martes, 3 de marzo de 2015

"En cada edad ganamos, en cada edad perdemos"


Alberto Salcedo Ramos

La mejor edad sería una en la cual uno tuviera la despreocupación de un bebé, la memoria de un púber, la insensatez de un quinceañero, la agilidad de un muchacho de dieciocho años, la gracia de un mozalbete de veinticinco, el espíritu maldadoso de un soltero de treinta, la seguridad de un cuarentón al que las cosas le van bien.

Una edad en la cual floreciera la inteligencia como a los cincuenta, emergiera la sabiduría como a los ochenta y adquiriéramos, por fin, la virtud de la indulgencia, como si tuviéramos noventa.

Una edad en la que uno corra, salte, sea fuerte, comprenda, recuerde, baile, bese, tenga mucho sexo, ame, sea amado, disfrute, viaje, produzca, sea saludable, almuerce sin restricciones, vuelva a bailar y vuelva a besar.

Pero como no existe tal edad nos toca apañárnosla con la que vamos teniendo en cada momento de nuestras vidas. Así, la mejor edad son los veinte cuando tenemos veinte y nos sentimos a gusto, o los setenta cuando los aceptamos con dignidad.

Hace poco mi abuela Elvia –noventa y dos años– me soltó esta perla: “Cuando uno está joven gasta salud buscando plata, y cuando uno está viejo gasta plata buscando salud”.

En cada edad ganamos, en cada edad perdemos. Además, no hay fórmulas: uno puede equivocarse tanto si se reprime como si se desborda, tanto si trabaja mucho como si holgazanea, tanto si planea como si improvisa.

A los cincuenta y un años avisto sin dolor ciertos surcos en el cuello, ciertas ojeras porfiadas, ciertos cabellos tristes entre los dientes de mi peine. Miro lo que ya perdí como señal de lo vivido, y definitivamente no lo lamento. No corro pero llego lejísimos caminando, no bailo el fandango con velocidad pero termino la canción. Amo las palabras que todavía no he dicho, los besos que me faltan, los mimos que la vida aún me debe, y un par de ojos en los que apenas empiezo a mirarme. 
Corto un tomate en cuadritos perfectos mientras oigo una canción de Caetano Veloso. Destapo el aceite de oliva, me paladeo por anticipado. Y me digo que aunque desconozco lo que vendrá, lo espero con todo el corazón.