jueves, 7 de septiembre de 2023
Waterloo
miércoles, 6 de septiembre de 2023
La nueva derecha y el capitalismo
David Román
El filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila escribió que el capitalismo es «la deformación monstruosa de la propiedad privada por la democracia liberal».
Esta provocativa declaración me vino a la cabeza hace unos años cuando leí que el gobernador republicano (derechista) de Kansas declaró que la inmigración masiva era imprescindible para que se expandiera la economía del estado durante las próximas décadas: es decir, que el gobernador dijo que la población actual de Kansas y sus derechos, su seguridad y sus propiedades, así como las de sus descendientes, son menos importantes que incrementar la producción de bienes y servicios bajo la métrica del Producto Interior Bruto.
Esta idea del gobernador me parece excelente. En ausencia de religión, está muy bien que la gente rece en el altar de incrementar la producción de bienes y servicios. A algo van a rezar, eso es obvio. Lo que no tengo muy claro es que la idea sea intrínsicamente conservadora o nacionalista: es decir, de derechas.
Hace unos días...
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¿Es, entonces, este defensor multimillonario del corporativismo de izquierdas alguien a quién no se puede criticar desde la derecha? ¿Y por qué no?
El problema de Zitelmann es que vive en los 1990, rodeado de libros de Ludwig Von Mises y Ayn Rand, creyendo que la gran empresa es una fuerza fundamentalmente conservadora y de orden, lo que en 2023 es una posición entrañablemente ignorante. Es como un veterano de las guerras napoleónicas que en el reinado de Isabel II sigue preocupado porque vuelva el «monstruo de Córcega».
Si siempre se han preguntado cómo es posible que los niños pijos de los colegios de pago acaben dirigiendo el PSOE, Podemos, Más Madrid y la CUP (el partido con más votantes entre la clase alta catalana), por qué la gran empresa se pasa el día promocionando el argumentario de la extrema izquierda, agitando para que todo derechista sea expulsado de las redes sociales, coordinando las expulsiones de modo que sean implementadas en el mismo día y el mensaje de rechazo quede claro y dejando en la calle a todo aquél que se oponga a causas progresistas, aquí está su respuesta: porque saben que la derecha está llena de gente con buenas intenciones, como Zitelmann, que no se entera.
Leer en La Gaceta de la Iberosfera
La duda
[Publicado en Febrero de 2018]
martes, 5 de septiembre de 2023
Alarma social
Rollo de la Justicia. Peñaranda de Duero
Francisco Javier Gómez Izquierdo
Alarma Social son dos palabritas que pueden sonar a palabrotas. Son argumento usado por los equipos de tratamiento de las cárceles y con ellas se deniegan permisos de segundo grado a presos condenados por la conocida violencia de género. Alarma Social ya no es argumentario para denegar un permiso a un tipo que ha asesinado pongamos por caso a media docena de personas o un delincuente que ha intentado un golpe de Estado. Alarma social es un signo de nefasta distinción penitenciaria. Una exclusividad que pareciera pesar más que la continua clasificación en primer grado de los internos refractarios a todo tipo de tratamiento. "Rompió el alejamiento, ni agua..." puede soltar una psicóloga que además puede ser la directora arrastrando la mayoría de los votos, temerosos del que dirán.
Servidor cree que Alarma social es el asesinato, la tortura física y psicológica, el terrorismo... lo que da miedo. Perdonen el atrevimiento, pero el beso de Don Rubiales en semejante entorno de euforia en el que tuvo lugar a mí no me alarmó nada. A mí me viene alarmando Don Rubiales desde el verano del 2002 y creo que ha cometido actos de mucha preocupación para los ciudadanos y sobre todo para los que deben velar por el prestigio y decencia del Estado.
Viene ésto a cuento por la indignación propia de la que aquí doy fe y por la que supongo alarma social entre la mayoría de los ciudadanos a la vista de las risas con un fugitivo de la Justicia de una vicepresidenta del Gobierno que si lo fuera de un país serio, sólo cabría que aprovechando que se encuentran sin querer, conminara al individuo a presentarse ante los tribunales y respondiera por sus delitos. Y cuando cumpla y cancele penas, ya veríamos... Pero no, a lo visto, la vicepresidenta que se rasga las vestiduras y pide castigo sin ley y sin jueces para Don Rubiales, ha ido a buscar al delincuente como si fuera el virrey del Perú para prorratearle unas votaciones conforme entienden ciertas personas la democracia.
Luego se extrañan de que la gente nos quitemos de votar.
Los huevos del tero
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
En España llevan siglo y medio mandando los mismos (elites, se hacen llamar), pero cada mandarinato tiene la precaución de condenar vehementemente al anterior para dar el pego. La República del monárquico don Niceto demoniza a la Restauración; la dictadura del republicano general Franco demoniza la República, y la Democracia-que-entre todos del franquista Suárez demoniza al franquismo. Este proceder digno de “La rama dorada” de Frazer hace de la España oficial un país sumamente ridículo cuya decadencia y final nos es dado contemplar.
