuerzo de tratar de derribar a esos pencos forrados de faldillas dejándose prácticamente la vida en el esfuerzo, puesto que sus energías se resintieron significativamente tras su paso por el negociado de Equigarce, pero ese momento no lo vieron los ganaderos, que habían huido de su burladero para ponerse a salvo del chaparrón.


El chaparrón marcó por completo el desarrollo de la tarde. En ese sentido puede decirse que asistimos a dos corridas diferentes: la de los tres primeros, con calor y sequedad, y la de los tres últimos, que se dio con las normas de una naumaquia, más que con las de la tauromaquia de Montes.


El primero de la tarde ya marcó un poco la tendencia caediza del ganado. El señor González-etcétera lo mantuvo en el ruedo, acaso influido por las sabias admoniciones del veterinario don Juan Pedro de Miguel Rodríguez, y por allí anduvo el bicho yendo de acá para allá tras la muleta de Talavante que hizo más o menos  lo mismo que cuando las dos orejas pero sin tirar el espadín, que hoy no tocaba mostrar su «toreo lleno de matices» en palabras del crítico Nogales en el folleto de marras. En esta ocasión sus matices fueron, como otras veces, su falta de colocación y de remate de los muletazos y su ausencia de un mínimo compromiso, prefiriendo la ventaja a la verdad, tal y como viene haciendo desde su reaparición. Para más INRI el toro no era de los repetidores y como se le quedaba parado tras cada pase, dejaba bastante en evidencia las faltas de lesa tauromaquia que cometía el «triunfador» de la pasada Feria de San Isidro. Con la neojerga taurina en la mano podríamos decir que el toro adolecía de «falta de apoyo en las manos» y que eso condicionaba el desarrollo de su colaboración para el triunfo de Talavante que, cuando vio que aquello no acababa de arrancar le pegó un sartenazo infame con el que tuvo ocupados a los areneros en tapar los restos de la agonía de Comunero, número 125 durante un buen rato.


El segundo de la parte seca de la corrida fue Curioso, número 148. A este le podríamos achacar su «falta de entrega», que esto de la neolengua es una mina, a medida que los pases de Roca se iban desarrollando. Comenzó el hombre su labor de rodillas con pases cambiados que entusiasmaron al público y luego fue desarrollando una faena a menos del que, según la periodista Rosario Pérez, de nuevo en el folleto, se dedica a «escribir páginas en la historia (sic)» Esta vez las páginas las escribió con la tinta esa de James Bond, que no se ve lo que se ha escrito, porque aquello no llegó a ningún puerto, y aquí volvamos a desvelar el hecho de que el animal no estaba por repetir, lo mismo que el anterior, con lo que la truculenta propuesta del peruano se quedaba corita y sin andamiaje, porque ese toreo se sustenta en la condición repetidora del toro y si eso falla, el castillo de naipes se derrumba.


«La figura seca» según las palabras del revistero Bienvenida en el folleto es la de Víctor Hernández, que sorteó primeramente a Empanado, número 103, que es el primero de los de Victoriano del Río que se comportó como debía, es decir siendo obediente y repetidor. Brindó al Gerente de Las Ventas, imaginamos que por haberle metido en este cartel, y comenzó su labor a base de pases del Celeste Imperio hasta que en uno el toro le hizo un extraño y lo descompuso. Luego, al natural, que es lo suyo, sin dar el paso adelante, rodeando al toro, no consigue poner a rugir a Madrid. El toro tiene unas óptimas condiciones pero el torero decide no comprometerse, aplicando las normas de la neotauromaquia y dejando pasar otra nueva ocasión de hacerse notar con fuerza. Las gentes le vitorean, porque el público es fiestero y jubiloso, pero los argumentos de Hernández no son de peso. Acaba con la peste de las bernardas y tampoco está lo que se dice bien con la espada, y eso que la suerte suprema se le suele dar bien; y así, entre que si se muere el toro y que si Diego Valladar se lo levanta de entre los muertos, se va pasando el tiempo y cuando arrastran al bicho ni siquiera la hacen salir a saludar al tercio.


A partir de ahí comienza a llover, como si se abrieran los cielos, y se produce una desbandada general entre el público, quedando unos pocos y contumaces espectadores en los tendidos y con las gradas y andanadas llenas. Todos tenemos presentes grandes faenas que se han realizado bajo un diluvio (Curro Vázquez, Ureña, Antoñete, José Luis Moreno…), pero hoy no se ha dado esa circunstancia. Con el ruedo como una piscina los tres matadores han dado fin del toro que les correspondía a cada uno de la manera que les ha parecido idónea sin que haya apenas nada más que reseñar que el segundo toro de Víctor Hernández fue, de nuevo, apropiado para las intenciones del torero, pero con aquel barrizal tampoco era cosa de pedir peras al olmo. No acaba de dejar muy buena puntuación Hernández, al que más parece que le están robando el alma y que cada vez se aleja más de aquel Víctor Hernández que nos fascinó con su verdad el año pasado. 



