sábado, 27 de agosto de 2022

Vida del pintor Bonifacio. Candelada gitana I

 


BONIFACIO

Turner, 1992

Ignacio Ruiz Quintano

 

TRES
Candelada gitana I


    Bonifacio, que se ha hecho invulnerable a las acometidas del hambre, se siente valiente como un tejón. Consigue un empleo en el almacén de leche pasteurizada de la Central Lechera de Guipúzcoa, pero ya no trabaja para comer, sino para torear, y piensa en Sevilla, porque la gente que se interesa en los toros ha de abrigar, según la convención popular, un sentimiento místico por Sevilla.

El veterinario del almacén de leche ejerce también en la plaza de toros de San Sebastián, y tiene vara alta para despejar el camino que lleve hacia la gloria a Bonifacio, que viaja a Sevilla con un billete que pagan a escote sus compañeros de la Central Lechera y con una carta de recomendación que firma el celebre doctor Juaristi, médico de la plaza de Pamplona.

Cruza el maletilla Despeñaperros, se asoma al Guadalquivir, y al pasar por la Giralda, a la hora de la siesta, ya sabe Bonifacio por qué esta tierra atrajo durante tantos siglos el hambre de todas las naciones. El alminar será el símbolo de Sevilla, pero Sevilla, para los buscadores de fortuna, es el símbolo del hambre, un hambre que no se deja engañar ni con la suntuosa letanía de la religión.

Bonifacio se aposenta en el barrio de Santa Cruz, el viejo barrio judío al que deben de haberle quitado el rosal florío de la canción. Hambrea de día, y de noche, en lugar de ir al campo, como hacía Belmonte, a darles muletazos a los toros a la luz de la luna, colorea estampas de cristos cabreados. Vagabundea por los tentaderos y duerme de extranjis en el patio de una casa con blasones donde comparte la intemperie con un desmedrado asno matalón que sonríe cuando pace, como señal, al decir de los poetas, del diálogo socrático que se entabla entre hombre y bruto en la verdad de los corrales; pero Bonifacio no está para muchos trotes, y una noche, convencido, al fin, de que “hay que poner una industria propia”, le compra a un randa una caja de betunes y se hace limpiabotas. Al cabo de dos años, de su estancia sevillana Bonifacio sólo recordará que limpió, eso sí, muchísimos zapatos.

Después de todo, a Bonifacio no le ha servido de nada su carta de recomendación, “sangre arterial de la vida española” en las visiones d’orsianas. El doctor Juaristi había escrito una nota destinada a un amigo ganadero y matador, Manolo González, figura algo revolera del toreo de la sevillana calle del Sol –en una Feria de San Miguel, hasta cortó un rabo en la Maestranza–, que no se conmovió con el estilo forense del doctor. La ganadería estaba donde el diablo perdió el poncho, como le había dicho un sevillano cursi, y Bonifacio, sin un duro sevillano en el fardel, tiene que ir andando. En la finca pregunta por el amo, le entrega la carta y se dispone a pedirle trabajo cuando, sin tiempo de abrir la boca, sale una mujer diciendo a grandes voces que allí no hay trabajo, y que otra vez a Sevilla, y andando.

En Sevilla, Bonifacio vuelve a las andadas, a frecuentar las tabernas y los mentideros taurinos. Aborda a los apoderados, pero se le pasan los días esperando avisos que nunca llegan. Cansado de esperar siquiera un gesto de alguno de esos tipos mostrencos que se comen a los santos por los pies con regüeldos de pía satisfacción, Bonifacio busca acomodo como guarda en la venta El Pilar, frente al cuartel de San Fernando, en la carretera de Dos Hermanas. Trabaja para juerguearse y se aficiona al flamenco. Asiste a los ritos gitanos y descubre que la bailaora, cuando danza, ha de parecer una virgen de cintura para arriba y una puta de cintura para abajo. La astucia y el misterio. La melancolía y el cansancio.

 

 

Sábado, 27 de Agosto

 

Arcoiris

viernes, 26 de agosto de 2022

"Yo soy como todos los artistas… me gusta robar y que me den soluciones" (Una conversación con el padre de Manuel Valls*)




"¡Haber matado cientos, quizá miles de toros, para acabar siendo el padre de Miguel Bosé!"
Luis Miguel Domuinguín



CONVERSACIÓN CON XAVIER VALLS

Ignacio Ruiz Quintano

El arte consiste sólo en tocar cada vez mejor
 el instrumento que se ha elegido
.
Thomas Bernhard

    “Extraordinaria corrida de novillos verificada hoy martes 1º. de enero de 1901. Inauguración del siglo en la Plaza de Toros de Madrid. En el cuarto toro, hará su experimento el célebre sugestionador de toros don Tancredo López, considerado, por su temeridad y arrojo, como el rey del valor, el cual lo ejecutará en la forma siguiente: antes de abrir la puerta de los toriles se colocará en el centro del redondel, sobre un pedestal de medio metro de altura, Don Tancredo, vestido imitando la estatua de Pepeíllo, y, previo aviso del citado sugestionador, se soltará el cuarto toro, de cinco años cumplidos, de la acreditada ganadería de Miura…”



Decía Bergamín que el siglo XX, que empezaba para los franceses con la torre Eiffel, para los españoles empezó con Don Tancredo. “Bien, o se hace precisión, o se hace pintura, o se calla uno”. Su amigo Xavier Valls (Barcelona, 1923), con quien tanto quería, deshace las disyunciones haciendo las tres cosas.

