Pee-wee (Paul Reubens)
Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Nos arrastran de la oreja a una guerra de gánsteres en disputa de las esquinas del globo, ese enorme pranato, para sus negocios, y este destino manifiesto (y mortuorio) sólo se demoraría si en el mundo apareciera un “kie”.
“Kie”, al decir de un amigo taleguero estudioso del asunto, es lo que quedó de la leyenda de un preso alemán de nombre Kyes que en los 60 puso fin a un violento motín en la cárcel de Carabanchel sólo con gritar desde su celda que con el jaleo no lo dejaban echar la siesta. Ahora que nuestra única “ilusión” al levantarnos es ver un hongo nuclear como si fuera el eclipse total de sol del 12 de agosto, Santa Hilaria, pensé que ese “kie” podría ser la China, que en la geografía de las ideas tiene todas las papeletas para serlo, en línea con lo anunciado, en 1930, por el conde Keyserling: el advenimiento de un Nuevo Mundo que había de unir a la China y América. Al contrario que los politólogos de ahora, Keyserling no era ningún muerto de hambre: Ruano cuenta que, ante el escaparate de “La Favorita”, en la calle de la Montera, el conde le preguntó una noche: “¿Le gustan a usted los pájaros grandes?” (Los “pájaros grandes” eran pollos que vendían asados, y Keyserling se comió tres de pie junto al mostrador, con los dedos, y luego se fueron a cenar.)
Ante el manicomio de Pete, el Pee-wee (Paul Reubens) del Pentágono, en el Golfo Pérsico, tenía uno la esperanza de que los chinos subieran a la Gran Muralla a gritar que no los dejan dormir la siesta, sólo que los chinos no duermen la siesta, sino que ese rato lo dedican a hacer autocrítica. En “La vuelta de los Budas” decía Fueyo que la autocrítica fue una de las técnicas predilectas de la administración mandarinista. Cada cinco años, todo mandarín redactaba una confesión de sus faltas. Toda autoridad tenía a su lado un observador silencioso, llamado “Ko-lao”, cuya función única era revisar las actas. “Nada recuerda más a los comisarios políticos que la institución tradicional china de los ‘Ko-lao’.”
–Toda revolución verdadera es un renacimiento –anota Fueyo–. Para Mao, la revolución había de ser china. De esta manera abrió la nueva dialéctica histórica de Occidente, su vuelta a sí mismo, su revolución y su renacimiento. Es lo que yo llamo la astucia de la Historia.
Para cargarse el comunismo chino, el “astuto” Clinton lo metió en la OMC, con la idea de que emergiera una clase media china que, como ocurre con todas las clases medias, devoraría la idea. El resultado fue que en el libre comercio el partido comunista se ha comido en eficacia a los partidos capitalistas, obligados a mitad de partido a cambiar las reglas del libre comercio liberalio. Nada que no anticipara Spike Lee (“Do the Right Thing”, 1989) en el Bedford Stuyvesant de Brooklyn.
[Martes, 14 de Abril]