A beneficio de inventario


ANDREW MOORE












Guernica


Victoria de Samotracia










FIN

domingo, 3 de mayo de 2026

Michelito


Michelito Lagravere


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Michelito es un torerillo mejicano de once años que lleva a los comisarios de la corrección política a preguntarse: “¿Puede este niño matar a un toro?” Y claro que puede. ¿No pueden los jueces matar al cervatillo del “Cantar de los Cantares”? “Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo / sobre los montes de Beter.” Michelito, que admira a su papá y a Morante, es un niño prodigio, que es una de los modos de entrar en el toreo. Así lo hizo El Juli, y ahí sigue, de Joselito del canteo, en plan Ruiseñor de las Cumbres. Otra forma de entrar en el toreo es la de El Trianero, cirial de San Gonzalo, que en un parón de la procesión abordó al hermano César Cadaval, autor de “Azahar de San Gonzalo”, para hacerle la confidencia definitiva: “Don César, que mi sueño es torear en La Maestranza.” Que es el sueño de Cayetano, sólo que Cayetano, al contrario que Michelito, llegó al toreo tarde, y tiene prisa, lo que no es poco trabajo. “¡Se figuran vuesas mercedes que es poco trabajo hinchar un perro!”, decía el loco del cuento cervantino. Cayetano vino a Madrid en Beneficencia, espectáculo que solía reservarse a los triunfadores de San Isidro. Para que se hiciera a las distancias del ruedo, le prestaron durante dos tardes la plaza a puerta cerrada. Este año repetirá en Beneficencia, mas con la espina, otra vez, de Sevilla la mágica. ¿Mágica? Miguel Ángel Aguilar, el que protegía a ZP de la curruca periodística en la Asociación de Periodistas Europeos, cree haber visto a José Tomás salir el año pasado por la Puerta del Príncipe con tres orejas, y eso, desde luego, es magia. Parece natural, pues, que Cayetano sueñe con la Maestranza, cuyo empresario, Canorea, lee libros, pero no sólo de cuentas, y no será por manías por lo que deje fuera de Sevilla a un torero tan literario como Cayetano. “¿Para qué va usted a España?”, preguntó Heine a Gautier cuando éste se disponía a hacer su famoso viaje “tras los montes”. “Para verla, y no solamente para oírla”, contestó Gautier. “Hará usted un viaje incómodo e inútil –insistió Heine–, porque no la encontrará; no existe; la hemos inventado nosotros.” Luego está la España real, que es la de los victorinos. 

sábado, 7 de febrero de 2026

Casa de Beneficencia


Sombrero en la de Beneficencia


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


“¡Mira que criar toros para matarlos!”, rezongaban los ingleses para ponderar la barbarie de los españoles. “¡Pues mira que criar pobres para socorrerlos!”, les contestó Julio Camba. En efecto: los ingleses siempre han criado pobres para socorrerlos y los españoles siempre han criado toros para matarlos. De la mezcla de las dos aficiones surgió en Madrid, hace siglo y medio, la Corrida de la Beneficencia, cuya casa está en Las Ventas del Espíritu Santo, donde reina esa piola de la adulación que es el veterinario Ballesteros. “La Beneficencia –ha dicho el veterinario Ballesteros– ya no está para hacer dinero, sino para hacer historia.” Y este año, desde luego, la ha hecho. Pero con estos amigos de los toros, ¿para qué queremos enemigos como el hijo de Pérez, el guardia (Carod-Rovira, para el vulgo)? La samuelada del veterinario Ballesteros es para que la corran los boyeros, no los toreros, y esto lo sabían los aficionados hasta el punto de que, para llenar la plaza de Madrid, hubo que traer de gorra a las sanotas gentes de la sierra, con lo cual, ¿qué sentido tenía quitarle la corrida a TVE, que se ve en toda España, para dársela a Telemadrid, que sólo se ve en la sierra? “¡Oh, Demos, que en griego parece que quiere decir pueblo y en gallego quiere decir demonios...!”, hubiera suspirado Camba. Y ya que de gallegos hablamos, allí estaba él, el gallego de Pontecesures, en el palco real, con su crudillo de junio, de cháchara con la marquesa de Simancas y dando gracias a la política, que lo ha aupado tan alto, y aplaudiendo a Vicente Yestera, el banderillero que chafó el conteo que de choteo acostumbra hacer el público con las banderillas derramadas. Contar, como se sabe, es la habilidad del gallego de Pontecesures, aunque él siempre se queda en la quinta parte. Camba, precisamente, contaba de una comarca africana donde nadie sabía contar más que hasta cinco que, cuando por excepción lograba allí alguien contar hasta seis o siete, los ancianos de la tribu le ofrecían una chistera desfondada, que se habían encontrado un día en una playa, le colocaban un enorme paraguas en la mano, lo sentaban en un trono y lo proclamaban rey. Pero este gallego es republicano. 