    –Yo creo que el nuestro fue (sic) un siglo interesantísimo. Significó un cambio total. Y los cambios no vienen nunca con un principio de siglo, con el calendario. Para mí, el XIX se termina después de la guerra del 14. Cuando uno se pasea por Francia y ve por todos los pueblos las listas de muertos de aquella guerra… ¡Qué absurdidad! Los pequeños militares que querían ascender, y entonces mandaban a los muchachos a tomar una loma. Ahora que se ha muerto Kubrick, ¡qué gran película la suya! Senderos de gloria, se titula. Curiosamente, estuvo prohibida en Francia hasta la llegada de los socialistas. Una gran película. El ataque, la loma, los militares

(Bergamín: “Los dos son arbitrarios y gratuitos: la torre Eiffel, no tiene nada que decirnos. Nuestro hombre estatua o estatuido nos lo dice todo, como un filósofo”).

    –Yo conocí a Bergamín cuando él llegó a París exiliado. Vivía a una cuadra de mi casa. Y entonces nos veíamos casi cada día. Iba mucho a cenar a casa. A conversar. A estar con amigos. Después, cuando él se instaló en Madrid, yo venía algunas veces para verlo. Siempre nos entendimos muy bien. Él estaba solo, y siempre nos entendimos muy bien. Era intelectualmente muy brillante y, al mismo tiempo, sin ninguna pretensión. Y muy mordaz.

(“Tenía –don Tancredo– la particularidad, tan española en el sentido humano más aristocrático, o más griego, de ganar su vida ociosamente”).

    –Sí, también conocí a don ·Eugenio d’Ors, aunque al final de su vida. Conocía su obra. Me interesaba mucho aquel hombre que se distanciaba de muchos intelectuales de su época por su fineza. Él luchó contra esta cosa vulgar, campechana, de los españoles. Naturalmente, tuvo posiciones políticas que no fueron nunca de mi agrado, pero era un hombre muy inteligente, y de él hay que quedarse con lo positivo. Tiene unos escritos… ¡tan extraordinarios! Yo también soy muy estilista, desgraciadamente.
 


 
(“Al subirse al pedestal, un cubo de madera pintado de blanco, Don Tancredo es el estoicismo elevado al cubo; es un Séneca elevado al cubo; es el senequismo español elevado al cubo”).

    –Llevo cincuenta años en París y, profesionalmente, , la batalla figuración/abstracción fue el momento más duro para mí. De pronto, el que hacía una cosa con figuración era tratado como un pompier, un desgraciado, y uno veía que sus amigos se pasaban a la abstracción. Pero yo nunca tuve nada contra la pintura abstracta. Siempre he admirado más la pintura opuesta a la mía, y creo que la buena abstracción fue una gran lección, al menos para mí, de depuración para la figuración.

(“Pascal fue la verdadera figura representativa del tancredismo en Francia. Su miedo no era únicamente miedo del toro; era anterior a él; porque empezaba por ser miedo a caerse del pedestal”).

    –Aquel momento de la abstracción, aunque fuera tan radical, me hizo ver que se podía hacer una figuración, pero con una lección de no poner cosas porque sí, de hacer una abstracción dentro de la figuración, porque lo importante de los cuadros es que tengan un duende. Claro, es más fácil estar contento con un cuadro abstracto que con uno figurativo, porque cuando el figurativo sale mal… se ve todo. Yo estuve más próximo a los pintores que pintaban abstracción que  los figurativos, que eran pura anécdota, nada que ver con lo que es pintura.

(“San Agustín se ríe del tancredismo, porque San Agustín, como es natural, está siempre de parte del toro. Pero del toro bravo; porque no lo está por compasión, sino por simpatía”).
 


 
Personalmente, nunca me sentí capaz de pasarme a la abstracción. Tuve necesidad de agarrarme a una cosa que tuviera atmósfera, pero con un soporte de una realidad percibida. El pintor no sabe explicar lo que pinta. En fin, pasé unos momentos difíciles, pero tuve la suerte de que tanto Giacometti como Luis Fernández, amigos míos, me dijeron siempre: No mires lo que hagan los otros, no te pases a la moda, haz lo que puedas, lo que sientas…” Hay que ser un poco terco y avanzar sin miedo. Tuve la voluntad de hacer lo mío, depurándolo cada vez más… Ahora, hay que decir que hubo unos momentos en que algunos de esos artistas figurativos estuvimos un poco en cuarentena. A las relaciones personales no se trasladaba la batalla, no. También hay que decir que mi figuración no era una de estas figuraciones que se ven en tantas galerías, del bodegón porque sí, el paisaje… Lo más difícil para mí fue que, para los que les gustaba mucho la pintura realista, yo pasaba por no ser realista.

(“Tancredismo puro: el del monasterio de El Escorial. Como Don Tancredo quería sugestionar, hipnotizar al toro por la inmovilidad, por el silencio (…), El Escorial lo que quiere, también por la inmovilidad, por el silencio, es sugestionar, hipnotizar a Dios”).

    –Yo no considero que el no figurativo sea una moda. Mientras una obra de arte es un lienzo, que sea abstracta o no, que sean distintas materias, es siempre un cuadro. Lo que sí me parece una moda es que ahora sólo se habla de espacios y de montajes. ¡Cuando uno piensa que los vanguardistas ya lo hicieron todo! Hoy, ver una tonelada de patatas en medio, bien puesta, en medio de una inmensa sala… Estoy por la libertad de que cada quien haga lo que quiera, pero no me interesa, no lo entiendo. Espacios, sillas rotas, carbón por el suelo… eso sí que es una moda, y lo que me da miedo es que se está convirtiendo en una cosa oficial.
 



(“Qué duda tiene que el de Don Tancredo también es un quietismo. Miguel de Molinos, ¿no es un poco un Don Tancredo místico?”)