El fundador de la ciencia constitucional vio en el poder “un exudado de la coexistencia humana”:
–Se instala sobre un individuo como una nube de niebla sobre una parte de la tierra (o ¿cómo el sol hace que se forme niebla sobre el agua?) o como una colonia de bacterias en una solución.
Para ilustrar la lucha por el pasaje (“el acceso a la cima del poder”), Schmitt recurre al “Don Carlos”, de Schiller, que demuestra aquí “su capacidad para captar la esencia del poder”. El argumento del drama es la pregunta “¿Quién tiene acceso directo al Rey, Felipe II, monarca absoluto?” Quien lo tenga participará de su poder. Al principio son sólo su confesor Domingo y su general el duque de Alba. Pero aparece un tercero, el marqués de Posa, y aquellos reconocen en seguida el peligro.
–Se alcanza el punto culminante de tensión dramática cuando el Rey ordena: “¡En adelante el caballero (el marqués de Posa) podrá ingresar sin ser anunciado!” El confesor le dice al general: “Nuestro tiempo ha pasado”.
Lo que pasó fue el tiempo de España, donde lo que queda de poder tiene las mismas lógicas, decía Trevijano, que las pandillas de colegio, con las mismas tácticas, como se ve en el castizo ajuste de cuentas entre Sánchez y su amigo Rubiales, a quien la Fifa de Infantino, que viene de un Mundial a la carta en Catar, ese ideal feminista, ha suspendido de empleo y sueldo por un beso, lo que hace que, comparada con la España de Sánchez, la Ginebra de Calvino nos parezca Woodstock, pues en Ginebra bastaba con callarse para evitar la hoguera, y aquí el beaterío que vigila quién va o no a misa exige confesión pública. Esta locura procede de América, y ya se supone que, si somos colonia useña, la hipocresía ultracalvinista (hallazgo de Yarvin) viene de serie.
¿Hipócritas, los españoles? Sobre la generación de 1915, la generación de Ortega que proclamó “la democracia, el pacifismo, la francofilia y el heretismo”, denunció Gecé en los 30 algo tremendo: que “lo característico de esa generación pacifista, intelectual y republicana fue la HIPOCRESÍA (así, con mayúsculas), la misma del tero: la de dar en un lado los gritos y en otro poner los huevos”, siendo el tero el pájaro nacional de Uruguay, como lo es de España la urraca.
“Homo homini homo”. El hombre Sánchez es un Sánchez para el hombre Rubiales, cuya dimisión equiparan los medios a la de Bismarck en marzo del 90.
[Martes, 29 de Agosto]
lunes, 4 de septiembre de 2023
El juicio de Ancelotti
El periodista Germán Hebrero San Martín desafía a un centinela soviético durante el rodaje de la película "Muro de la Vergüenza" (Efe)
Madrid, 12/08/1964
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Tres partidos de la Liga de Rubiales (yo no digo “de Tebas” porque te mandan a los abogados, y los del fútbol me suenan a Cuerpo Jurídico Militar de cuando hice la mili, siendo ministro Narciso Pies Planos Serra) y tres victorias de Bellingham, un muchacho tan humilde que, con el “9” vacante, lleva el “5”.
“El sustituto de Benzema es Bellingham”, había dicho Ancelotti, pero ¿quién podía tomarlo en serio? Con estos juicios, ni sus propios jugadores, como le pasó “en Celta de Vigo”.
–Mi abuelo nació en Celta de Vigo –decían los paraguayos del fútbol setentero que venían a España como “oriundos”, y lo decían en el “As” de Hebrero San Martín, el de La Chica, y de Sarmiento Birba, que presumía de “celtarra” (“No hay mejor equipo que el mío: viste los colores del cielo y lleva el nombre de una raza”), antes de dedicarse, aquella cabecera, a la propaganda bélica y el feminismo Paloma del Río (“no soy culé, soy antimadridista”).
En Vigo hubo un penalti y se apuntó a tirarlo Rodrygo, cuando Ancelotti había ordenado que lo tirara Modric, que había salido al campo con Kroos como Frascuelo a Las Ventas, a sumar las cotizaciones que les faltan para ameritar una buena pensión. Dos pensionistas por Aureliano y Camavinga es mucha concesión, sobre todo tras la caída en boxes de Vinicius, la tercera pieza de lo que Zapatones llamaba “pasillo de seguridad”: Courtois, Militao y Vinicius. O alguien da con el gafe o, a este ritmo de bajas, no llegamos a Navidad.
Sin Vinicius, el Madrid sólo es centrocampismo imponente, pero huero, una tuneladora de las de Gallardón… sin dientes. No sé, Rick, pero con eso uno no se haría ilusiones en Europa. Ancelotti sabrá por qué, pero el primer lanzapenaltis del equipo es Vinicius, que en Vigo ya no estaba cuando la “insubordinación” de Rodrygo. Para lanzar penaltis, o se tiene o no se tiene pinta, y ni Vinicius ni Rodrygo la tienen. Otra cosa es que luego los pintones te fallen, como le pasó a Mourinho en semifinales de Champios con el Bayern en el Bernabéu, cuando Ramos, Cristiano y Kaká echaron los suyos a la Plaza de Castilla. Rodrygo lo tiró con el Madrid en Vigo como lo había tirado con Brasil en Catar. Es como si golpeara el balón con el tendón de Aquiles encasquillado. Total, que se ganó por un golpe, no de tendón, sino de voluntad de Bellingham, Pichichi del equipo en la Liga de Rubiales.