jueves, 13 de noviembre de 2025

A qué llamamos beneficencia


Aranguren


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Criar toros para matarlos puede parecer una paradoja española, pero es la paradoja universal y, desde luego, una de las más brillantes paradojas inglesas, como Camba les dijo a los ingleses en su cara. Si de paradojas hablamos, ¿qué más dará tauromaquia, o hacer toros para matarlos, que socialismo, o hacer pobres para socorrerlos? Tomás Gómez, el Florito del Nuevo Socialismo, tiene razón: además de comer atún, hay que acabar con los males sociales, para lo cual, naturalmente, lo primero es producirlos, y así, una corrida de toros, moralmente considerada, viene a ser exactamente lo mismo que una fiesta de caridad, aunque existe una razón para que las corridas de toros parezcan menos morales que las fiestas caritativas, y es la razón sencillísima de que constituyen un espectáculo bastante más hermoso, incluida la última corrida de Beneficencia y sus cochinitos disneylandializados para Julián López, en cuyo carné siempre tiene 18 años por la misma regla de tres que en casa del Sombrerero Loco siempre eran las 5 de la tarde. Está visto que a la corrida de Beneficencia fueron los madrileños que no habían aguantado la cola para la exposición que el CSIC le ha puesto a Aranguren (“Filosofía en la vida y vida en la filosofía”, como para perdérselo), y luego no hubo ni corrida ni beneficencia. Beneficencia... ¿para quién? Evidentemente, para la empresa y sus tres toreros, que no la necesitan. Imaginemos que Zapatero, en lugar de destinar el gasto social a los socialistas, como su propio nombre indica, lo desviara hacia la derecha, donde, como ha denunciado Pepiño Blanco, no existen los parados. (Todo español que acabe chapoteando en el lodo primordial del paro queda estabulado como nuevo socialista.) ¿Podría llamarse gasto social al gasto en la derecha? Pues lo mismo ocurre con la corrida de Beneficencia, nombre obsoleto como la lírica de García Montero y que encima puede llevar al engaño. Aquí ya no hay más beneficencia que la del Gobierno de España. 

martes, 10 de junio de 2025

Desescombro


Jean Juan Palette Cazajús



Suelo ver los toros desde la andanada. Por motivos económicos y de amistad. Quizá fuese más correcto hablar de un cierto sentimiento de dependencia clánica. En la plaza de toros de Las Ventas del Espíritu Santo están los espectadores (muchos) y los aficionados (bastantes menos), están los residentes y están los transeúntes, los arraigados y los desubicados. Yo pertenezco, ontológicamente, a esta última categoría, pero cuando tomo asiento en la andanada del 9, a sabiendas de que nunca podré aspirar a la naturalización, disfruto no obstante del grato sentimiento de una benévola aceptación.


Está claro que el sanedrín de «mi» andanada siempre ha considerado su empinado promontorio como el mejor observatorio posible para una perspectiva clínica y despiadada, para una aprehensión kantiana y lúcida de las peripecias del ruedo. La andanada es inasequible a las epidérmicas fluctuaciones emocionales que caracterizan las poblaciones atolondradas que se amontonan en los tendidos inferiores. Usado, este último adjetivo, lo mismo en el sentido espacial que jerárquico de la palabra. Lo habían adivinado.


Desde la andanada, efectivamente, disfrutamos  ̶ ¿o, acaso, la padecemos? ̶   de una visión «eidética», dirían Platón y Aristóteles, de la corrida. Desde las alturas del Olimpo, toro y torero se convierten en una Idea de la tauromaquia, en su abstracción pura y dura.

 

Toro de Costitx (Mallorca)

 Cultura talayótica, siglos V a III a. C.

 

El problema es que la corrida de toros es la negación más genuina de toda abstracción. Es, al revés, organicidad pura y dura,  abrumadora carnalidad. Aquello, a un nivel literalmente exhibicionista. Carnalidad, animal y humana, exhibida en su fragilidad y su transitoriedad, como un camino de revelación y de redención. Sin duda el único y el último espectáculo en este sentido, en un universo definitivamente artificializado y virtualizado. En Los Bestiarios, muy original novela taurina del no menos original Henry de Montherlant (1895-1972), escrita en 1926, pero ambientada en 1913, el joven protagonista nos contaba su renuencia a ver una corrida de toros desde cualquier otra localidad que no fuese de barrera, allí donde te salpica la arena levantada por la embestida del toro, donde te acarician la pituitaria los aromas de las bostas y los efluvios animales, donde te llegan al oído los  bufidos y las pisadas del morlaco, las voces de la cuadrilla (hogaño: «¡piérdele un paso!»), donde los parpadeos del animal y las advertencias de sus orejas quedan al alcance de tus ojos, al de tus manos los cuajarones y el burbujeo de la sangre generada por varas y banderillas, eventualmente la del propio diestro. Montherlant no dudaba en escribir cosas de este jaez:

  
    ̶ Porque, en efecto, Albán, [el protagonista] quería demasiado a los toros para poder pasarse mucho tiempo sin matarlos. Sólo la posesión liberta. Y aquí la posesión era el acto de matar, variante del otro sacrificio. […] Lo que le atormentaba entonces era verse privado de la descarga nerviosa que procura la hoja de acero al hundirse. [...] Profunda era la necesidad de la muerte bienhechora, de la muerte en verdad creadora.


Esto lo escribía el autor de El Caos y la Noche en 1926. Pero seis años más tarde, en Muerte en la tarde, Hemingway tampoco se cortaba un pelo:


    –A un gran matador, debe gustarle matar. Si no tiene la sensación de que aquello es la cosa mejor que puede hacer, si no es consciente de la dignidad del acto y no siente que este constituye su propia recompensa, le faltará la abnegación necesaria para una buena práctica de la suerte suprema. […] Deberá experimentar un disfrute espiritual en el momento de matar.

