Jefferson
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Cuando un pobre come raón
ibicenco (antes, merluza cantábrica), uno de los dos está malo. Y lo
mismo pasa cuando un comunista cita a un “Founding Father”: lo ha hecho Monereo, citando a Jefferson en el Parlamento, para pasmo intelectual de Pablemos y sus analfabetos.
–¡Una Constitución debería durar lo que dura una generación!
Los comunistas, que fueron los
primeros en traicionar sus propios cuentos, llevan cuarenta años de
cucañistas del Estado monárquico, y en su tiempo libre juegan a la
revolución, como quien juega al tresillo, en el Congreso.
Jefferson es un demagogo encabronado por la envidia al verdadero arquitecto de la nación americana, Hamilton, cerebro político, militar y económico de G. Washington. A Hamilton lo acusa de monárquico que quiere ser rey de América. Y a Washington (“carecía de ideas y de fluidez verbal”), de Rajoy
chocho. Pero la demagogia sirve a Jefferson (terrateniente y
esclavista) para ganar en la posteridad la batalla de la imagen a
Hamilton (expósito y antiesclavista), quien, huyendo del parlamentarismo
inglés y de la democracia asamblearia, crea con la Constitución del 87
la “democracia representativa”: las reglas de juego de la libertad
política conquistada con el rifle (¡qué cosas, Lassalle!) por
cada vecino (¡Segunda Enmienda!). Felizmente, Jefferson, en París, no
participa en la Constitución, de la cual nunca ha entendido nada, y ¡en
1810!, en carta a un abogado virginiano, expresa la majadería que
fascina a Monereo: la injusticia generacional que supone “gobernar desde
la tumba”, y que lo ideal sería una Constitución cada 19 años.
Incapaz de concebir la
democracia representativa cuya constitución se reduce a las reglas de
juego (¡siete artículos!), Jefferson está, como buen demagogo, en la
democracia ideológica que produce constituciones ideológicas: cartas
socialdemócratas a los reyes magos más los dos huevos duros de Groucho que acostumbran pedir los chicos de Monereo. Lo que hoy tenemos en Europa.
[Octubre, 2017]