–Cuando haces una visita, las muchachas te besan. Te besan al llegar. Te besan al marchar. Te besan cuando vuelves. Una vez se ha probado la dulzura y fragancia de esos besos, querrías pasar allí la vida entera.
Eso cuenta Erasmo, el humanista (nada que ver, pues, si hablamos de humanismo, con el acrónimo de European Region Action Scheme for the Mobility of University Students), sobre Inglaterra. Bellingham es inglés, pero cambió los besos de Inglaterra por la frigidez alemana y los goles de España, dicho con todas las cautelas, pues en Alemania´, el país de Schopemhauer, le ha venido a Rubiales la única compasión ante la hoguera, la de Karl-Heinz Rummenigge, que confiesa haber besado… “a hombres”:
–Cuando te proclamas campeón del mundo, pues te emocionas. Y lo que hizo allí Rubiales estuvo, con todo mi respeto, absolutamente okay. Recuerdo que cuando ganamos la Champions la última vez, llegué a besar a hombres.
De aquí el actual periodismo de investigación podría concluir que Bellingham se fue primero de Inglaterra para que no lo besaran las inglesas y luego de Alemania para que no lo besaran los hombres, viniendo a caer a España, donde celebra los goles con un cinturón de castidad que consiste en irse hacia la afición y levantar los brazos en señal de victoria, pero sin dejarse besar, como exige el maduro pueblo español desde los tiempos del cardenal burgalés Pedro Segura (España es un calvario d Pedros), que condenaba el baile como preludio del beso con silogismos del jesuita dieciochesco Pedro de Calatayud, otro Pedro, en cuyas “Doctrinas Prácticas”, a la pregunta “¿Qué os parece que es el baile?”, responde: “El baile es un círculo cuyo centro es Satanás”. Y Segura anticipa la ola moral que se nos viene encima: “Los bailes (preludio, no lo olvidemos, de los besos) son gavillas de los demonios, estragos de la inocencia, solemnidades del infierno, tinieblas de los varones, infamia de las doncellas, perdición de las mujeres, alegría de los demonios y tristeza de los ángeles”.
–Nosotros no caemos sobre nuestros cuellos y nos besamos cuando nos reunimos –refunfuñó famosamente Kipling, obviando las últimas palabras de Nelson al término de la batalla de Trafalgar en presencia de media docena de oficiales navales.
Sobre el ocaso de esa gloria, dirá Chesterton, está escrito para siempre en letras de fuego el gran sentimiento inglés: “Deme un beso, Hardy”, fueron las palabras de Nelson a Thomas Hardy, capitán de la nave donde se encontraban.
Nelson
EL DEDO EN EL OJO
A falta de nada mejor, la prensa encontró en Modric el medio de enguizgar en el Madrid: ¡cómo una leyenda va a ser suplente! Teoría que llevaría al club a incluir a sus leyendas, no en la Presidencia de Honor, sino en el equipo titular cada domingo. Se llama meter el dedo en el ojo. Luego está meter el ojo en el dedo, que es lo que ha hecho De Bruyne, ojo derecho de Pep (el izquierdo es Lillo), con Mbappé: “Mbappé tiene muy difícil ganar el Balón de Oro en el PSG; dicen que se va al Madrid, y en ese caso podría ganarlo y tal vez lo pondría primero”. Todo suma.
