Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Bajan los pisos y no sé si baja el pan; sólo la sicalipsis sube más y más. Eso se decía en los tiempos del cuplé, tan críticos como los de ahora. Sólo hay que ver las colas en los comedores de las monjas. Uno ha buscado en “La casa de Lúculo” consuelo para tanta aflicción gastronómica. Probablemente, se dice ahí, la gastronomía es un arte de clases medias y, mejor aún, de esas clases alternas que pasan meses de privación y semanas o días de opulencia, porque el diletante en cocina no es como el diletante en música (Gallardón, por ejemplo), que puede pasarse toda la vida en contacto exclusivo con obras maestras y que no necesita nunca ponerse a régimen. Las obras maestras culinarias hay que ir espaciándolas cada vez más, y ¿cómo podría espaciarlas el verdadero aficionado, si la necesidad no le obligase a ello? Una vez aquí, el problema del dinero se complica con el problema de la edad. Camba, que se pasó muchas sobremesas estudiando el asunto, sostenía que la verdadera edad para comer es la que media entre los quince y los treinta años, y desde los cuarenta para arriba hay que dar marcha atrás. “Lo corriente, sin embargo, es que uno pase la adolescencia y la juventud en alguna ciudad universitaria, sometido al régimen patronil, y que empiece a comer, precisamente, cuando debiera empezar a ayunar. La edad de la comida no coincide casi nunca en el hombre con la edad del dinero, y todo cuesta dinero: el carbono, el nitrógeno y hasta el oxígeno, cada vez más raro.” No es broma. Cataluña dio un sabio, don Pompeyo Gener, que era una especie de Laporta con sombrero hongo y que descubrió que los madrileños son gilipollas porque en la meseta no puede haber helio ni tampoco argón. ¡Lo que se le escape a un catalán! A uno, en cambio, se le escapa incluso ese presunto menú anticrisis que habrían elaborado algunos restaurantes de la capital para salir del apuro. No conozco uno solo donde no te estén aguardando para arrearte un sartenazo.

