La Castellana
Blog de la vida privada ("Humanismo es telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito." Peter Sloterdijk)
Brighton
Get The Water
The barge she sat in, like a burnish'd throne,
Burnt on the water
WS
***
@izumiman1961
***
Jimi Hendrix at age 15 with his first electric guitar, 1957
Classic Rock In Pics
@crockpics
Classic Rock In Pics
@crockpics
Martín-Miguel Rubio Esteban
Doctor en Filología Clásica
El fracaso de la Junta Democrática, de la que Antonio era el Coordinador, supuso el triunfo, por primera vez en España, de la ideología socialdemócrata, el triunfo de los revisionistas y oportunistas, que mercadeando con sus principios se garantizaban tener ya sus pies metidos en las alfombras del poder, el triunfo de los que en su día Lenin llamó los “liquidadores”, los socialdemócratas de entonces, a los que el mismo Lenin describió como “aquellos oportunistas que nunca están cuando el pueblo los necesita y son omnipresentes cuando ya no hay ninguna necesidad de ellos”.
Trevijano nunca exigió a sus amigos ser correligionarios cerrados, sino leales a una amistad que entrañaba un entorno afectuoso, cómodo y libre, y mostrar sus discrepancias con abierta naturalidad y familiaridad, mostrando sin presión ninguna los argumentos que les hacían discrepar de él, y esforzándose siempre por mantener una coherencia intelectual, precisamente como gesto de amistad. Si las discrepancias se basaban más en intereses personales, en pasiones maniáticas o en puro oportunismo, también las tomaba en serio y las aprobaba si se expresaban abiertamente, con sinceridad, como cosas íntimas que los verdaderos amigos comparten y desvelan. Esta forma de ser le hizo poder ser amigo de personas muy distantes de su ideología, pero que eran personas honorables, honestas, discretas y sobre todo sinceras. En realidad, admitía al amigo con casi todo tipo de pecados, salvo a aquél que no le decía la verdad y representaba ante él un papel falso, o mantenía un argumento falso por soberbia o por un interés inconfesable que no quería compartir como amigo. Ese respeto sagrado que él tenía al pensamiento ajeno discrepante del amigo lo percibí muchas veces. Una de ellas fue en el debate que en las mismas páginas de Otras Razones , de La Razón verdadera, la de Anson, entabló con el filósofo y amigo Javier Sádaba. En este debate, por vez primera, Trevijano expuso su teoría histórico-crítica del concepto teológico y político de “autodeterminación”.
Consideraba Antonio que la nacionalidad es un hecho de existencia, y no de voluntad. Uno es hijo de sus padres, del mismo modo que uno tiene el gentilicio de la nación en que nace. Y no se puede cambiar de apellido o de gentilicio sin violencia. La autodeterminación es un mito. Sólo se autodetermina Dios, y en todo caso no es un derecho humano, porque la realidad de lo que se es no es un derecho, sino un hecho.
Por otro lado, el peregrino derecho a la autodeterminación de una parte del territorio nacional heredado milenariamente forma parte de un mito antropológico de enorme transcendencia política y alcance histórico, el mito de la “autochthonía”. Consiste en la creencia de la existencia de individuos que han nacido de la misma tierra (“chthôn”), como las plantas, en la que habitan, y que como mito fue tratado también con magnífica ironía e inteligencia por José Luis Cuerda en la fantástica película “Amanece, que no es poco”. Este mito no sólo justificó la autodeterminación de algunas comunidades del Mundo Antiguo, sino que fue también la coartada para justificar la libertad de unos (los “autóchthonoi”) frente a la esclavitud, dependencia, innoble prosapia, situación política inferior como los hypomeyones o ilotas, baja clase social de otros, o malas hierbas venidas de otros suelos.