[Lunes, 28 de Agosto]
domingo, 3 de septiembre de 2023
En busca de la prevalencia de los idiotas (XV)
Martín-Miguel Rubio Esteban
La diferencia entre los dos usos del término rhêtor (recordemos: el rhêtor-idiôtês que de vez en cuando hablaba en la Asamblea y el rhêtor-rhêtor, que suele ser logógrafo y habla a menudo en la Asamblea) está muy bien ilustrada por Hipérides en su discurso En defensa de Euxenippos, que había sido elegido por el pueblo a mano alzada para dormir en el Anfiareo y luego contar en la siguiente ekklêsía lo que el dios le había revelado (Hipérides 3, 14). El Anfiareo era un antiguo recinto sagrado que se encontraba en las proximidades de la ciudad de Oropo, en un lugar llamado Psáfide, situado en la zona limítrofe de las regiones de la Beocia y el Ática. En él se rendía culto a Anfiarao (héroe griego que tragó la tierra) y la sacerdotisa del templo adivinaba el futuro a través de la interpretación de los sueños del durmiente que se acostaba en algún dormitorio de dicho recinto. Se conservan algunos restos arqueológicos del mismo en la misma carretera que sube de Atenas a Delfos. Parece ser que el propio héroe Anfiarao se aparecía en los sueños a los durmientes que iban en busca de un oráculo. Sorprende cómo los griegos utilizaban a los durmientes para el bienestar de la vida vígil. De ahí que Heraclito dijera «que también los durmientes (katheudontas) son operarios (ergatas) y colaboradores (synergoús) de las cosas que en el mundo (kósmôi) se producen». Quienes visiten, por ejemplo, las ruinas del templo de Asclepio en Epidauro se sorprenderán, sin duda, de cómo el diagnóstico y la terapia le venían al enfermo en sueños mientras dormía en uno de los muchos aposentos a un lado del gran templo al dios de la medicina. La salud pública y la salud física se buscaban también en los sueños. ¿Quién será mejor soñante para el bienestar público, Sánchez o Feijoo? Pero no nos desviemos del tema. Euxenippos realizó su tarea; pero cuando hubo informado de su sueño al pueblo en la ekklêsía, Polieucto sospechó de un fraude y procesó a Euxenippos mediante una eisangelía (acción pública por mala conducta política) ante el pueblo, con base en la sección tercera de la ley eisangéltica, justificando la acusación «si un rhêtor, sobornado, no da buenos consejos al pueblo ateniense». Euxenippos fue defendido por Hipérides, y uno de los argumentos básicos de la defensa es que Euxenippos no era un rhêtor sino un ciudadano particular (idiôtês), que muy de vez en cuando tomaba la palabra en la Ekklêsía, por lo que no era susceptible de ser perseguido por una eisangelía reservada a los rhêtores propiamente dichos, es decir, ciudadanos que regularmente tomaban una iniciativa política. La línea de defensa de Hipérides revela la oposición entre la terminología jurídica y el uso común. Dado que Euxenippos se había dirigido a la ekklêsía, debía haber sido considerado un rhêtor en el sentido legal. Pero dado que su informe al pueblo bien pudo haber sido su única actividad política, no era un rhêtor en el sentido político, sino un idiôtês. Los dos usos diferentes de rhêtor en Atenas ilustran un fenómeno común en las sociedades de todos los períodos: una brecha entre la constitución y su funcionamiento.
En realidad, los atenienses tenían sentimientos encontrados sobre los líderes políticos que dominaban la ekklêsía. Por un lado, temían que los oradores pudieran desviar al pueblo con su elocuencia y que ellos mismos pudieran ser desviados por los «regalos» ofrecidos por príncipes extranjeros o enemigos de la democracia. En consecuencia, las palabras rhêtor y politeuómenos (líder político) se usaban a veces en un sentido peyorativo del «político» que saca provecho de su actividad política (Demóstenes 3.29-30). Por otro lado, era necesario premiar y estimular la participación política ya que todas las iniciativas debían ser tomadas por ciudadanos que se ofrecieran como voluntarios. El ideal fue siempre el ciudadano común (el idiôtês) que sólo ocasionalmente se tomaba la libertad de actuar como ho boulómenos y dirigirse a la ekklêsía como rhêtor en el sentido legal. Pero todos los años el pueblo de la ekklêsía aprobaba decretos honoríficos y otorgaba coronas de oro a los líderes políticos «porque continuamente promueven propuestas y hacen lo mejor para el pueblo». Por eso eran honrados, porque eran rhêtores en el sentido político (Demóstenes, 18.94). De conformidad con su práctica común, Demóstenes se enorgullece de llamarse a sí mismo rhêtor o politeuómenos.
Las fuentes relacionadas con la Atenas del siglo V brindan información sobre los antecedentes geográficos y sociales de los líderes políticos: la mayoría pertenecía a demos o distritos urbanos y, a menudo, eran miembros de las familias aristocráticas que habían gobernado Atenas en el siglo VI antes de la introducción de la Dêmokratía, si bien términos como «aristócratas» pueden ser anacrónicos y conducir a malas interpretaciones. No obstante, las fuentes mucho más abundantes del siglo IV presentan una imagen muy diferente tanto del origen geográfico como social de los rhêtores atenienses. De todos los ciudadanos que, en el período 403-322, promovieron decretos del pueblo, 126 aún se conocen por su nombre, pero el apellido demótico está atestiguado por solo 95 proponentes. El apellido demótico era la tercera parte del nombre completo de un ateniense, indicando su dêmo o distrito. Las fuentes son muy pocas para decirnos algo sobre la distribución de rhêtores en demos individuales, pero suficientes para revelar la distribución en los tres distritos que componían el Ática: Asty (el centro urbano de Atenas) (21=22%), Paralia (la costa) (31=33%) y Mesogaios (el interior) (43=45 %). Normalmente se ha sostenido que las sesiones de la ekklêsía debieron ser dominadas por ciudadanos del Asty, id est, Atenas, El Pireo y sus alrededores. Las pruebas, sin embargo, muestran que no menos del 78% de los proponentes atestiguados pertenecían a demos costeros y del interior. Los Mesogaios están especialmente sobrerrepresentados en comparación con las cuotas del Consejo de Los Quinientos: Asty 26%, Paralia 39% y Mesogaios 35%. Pero desde varios de los grandes demos del interior había sólo tres o cuatro horas de caminata hasta el lugar de reunión en el Pnyx, mientras que la mayoría de los demos costeros estaban más alejados. Todo esto nos indica que los historiadores parecen haber subestimado la voluntad y la capacidad de los ciudadanos atenienses de caminar varias horas dos veces al día para asistir a una reunión política. Por otra parte, la considerable movilidad diaria no puede ser la única explicación de los numerosos proponentes procedentes de demos del interior o de la costa. En el siglo IV, la mayoría de los atenienses probablemente todavía vivían en el demo al que pertenecían. Pero al mismo tiempo hay indicios de un considerable movimiento de población del campo hacia la ciudad. Las lápidas encontradas en Atenas registran más ciudadanos pertenecientes a demos costeros e interiores que a demos urbanos, mientras que las lápidas en otras partes del Ática casi siempre conmemoran a ciudadanos enterrados en sus demos ancestrales. Así, el pequeño número de proponentes pertenecientes a demos urbanos se debe probablemente a dos causas concurrentes: desde las reformas de Clístenes en 507 muchos ciudadanos se habían trasladado a Atenas o al Pireo, y de los ciudadanos que vivían en sus demos ancestrales, especialmente los pertenecientes a la zona de Mesogaios, muchos estaban dispuestos a caminar largas distancias para asistir a una sesión de la ekklêsía. La autenticidad de aquella Democracia motivaba la participación de todos los habitantes del Ática.
Sin embargo, existe una tercera posibilidad que no se puede descartar. Varios ciudadanos atenienses poseían tanto una casa en la ciudad como una granja en su demo de origen, en el interior o en la costa. Conocemos cerca de veinte casos. En varios casos la casa de la ciudad parece ser la residencia principal. En 431, sin embargo, sólo una minoría de los atenienses que abandonaron el campo a causa de la guerra arquidámica tenían una casa en Atenas o parientes con los que podían quedarse (Tucídides 2.17.1). En la ciudad ideal de Platón descrita en Las Leyes los 5040 ciudadanos poseen una casa en el campo y otra cerca del centro de la ciudad (Platón, Las Leyes, 745E). La distancia entre el campo y la ciudad no es incompatible con la democracia sensu stricto. Al alternar entre casa y granja, estos ciudadanos podían participar tanto en la gestión de la polis, cuando permanecían en Atenas, como en la gestión de su demo, cuando residían en su granja. La doble residencia es un problema importante pero descuidado en la discusión sobre la distribución regional de los rhêtores atenienses. Los ciudadanos ricos en particular pueden haber poseído bienes inmuebles tanto en Atenas como en el campo, y esta observación lleva a la pregunta: ¿eran los líderes políticos que se dirigían ante la ekklêsía en la Atenas del siglo IV, en su mayoría ricos y de alcurnia, como en el siglo quinto? ¿O un siglo de gobierno democrático había implicado que una proporción mayor de ciudadanos pobres se dirigiera al pueblo y presentara sus propuestas? En la época de Demóstenes casi ningún líder político era de ascendencia noble. La excepción es Licurgo, que perteneció al genos de los Eteobútadas. Más importante aún es que el nacimiento distinguido ya no se considerara de ninguna importancia. El mejor ejemplo es el general Ifícrates. Probablemente descendía de los Eupraxérguidas, un genos aristocrático que, hay que reconocerlo, no había figurado de manera destacada en la historia de Atenas. Sin embargo, llama la atención que el propio Ifícrates en un discurso para su defensa diga abiertamente: «Mi historia familiar comienza conmigo». La noble cuna ya no era esencial para prosperar en política, y los derechos hereditarios de las familias aristocráticas sólo importaban en los nombramientos para ciertos sacerdocios.
La riqueza era cosa diferente. En la época de Demóstenes al menos una cuarta parte de los líderes políticos eran ricos...
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Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar
DOMINGO, 3 DE SEPTIEMBRE
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro:
-Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
Entonces dijo Jesús a sus discípulos:
-El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
Mateo 16, 21-27
sábado, 2 de septiembre de 2023
El giro hacia la Revolución Legal
Julien Freund
Jerónimo Molina
La imaginación del desastre y, como señala Carlo Gambescia, «l’immaginazione dell’evento propizio» son las dos caras de la misma medalla política. La cifra última de toda política realista –o pragmática, aunque esto tampoco sea decir mucho– es prever lo peor, para anticiparse a sus efectos y alejar el peligro, pero también «compensar la amargura de la contemplación de lo peor con la promesa de algo mejor». Ello constituye una de las lecciones del extraordinario volumen La esencia de lo político (1965), de Julien Freund, la última de las grandes ontologías de lo político y un tratado completo de metapolítica. Meditar su lectura es una baza para no vivir –como tantos, por desgracia– políticamente idiota.