    –Yo soy pájaro de noche, pero pinto todos los días. No paro. Desde que hay luz hasta que se termina. Pero me cuesta mucho pintar. Por eso me gusta mucho repetir el cuadro. Prefiero buscar esa cosa de la luz… ¿Pinto, por ejemplo, una manzana? Pues necesito el modelo de esa mañana. Pero, al cabo de unas sesiones, viene la reflexión: esta manzana ha sido también una flor, y después se ha vuelto fruta, y le ha tocado la luz del sol. O sea que yo no soy muy realista en el fondo, y, no obstante, cuando miro la realidad… Si yo miro sobre mi mesa un buen plato lleno de fruta no se puede igualar: es una maravilla. Entonces, a la hora de pintar, ¿por qué querer con cuatro toques dar eso al lienzo y que quede como una cosa muerta? Por eso lo de “naturaleza muerta” no me convence. Mejor “vida quieta”.

(“¿Cómo esperaba al toro Don Tancredo? ¿Con los ojos cerrados? ¿Con los ojos abiertos? (…) Ésta fue la angustia y agonía pascalianas. El tancredismo de Pascal fue eso: un vértigo de altura. Si cerraba los ojos, por sentirse sólo a sí mismo y en pie, elevado al cubo, al pedestal de la agonía cristiana. Y un verdadero espanto, un terror pánico, si los abría al silencio eterno de los espacios infinitos”).

    –Porque “bodegón”, tampoco. Fue una cosa del XIX, porque antes estaban los pintores que pintaban bodegas. Con gente bebiendo. De aquí viene. Pero la “vida quieta” me interesa más. Y es eso lo que busco. ¿La fruta? Me gusta mucho pintarla, porque en sí es una belleza extraordinaria. Pero me gustan los objetos: los jarros, las copas de agua y, sobre todo, lo que veo en mi casa, lo que tengo alrededor, lo cotidiano… Nada de cosas sofisticadas, sino cosas muy mías, muy de mi vida y muy de mi interior. Nunca se consigue hacer lo que uno quiere hacer. Te acercas y, si no he llegado, es porque no he sabido más. A mí me entusiasma Zurbarán. Yo soy como todos los artistas… me gusta robar y que me den soluciones. Yo creo que el más grande pintor de todos es Velázquez, pero uno no puede robarle nada. En cambio, Zurbarán me puede dar referencias y lecciones cuando miro sus cuadros. De todas formas, la pintura que uno admira la tiene que mirar con un gran respeto y una gran humildad. Porque a veces uno se desespera pensando qué puede pintar después de lo que ha pintado esa gente, y estamos en una época en que se quiere dejar de lado lo que hemos heredado del pasado. Es como si todo empezara ahora.  Y es lo que me da miedo de nuestra época, porque parece que todo es borrón y cuenta nueva.

Síntesis d’orsiana: la observación quiere captar los fenómenos; la razón, las esencias; la inteligencia, las figuras. “Lo que es, es lo que es. No la toque ya más, que así es la rosa”.

(“Y el toro Zurdito, de Miura, que, sin duda, no se fijó en él, derribó a Don Tancredo”. Con la precisión de la luz sobre la mesa de la Última Cena).
_________________

*Entrevista con Xavier Valls, padre del primer ministro francés, Manuel Valls, para la revista Guadalimar, en el bar del Hotel Wellington de Madrid, con motivo de la exposición en la Galería Juan Gris. Abril, 1999
 

 

The Bell Jam Session

 

Brighton

Pechuga de pollo



 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Un joven aragonés colgó en las redes un video con los restos del banquete de los buitres con su rebaño de ovejas y fue linchado por los gansos de la Comunidad Científica del Cambio Climático (CCCC, a leer como Urdaci las siglas de Comisiones Obreras: cepunto, cepunto, opunto, opunto), que tildaron de mentiroso al ganadero, “pues la CCCC dice que los buitres sólo comen carne muerta”. Les faltó precisar que los buitres sólo comen carne de buey gallego y con el punto de maduración que ofrecen los chuletones del escaparate de Pedraza en Recoletos.
    

Si en tiempos de Russell los salvajes eran individuos serviciales que hacían lo que fuera necesario para sustentar la teoría de los antropólogos, que eran los políticos, los gansos de la CCCC son individuos serviciales que dicen lo que sea necesario para sustentar la teoría de sus señoritos, que también son los políticos.
    

¿Qué es un buitre? Si el buitre devora corderos, será cordero asimilado, como dijera del león el poeta Basterra, con busto en Bilbao, no muy lejos de Atapuerca, cuyos naturales se comían a otros naturales del pueblo, aunque Arsuaga, pez gordo de nuestra ciencia, sospecha que no lo hacían por hambruna, como los buitres, que al ser muchos, no disponen de muertos para todos y, en contra de su instinto, matan, dejando los corrales perdidos de huesos. Allá por el 14, el mejicano Alfonso Reyes paró en la posada de Concha Cabra, en la madrileña calle de Carretas, donde conoció a un estudiante apodado Quebrantahuesos “porque cena pajaritos fritos y deja los huesos sobre la chimenea”. Así, pues, el buitre, si mata ovejas, es necesidad, pero el ataporquense, si comía ataporquenses, vicio sería, pues ninguna variedad de gustos como la del canibalismo, según recogió Ullán de un muestrario: para los fidjianos el humano sabía a avellana; para los canacas, a banana; a los europeos, en cambio, les sabía a “insípida ternera (nada que ver con el buey Premium de Jiménez de Jamuz) con un cierto resabio a cerdo”.