Así, Lisias, en su Discurso Fúnebre, 17-18, e Isócrates, en su Panegírico, 24-25 (diciendo prácticamente lo mismo que el meteco Lisias), acreditan la “epikrátesis” o superioridad de Atenas en relación con las otras póleis griegas debido a su “authochthonía”. “Es nuestro origen tan noble y esclarecido que –como autóctonos que somos– la misma tierra que nos produjo, esa misma es la que en todo tiempo hemos poseído, y a la que podemos dar los mismos nombres que damos a aquellas personas que nos son más próximas y allegadas, siendo nosotros solos entre todos los griegos los que podemos dar a una misma pólis los nombres de nutriz, de patria y de madre”. Quizás la superferolítica y evanescente Yolanda Díaz cuando dice “matria” esté pensando en nutriz. Misterio insondable, como la misma “autochthonía”. ¿Qué mayor autodeterminación tienen aquellos habitantes que “nombran” un territorio como hijos biológicos del mismo que son?
Esta misma razón mítica de superioridad del mismo pueblo autóctono sobre los que no lo son también la encontramos en boca de Pericles en su archiconocido Segundo Discurso de la obra tucididea (Tuc. 2.36.1), así como en los embajadores atenienses que Herodoto nos presenta (Hdt. 7.161.3), absolutamente renuentes a ceder su escuadra a los siracusanos, “vagabundos en busca de nuevas colonias”. Ahora bien, Tucídides es el primer ateniense que advierte que la “autochthonía” puede ser sencillamente el resultado de la infertilidad del suelo o de enormes carencias: Atenas es tan pobre por sí misma que nadie más ha querido habitarla. ¡Hermosa crítica del nacionalismo miserable que valora lo que la Historia ha despreciado! (Tuc. 1.2.5). Aristófanes evoca también el mito de la “autochthonía” en Avispas, vv. 1075-80, no sin cierta sal gorda e ironía ática: la manía del pleitear es también autóctona. Es el fétido pedo que si es nacional huele bien. Finalmente, Jenofonte, en sus Memorables, nos presenta a un Sócrates demasiado vulgar y orgulloso de la “autochthonía” ática. Extraña cosa ésta que representa una de las grandes estupideces del angelical Sócrates, y que desdora un tanto su moralidad universalista –y su penetrante inteligencia, claro– (Jen. Mem, 3.5.12). Pero si Sócrates creyó en que la autochthonía era un bien, ¿cómo no van a creer en la autodeterminación intelectuales más bajitos?
Tal como dejó probado en las páginas de La Razón García-Trevijano, la idea de finales del siglo XIX de la autodeterminación nació en la IIª Internacional Socialista con sede en Bruselas, pero quizás no hubiera brotado en ninguna cabeza si previamente no hubiese existido la idea mítica de que ciertos habitantes sedicentes de algunos territorios fueron los primeros propietarios de los mismos, y que, por tanto, de acuerdo al más arcaico derecho de propiedad nadie les puede impedir que se constituyan en Estado nacional, separándose a su vez del Estado nacional del que en ese momento eran parte integrante. Ahora bien, el derecho a la autodeterminación, tanto individual como colectiva, no sólo es absolutamente imposible porque se asiente en una idea mítica, ajena a cualquier antropología, sino porque hasta los mejores pensadores que en el siglo XX lo defendieron (v. gr. Isaiah Berlin, Herbert Marcuse, Karl Popper o John Rawls) señalaron tantas condiciones previas e hispostáticas, tantos requisitos, para su efectivo ejercicio que “de facto” tal derecho forma parte de los grandes adýnata políticos contemporáneos. No existen ni han existido hombres y naciones cuyo destino no dependa de otros hombres y otras naciones. Si un país perfectamente constituido hoy no goza de verdadera autodeterminación, cuanto menos sus partes.
Bola
Uno de los seres que más he querido ha muerto. Se trata de mi perra Bola. Un ser inteligentísimo y bondadoso. Los que han gozado de la compañía absoluta y telepáticamente cómplice de un perro ya saben de qué les hablo. Los demás no pueden comprenderlo.
