lunes, 1 de junio de 2020

La identidad se arma. Entrevista con Mark Bray sobre los Antifa



Hughes
Abc

Mark Bray es autor de “Antifa: The Anti-Fascist Handbook”, libro de reciente publicación cuyo lanzamiento ha coincidido con los sucesos de Charlottesville, en pleno debate sobre la violencia en Estados Unidos.

Bray, que ya escribió sobre el Occupy Wall Street, traza la primera historia del movimiento. Lo vincula a los grupos que se opusieron físicamente al fascismo en los años 30. Sus antecedentes serían los Arditi italianos o los Antifaschistiche Aktion, paramilitares comunistas alemanes antes de la llegada de los nazis al poder. Se emparentan directamente con la primera reacción a Hitler y Mussolini. El símbolo que suelen utilizar, un círculo con tres flechas dentro, es el conocido como “círculo antifascista” y proviene de la Alemania de esos años. Estaba pensado para ser pintado fácilmente sobre esvásticas.

Hay un guiño al republicanismo izquierdista español de los años 30 –la Guerra Civil ocupa un lugar importante en la imaginación política del norteamericano–. La estética responde también al Black Bloc, estrategia de manifestación que se inició en Alemania y que trata de crear una masa anónima de manifestantes indistinguibles y solidarios. Los enfrentamientos con nazis en la esfera europea del punk de los años 70 y primeros 80 son otra reconocible influencia del movimiento.

“En Estados Unidos son grupos autónomos, horizontales, sin relaciones de jerarquía –explica Bray–. Tiene origen inmediato en grupos antirracistas de las décadas anteriores y en Torch –una red de militantes antifascistas con docenas de grupos que se constituyó en 2013 y que afirma expresamente su defensa de la acción directa– . El antifa es un “lefty”, un izquierdista de todo tipo: hay comunistas, socialistas… Son mayoritariamente jóvenes, pero también hay veteranos de los 80 y 90 y gente variada de la que mucho no podemos llegar a saber porque ocultan su identidad. Muchos tienen su trabajo al margen de estas ocupaciones, incluso de tipo político”.

Bray niega toda vinculación con los Demócratas o con financiadores. “No mantienen relación oficial conocida con el Partido Demócrata. La mayoría de los antifas son revolucionarios y antiautoritarios. Algunos votaron por Hillary en las últimas elecciones, sí, pero por odio a Trump”. Bray insiste en lo privado de sus movimientos. “No hay relaciones específicas con los Antifa europeos. Ha habido viajes de antifas a título privado. Viajes privados, individuales, pero no una relación colectiva conocida”.

El movimiento contempla la violencia como posibilidad. De la lectura de Bray se extrae la idea de una violencia reactiva, preventiva y proporcional que se legitimaría en las experiencias del siglo pasado. Con todos esos matices, la violencia no se niega.

“No es la primera opción deseada, pero está en la discusión. El argumento antifa es que el fascismo es intrínsecamente violento, y si no se controla, esa violencia puede entrar en espiral por sí misma. Por lo tanto, la autodefensa es una respuesta legítima a tal amenaza”. Existen incluso grupos armados (no hay nada ilícito en ello, la posesión de armas es legal). “No son muchos, pero existen. Lo Redneck Revolt o Trigger Warning. La violencia y su posible escalada es un debate interno muy grande, a nivel privado. La mayoría no desean llevar armas, las rechazan, pero en ellos hay un sentimiento de solidaridad con los que las eligen. Las armas son muy minoritarias entre antifas”.

Bray habla de dos organizaciones concretas. Redneck Revolt funciona a nivel nacional y está integrada por activistas políticos armados del ámbito rural. Su interés es reafirmar el término y la identidad redneck para la izquierda. Su ideología es antirracista, pero también anticapitalista, y de un internacionalismo contrario al Estado Nación. En los “Trigger Warning Queer & Trans Club” instruyen a gays y transexuales para saber protegerse de posibles ataques. El primer club se formó en Nueva York. La autodefensa es el primer argumento, pero unos y otros no rehuyen el cara a cara. La autodefensa funciona como argumento de legitimación. Es una respuesta, se dice, pero no rehuyen el enfrentamiento. Estos grupos suponen la armamentización de la identidad.

El otro objeto de debate en la izquierda es la protección del “free speech”, la libertad de expresión. “En relación con la libertad de expresión, hay dos tipos de perspectivas. Por un lado, la de quienes consideran que los antifa no están contra ese derecho, que se trata de más bien de una cuestión del gobierno en la que no deben meterse. La Constitución trata de evitar que el gobierno detenga ciudadanos, no que unos ciudadanos interrumpan a otros. Otros entienden de forma más firme y argumentada que hay que negar la libertad de expresión a los fascistas porque ellos la eliminarían. Ellos perderían ese derecho en el mismo momento en que se lo niegan a los demás. En general, la libertad de expresión no es vista desde la perspectiva liberal. Se ve como una lucha política y no dentro del marco de ideas liberales”.
La violación del “free speech” es lo que ha servido para que, progresivamente, y en contra de las primeras reacciones, el mundo demócrata americano haya ido desmarcándose de los Antifa. Pudiera haber otra razón de fondo: el peligro de que la llamada Alt-Left se quede con el discurso y desplace al establishment liberal. El menú identitario ya socavó las aspiraciones de Clinton ante Trump. La violencia despierta un argumento distinto, instrumental, como el de Chomsky: iniciar una escalada de violencia sólo puede ayudar a la derecha, más experta y armada.

¿Y quién determina qué es fascista y racista y qué no? ¿Cómo se decide y por quién? ¿Quién traza la línea?

“Es uno de los grandes debates que tienen los miembros en privado. Señalar los límites. Pero el debate, cuando aparece, se desarrolla a un nivel abstracto, en teoría. Porque históricamente, en la práctica, la acción antifa se ha focalizado claramente en algunos grupos sobre los que no hay duda: Far-Right, Supremacistas Blancos, Neo Nazis… No hay “disrupción” de todos los eventos republicanos, sino de voces concretas. El debate, no obstante, ha cambiado y se ha ampliado por lo que sucede recientemente en los campus, por lo que sucedió en Berkeley con Milo Yiannopoulos, por ejemplo. Es una buena pregunta”.

(Foto: Pat Riddle)

[5 de Septiembre de 2017]