En las páginas de ese libro se lee que «actuar en política es actuar en función de lo peor posible», aunque la «conversión del espíritu político a la conciencia de lo peor» esté al alcance de muy pocos. En eso consiste la tragedia de la inteligencia política. La lucidez, si llega, es un don del fracaso o de los muchos años. En el último pasaje de El arte de la guerra (ca. 1520) se lamenta Maquiavelo de su Destino, pues este «debería haberle negado el conocimiento [de las máximas políticas] o bien haberle dado los medios de ejecutarlas [antes de llegar a la vejez]». Tarde se alcanza la sabiduría política, cuando lo aprendido ya no puede aprovechar al bien común. Las «conversiones al realismo político» en la juventud son raras, aunque los grandes ingenios políticos están ya «hechos» en la treinta de su biografía.
La dimensión trágica y triste de la conciencia política tiene también mucho que ver con la evaluación de la relación de fuerzas (con respecto al enemigo) y, particularmente, con la ponderación de los riesgos y amenazas que el enemigo supone, tanto a corto y como a largo plazo. Pues, como apuntaré después, aquellos, los peligros cercanos, al cabo de la calle, resultan asequibles a cualquier ingenio, incluso al periodístico, pero estos otros, los peligros abstractos, sin un perfil claro cuando apenas apuntan en el horizonte, escapan a la inteligencia común. La cosa merece alguna reflexión, aplicada primero a la política exterior, después a la interior, objeto inmediato de estos fragmentos.
La guerra de Ucrania pudiera ser un hito de la lucha del mar contra la tierra, tal vez un choque de Oriente y Occidente, incluso la última boqueada del «imperialismo exsoviético». ¿Quién podría afirmarlo categóricamente? Cualquiera de esas interpretaciones o «visiones» me parecen aproximaciones tan útiles como imprecisas. Lo que sí creo más seguro es que, al menos en sus consecuencias atroces, en esa guerra se entrevera una revancha de lo político contra los bellos espíritus, contra el internacionalismo democrático, contra un humanitarismo y un pacifismo cuya agresividad se disimula. La ética de la convicción (Max Weber), despreciando los condicionamientos de toda acción política –particularmente la geografía y la demografía políticas–, y abrazada a un insensato y exclusivo realismo ad quem, confiada en la hipótesis de una pulsión democrática (y suicida) de Europa («Mourir pour Kiev?»), no ha tenido en cuenta, como recuerda Freund, que «si la victoria se presenta como un objetivo más costoso y más desastroso para la nación que un arreglo hecho de concesiones recíprocas, hay que negociar, a condición, evidentemente, de que el enemigo esté dispuesto…». Requisito que en este caso particular se cumplía probablemente. Es una tragedia para Europa y para Rusia, pero sobre todo para Ucrania, la falta de prudencia del presidente Volodimir Zelenski en la ponderación de los riesgos de su política, los cercanos y los remotos. El presidente ucraniano, pensando a corto plazo, se ha hecho responsable de las consecuencias de una guerra por la occidentalización de su país. Pero un hombre de Estado lungimirante, como dicen los italianos, debía haber contemplado el peor de los escenarios: el teatro de una guerra en el frontis sudoccidental del gran espacio ruso, una contienda insoportable para un país dependiente de la ayuda militar exterior.
Aceptemos que tenga razón y sea justa, desde el punto de vista del nacionalismo, la vindicación o la afirmación de la soberanía de Ucrania contra la amenaza del Behemoth ruso. Sin embargo, este juicio, el de la iusta causa belli, perturba extraordinariamente la aplicación de la inteligencia, pues los problemas políticos desbordan toda categoría jurídica y a fortiori toda categoría lógica: la política, referida siempre a un enemigo real o potencial, exterior o interior, consiste en la apreciación realista de la potencia política. De la propia y de la del enemigo designado. Y, después de eso, actuar en consecuencia.
Valdría también, para ejemplificar el aspecto criminal de la ingenuidad de toda una clase dirigente, la nefasta política de España con respecto a la amenaza de Marruecos, creciente en todos los frentes desde el casus belli del 11M. La cuestión de fondo es clara: una potencia demediada no puede designar a sus enemigos (Marruecos en el caso), sino que estos les son dados por sus «aliados» –Estados Unidos por lo que respecta a nuestros intereses nacionales–. En este sentido, el «enemigo» nacional dado sería Rusia. Como en 1941. Una resolución forzada y contraria a los intereses de España, que, por otro lado, nada tiene de estupefaciente, pues esto sucede cuando una nación deja de ser sujeto de la política internacional y se convierte en su objeto, aunque en estoy haya también sus grados. En el infausto atentado de 2004, en el que colusionan dos enemigos, el interior y el exterior, la dirigencia española en bloque opta por la secuencia sentimental del corto plazo –el dolor de las víctimas y sus familias y los homenajes póstumos–, dando la espalda a las consecuencias a largo plazo, la secuencia política y militar. No solo para que el pueblo siga viviendo narcotizado, sino mayormente porque España no puede designar a su enemigo ni, con mayor razón, romper las hostilidades contra él. Fin de la digresión pedagógica sobre política exterior.