Pepe Cerdá Escar
Pepe Cerdá (de Buñales, Huesca, aunque entre París y Villamayor, Zaragoza) vuelve a la ciudad, esta vez a la Casa de Vacas del Retiro, con “Lourbu” y “Bola”, sus perros de campo, pues pintar es cazar: instantes, muecas, clientes. Tenemos el perro de Goya, el perro de Goya de Saura (¡y el perro de Tita!, añadiría Ullán), y ahora, los perros de Pepe Cerdá.
DOMINGO, 25 DE SEPTIEMBRE
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
-Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”.
Lucas 16,19-31
[Publicado el 24 de Septiembre de 2014]
Mère Ubu, de Miró. 1978
La deshumanización del arte expresa los trazos infantiles de una sociedad que no quiere salir de una infancia tutelada por el Estado, cuyo paradigma es la pintura de Miró, o la fealdad de los ideales sociales en las civilizaciones técnicas, adecuadamente representados hoy en las piedras colosales y en los artefactos de ingeniería que se colocan en la plaza pública como si fueran esculturas [...]
El arte siempre debe ser la representación estética del mundo de cada generación. A un mundo cruel y sin sentido, como el del último siglo, le corresponde ciertamente una estética de lo horroroso y lo absurdo. Pero expresada con belleza que anime la fealdad, al modo como la pintura regresiva de Miró responde al anhelo de tutela de una sociedad que no quiere salir de la infancia.
Antonio García-Trevijano
BONIFACIO
Turner, 1992
Ignacio Ruiz Quintano
QUINCE
Las pavesas de Rubens II
Bonifacio, como pintor, se hace en Cuenca, que, por estar en lo alto y tener de una parte y de otra los hocinos de los dos ríos, la compararon a la cuenca del ojo, según la justificación que hace Cobarruvias de una ciudad hecha, más que para pintores, para ciegos (“…dícese irónicamente por el cuidado con que se debe andar por ella, especialmente si es invierno y están heladas las calles”), y en Cuenca abre Bonifacio su casa y su estudio, lejos de los curas y cerca de los gitanos.
Bonifacio comienza a llevar en Cuenca la vida de canónigo, no exenta de cierta gula eclesiástica. En Cuenca dispone de tiempo, y también de ocho mil pesetas mensuales de su contrato con la Galería de Juan a Mordó.
Son los tiempos en que Antonio Saura escribe El código armenio, título de un texto importante para un catálogo de Bonifacio. Para escribirlo, Saura se inspira en los Consejos a un pintor de un códice armenio de 1489 conservado en la Biblioteca Nacional de París, y escribe que “las obras de Bonifacio de 1968 constituyen el ejercicio espiritual necesario a fin de que las aparecidas madejas del deseo acaben por concentrarse; su obra se concreta precisamente en el mundo del deseo, en el erotismo traspasado po lo imaginario: la pintura que Bonifacio realizó en los últimos años lo convirtieron en el más cercano pariente de un Rubens calcinado”.
Los catálogos, en la pintura, desempeñan una función similar a la de los banquetes en la literatura: sirven para adquirir relaciones y ver el nombre y el retrato del catalogado en los periódicos.
El códice armenio de Antonio Saura data de 1971, y el hecho de que un hombre como Saura haya sorprendido en él a un hombre como Bonifacio, “inundando los espacios habitados con las vulvas, senos y nalgas de la suprema belleza”, representa un honor que excede los límites de los periódicos, no ya de Cuenca, sino de España entera.
Bonifacio es un personaje extraordinariamente mal dotado para las relaciones y aun los retratos periodísticos, y acepta los honores que Saura le dispensa con esa predisposición de ánimo propia de quienes no tienen dinero o son muy jóvenes. Después de todo, Bonifacio, si no es joven, es nuevo en Cuenca, y si no es insolvente, está entrampado, porque por esas fechas, harto del minimal y demás yerbas, ha decidido cambiar de estilo, y ya no vende.
Esto fue, dice Bonifacio, que Zóbel trajo a Cuenca a los dueños de una galería neoyorquina: “Vieron los cuadros claritos que tengo en el Museo, y se les antojó una exposición de pintura de ese tipo. ‘Yo no pinto eso’, les dije. Y ahí quedó la cosa”.
