jueves, 18 de junio de 2026

Muertes falsas


Ruano


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


La muerte falsa es un género tan antiguo como el periodismo. Este mismo martes, un periódico dio en rigurosa primicia la muerte falsa de Berlanga, “Muere el cronista del siglo XX”, que no es un gran título, para llevarlo pensado durante tanto tiempo. No es preciso ni literario, y en periodismo, según Ortega, o se hace periodismo o se hace literatura o se calla uno. Un caballero de nombre berlanguiano, por cierto, hubo de salir al escenario a decir: “Sentimos el error con Berlanga. Como con otras personalidades, preparábamos artículos y un fallo en nuestro sistema ha dado visibilidad a uno.” ¿Cómo que lo “sentimos”? Desde luego, ése no es lenguaje ni del Tenorio. Víctimas de muerte falsa fueron Benavente, Sazatornil y hasta Ruano, el grande funebrista, que había vivido instalado en la pereza de los cafés de Chiado, el barrio que más le gustaba de la ciudad más cordial de Europa. Creía haber dejado un buen recuerdo en Portugal, y, recién llegado a España, una mano negra puso un telegrama circular a la Prensa de Lisboa con un escueto texto: “González-Ruano murió accidente automóvil.” Y el “muerto” recibió dos telegramas: uno del corresponsal de ABC a su “viuda”; y el otro, de la Asociación de la Prensa de Lisboa al “Heraldo de Madrid”, donde Ruano trabajaba. Los periódicos lisboetas publicaron muchas fotografías suyas. Los plumillas escribieron artículos funerales y elogiosos. “Otro, no quiero decir su nombre, publicaba una verdadera novela sobre amores fantásticos que yo le había revelado, y que eran, según él, la causa no de mi accidente, sino de mi suicidio...” Total, que en esto consiste la celebridad: cumples una edad y empiezas a oír los cascabeles de las mulillas que sólo aguardan que hinques la picacha para proceder al arrastre: son los necrologistas. No digo que no sean gente recta, pero, cuando se equivocan, hay que alegrarse.