El político mediocre, irresponsable, cobarde o, simplemente, lelo –¿cómo referirse a ciertos impostores de la acción política?–, se limita contumazmente al corto plazo; el hombre de Estado mira, en cambio, incluso en contra de sus propios intereses, al largo plazo. Aquél es un espíritu acomodaticio, este, en cambio, cultiva la virtud de la longanimidad, pues padecer va en su temperamento. El cortoplacismo, característico del parlamentarismo demoliberal, mayormente en su fase decadente o pluralista («pluralismo enfermo» en la terminología del ordoliberal Wilhelm Röpke, no de un fascista cualquiera ni de un doctrinario del antiparlamentarismo de los años 20), es seguidista de la opinión, aunque esta marche, extraviada, hacia su perdición. El político que las ve venir de lejos se hace pedagogo de la opinión, despreocupado de todo lo accesorio y orgullosamente consciente de que el fracaso es la lección política definitiva y postrera. También para él. Todas las gobernaciones terminan mal, incluso aquellas que, en manos de un “genio de la decadencia”, según Freund, enderezan a los pueblos y les dan una prórroga en la desbandada general. Con ellos se ceba, aunque suene a paradoja, la damnatio memoriae. Es el caso, en el siglo pasado, de Winston Churchill, Charles De Gaulle y unos cuantos más, según para quién, de menos feliz recordación.
Las elecciones del 23 de julio ponen de manifiesto, en la política interior de España, la dificultad del discernimiento político entre los males a corto y a largo plazo. La tesitura del jefe del Estado, cuyo juramento (artículo 61.1 CE78), sin grandeza, no ha diferido del de un modesto funcionario de Correos, pero es, al cabo, juramento de «guardar y hacer guardar la constitución», viene condicionada por una «decisión» cuya trascendencia es imposible ignorar.
Corresponde al rey «proponer el candidato a Presidente del Gobierno» (62.d CE78), acto refrendado por el presidente del Congreso de los diputados. Su resolución no debe ser ajena a las funciones de arbitraje y moderación (artículo 56.1 CE78), aplicadas las mismas sobre el «funcionamiento regular» de las instituciones. Lo cual supone, de hecho, la reserva a favor de la Corona de una libertad de acción no prevista constitucionalmente, ni necesitada de refrendo cuando el funcionamiento es «irregular». Esa «reserva» (un «león dormido», imagen del constitucionalismo inglés que solía utilizar Rodrigo Fernández-Carvajal) se ha manifestado ya, al menos coram populo, en dos ocasiones, en 1981 y en 2017.
En condiciones normales o de «regularidad constitucional», la propuesta del candidato a la investidura no presenta grandes problemas, pues a nadie inquieta que el partido más votado tenga la oportunidad de sostener a su candidato. Nunca hasta ahora había sido discutida o problematizada esa resolución «ritual» del jefe del Estado, seña de identidad de nuestra «monarquía parlamentaria», pues viene predeterminada por la correlación de fuerzas de la partidocracia surgida de unas elecciones generales.
No obstante, la famosa declinación de Mariano Rajoy a la invitación cursada por el rey en 2016, permitía entrever la mutación de la partidocracia y su repercusión sobre el modelo relativamente estable de nuestro parlamentarismo bipartidista o, más exactamente, de bipartido único. La distribución de escaños después del 23J es distinta con respecto a las tres últimas convocatorias electorales. Ha cambiado el «tercer partido», pero no por ello se alteran los datos esenciales del problema: un partido que gana claramente las elecciones pero que a priori no cuenta con apoyos suficientes para la investidura y otro partido que las pierde, también con claridad, pero que para ser investido contaría a priori con los votos de todos los partidos que, dentro del Congreso, se declaran enemigos de España y de su unidad.
La disyuntiva de la jefatura del Estado, ya resuelta provisionalmente y acaso en falso, ha sido de una simplicidad demoníaca: largo plazo frente a corto plazo. O bien se propone como candidato a la investidura al líder del partido sin apoyos suficientes en la cámara, o bien se invita a protagonizar la sesión de investidura al líder del partido que, gracias al voto del enemigo interior, puede alcanzar la mayoría de la cámara. Optar por esto último, por el corto plazo, habría sido la decisión fácil y, desde un punto de vista formal-constitucional, la «más respetable» para el consenso partidocrático. Al menos en la medida en que rebaja la tensión poselectoral y yugula la protesta, dialécticamente feroz, de los sectores singularmente parasitarios de la partidocracia –derechas e izquierdas separatistas catalana y vasca, marxistas-leninistas usufructuarios de terrorismo de ETA y terroristas tout court, partidos oportunistas de otras regiones españolas–. La decisión a largo plazo ha sido lo más difícil y «disruptivo», pues el riesgo contemplado es lejano y abstracto (la revolución legal). Pero nadie entiende hoy de revoluciones legales, aunque son muchos los aprendices de esta forma, a primera vista no violenta, del golpe de Estado. En cualquier caso, que el encargo de formar gobierno y ganar la votación de investidura haya recaído sobre el líder del Partido Popular ha sido como una prórroga o una tregua, políticamente irrelevante, por desgracia, en esta «situación política».