 

 
Picasso, el torero volteado (1955)
 

Parece claro que los canceladores animalistas desconocen ambos textos. Hace unos días, en fecha de corrida de gran expectación y huérfano de entrada, terminé en el bar del hotel Wellington donde sólo pude acomodarme en el extremo de la barra, a 50 cm de la pantalla del televisor. Llevaba años sin ver una corrida televisada. No iba a redescubrir a estas alturas, que ni la naturaleza, ni la esencia, ni el aura de la  corrida de toros tendrán jamás posibilidad alguna de abrirse camino a través de la muralla lerda e infranqueable de la pantalla. Hoy, las pantallas son la nueva versión tecnológica de la caverna platónica: solo nos transmiten las sombras, eso sí con muchos colorines, de la realidad inteligente e inteligible. Pero sí pude volver a comprobar hasta qué punto quedaba también anulada aquella organicidad fundamental del ritual taurino. La espectacularidad de los primeros planos del televisor resultaba todavía más carente de organicidad que las cumbres nevadas de la andanada.


Esta organicidad fundamental se «actualiza», hablando en jerga filosófica, se hace acto a través de una evidencia primordial: una liturgia cruenta que concluye con la muerte del toro. Un proceso que muy poco  ha cambiado a lo largo de los dos últimos siglos y medio. Lo que ha cambiado, y mucho, es lo que siempre había sido la contrapartida tácita de esta liturgia cruenta: el riesgo vital a que se exponía el torero. Tengo ante los ojos una recensión, con nombres y fechas, de las víctimas mortales del toreo. No pondré la mano en el fuego por su exactitud y exhaustividad, pero la creo relativamente fiable e indicativa. Posteriormente al óbito  de Pepe Hillo, en 1801, habrían muerto a lo largo del siglo XIX, unos 118 coletudos entre matadores, novilleros, picadores y banderilleros. A mí, la cifra me parece francamente escasa teniendo en cuenta las condiciones de la época, la inexistencia de cualquier clase de enfermería (el «hule» famoso no llegaría a generalizarse antes de la segunda mitad del siglo XIX), el desconocimiento de toda forma de asepsia, el estado de la cirugía y del instrumental existente. De modo que cualquier herida, por razón infecciosa u otra, podía resultar mortal. Esa relativa moderación del balance letal, podría explicarla el menor número de festejos, hasta el último cuarto del siglo XIX, en comparación con las cifras actuales (menguantes), y también el tipo de toreo practicado, a distancia respetable  y de muchas piernas.

 
A partir de 1900 y hasta el estallido de la guerra incivil, en sólo 36 años, la cifra de víctimas mortales habría ascendido hasta las 153. Pese a una notable mejoría de los conocimientos médicos y de las instalaciones sanitarias, al menos en las plazas importantes. Hijo del muy respetado crítico Don Gregorio, Alfredo Corrochano (1912-2000), de quien decía un cronista de la época que era un señorito de derechas, pero un torero de aventajada mano izquierda, alternaba con Ignacio Sánchez Mejías y Armillita aquella fatídica tarde de 1934: «la enfermería de Manzanares tenía un bote de algodón, un cacharro de yodo y otro de agua», contaría más tarde. Y letal resultaba, a su manera, el estado de podredumbre endémica que emponzoñaba, en aquellos tiempos, la crítica y la prensa taurina. Como aquella gacetucha hedionda llamada El Karril, que presumía de ser «el organillo chipén del toreo machote».


Desde 1947 y la muerte de Manolete la lista de las víctimas mortales se redujo de manera vertiginosa. En ningún momento, tras las de Paquirri y Yiyo, echaremos en saco roto las trágicas muertes de Manolo Montoliú (01.V.1992), de Víctor Barrio (09.VII. 2016) y de Iván Fandiño (17.VI. 2017), pero uno se atrevería a hablar de un verdadero cambio de paradigma en la perspectiva del riesgo.

 

Iván Fandiño. Hacia la muerte


Y no solamente eso. En una sociedad donde ni se podía pensar en la aparición de los medios de comunicación e información actuales, teléfono, radio, cine, TV, vídeo, medios digitales, en una sociedad mayoritariamente analfabeta, en comunidades geográficamente aisladas por la precariedad, lo mismo de los medios de desplazamiento que de los caminos, las únicas vías de acceso al aprendizaje taurino eran la experiencia personal y la transmisión oral por parte de los compañeros veteranos. Las carencias técnicas explicaban la vulnerabilidad de muchos toreros. lo mismo que su romántica aureola. También su muerte, como en el caso de Manuel García Cuesta, El Espartero (1865-1894). Hoy la abundancia ubicua de la información didáctica, visual y referencial, el papel de las escuelas taurinas exigen hablar, también en este caso, de otro verdadero cambio de paradigma.
Last but not least: la inmensa mayoría de la torería andante, a lo largo del siglo XIX, y buena parte del XX, procedía de estratos sociales, fuesen rurales o urbanos, hambrientos y depauperados, y no destacaban ni por la fortaleza física ni por la estatura. Enrique Vargas González, Minuto (1870-1930), de quien Guerrita decía que los gorriones le picoteaban el culo, fue el ejemplo emblemático de una realidad general definida por una particular dificultad y peligrosidad a la hora de lidiar y matar toros que, para mayor inri, solían tener bastante más alzada que la mayoría de los actuales.