    En su biografía de Churchill cuenta Boris Johnson que en una gira del primer ministro por América le sirvieron un plato de pollo frito. “¿Pueden ponerme pechuga?”, preguntó a la anfitriona, y ésta, que tenía una idea de la pechuga de pollo como Basilio de la del cuello de cisne, contestó: “Señor Churchill, en este país distinguimos entre la carne blanca y la carne oscura del pollo”. Al día siguiente, la señora recibió una magnífica orquídea de parte de su huésped, y la tarjeta de acompañamiento decía: “Le quedaría muy agradecido si se prendiera usted esta flor en la carne blanca”. (Y aclara el traductor que la palabra inglesa para pechuga de pollo, “breast”, es la misma que designa el pecho humano, razón por la cual los americanos finos de entonces la eludían con la distinción entre carne blanca y carne oscura.)


    –Un chuletón al punto, para mí es imbatible –es la frase más elevada que se conoce de Sánchez.


    ¿Vivo o muerto, el chuletón?

 

[Viernes, 19 de Agosto]

  

 

Viernes, 26 de Agosto

 

La subasta

jueves, 25 de agosto de 2022

Color de ropa antigua

 



Get The Water

 

Color de ropa antigua. Un julio a sombra,
y un agosto recién segado. Y una
mano de agua que injertó en el pino
resinoso de un tedio malas frutas


Video

Mother / Brother


 
Classic Rock In Pics
@crockpics

Apoteosis del Julipié

 


Rafa Rojas @rafarg_22  El Juli se supera a sí mismo

Vida del pintor Bonifacio. Guerra y paz

 


BONIFACIO 

Turner, 1992

 

Ignacio Ruiz Quintano 

DOS


Guerra y Paz


    Bonifacio nace en San Sebastián el 19 de junio de 1933; en la Edad del Jazz y en el año que Vicente Aleixandre, licenciado en Derecho, saluda con “sonrisas hechas con caparazones de cangrejos”, la consecución del Premio Nacional de Literatura por La destrucción o el amor.

    Para Bonifacio, la destrucción es la muerte de su padre, miliciano de la compañía Máximo Gorki (Batallón Rusia) fusilado en el verano de 1936, y el amor, la fortaleza de su madre, viuda decidida a defender una familia que huye de Bilbao; viaja con sus dos hijos, un niño y una niña, mayor y melliza de otra niña que nació muerta.

    Mientras, la guerra, amarillenta y ruidosa, avanza. Bilbao ya no es refugio seguro, y huyen a Santander y a Asturias, donde el abuelo, guardia de asalto retirado, se hace el propósito de embarcar a su hija  y a sus nietos en un barco de refugiados con rumbo a Rusia; pero la madre viuda prefiere el arrimo de Francia, de donde, al cabo de un año de exilio, regresará a San Sebastián sin otra protección que la de las lamiñak, que son esas hadas vascas que traen la buena suerte a las casas que frecuentan, si bien hablan y dan órdenes con palabras de significado opuesto.

    Bonifacio pudo haber sido uno de aquellos niños de la guerra que se criaron cantando himnos en los suburbios de Moscú, pero el azar hizo que fuera uno de aquellos niños de la paz que distrajeron con sus motetes la miseria nacional.

    Cae de bruces en el casón de La Misericordia, y aquí, vigilado por curas aquilinos y monjas centenarias, aprende a percatarse del contraste entre su vida y la vida, tan amargo que abre a diario las ganas de comer, y no precisamente jalea de colmillo de elefante. Son años calamitosos, los de la beneficencia clerical, comiendo boniatos para matar el hambre y tocando la campanilla para matar el tiempo.

    Para librarse de la murria y del peso de la penitencia, Bonifacio hace escapadas a casa de las abuelas hasta que pueda hacerlas a la cantina del vecindario. Se había metido a monaguillo para comer –robaba manzanas en la sacristía y las escondía en la sotanilla– y había llegado a tiple en el coro del Buen Pastor de la catedral, una provechosa carrera eclesiástica que se frustró porque, ayudando un día a los ministerios del altar, al aflojarse el cíngulo de la sotanilla, rodaron las manzanas del despojo por la escalinata en plena misa, y esto le costó el despido y un pescozón. Bonifacio, desde entonces, no ha vuelto a pisar la iglesia, ni por atrición ni por contrición.

    Es la época de las actividades diversas, concepto que la burocracia del Régimen aplicaba sindicalmente a los artistas, palabra y oficio que, según los casos, lo mismo designaba al caviloso que al menestral. Bonifacio es botones de hotel, pinche de cocina, aprendiz de herrero, lavandero, mandadero y pescador. Encuentra su primera colocación en el Café Oriental, donde hay orquestina y pagan con curasanes, pero no le avisan de que los curasanes de la gratificación salen de las sobras de la víspera, y Bonifacio, estomagado con curasanes duros, cambia de amo y se emplea en el Café Choco, que es el café de los toreros famosos.

 



    Los toreros famosos como Domingo Ortega, Pepe Luis Vázquez, Manolete, Dominguín y Antonio Bienvenida comen curasanes del día, y a Bonifacio, atravesado por el hambre, le entran ganas de torear para poder cantar con su cuadrilla el estribillo de Bohemios:

¡Qué bella es la noche
Después de cenar!
¡Después de cenar!
‘Después de cenar!


    En la imaginación de Bonifacio el hambre enciende velas de lidia, pero en ese empeño no hay ninguna locura romántica. Bonifacio cuenta con el mejor adiestramiento para un torero, que es una infancia desventurada, y sabe que en los toros sí que se oyen cosas buenas.