(...)
Agotada o deteriorada la autoridad de las instituciones (del rey abajo), minada la legitimidad de la constitución (otorgada por un poder constituyente constituido proscrito por las leyes de memoria y que proviene –¿de dónde si no?– de la última de las Leyes Fundamentales en sentido estricto, la Ley para la Reforma Política) y aniquilado el control de la constitucionalidad de las leyes (por un Tribunal Constitucional dependiente del poder ejecutivo), «una nueva configuración [constitucional] se [percibiría] como necesaria». La «manía constitutoria» (Gonzalo Fernández de la Mora) produce ese tipo de alucinaciones en el manso pueblo español, convencido por las elites de que sus males se arreglan con una constitución. Estarían entonces de acuerdo con la reforma integral de la constitución hasta «los más humildes intereses [actuales] a favor del status quo» (Carl Schmitt). También ellas, las exangües «fuerzas conservadoras», se despeñarían con entusiasmo en el salto mortal de un proceso constituyente. Y nada hace pensar que España tenga ese día la fortuna de Chile.
Leer en La Gaceta de la Iberosfera
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GUILLERMO LUCA DE TENA HIPOTECA HASTA EL
COCHE PARA INCORPORAR ABC A LA TRANSICIÓN
viernes, 1 de septiembre de 2023
Beso con lengua
El beso Picasso
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Llamamos “intelectualidá” al hilo musical de un Régimen, esta asfixia de dictadura política y moral para ranas temerosas del combate, en su charca, de dos toros por la vacada.
Qué docilidad esclavista la del rebaño y qué espectáculo el de la “intelectualidá” que, a toque de corneta, justifica la confusión de lenguas (la “riqueza del país” ya no es el PIB, sino el número de fablas en el Congreso) para denunciar el beso de un gentleman socialistón, Rubiales, a una futbolista, Jenni, o para chalanear una amnistía para los catalanes intrépidos. Al fondo de tanta justificación doctrinaria, “el Derecho como facultad de las cosas inútiles”, como corresponde a una dictadura sostenida por las dos hipocresías reinantes, la económica, de tradición francesa, y la sexual, de tradición anglosajona.
Con estos intelectuales cabe el chiste de abogados con que Reagan saludó a su secretario de Justicia, Meese: “¿Sabes por qué en los laboratorios se emplean abogados en vez de ratones? Porque hay tantos como ratones; porque es imposible encariñarse con ellos y porque hay cosas que los ratones se niegan a hacer.” Los veremos negociar (¡con Pons y Feijoo!) el exilio de Puigdemont en Waterloo como si fuera el de César en las Galias, el de Napoleón en Egipto, el de Garibaldi en Suramérica, el de Lenin en los Urales o el de Calvino en Suiza, que son los que cita Zweig para sostener su tesis de que, gracias al exilio, todos los héroes populares de la Historia han logrado un poder aún mayor sobre los sentimientos.
–Si, cual Calvino soy, fuera Lutero, / contra el fuego no hay cosa que me valga; / ni vejiga o melón que tanto salga / el mes de agosto al resistero –lo resumiría Quevedo.
“El frío saludo de Sánchez a Rubiales”, titularon los medios (“la heladora mirada de Franco”, que dirían en la escuela de Viñas), y bajo la imagen de dos Tonis mastuerzos (Manero y Montana) uno leía “el frío saludo de Calvino a Servet”, sobre el cual, pajita a pajita, los columnistas de celo piadoso (“saint zèle”), que azorarían con sus dengues morales al cardenal Segura, iban levantando su hoguera, la hoguera que tiene, qué sé yo, que sólo lo tiene la hoguera.
–España ha sido más de mordisco que de beso –escribe Gecé en el 35–. El beso es el mordisco culturalizado, que sólo conviene a los pueblos cocineros, como Francia. El beso y la buena mesa pertenecen a una tecnifagia de otro orden que a la dramática y trascendente a que España está adscrita.
El beaterío progre viene del colegio de las monjas, donde siempre se castigó más la grosería que el crimen: el “bullying” era “cosas de críos”, pero al crío que soltaba una palabrota se le caía el pelo. Nuestros escolares no recuerdan el beso a Cristo de Judas ni nuestros periodistas el beso de Andreotti al Padrino, pero todos pueden condenar el beso de Rubiales a Jenni en “las diecisiete lenguas autonómicas”. Como dijo Chomsky (95 años):
–La lengua… ¿qué es? ¿Qué es?
[Viernes, 25 de Agosto]
ABC del Periodismo. Camilo José Cela, el último clásico
ABC AL PASO
El último clásico
CAMILO JOSÉ CELA, O LO QUE REVIENTAN LOS
ESCRITORES QUE ESCRIBEN DEMASIADO BIEN
Última gran portada cultural de ABC
[Verano de 2020]






