 
Los toreros hodiernos lucen entre 10 y 25 cm más que aquellos menguados antepasados. Bastará recordar las recientes palabras de Albert Serra, director de la admirable «Tardes de soledad», comentando cómo se viera obligado a limitar las tomas de su peli a las plazas más toristas para que la comparación entre la estatura de Roca Rey y el volumen de los bóvidos no resultara grimosa. Y mientras los progresos de la economía, de la ciencia y de la tecnología –la propia coraza del vestido de torear– vinieron devaluando las perspectivas mortales para el torero, viéronse rebajados, al mismo tiempo, hasta niveles en muchos casos caricaturales, todos los atributos que deberían definir al toro bravo y encastado: volumen, trapío, fiereza, poder, sentido e incertidumbre del comportamiento.

 

Óscar Domínguez. Cabeza de toro (1941)

 
Poco temible era el puñado de infelices que se desgañitaban, un día, en la explanada de Las Ventas, con sus cuernecitos de plástico en la cabeza, tratando de convencer al indiferente y benévolo público que acudía al festejo de que «Tortura no es cultura». La realidad que brota de la sociedad profunda es bastante menos risueña. Llevo años recopilando datos a través de las encuestas llevadas a cabo por los organismos más fiables. Los resultados suelen ser más que preocupantes. Finalmente, entre los menos pesimistas que yo recuerde podrían figurar  los del último sondeo realizado por Sigma Dos y publicado el pasado 20 de abril por el diario EL Mundo, donde «sólo» el 78,2%  de la sociedad española se declaraba antitaurina o al menos indiferente, por un 18,8% de opiniones entre favorables e indulgentes Hay algún partido político que defiende, a veces estruendosamente, la tauromaquia. A mí personalmente, sus criterios me parecen muy escasamente convincentes. Luego, resulta que entre los propios votantes del citado partido, un 60 % pasa olímpicamente del asunto. No voy a profundizar aquí sobre el estado y las significaciones de la zoofilia convulsiva que aqueja actualmente todos los estratos, muy particularmente los más juveniles, de unas sociedades occidentales en fase terminal de agresión autoinmune. Hace unos meses, un tren francés de alta velocidad, retrasó varias horas su salida porque un minino se había colado debajo de los coches. En Málaga, han prohibido las calesas que paseaban a los guiris, por maltrato animal. El de los caballos se entiende. La vaquita que provee el chorrito de leche de mi té matutino no sufrió maltrato alguno, leo, aliviado, en un recuadro del tetra pack. Pensar que una institución como la tauromaquia, que camina a contracorriente de un sentimiento social apremiante y abrumadoramente mayoritario, pueda salir ilesa del asunto es de descerebrados.


En realidad, la poderosa agresión externa obra en concomitancia y objetiva connivencia con el proceso de paulatina degradación interna que caracteriza  a los actuales públicos taurinos. En la mayor parte de la Piel de Toro, las corridas son hoy patéticas pachangas. Se pudo apreciar en pasadas semanas el grado real de frivolización y alcoholización que parece definir últimamente al público de la Real Maestranza hispalense. Dudo mucho de que alguna vez llegase a ser mayoritaria la asistencia «chaneladora» en las sucesivas plazas de toros matritenses. Pero ciertos públicos actuales parecen alardear de su grado de cerrilidad. Hasta un punto de pura provocación. Reina una mala voluntad pasota y asumida. Los glúteos de muchos de los que llamaré «espectadores», para diferenciarlos de los aficionados lúcidos, pueden llevar años en coyunda con el cemento de Las Ventas, pero nunca brotó la chispa mental que permite, en los toros como en la vida, discriminar entre saber y creencia, entre duda y certeza, entre ser y parecer.

 

 
J. L. Gutiérrez Solana (1886-1945)
Corrida de toros en Chinchón


La mayoría de las faenas actuales son idénticas, mecánicas, insípidas, ilegítimas. Parecen compartir procedencia  ̶ una  misma planta industrial en Shenzhen o en Guangzhou ̶ con aquellos juguetes de plástico que los manteros ponen a chirriar y corretear por la acera. Basta con «poner el trapo», sin necesidad de «gobernar al toro», sin el apuro de «someterle  y torear», en expresiones del maestro Márquez. Así fue el trasteo melifluo instrumentado cierta tarde por Pablo Aguado, uno de los selectos titulares del carné de «torero artista», a un animal flojo y particularmente inocente, dotado de esa nobleza que, si prescindimos de la jerga taurina, solo podrá definirse como una completa carencia de neuronas. Faena calurosamente jaleada por el público de marras, no ya con el «¡Ooolé!» vibrante que sale de las tripas, sino con ese arrastrado y cochambroso «¡Bieeenn!» que sale del «yintonic».