Son las cosas buenas de Hemingway, que escribe en Life que los que sabían qué eran toros y qué era torear han muerto en ambos bandos durante la guerra civil, con lo que Hemingway se convierte en el primer propagandista juvenil de la fiesta nacional. Enseña que un torero nunca puede ver su obra de arte: “No puede corregirla como el pintor o el escritor. No puede escucharla como el músico. Sólo puede sentirla y oír la repercusión que tiene en el público. Cuando siente su obra y sabe que es grande, ésta se apodera de él y nada más importa” Es lo que siempre dice Bonifacio: que todos los cuadros del mundo no valen lo que una buena faena de muleta: “Yo, al menos, cambiaría todos mis cuadros por ser torero. Como pintor, puedes ser una gran artista, pero… ¿quién te aplaude?”

    En asuntos taurinos, el crédito que Hemingway malgasta con sus excentricidades lo recupera con su amistad con los mejores toreros, que son los que se desayunan con los curasanes del día y los que conceden las licencias para aleccionar a la afición en la catequesis del arte. Hemingway predica en un inglés vigoroso el evangelio de los toros, y sus oyentes lo siguen porque en sus palabras se adivina la revelación –la confidencia– de los grandes toreros, que lo invitan a barrera, donde el periodistón de Kansas luce como un papa rodeado de cardenales en un concilio que canoniza a Antonio Ordóñez por reunir las tres grandes condiciones del matador: valor, destreza en su profesión y gallardía ante el peligro de muerte. Bonifacio nunca olvida aquella vez que en Sevilla, por ver a Antonio Ordóñez, se quedó sin cenar: “Tenía –dice– el dinero justo para meterme en un restaurante o en la plaza de toros y, como toreaba Antonio Ordóñez, no le di más vueltas”.

    Además, Antonio Ordóñez consuma sus mayores faenas en la plaza de Bilbao, “la ciudad más severa de toda España para juzgar a los toreros”, y la ciudad donde una mala cornada habría de poner fin a la efímera carrera taurina de Bonifacio.

 


Bonifacio, 1971

La Fundación

 

Padilla / Castelló


Jueves, 25 de Agosto

 

 

Contra la peste

miércoles, 24 de agosto de 2022

Al ir el agua y al volver la ola

 


Get The Water

 

Resbalón alcalino, voy diciendo,
más acá de los ajos, sobre el sentido almíbar,
más adentro, muy más, de las herrumbres,
al ir el agua y al volver la ola

 

Video


Mother / Brother

Amanecer en la Milla de Oro

 

 
Se equivocó la paloma
 

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)

 

Almeida reemplazó el tartán de Gallardón en los alcorques de la Milla de Oro por un jardín zen que hace las delicias de los cánidos, acostumbrados a mear en el árbol y despedirse con una escarbadura a modo de larga cambiada

 

Añicos de cristal frente a Dior



Calle de Padilla

Sacos terreros de la guerra civil olvidados

Vida del pintor Bonifacio

El autor con Bonifacio y la galerista Julieta García Ochoa

  

BONIFACIO
Turner, 1992

Ignacio Ruiz Quintano
 

UNO

    Nació en San Sebastián, y tiene la pura sencillez que sólo se da en los genios, aunque, al verlo venir con su cara de cárcel, podría pasar por uno de esos tipos magros, estaférmicos y de ojos hacia dentro que según Gómez de la Serna suelen darse en Palencia, Burgos y Albacete, y que, además, gastan uno de esos nombres propios que Unamuno guardaba en su cartera porque son los que los castellanos ponen a los niños para que de mozos no les pongan un mote.
    

El nombre, como la bondad o la honradez, no hace a los hombres más interesantes, pero, si ya resulta extravagante que un continente tan grande como América deba llevar el nombre de un ladrón, también parece raro que un artista tan irreverente como Bonifacio haya de cargar con el nombre de un mártir que padeció en Tarso bajo el poder de Diocleciano, o el de un papa usurpador al que Giotto, con un retrato, y Dante, con los tres libros de la Divina Comedia, rescataron del olvido, si el olvido hubiera sido lugar para un príncipe de la Iglesia en cuyo anillo dicen que moraba un espíritu maligno al que sacrificaba uñas y cabellos.
    

Lo bueno de llamarse Bonifacio es no sentir jamás esa necesidad industrial de tener que hacerse un nombre.
    

Con ese nombre, Bonifacio no ha tenido que recurrir ni a las corbatas ni a las metáforas para arrancarle pelos al lobo de la notoriedad. Bonifacio, así, ha puesto el talento en su vida y el genio en su obra: cuando la vida parece el infierno, él es el diablo; cuando la obra parece el diablo, él se ríe sardónicamente, que es como se ríe Merlín, y no esos torpes amantes del moderno folletín español.
    

Bonifacio, como el diablo, tiene más de vagabundo que de cautivo. Se corta poco el pelo, que es limalla de hierro, y tose tanto por falta de leche como por sobra de tabaco.
    

Bonifacio es vasco por su soberbia para sobrellevar cualquier cruz que no vaya en menoscabo de su exacerbado sentimiento de dignidad, pero es español porque, como dirían en la Argentina, necesita la zeta para toser y para decir las eses, eses como aquéllas que el poeta Verhaeren, en su viaje a la España negra de la mano del pintor Regoyos, leyó en los pasos procesionales de Azpeitia: Cristo padesió por pecadores sinco mil asotes.
    

No es un descreído, Bonifacio. Supo perder la fe sin quedarse con la culpa, y así salvó su alma de muchos y religiosos incendios. En el arte, profesa la fe del carbonero, y en el amor, se deja llevar: “…porque es sarna y no afición / amor que se pega y come…”, como en los versos de Quevedo, cuyo pesimismo burlón, el pesimismo español, impregna a somormujo la anarquía viril de Bonifacio.

