Follow by Email

martes, 4 de agosto de 2020

Ocupas

 Casa de pícaros, Sevilla

La casa a cuestas


Francisco Javier Gómez Izquierdo

    Ésta última semana ha salido en las noticias el vía crucis de una joven madre que no podía entrar en su modesta casa del barrio de Triana en Sevilla porque la habían ocupado por las bravas, individuos de una calaña que nuestros gobernantes estiman como selecta.
      
Reconozco que se me descompone el cuerpo cuando veo la impunidad, desfachatez y jeta a la enésima potencia con la que se justifica este tipo de delincuentes ante las cámaras de tanto reportero como “empatiza” con el “problema de la vivienda”.  En el caso de Sevilla, el portavoz de los usurpadores explicaba a las alcachofas que tenía un contrato de alquiler pero que no lo enseñaba, que se sentía estafado -engañado dice el menda- por el supuesto propietario alquilador, que no se marchaba de “su” casa y que le entendieran también a él. Todas estas declaraciones en diferentes días y comparecencias.  El “parlamentario ocupa” razonaba conforme ha aprendido de nuestros políticos que son los que le han enseñado el procedimiento a seguir y lo protegido que está por la ley.  El tío, exhibiendo tatuajes y cara dura no aparece en televisión ante el policía, el secretario judicial o un concejal o asesor del concejal que entienda del asunto. El sujeto, sospecho que presionado por un vecindario que no sabe por dónde le va a salir, la presencia continua de la prensa que le está haciendo famoso a su pesar y el asentamiento a la puerta de dos o tres fornidos empleados de una empresa dedicada a corregir y reparar en lo posible los abusos a los que son aficionados los de su ralea, ha “cedido” por fin por que "la" está viendo venir. Prefiere “renunciar a su derecho” escrito en un contrato de alquiler vigente que no le da la gana enseñar y deja paso a la atribulada propietaria que “agradece” entre lágrimas la buena voluntad del insólito samaritano.
      
Para captar la hipocresía y ninguna vergüenza del “ocupa” trianero no se precisa haber tratado muchos delincuentes, pero cuando sus colegas salen encapuchados y abrigados como si fuera enero en Burgos y no agosto en Sevilla todos desde el salón entendemos que la cuadrilla sabe lo que hace y que lo que hace está mal. Cuando en la despedida el capitán de los asaltapisos confiesa -chivato al fin- que mejorará los impulsos y que ocuparán una vivienda de un banco en una declaración de intenciones que demuestra lo aprendido que tiene las cosas que gustan a la gente, un servidor hubiera agradecido la inmediata intervención de la autoridad -judicial y policial- para castigar las manifiestas actuaciones que perjudican gravemente a los bienes y la salud de los ciudadanos que pagamos impuestos. ¡Ah! El remate final del episodio nos llega con las imágenes de la cocina, baño, calentador... Un destrozo gratuito e innecesario que no merece comentarios del periodista.
    
El ejército de concejales, ministros, directores generales, asesores, bedeles... que cobran de esos impuestos hablan mucho de la excelencia de lo público y la casi obligación que tenemos de confiar en su recto proceder, pero el caso de Sevilla -ejemplo exacto de lo que en verdad pasa en nuestras vidas- da idea de cómo se malgasta el erario y quizás hasta tengamos que agradecer la no comparecencia del alcalde o los concejales sevillanos para evitar el desalojo trianero. Inolvidable la vehemencia del Kichi en Cádiz ante la policía cuando ésta por orden judicial desalojó a un jeta hasta en los andares que ocupaba la casa de una anciana condenada a malvivir.
      
Imagino que saben ustedes que hay locales y viviendas donde no puede intervenir la policía a sabiendas que se trafica con drogas, sexo y personas, porque las leyes que usan los jueces dicen que hay que preservar el bienestar de las familias más necesitadas. "En peligro" dice la ortodoxia actual. Nada más fácil para traficantes y proxenetas indeseables que meter niños en casa de otros.
     “La ocupación es impunidad e inmunidad” me decía un traficante de medio pelo al que habían vendido precisamente unos ocupas por unos pesos de chocolate no sé si de más o de menos. Con esa impunidad estamos condenados a convivir. A mí no me consuela que en otros países se tenga el mismo padecimiento.