Pero Bonifacio, que no es renuente a pagar sus deudas –aunque “el deber sea un don de gentes”, como bien había aprendido en su época taurina–, tampoco renuncia a pintar como le peta, pero de estos asuntos no discute Bonifacio en el auto de Juana Mordó, porque Juana, como dice Bonifacio, trataba a los pintores como a sus hijos y con una gran educación.
Del auto de Juana Mordó, recuerda Bonifacio cómo en Madrid se había prestado ella a llevarlos a él y a sus niñas al parque del Retiro, y que de pronto, en una de esas calles de cuidado laberinto que lo rodean, todos los automovilistas, al cruzarse con ellos, chillaban y hacían señas obscenas, mientras Juana, sin darse cuenta de que circulaban en dirección prohibida, los saludaba atentamente, ponderando cuánta gente la conocía. Por no hablar del día en que, para estacionar, destrozó en Madrid el doscavallos de Antonio Lorenzo, ni de la noche en que, con Bonifacio y Flores de pasajeros, emprendió viaje a Santillana del Mar para asistir a una exposición en la Torre del Merino y bajaron el puerto del Escudo en el viejo Fiat que le había vendido Chillida, dándose palique para que Juana no se durmiera.
Mal Pegaso es Bonifacio para ponerse a tirar de un arado.
Juana Mordó
Come down to The Bell tonight nice cozy and warm we'll bash out some blues and have nice ice cold beer yeehhhh
Classic Rock In Pics
@crockpics
Hoy he visitado el museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Qué alegría encontrarme con la habitación de mi hijo.- @charo_lu
A diferencia de las obras de arte, las del arte moderno siguen en su producción los ritmos de las modas que aseguran el consumo en masa. El arte del experimento, lo abstracto o lo informe, ha conquistado un puesto de privilegio en la economía mundial de la especulación. Tiene su prensa, su política interior y exterior, sus bancos de depósito, sus bolsas de valores, su promoción estatal, sus escuelas, sus profesores universitarios y sus críticos intelectuales. Éstos establecen las cotizaciones no por la calidad de la obra, un secreto que sólo ellos conocen, sino en función de las escalas de artistas famosos que ellos mismos establecen. Tal vez unas obras sean más valiosas que otras, pero los que permanecemos fieles a la obra de arte y al gran arte carecemos de criterios para distinguirlas. Pese a mi pasión por los modernos (Monet, Cézanne, Degas, Van Gogh, Modigliani, Rodin), no espero encontrar algo inteligible en los apologetas del arte abstracto o experimental, con lo que pueda estar de acuerdo o en desacuerdo. Si hay algo verdadero o valioso para la humanidad en las obras del arte actual, ¿por qué nadie ha podido en más de un siglo explicarlo con lenguaje claro y concreto?, ¿acaso no saben los críticos que la jerga de sectas o profesiones siempre ha sido un recurso de la ignorancia o el fraude?
Antonio García-Trevijano
Sir David Cannadine
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
El régimen inglés, un ideal de gobierno mixto (monarquía, oligarquía y democracia), es lo que en tiempos de Montesquieu se llamó “monarquía gótica”, no por el parecido de sus miembros con los de “The Addams Family”, sino porque se suponía que la “libertad europea” era un legado de los godos que derribaron los muros del imperio romano, y fue el propio barón bordelés, genio del pensamiento político (¡pensar que aquí un presidente del TC se firmaba “Secondat”!), que situaba el origen de la libertad política en los bosques germanos, quien describió la “monarquía gótica” como el mejor tipo de gobierno que pueda imaginarse.
Romanos, godos, bosques… ¡La tradición! El autor de “Pasiones de servidumbre” contaba siempre la anécdota de Trotski, que fue a visitar a Lenin en su despacho del Instituto Smolny; entró sin llamar y vio al líder subido en una silla para colgar un retrato (así mató Robert Ford a Jesse James) del zar… Pedro I.
