viernes, 3 de julio de 2026

Neumáticos


Galbraith


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Los túneles de la risa, así llamados porque una risa tonta es la respuesta oficial a la pregunta de quién los va a pagar, han reducido en diez minutos los viajes al centro de la capital. ¡Diez minutos! Eso es bastante más de lo que los ingenieros de Briattore le están ganando al R-28 de Alonso, y tampoco se crean ustedes que los ingenieros de Briattore salen más baratos que los ingenieros de Mi Maleni, esa extravagancia del zapaterismo que viene dando a Madrid trato de “provincia traidora”, con lo que eso supone en tiempos de crisis. Contra la crisis, precisamente, el zapaterismo ha desplegado la vis cómica, como de túnel de la risa, del ministro Sebastián, dispuesto a reducir un diez por ciento el consumo de gasolina por el simple procedimiento de quitarse la corbata. Pero, ante la crisis, no nos esconderemos tras de las matas: ponemos a disposición de Gallardón el plan que Galbraith, hombre de progreso, a las órdenes de Roosevelt, hombre de más progreso todavía, puso en marcha en los Estados Unidos para reducir el consumo de neumáticos. Los japoneses habían bombardeado Pearl Harbour y se disponían a saquear las plantaciones de caucho de Malasia e Indonesia. En América necesitaban del caucho incluso para los condones de la tropa. Galbraith racionó los neumáticos, reservándolos para personal sanitario, transporte público y otras necesidades insoslayables. Al ir a entrar en vigor el edicto, Galbraith recibió una llamada personal de Roosevelt, que preguntaba, y esto no le entrará en la cabeza al laicazo de Zapatero, qué idiota de nacimiento había supuesto que los ministros del Señor no eran una necesidad esencial. ¿Acaso no había oído hablar de los baptistas del Sur y de su impacto político? En un par de días los ministros del Señor pasaron a ser de importancia esencial. Como medida complementaria, Galbraith impuso una velocidad máxima de treinta y cinco millas por hora en las carreteras del país para reducir el desgaste de los neumáticos. Todo el mundo estuvo de acuerdo, menos el gobernador de Tejas, que argumentó: “Doctor, aquí, en el Estado de Tejas, cuando se conduce a treinta y cinco millas por hora... ¡no se llega nunca!”