domingo, 26 de septiembre de 2021

Filósofos en tiempos de escasez



Bertrand Russell

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc, 10 de Julio de 2002

 

Dicen que el Centro Nacional de Inteligencia se propone sustituir a los espías militares con espías diplomáticos, lo cual puede trastocar nuestras tradicionales ideas de centro, de nación y de inteligencia.

En la sociedad de la imagen, los militares, por su uniforme, son los menos indicados para hacer de espías. Si a un corrillo de conspiradores políticos se acerca un caballero uniformado, lo lógico es que en el corrillo se cambie de conversación. Y no hablamos de militarismo: se puede ser militarista sin ser militar y militar sin ser militarista, aunque un militar que quiera hacer carrera política deberá granjearse una reputación de pacifista.

Bertrand Russell contó cómo en Gran Bretaña, durante la primera guerra mundial, los únicos pacifistas eran los trabajadores de las fábricas de munición. De sus charlas con ellos, los espías -militares, por supuesto- elaboraron unos informes tan inexactos que el ministerio de Guerra prohibió que el autor de los «Principia Mathematica» llegara a cualquier lugar de la costa británica por temor a que pudiese hacer señales a los submarinos alemanes: «Si no hubiese sido por estos diversos cumplidos que recibía del gobierno, habría abandonado la lucha pacifista, ya que estaba convencido de que era totalmente inútil.»

En septiembre de 1916, Russell fue llamado por el general Cockerill, que tenía un informe de sus discursos. Lo acusó de construir frases calculadas para enfriar el ardor de los municioneros, y le ofreció un trato: Russell abandonaría la propaganda política y Cockerill anularía la orden que le impedía acercarse a la costa. El matemático contestó que, a conciencia, no podía comprometerse a tal cosa. El general repuso: «Probablemente usted y yo tengamos una idea diferente de lo que es la conciencia. Yo la considero una voz suave y tranquila, pero cuando se vuelve audible y estridente, sospecho que ya no se trata más de la conciencia.» El matemático no se rindió: «Usted no aplica el mismo principio a quienes están a favor de la guerra; no los considera hombres conscientes cuando se callan sus ideas y simples propagandistas cuando las expresan en la prensa. Esta diferencia no es muy justa.» El general, tampoco: «Sí, es verdad. Pero usted ya ha expresado su opinión; ¿no puede darse por satisfecho y volver a sus otras ocupaciones, en las que ha conseguido sobresalir tanto? ¿No cree que reiterar constantemente lo mismo denota una cierta falta de sentido del humor?»

En la primavera de 1918, un cerrajero alemán de nombre Drexler fundó un grupo, «Comité Independiente de Obreros a favor de una paz honesta», que tenía por objetivo conservar alguna de las conquistas. La inteligencia alemana se escamó, y el capitán Roehm hizo llamar a un cabo: «Averigüe en qué consiste esa organización de apariencia política de la que se comienza a hablar en Munich.» Al cabo, el cabo hizo un informe: «Son gente pobre, mi capitán; obrera, pero antimarxista.» Y el capitán ordenó: «Métase en él y trate de ganar influencia sobre su gente.» El cabo se llamaba Adolfo Hitler, que entró en el Partido Obrero Alemán -nombre que adoptó el grupo una vez perdida la guerra- como espía y por orden de un superior.

Aparte los generales ingleses, que son una isla, convendremos, pues, en que no es lo mismo ser espiado por un cabo de infantería que por un embajador ante la ONU, por un Adolfo Hitler que por un Chencho Arias. Nuestro siglo apunta al modelo Arias, es decir, a los diplomáticos, considerados por Peter Sloterdijk como «filósofos en tiempos de escasez».

Cuando nada concuerda y nada cuadra, dice Sloterdijk, llega la hora de los diplomáticos, cuyo oficio, como el de los curas, consiste en hacer algo en las situaciones en que ya no hay nada que hacer.

 


Peter Sloterdijk