–Formamos el primer gobierno revolucionario –dijo Lenin–, y debemos convocar a todos los grandes Manes de nuestra historia. No hay empresa grande sin el apoyo de la tradición.
¡Ah, la tradición! Cuanto más democráticos seamos, dejó dicho Bagehot, “más apreciaremos la gala y la exhibición, que siempre han complacido al vulgo”. De los tres elementos de la democracia formal (representativo, electivo y divisorio), los ingleses sólo conocen el primero (¡para nosotros lo quisiéramos!); el resto es cartón-piedra, como Eric Hobsbawm y David Cannadine demostraron con su ensayo “La invención de la tradición”: la pompa monárquica para deslumbrar al vulgo no viene del Medioevo ni de Shakespeare, sino de finales del XIX y principios del XX, en competencia “hollywoodense” con la Alemania guillermina, la Rusia zarista y la tercera República francesa. La “tradición inventada” inculca valores mediante la repetición, que implica continuidad con el pasado.
Berlín, San Petersburgo, París. ¿Y Londres? En aquellas capitales el urbanismo era monumento al poder del Estado y del monarca. En Londres, en cambio, lo era al poder y la riqueza del individuo. Como en Inglaterra no hay estatalidad (hay “goverment”, otra cosa), el Londres victoriano era una afirmación contra el absolutismo, la expresión orgullosa de las energías y los valores de un pueblo libre: Londres podía resultar descuidado, pero la gente no estaba esclavizada.
La tendencia a ensalzar la realeza según declinaba el prestigio nacional se acentuó en la Inglaterra de la posguerra; el ritual como paliativo a la pérdida del estatus de potencia mundial: “Una garantía de estabilidad, seguridad y continuidad, la preservación de la tradición”. Una idea de la monarquía como religión laica. Su ritual se hizo posible a causa de la creciente debilidad real.
–En Inglaterra, al revés que en sus países competidores, inventar la tradición no suponía tanto reabrir el teatro del poder como estrenar la cabalgata de la impotencia.
[Viernes, 16 de Septiembre]
BHL, con camisa-solapón Pons, y torcido en el barro como los hombres de Verdún, defendiendo la "democracia liberal" en alguna colina ucraniana
–Desengáñese usted, los franceses son unos españoles con dinero
Antonio Cánovas del Castillo
El Museo nació cuando la gran arquitectura murió. La idea de un Museo en tiempos de creación arquitectónica no sólo era inconcebible para el arte. Habría supuesto un sarcasmo para los artistas. Y como suplente de la arquitectura, el Museo no pudo sustituirla como marco de las esculturas y pinturas que adornaron los jardines y salones de los palacios reales o mansiones burguesas para las que fueron concebidas. En ellos tenían su proporción espacial, su luz natural, sus referencias culturales, sus alianzas artísticas y artesanales. Otro gallo cantaría en el arte contemporáneo si se prohibiera la entrada en los Museos a las obras de los artistas vivos.
Antonio García-Trevijano
BONIFACIO
Turner, 1992
Ignacio Ruiz Quintano
CATORCE
Las pavesas de Rubens I
Un pintor atado a una galería, igual que un escritor atado a un periódico, es como un Pegaso atado a un arado. Quizá por eso, en Cuenca, Bonifacio pinta lo que pinta, y digan lo que digan.
Bonifacio pinta en una habitación con vistas al monumento insalvable del Corazón de Jesús, que es un monumento de lesa estética contra el que Bonifacio se levanta como una torre de coraje, Hay que volarlo, les dice a sus amigos nada más llegar a Cuenca, pero nadie le hace caso.
La fiesta del Corazón de Jesús se celebra el viernes de la segunda semana de Pentecostés, y, según un cura que conoce de la Plaza Mayor, pone de manifiesto a los fieles lo mucho que los ama el Corazón de Jesús, y así lo confirman los éxtasis y las visiones de santos tan principales como Santa Catalina de Siena, Santa Gertrudis, San Juan Eúdez, Santa Margarita de Alacoque o el mismo padre Hoyos.