Resumiendo. La especificidad y la grandeza de la corrida de toros me seguirán pareciendo inseparables del espíritu que alentaba en la ética de los cazadores o pescadores animistas, tal como supo comentarla el gran Claude Lévi-Strauss. Donde el maestro de antropólogos hablaba de «cazadores y pescadores», nosotros diremos «torero»: «El  torero, cuando arrebata una fracción de aquellas vidas, deberá devolverla a expensas de su propia esperanza de supervivencia».

 
Aquel 28 de mayo, en el primer toro de Morante de la Puebla, coincidieron en el ruedo el «ser» y el «parecer». No hay faena bella sin riesgo ni emoción, si no viene acompañada de la presencia del peligro. Y emocionante –también– llegó a serlo aquella faena de Morante, porque el toro, cornivuelto, astifino y perseguidor, no era la tonta del bote, porque el lidiador se mantuvo impávido en el «sitio», donde los toros cogen, desde el primer pase hasta el último. Porque participaron asimismo las propias debilidades del personaje, las físicas y las psicológicas. Siempre pensé, y sigo pensando, que la vulnerabilidad del torero y lo más personal de sus entretelas eran elementos esenciales en la construcción de la mejor emoción taurina.



 
Alegoría crepuscular
 


La inmensa mayoría de las faenas llamadas «artísticas» constituyen la crème de la crème de un genérico toreo de apariencias. Necesitan que el público que las jalea actúe «como si». Como si el componente animal del duetto fuese un toro bravo. La tauromaquia queda así abocada a un horizonte de inautenticidad idéntico al que define el rejoneo actual: una impostura taurina y ética para un público infantil y verbenero. Al menos, en este último caso, siempre queda el carrusel ecuestre y la gracia española de la gabacha Lea Vicens. Si lo desearan, lo mismo que han llegado a producir un toro semi doméstico, asténico, mecánico y cornicorto, los ganaderos podrían producir un animal tan fiero, poderoso y cornalón que cualquier posibilidad de torearlo resultaría imposible. Y ésta es la aporía de cuya resolución depende la supervivencia de la tauromaquia: reconstruir los límites de los necesarios peligro y poder del toro bravo, en un espectáculo ritual cuya esencia y razón de ser dependen de la persistencia del riesgo mortal. De lo contrario nuestro culto al toro, nuestra afición tienen definitiva fecha de caducidad. Sin necesidad de las carnavaladas animalistas.

 

Fernando G. Herrera. Acuareela y plumilla


Pd: Este pasado domingo 8 de junio, estaba servidor lejos de Madrid. Se fía uno de manera –casi– ciega del ojo clínico del maestro Márquez. Lo que pasó en Las Ventas era efectivamente previsible, por parte del público navideño que suele acudir a la corrida de Beneficencia, tras el agravio presidencial del pasado 28 de mayo al Quijote de la Puebla. La salida a hombros de Morante parece que fue uno de esos momentos de antigua «efervescencia comunitaria» que el gran sociólogo Emil Durkheim (1858-1917) consideraba necesarios a la vitalidad y  conservación de las colectividades. Un momento evocador de ya fenecidas mitologías taurinas, un momento estupendo que lamento amargamente haberme perdido. Pero también un magnífico espejismo. Más una ilustración de nuestras inquietudes, nos tememos, que un mentís a su pesimismo. Huelga decir que el carisma del de La Puebla  está muy por encima de la frivolidad de sus veneradores.

lunes, 9 de junio de 2025

Corrida de Beneficencia. Morante asunto al cielo: ¡salva la tauromaquia! Márquez & Moore



JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


El que espere ver aquí hoy algo referido a la tauromaquia ya puede dejar de leer en este mismo instante, porque el folio de hoy apenas va a contener cosas referidas al toreo y a sus circunstancias, dado que lo que hoy se celebró en Las Ventas fue un festival dionisiaco, un reverdecimiento de los cultos ctónicos, esos dioses telúricos que, en la antigua Grecia, representaban un espíritu de la naturaleza, que animaba creativamente al hombre, las cosas y el mundo. Para entenderlo mejor, hoy la Plaza de Toros Monumental ha pasado a ser un templo en el que un significativo número de creyentes han ido a adorar a su deidad, una deidad gordita y mofletuda como el Xochipilli teotihuacano, esa deidad conocida como el "Dios Gordo". La Plaza de Toros era hoy más un lugar dedicado a una ceremonia distinta de la cotidiana ceremonia de la confusión que da salsa y valor a Las Ventas, porque hoy estaba la asamblea convocada, como en unas panateneas moranteras, a una fiesta principal en honor a José Antonio Morante de la Puebla, fiesta que se celebra cada 27 años a mayor gloria del ídolo de La Puebla del Río.


Lo principal de la tarde estuvo en el final, y esto es decididamente lo más relevante de la tarde, cuando un enorme tropel, un incontable gentío se abalanzó al ruedo para poder llevar en volandas a Morante de la Puebla hasta donde sus fuerzas o la Policía les permitiesen. El punto final marcado por los que siempre andan llamando a todo el mundo «cabayero», esos malencarados seres que ni «serve» ni «protect», al parecer se fijó frente al bar Los Timbales, en la calle de Alcalá esquina a la del Cardenal Belluga, pero la intención de los creyentes era la de portar en volandas a su deidad hasta el mismo hotel Wellington, desde cuyo balcón principal se tuvo que asomar después Morante para decir unas palabras de agradecimiento a los que le vitoreaban desde la calle y, significativamente, besar la bandera de la Patria, acto que le honra.