 

Para pintar un cuadro, son imprescindibles mucha suerte, unos cuantos tragos y un tarro de palomina. Hay que mirar largamente las cosas y tirarles, de golpe, un manotón. Así pinta Bonifacio: como Argos, es el pastor de los cien ojos; como cualquiera de los siete ángeles trompeteros del Apocalipsis, extiende por la tela con la violencia de su toque diversas calamidades, pero en esta negrura no hay que ver la predestinación de los degenerados, aunque sus amigos, al encararlo, se hagan cruces.


    Serge Faucherau, Comisario de Exposiciones del Centro Pompidou, cree que Bonifacio “es una especie de hechicero”, y en este hechicero Antonio Saura admira “al pintor capaz de sacrificar una obra atractiva y de dar sin traicionarse un salto hacia nuevos caminos donde el milagro y el desastre atisban por igual”, mientras Severo Sarduy se pregunta de qué grutas, de qué día, siempre retraído y letal, emanan los extraños claustros de Bonifacio, “pintor del libro de España, del drama celestinesco de la hispanidad”.
    

Y un día, en uno de esos catálogos con olor a barajas usadas que conserva, Bonifacio declara que le gustaría llegar a realizar una obra en la que el público se sintiera tan burlado y agredido, tan deformado y ofendido… “que a la media hora me dejara la sala vacía”.
    

El arte, se ha dicho que decía Picasso, ha sido siempre quedarse con los otros, burlarse de ellos… (“Eso hizo el Greco, eso hizo Goya y eso he estado yo pretendiendo con mi pintura, que se fuesen, que dejasen de pretender ver lo que había, y no he conseguido nunca que se marchen.”)
    

La pintura de Bonifacio es inexplicable, porque los ojos sólo ven lo que están habituados a ver, y allí, la oscuridad, enamorada de la luz, se ha apoderado de su reflejo.

Miércoles, 24 de Agosto

 


Pons

martes, 23 de agosto de 2022

Jam Session. Get The Water


Brighton

THIS IS GONNA BE BRILLIANT 30TH AUGUST FREE BEER FUCKING ROCK N ROLL COME PLAY DM ME COME ON DO ITTT DOT TITS XXXX

Lo de Dolores Aguirre en Bilbao, donde todo lo tiene que poner el toro. Márquez & Moore

 

José Ramón Márquez

Al hilo de la corrida del domingo pasado en Bilbao, retorno de la ganadería de Dolores Aguirre a la arena negra tras diez años, que si veinte años no eran nada para Gardel imagina lo que son diez, la mitad de nada, saltando de la crónica puntual del festejo, que a estas alturas a nadie puede ya importar, sí que se puede urdir un pequeño comentario de tres o cuatro cosas que se vienen a la cabeza, por enredar.


Lo primero, la Plaza. A los que somos carne de cañón de Las Ventas llegar a una Plaza limpia, pintada, decente y cuidada nos produce una envidia malsana e irreprimible. Tengo amigos que al tiempo que se sacan el abono de Madrid se ponen la vacuna antitetánica, con el consiguiente cargo para las arcas de la Seguridad Social, porque no se fían de que un refilón con esos hierros oxidados que ornan Las Ventas, o un tropezón con la gymkana de objetos absurdos dispuestos por los pasillos, de los que el toro enano disecado –el toro Julián- es parte destacada, pueda ser lo que burla, burlando, acabe llevándoles a la tumba.
 

Lo segundo, el toro, que por algo pone en los carteles eso de “Plaza de Toros”, y aunque en idioma vizcaíno digan «zezen», que es más como de mosca que de ungulado de lidia, el toro ha sido la seña de identidad de una Plaza que siempre fue de toro grande y poderoso, cuando Bilbao estaba flanqueada por esas fábricas de la margen izquierda, por esos altos hornos y esa épica del hierro, y que ahora con su Museo hecho de titanio a cascoporro, guardado por un perrito hecho de flores, ha mutado en lo de siempre, en la cosa de juampedreo, de los toreznos hechos de florecillas, y apenas mantiene, en el alfa y en el omega algo de lo que fue, dejando la responsabilidad del toro a la Señora, doña Isabel, y a los Hermanos Miura. En puridad ésa es la auténtica Semana Grande de Bilbao taurino: dos tardes en las que todo lo tiene que poner el toro.



 Damián Castaño


Y al hilo del trato al toro, choca bastante que en corridas organizadas por buenos aficionados, como la de la Peña Tres Puyazos en San Agustín de Guadalix o, más recientemente, en Cenicientos, Plaza de tercera categoría, se respete de manera tan atenta lo referido al tercio de varas, tratando de dar ese espectáculo al público, y que mientras, en Bilbao, Plaza de primera categoría, se produzca el deplorable descalzaperros de varas que se produjo el otro día, sin orden ni concierto en el desarrollo del primer tercio, que el único que estuvo a la altura de las circunstancias fue Santiago Morales, Chocolate, de gris plomo y oro, demostrando lo bien que monta y cómo hay que echar el palo hacia adelante cuando el toro viene arrancado.