A su casa llama una dama postulante:
-El emblema del Sagrado Corazón, abierto, sangrante, llameante y coronado de espinas, recorre el mundo triunfalmente. Correspondamos a su inmenso amor manifestándole el nuestro en este día y contribuyendo a su mayor gloria por todos los medios a nuestro alcance.
Bonifacio se convence entonces de que no va a valer la pena de volarlo, porque, llegado el caso, volverán a levantarlo.
Además, con el tiempo, también Bonifacio acabará acostumbrándose, y se acuerda de cuando era torero y andaba por los pueblos con una Virgen en una estampa de cuatro hojas cosida a la casaquilla, y así hasta que comenzó a leer a Darwin y visitó el Museo del Hombre, con aquellos dos esqueletos, “uno de chimpancé y otro de hombre”, que, vistos así, le hicieron pensar “que esto, en general, no lo ha hecho un tío en una semana”.
La verdad es que a los vascos, dice Bonifacio, tienen fama de comerse los santos por los pies: “Pero, claro, ves la vida –explica–, y hay que trabajar, porque rezando no te da nadie nada”. Con lo cual se desvanece la fe de Bonifacio.
Hechas las paces con el Corazón de Jesús –“Vos allá, y yo acá”–, Bonifacio, con el pincel en una mano y con el espetón en la otra, empinado como un Tártaro en su morada conquense, emprende una obra formidable que lo mantendrá ocupado durante veintidós años.
45 metros de altura y 50 toneladas de peso
Ese mástil en tierra firme se llama escultura de «La Mirada» porque en su cúspide tiene, como en las máscaras de hierro, una estrecha rendija horizontal. La vulgar altura de la obra no es tan grande como la soez palabra fálica de su acomplejado autor. Nunca he presenciado mejor exhibición de mal gusto que en la explicación dada por este «artefactor de constructos mecánicos».
[Ahora se esculpe, se moldea, se pinta y se fotografía en tamaños que sólo caben en salones del Estado o en salas habilitadas para esa finalidad en los nuevos Museos. Los artistas suspiran por verse colgados en vida de un clavo estatal o de un cordel museístico. Antes de morir, tienen ya alma desesperada de ahorcados.]
Antonio García-Trevijano
BONIFACIO
Turner, 1992
Ignacio Ruiz Quintano
TRECE
Mundanidad conquense III
Bonifacio pescaba en los desmedrados arroyos de la comarca, y pescaba con larva, con mosca artificial o con gusano, un gusano que ha de moverse en el anzuelo para que la trucha haga por él y no huya. Era la época en que a Bonifacio le dio por pintar las entrañas de los insectos y por pescar truchas a tralla, con lo que un día que Zóbel viajaba a Londres se le ocurrió encargarle dos cajas de una grasa de la casa Hardy, que no hay otra en el mundo igual de buena.
Zóbel volvió de Londres con otro libro para la colección de Bonifacio y las cajas de grasa para la tralla de pescar truchas, que le habían costado mil quinientas pesetas. Una mañana, en la plaza, a la hora en que todos los artistas se reunían en un comulgatorio al lado de los arcos para participar de las dos especies sacramentales –cerveza y mojama– de la principal liturgia de aquella bohemia conquense, apareció Zóbel, como siempre, sólo que esta vez, antes de proceder a la elección de comensales, señaló a Bonifacio y voceó: “¡Me debes mil quinientas pesetas!”
Las voces de Zóbel, desde luego, eran una impertinencia, y los presentes quedaron muy corridos, salvo Bonifacio, que ya lo conocía y que, por enojarlo, declaró: “Ahora no las tengo, pero, si quieres, te puedo adelantar un plazo”. Y así quedó la cosa hasta que, tres o cuatro días después, se repitió la escena. Entonces Bonifacio le ofreció un billete de cinco mil pesetas, pero Zóbel no tenía para darle eñ cambio.