 

A lo largo de los años que llevamos viendo toros en Madrid nunca hemos tenido la ocasión de ver una salida a hombros más cuantiosa y clamorosa que la que hoy se le ha dispensado a Morante de la Puebla. La primera salida a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas como matador de toros de su dilatada carrera ha sido totalmente apoteósica, con cientos de personas acompañando al torero en su vuelta al ruedo a hombros, un grupo lento y compacto en cuyo centro asomaba la cabeza del ídolo, recorriendo el redondel pegados a tablas, y, después, la multitudinaria salida a la calle de Alcalá, vitoreado como héroe popular, como demiurgo, como sumo sacerdote, como deidad, como divo.


¿Y qué hizo Morante para esas demostraciones extremas de afecto y de estima? Pues básicamente cortar dos orejas, una a cada uno de sus toros y hacer ciertas cosas de toreo del que se ve poco o nada, adobadas con su propia personalidad y, ¿por qué no?, de su genialidad. Faena como tal no hubo en ninguno de sus toros, pero en ambos hubo apuntes, momentos, adornos, desparpajo, invención y gusto. Esas proposiciones cayeron en un fértil suelo abonado por miles de creyentes que habían tramado ir a la Corrida de Beneficencia en loor de su ídolo y que arroparon a la deidad desde el primer momento en que se abrió de capote. Todo era óptimo, porque esta magna reunión de conversos a la fe morantera no estaban dispuestos a que algo estropease el devenir de la tarde que ellos deseaban triunfante, para poder contar a los nietos. La verdad es que hubo pocas cosas óptimas y algunas más buenas, pero que si eso mismo lo llega a hacer el hijo de Jarocho igual no le mira nadie, porque lo principal de la tarde era la propia presencia de José Antonio Morante y la indiscutible voluntad de la mayoría de los que se sentaban en la piedra de que aquello fuera triunfal. En ese sentido ya nada vale tratar de explicar que los dos toros, por llamarlos algo, que le echó Juan Pedro Domecq tenían más de ganado ovino que de bovino y menos del de lidia; que las dos deficientes estocadas, derrame en la primera, baja la segunda, no hablaban bien del que las había perpetrado; que en ambos trasteos no existe una unidad de faena, que son pases sueltos dados de manera contingente, algunos ligados, pero que no son suficientes como para crear un conjunto que podamos llamar «faena». El pasado día 28 Morante firmó en Madrid una gran faena de principio a fin, una faena redonda, ensamblada, dotada de una incuestionable unidad, plena de cuajo y de belleza, y hoy sin embargo, ha actuado como un gran sugestionador que ha puesto en los ojos de las gentes los prodigios que ellos querían ver, a despecho de que esos prodigios existiesen realmente o no. Faena quijotesca de un alunado, como el inmortal personaje de Cervantes, que presenta donde menos te lo esperas un retazo de genialidad, una ocurrencia inesperada o una singular salida de tono que a todos sorprende y que hace volar la imaginación. Mucha ingeniosidad la de Morante, que resalta de manera especial en un mundo tan adocenado como el que representa el vigente toreo, tal y como se ha podido comprobar día a día en la pasada Feria de San Isidro, en la que la vacuidad ha sido la nota predominante.


¿Alguien lo pasó mal esta tarde? Pues lo mismo hubo algún amargado que no se entretuvo con las cosas de Morante, pero lo cierto es que daba gusto ver la imprevisibilidad de su propuesta, la variedad de sus recursos -el molinete o el molinete invertido, el pase de trinchera, el remate airoso-, lo mismo que algunos naturales y redondos de sello muy personal, resaltados y engrandecidos por ese cuerpo de hombre mayor y nada atlético. Hubo cositas y nadie puede negarlas, pero lo impresionante de verdad fue el nivel de comunión de la Plaza para con el ídolo, la manera en que se vitoreaba por igual lo óptimo que lo de arte menor, la manera en que las gentes empujaban mentalmente al feble toro para que aguantase hasta el final del muletazo y poder prorrumpir en aplausos, la firme necesidad de tantos de ver triunfar a su fetiche, a cualquier precio. Morante dio un baño de ilusión a muchos y es posible que haya dejado la semilla en algunos que llegarán a ser los aficionados del día de mañana, los que seguirán yendo a los toros cuando nosotros ya no podamos y recordarán este día como crucial en el devenir de su afición.


Tras arrastrar al sexto, el ruedo se vio literalmente invadido por cientos de personas, muchas de ellas muy jóvenes, que se aproximaron al burdadero del 9 a vitorear a Morante, casi como un rock-star. Ni los más viejos del lugar habían visto algo así anteriormente y por ello nos congratulamos de que las monsergas de Urtasun y de otros cuantos idiotas como él no calen en unos jóvenes que son capaces de acercarse sin complejos a este viejo rito y emocionarse con algo tan sencillo como ver a un hombre manejando con ingenio y talento un trapo rojo frente a un toro.

