lunes, 12 de diciembre de 2016

Hasta el último cura




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Con el Madrid la procesión no acaba hasta que pasa el último cura, que se llama Sergio Ramos y es… “cortihero”.

Con menos milagros se han fundado algunas religiones –escribió Hughes el sábado.
Este Madrid todavía no es una religión; es una secta, es decir, una religión sin poder político, que eso aún lo tiene el Barcelona, que viene a ser como la Fundación Clinton: progre, millonario y con los árbitros a favor.

El Madrid es ahora la secta de Sergio Ramos, el último cura en pasar en las procesiones, y de Zinedine Zidane, el de la flor de Monod. Dos caprichos de Flóper, contra todo el sentido común del fútbol. Un Madrid, pues, florentino de la A a la Z, si no nos olvidamos del capricho de Bale.
Con Muñoz en el banquillo no habría milagros de Ramos: Muñoz multaba a De Felipe cada vez que cruzaba la línea divisoria del campo, cosa que hacían todos los entrenadores carpetovetónicos. Luego vino Cruyff a entrenar, y desató el factor Alexanco, alias Talín, que consistía en enviar a Alexanco al área rival a rematar lo que cayera en la agonía de los partidos, pero Alexanco era un poste de telégrafos y nunca remató nada. La idea, sin embargo, ahí estaba.
Zidane es de otra época, y no la nuestra, precisamente. Pertenece a la edad pre-lógica de la especie, y se sabe con suerte (baraka): “Tengo suerte. Ya lo pensaba cuando jugaba”.

––Hay que seguir afirmando que Santiago bajó a la batalla de Clavijo sobre un caballo blanco, y no hay que transigir ni con que fuera tordo el caballo –gritaba Maeztu a sus seguidores.
El caballo blanco (¡y no transigiremos ni con que sea tordo!) de Zidane es Ramos, esta vez ante el Deportivo de la Coruña, el equipo de Adolfo Suárez, ídolo de Bill Gates, que no sabe, el hombre, quién fue. La jugada supo igual de bien que contra el Barcelona porque, después del Centenariazo, todo lo que se le haga al Deportivo siempre parecerá poco en Madrid, y esos remates postreros de Ramos llevan, intrínseca, la peineta, pues dejan ganas de bailar con los kikos del Bernabéu el eres el Rey del Glam, / nunca podrás cambiar / ajeno a otras modas / que vienen y van / porque tú, tú, / eres el Rey del Glam…

Zidanes y Pavones –dijo una vez Flóper, con la misma fe que Erkoreka recomienda “I+D” para todos los contratiempos.

De los Zidanes ya lo tenemos visto todo. Faltaban los Pavones, y nos salen Morata, tan Morata, y Mariano, que es, ay, Jesús, todo el antimarianismo (franqueza, entusiasmo, pelea, genio, valor) de España, la china en el zapatón del consenso, un chinche en el área, que el sábado empató con el hombro (¡la hombrada de Mariano!) el partido que el líder tenía perdido, prueba de que uno puede llamarse Mariano y, sin embargo, dar la cara en los momentos más comprometidos, para desespero de Doña Croqueta, tan mayor, que recibió el gol mariano con un suspiro de orgasmo frustrado.
¿Para cuándo un retrato del hombro desnudo de Mariano (¡más baraka zidanesca!), alta la ceja, como la de las mujeres fatales cuando se les besa (en el hombro desnudo)?

Un hombro desnudo de Mariano y un Séptimo de Caballería con el careto de Sergio Ramos.

Ahora que el periodismo deportivo daba por apagado el conflicto entre “tiempo reglamentario” y “tiempo reglamentado”, un defensa central de Camas, Sevilla, pone sobre la mesa el verdadero problema de la filosofía futbolística: cómo nombrar los goles de Ramos en el descuento (sin nombrarlos es imposible combatirlos).



EL SÍ DE MORATA

Morata es como el Morales que siempre ha tenido el Madrid: moralesco en el fútbol y moratinesco (de cuando las niñas decían “sí”) en el amor. Primero pidió matrimonio a su novia en un teatro con mago (el Mago Pop) y luego metió un gol de puntapié al Deportivo en el Bernabéu. ¿Hay algo más merengón que meter goles y pedir manos? A Morata lo subió el mago al escenario, se arrodilló para pedir el “sí” de su novia y bajó, como quien dice, casado. Conviene no dejarse arrastrar a un escenario. Una vez me invitó Pepe Carrol, pero la magia (una silla que descargaba corrientazos) no le funcionó y me cambió por otro “voluntario”. Otro día, en el Palacio de los Deportes, vi a David Copperfield, novio de Claudia Schiffer, salir volando con Polanco bajo el brazo, que no volvió (a ser el mismo).