Por alguna circunstancia derivada de la dirección del viento o de las especiales condiciones de la Plaza, acaso construida mirando los anfiteatros que Roma hizo por todo su territorio, que no hicieron uno en Bilbao porque cuando los romanos aún no había llegado don Diego López de Haro a la vera del Nervión, nos fue dado escuchar de manera íntegra la retransmisión que Rafael González Amigo, de caña y azabache, le fue haciendo a Román desde la boca del burladero, esa narración de puro realismo mágico, esa exacerbación interior del buen peón glosando los desaciertos de su matador como atinadas victorias, apuntando desde su certeza lo que había que ir haciendo, vitoreando los momentos cumbre y, a mi entender, molestando más que ayudando a su patrón con sus santas consejas, costumbre de lo más extendida entre el peonaje contemporáneo travestidos en epígonos del radiofonista Matías Prats Cañete: no hacen a derechas su trabajo de brega pero a cambio le regalan al matador varios sacos de consejos que nadie necesita.

 
De los toreros, digamos que el rostro de Bolívar y las canas que peina le están transformando en una serigrafía de Domingo Ortega y que incluso el inicio de su faena a su segundo, agarrado a la barrera, apuntaba en esa orteguización.


Damián Castaño confirmó lo que viene mostrando por ahí: que está en un buen momento, que se va cuajando como torero de oficio y ahí está como prueba su decisión para sobreponerse al toro y literalmente robarle los muletazos en dos emocionantísimas series por la derecha a su primero, Carafea, número 15, una buena lección de sólida lidia. Román no pudo sacar su cosa bullidora y tampoco vio claro lo de las cercanías. O sea que sin la emoción ni el desparpajo y con el peón dándole una turra de ésas que sólo se pegan a las cinco de la madrugada con muchas copas, no hubo forma de centrarse.


El ganado, en lo que debe ser. Metiendo miedo, exigentes y planteando problemas, que para eso están, y es lo que de ellos se espera. Con mejores lidias y con mejores varas habrían dado, con certeza, mejores resultados, pero ellos están para que las gentes se quejen de que si no meten la cara, de que si no ayudan, de que si miran mucho, de que si se enteran de lo que se dejan atrás… Al pobre toro se le exige todo en 15 minutos y para el torero, que lleva en eso desde que le salieron las muelas, todo son paños calientes.


Matías, el Presidente, ahí sigue. ¡Resiste, Matías!

 


Santiago Morales Chocolate 

Ficciones liberales

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Un país que debe PIB y medio vive en la misma situación que el esclavo de un camello en la Cañada de los 80. Tiene muchos jefes, y mandan mediante capataces como Sánchez, intelectual y moralmente un gañán que mete miedo.


    Los escandalizados por el setentayochismo con faldas y a lo loco de Feijoo en el periódico de las elites han de saber que, desde el 73, el caballo de la oligarquía española es el Psoe (eso explica la “clandestinidad” de González y Guerra), y la función reservada al partido que juega a representar a la derecha política es limpiar la cuadra cuando el “cuchu” se hace irrespirable, dicho sea en imagen transversal al alcance de nuestros famosos aficionados a los caballos, Savater, Bono o Griñán, que firmaba “Riu Kiu” sus artículos en “Corta Cabeza”, la revista hípica de su padre, oficial del cuarto militar del General. Ese arreglo fue el 78, inspirado en el arreglo del 94 francés.


    Un gran estudioso de ambos procesos vio en la Constitución del miedo francés del 94 el producto reaccionario del primer consenso constituyente de lo que luego se llamaría clase política: “Sus artífices, monárquicos emergidos de la clandestinidad y ex terroristas renegados de la legalidad republicana, deconstruyeron el régimen jacobino para separar al Estado de la esfera económico-social y desmotivar el interés del pueblo en la política, convirtiéndose ellos mismos en diputados perpetuos de la soberanía nacional”.


    –La representación idealizada de esta “belleza” liberal corrió a cargo de Benjamin Constant, que hizo la apología del corrupto Directorio de la izquierda revolucionaria con la esperanza, frustrada, de entrar en él.
    

Correspondió a los doctrinarios de la Restauración, prosigue nuestro ensayista, la tarea de sublimar este miedo con las grandilocuencias del liberalismo continental, y uno de ellos, Pierre Paul Royer-Collard, tuvo la sinceridad de reconocer en 1822 la realidad que se escondía tras la “ficción liberal” desde la misma presidencia de la Cámara de diputados: “Es así como nos hemos convertido en un pueblo de administrados, bajo la mano de funcionarios irresponsables, centralizados ellos mismos en el poder del que son ministros”.


    El Psoe, que hereda el falangismo social de la Revolución Pendiente (no hubo sino que sustituir el bigotín por la barbita), sale del otro Régimen convertido en el depositario de la proverbial envidia igualitaria española, su éxito.
    

En el 76, en Periodismo corría el rumor de que un profesor torcía por el Psoe, y lo mirábamos como podía mirarse (¡entonces!) a una mujer barbuda. Les faltaba poco para el salto. Como decían los nihilistas de Dostoyevski (“esos bastardos”, que diría Almeida), el entusiasmo de la juventud de hoy es tan puro como lo era en nuestro tiempo. Sólo ha ocurrido una cosa: la sustitución de un género de belleza por otro.


    –Toda la confusión proviene de tener que decidir qué es más bello: Shakespeare o un par de zapatos, Rafael o el petróleo.

[Martes, 15 de Agosto] 

Martes, 23 de Agosto

 


Tienda oficial

lunes, 22 de agosto de 2022

Ahuesarse para ti

 

 Murf, verano en Brighton

Get The Water

 

Mas, cae, cae el aguacero
al ataúd, de mi sendero,
donde me ahueso para ti...

 

Video

Mother / Brother

 

Y Dios creó al culé

 


BB

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Si Florentino Pérez es, en definición de Butragueño, un Ser Superior, Laporta no puede quedarse atrás, y para explicar el milagro que para él supone el plan de jubilación de Lewandowski dice que ha sido cosa de Dios.