Su Majestad el Rey no tuvo tiempo para ir.






ANDREW MOORE











FIN

miércoles, 26 de marzo de 2025

Morante


Puro de Morante y gafas de Arrabal

Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Adán, padre de los hombres, fue creado el día 28 de octubre, a las dos de la tarde...


Tal afirmación la hace el muy ilustre Userio, obispo de Meta, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la catedral de San Patricio. ¿Cuándo fue creado el toreo? De dar crédito a los revisteros, el 6 de junio de este año en Madrid, a las nueve de la noche, en la corrida de Beneficencia, cuando el torero Morante de la Puebla, de respingo en respingo toda la tarde con la muleta, banderilleó a un toro zambombo. Fueron los testigos el duque de Gor, el historiador Gala –bardo de Brazatortas, para el vulgo– y el ministro Bermejo, que, ante las cámaras, representaron muy bien los tres el síndrome de Stendhal, es decir, una indisposición física ante la belleza. ¿Qué belleza? La de Morante con unos toros con más peligro en la lengua –esa lengua descolgada de los animales descalabrados– que en los cuernos. Ya lo decía el barón de Tita:


En España se entiende el arte como en ningún país del mundo.


Más que en España, en Madrid, lo cual, por cierto, daba mucha morda al jefe septentrional Arzallus, que saludó la llegada del “Guernica” con un dicho muy jesuítico: “Euskadi se lleva las bombas, y para Madrid, el arte.” ¿Qué entenderá un español por “arte”? A Ruano lo molestaba profundamente hablar de arte sin ser crítico de arte: “Pero estoy viendo que de estas cosas, como de muchas otras, vamos a tener que empezar a hablar los ‘profanos’.”


Si preguntáramos por el morantismo al duque de Gor, al historiador Gala y al ministro Bermejo, no nos responderían que el españoleo, que es lo que es, sino que la originalidad y el buen gusto. A propósito del buen gusto dijo Gómez Dávila: “El buen gusto aprendido resulta de peor gusto que el mal gusto espontáneo.” Y de la originalidad: “El afán moderno de originalidad le hace creer al artista mediocre que en simplemente diferir consiste el secreto de la originalidad.” Estrellas en una corrida de Morante, el duque de Gor, el historiador Gala y el ministro Bermejo, también serían las estrellas en una exposición de la Monja Pintora o en una subasta de Lladró.


Parafraseando la verdad que un paisano de su pueblo planteó al pintor Pepe Cerdá, alguien debería acercarse un día a Morante, el de los pases de pecho sueltos y porfiados, justamente como jamás deben darse, y preguntarle:


¿Pero tú eres torero de esos que torean al toro o surrealista?


Mutis por el foro. 

sábado, 12 de octubre de 2024

Botero



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Al globero de Botero el gobierno español le ha echado el lazo de Isabel la Católica porque para este gobierno español Botero es el único pintor contemporáneo al que se le entiende todo.


Para hacer una escultura, se coge una piedra y se le quita lo que le sobra. Para hacer un botero, se coge una tela y se le sopla lo que le falta. Botero, que ha dicho en el “¡Hola!” que de niño quiso ser torero, admite que pintar es como torear y que su pase, el pase de la verdad, es el derechazo.


El derechazo, sin duda.


¿Cómo que “sin duda”? A su lado, Ponce, maestro del derechazo, se hincha como un botero y asiente:


Digo que lleva razón.


¡El derechazo! Decía Corrochano que, cuando los toreros modernos torean con la derecha, a los pases se los llama “derechazos” por la violencia.


Hoy las faenas son: “pasa, pasa, pasa si quieres, yo no te obligo, tengo la muleta retrasada, pasa”. Y el toro pasa a medias, y cuando se decide a pasar mejor porque cree que aquello va en serio, le dan un palo en la cabeza y se van; y el público aplaude, y el toro cree que aplauden que le hayan dado un palo, y vuelta a empezar.


Botero en los toros vendría a ser tan lambistón como Carlos Fuentes en la política, es decir, tan artificial como la coleta natural de Morante de la Puebla, el torero de la próxima Beneficencia, apoderado –¡Jesús, María y José!– por Rafael de Paula, que eso es gusto por la pobreza, y no lo de Gamoneda, que va de pobre como Lazarillo y como Guzmán. Botero hablando de toros es como Botero pintando los sucesos de Abu Gharaib, y como tiene dicho Pepe Cerdá:


No se puede contar lo que pasó en Abu Ghraib con el estilo de Botero... Usar su poder mediático para denunciar esos hechos le honra. Pero yo le reprocho que no haya tenido el valor, o la pericia, de desinflar sus personajes, para que el icono del asunto que él quiere denunciar no lo encuentre “mono” la señora que consume los ositos de Tous.


¿Qué quedaría de los personajes de Botero, si los desinflaran? Pues lo mismo que de las comedias de los Quintero, si las tradujeran al castellano. El secreto del botero está en la masa. Y lo admirable, en los “kilos” que cuesta, claro. Piénsese en lo que escamaba a Peter Handke ante “Cien años de soledad”: ¿Cómo es posible escribir tantas páginas sin una sola idea? Hombre, Peter Handke: pegando derechazos. Uno detrás de otro.