Al final, Bonifacio resolvió llevarle a Zóbel las mil quinientas pesetas a su casa, donde Zóbel tuvo con Bonifacio un comportamiento como el que manda la ley de la hospitalidad: “Vamos a sentarnos a tomar una copita de Armagnac”, dijo, y sacó una botellita de medio litro. En ésas, llamaron al timbre. Zóbel acudió al llamado, y como tardaba, Bonifacio, trago a trago, apuró el Armagnac.
“¿¡No te la habrás bebido!?”, exclamó Zóbel al ver vacía la botella. “Hombre –se justificó Bonifacio–, ¿y qué querías que hiciera?” Zóbel, entonces, prometió solemnemente que Bonifacio no volvería a pisar su casa.
Luego, cuando Bonifacio viajó a Bilbao, habló con Flores de lo del Armagnac, y decidieron que lo mejor era comprar para Zóbel la botella de Armagnac más grande que hubiera. Ya en Cuenca, Bonifacio acudió con el aguardiente a la cita mañanera en la plaza; al llegar Zóbel, le extendió la botella y le dijo: “Toma, una botella de Armagnac, y de litro”.
Y el caso es que después, si venía, a lo mejor, el pintor de mantenimiento del Museo, Zóbel le daba unas propinas que le doblaban el sueldo. Por ese lado, Zóbel, que concebía mejor el palillo de dientes sin comida, era más español que Bonifacio, que es capaz de concebir la comida sin palillo de dientes. (O la uña del chino, porque Zóbel era filipino.) Sólo ellos supieron entenderse con la misma facilidad que se admiraron.
Fernando Zóbel y Juana Mordó
El derbi lo gana D'Alessandro
Hughes
Abc
En la prensa madrileña se da algo curioso. Periodistas de estricta observancia progresista mantienen un pequeño reducto 'antiguo régimen' o años 90 donde se permite el machismo, el odio y el improperio, cuando no, como hemos visto, cosas peores: para todo lo demás, corrección socialdemócrata; en lo tocante al fútbol, la grada 'macha' de su Atleti.
Estos queridos periodistas colchoneros vienen repitiendo los últimos días que el debate de Vinicius es artificial, pero antes de que Koke hablara, la prensa ya debatía sobre su fútbol mientras pasaba de meme y caricatura a estrella del Madrid y de la Liga. Estaba en juego algo muy sencillito: ¿lo metemos donde Messi, genio digno de protección, o lo convertimos en Cristiano y que le silben y cosan a patadas? La pregunta tenía, además, un interesante trasfondo futbolístico porque iba a la naturaleza misma del juego brasileño, tal como sucede con Neymar, al que lesionan todos los años sin que eso le evite fama de 'polémico'.
Estos periodistas negaban un debate muy real para convertir a su querido Atleti en víctima, narrativa en la que son una potencia literaria mundial. La aparición subsiguiente de la grada airada era de esperar, sobre todo después de que el capitán declarara su soberanía. No era un debate sobre el Atlético, pero en eso lo convirtieron y pasó lo que pasó dentro y fuera del estadio.
Y lo que sucedió fue suavizado en la retransmisión de Movistar. Carlos Martínez llegó a celebrar «la mejora en los ambientes de los campos españoles» y el adjetivo más fuerte lo dedicó a Vinicius: desleal, por simular una falta.
Si mal estuvo Movistar, peor 'El Chiringuito' (Mega), donde «hacer el mono» es ahora hacer el tonto, lo que hace retroceder mucho en la escala de Darwin al Ser Superior, Florentino, que allí presentó la Superliga.
La noche la salvó Jorge D'Alessandro. Volvían al debate y él, que siempre supo ver al futbolista, estalló: «¡Estáis criticando a un grande! ¡Fuera la vulgaridad! ¡Fuera la mediocridad! ¿A quién vais a ver en esta Liga? Vinicius Jr. es un genio». Y se puso de pie, que es lo único que cabe hacer ante este futbolista.