    –Dios nos ha ayudado –es la confesión de Laporta.
    

Si en el Madrid el Ser Superior es Flóper, en el Barcelona lo más parecido a Dios que tienen sería Roures, el basilisco de la lucha de clases que prosperó con Zapatero del bracete de Guardiola y de cuya chistera lo mismo salen derechos de TV para las carreras de camellos en Catar que trampantojos para apalancar fichajes como el de Koundé, un central que no quiere ser carrilero y que comparte con Xavi la idea de “fúpbol” desarrollada por Einstein, fórmula que durante décadas no consiguió explicar en las televisoras el morenísimo Quique Guasch. Carrilero es oficio para gente que guste de correr a lo tonto, como Dustin Hoffman en las películas, y Koundé lo ha visto venir en el Barcelona, pero Rüdiger no lo ha visto venir en el Madrid, y ya veremos hasta dónde llega la parte baturra de Ancelotti, pues Rüdiger es mejor central que Alaba de aquí a Viena, y sólo hay que ver el 0-4 del Barcelona en el Bernabéu.
    

La cosa es que con la misma facilidad que en su día creó a la mujer de Vadim, que resultó ser BB, Dios vuelve a crear ahora al culé de Laporta, que antes de empatar (¡a cero!) con el Rayo en casa se permitió este lujo: “Esto no se ha acabado de verdad”.


    Es lo que tiene ser más que un club, muletilla del presidente Carreras, que también aportó el fenómeno Helenio Herrera, mítico “bocachancla” del fútbol que un día dijo en Granada “este partido lo ganamos sin bajarnos del autobús”, y todavía hay gente preguntándose por qué. A Vázquez Montalbán, que también estaba por la lucha de clases, como Roures, pero sin dinero, le gustó la muletilla "més que un club", la tomó, la pasó por el cedazo marxista de Marta Harnecker y la añadió a “Los conceptos elementales del materialismo histórico”. Hasta hoy.


    Año raro, el que arranca, con un Mundial entre medias dispuesto por la Santa Corrupción del NOM, que puede hacer polvo todas las competiciones.
    

El Barcelona divino comienza el año futbolero ayuno de títulos y de goles, pero con las excusas históricas del espacio-tiempo xaviano: la hierba creció en el descanso, lo que altera el espacio, y somos el único deporte sin tiempo efectivo, lo que altera el tiempo. Xavi pasa por alto que también “somos el único deporte sin dinero efectivo”. 

En los 90 Antonio Burgos, en homenaje a Jacinto Pellón, el Juan Tamariz de la Expo de Sevilla, creó el “pellón”, que era, según él, la nueva unidad monetaria (“equivalía a mil millones de pesetas de dinero público despilfarrados en obras absolutamente innecesarias”), y ya estamos popularmente camino de la “palanca”, que sería la misma unidad monetaria, pero en “leures” volanderos.

 Lewandowski, desde luego, no es Halaand, de quien ya hemos visto cosas en el City que nos ponen los dientes largos, hasta el punto de que Guardiola ha tenido que declarar en rueda de prensa que “no me acuesto con él”. El pipero acata el gatillazo de Halaand por mor de Benzemá como acató el gatillazo de Villa por mor de Raúl, pero la pedrada la llevamos todos por dentro.
    

El Madrid del Ser Superior lo comienza con un título europeo, la Supercopa, y un estadio nuevo, el Guggenheim de Camavinga, por ser el futbolista que mejor resume el nuevo “Zeitgeist” blanco. En la entrega de la Supercopa en Helsinki vimos la nueva exhibición de cursilería del uefo Ceferino, que ya había protagonizado otra en la entrega de la Champions en París. ¡Qué manera la suya de dar la mano! En tanto que personaje eminentemente cursi, Ceferino debe de creer que lo fino es ofrecer la mano levantando el codo como los perros levantan la pata para el meo. Eso aquí sólo lo hemos visto en los políticos, de Suárez a Pablemos, gentes grandilocuentemente cursis. Y este Ceferino que al dar la mano parece un robot de la cadena de montaje de la Renault ajustando la última tuerca de la Kangoo es el que disputa a Madrid y Barcelona la Superliga, esa idea que según Adriano Galliani podría ser la solución para los problemas económicos del fútbol, “pero sin los ingleses”, y pide un Brexit en dirección contraria para el fútbol.


    –El Ceo de una compañía futbolística es quien industrializa el juego. La industria del fútbol es igual que la industria americana del cine: un partido de fútbol dura noventa minutos, como una película, y se explota del mismo modo –dejó escrito Galliani en el libro de Ancelotti, de quien fue jefe durante ocho años.
    

Y a todo esto Bale resucitando en Salt Lake, la ciudad de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

 


GAVILÁN O PALOMA


    De la personalidad de Simeone tenemos ahora la visión de su esposa Carla en un flechazo: “Lo conocí en un restaurante. Yo fui al baño y él me siguió... Yo era muy forofa del Atleti. Entonces salgo y le digo: ‘¡Qué bien! ¡Qué buen trabajo haces!’ Y me dice: ‘Te estoy esperando a ti’. Y yo me quedo como espera: ‘Mira, soy argentina. No me hagas el cuento’.” No es lo de Dante con Beatriz, pero es lo de Pablo Abraira entre el gavilán o la paloma: “Algo me arrastró hacia ti como una ola. / Y fui y te dije: ‘Hola, ¿qué tal?’.”

[Lunes, 15 de Agosto] 

Lunes, 22 de Agosto

 


Bodegón a la madrileña

domingo, 21 de agosto de 2022

Get The Water

 


Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.


Video

Mother / Brother