lunes, 1 de junio de 2020

El éxito



Ignacio Ruiz Quintano

El éxito es una cuestión de éxito. En la contienda por el éxito no hay más éxito que la victoria, o, al menos, no se tiene en cuenta ninguna victoria que consista íntegramente en convencer, es decir, una victoria sin vencido. En la guerra, como en el amor, los enemigos vienen con el éxito. Los espartanos, famosos por sus fantásticas pedanterías del pundonor, tomaban el éxito en la guerra como prueba del mérito, mentalidad que ha llevado a los europeos contemporáneos a distinguir con el título de Mr. PESC a un bendito que pasa por ser el vencedor de la segunda guerra virtual -la primera fue la del Golfo-, aunque sin otras consecuencias culturales que la vanidad y grandilocuencia ostentativa atribuidas por don Eugenio d’Ors a los españoles de éxito. ¿Qué decir del secretario general de Comunicaciones? Campeón de la publicidad políticamente correcta, ha desafiado a la opinión pública con un jeroglífico estremecedor: «¿Es que no estoy legitimado para solicitar a la TV que deje de emitir un anuncio que vincula la violencia con el éxito?»

Hombre, con arreglo a algún reglamento, quizás; con arreglo a lo cierto, genuino y verdadero, no, salvo que se nos demuestre que la ética ministerial es cierta, genuina y verdaderamente una rama del conocimiento, y no una mera enumeración de las preferencias personales de algún funcionario. Los funcionarios que en su día eliminaron del guion original de Plácido un plano general de la Gran Vía «porque, tratándose de Berlanga, puede sacar a un obispo saliendo de Pasapoga», ¿estaban legitimados para proceder como lo hicieron?

La primera víctima de la censura siempre es el humor, lo cual que en asuntos de moral pública la legitimación menos humorística que se me ocurre es la que ofreció Adam Smith en su «Teoría de los sentimientos morales», según la cual, para servir a la sociedad, somos guiados por una mano invisible. Técnicamente, cualquier éxito consiste en la consecución del propósito que interesa, pero la mano invisible de Fomento, que no ha reparado en el lema publicitario «Todo lo que te propongas» del anuncio de las Fuerzas Armadas Profesionales, suspendió el de una compañía telefónica que presentaba a dos niños en un combate de artes marciales porque, según la nota ministerial, magnificaba el mérito de quien ataca primero, «y se extrapola ese mérito a la actuación en el mercado».

No sé si una mano invisible que no sabe redactar notas está legitimada para guiarnos en lo que está bien y en lo que está mal, pero todos convendremos en que lo que hoy se entiende por lucha por la vida es lucha por el éxito, y se mide por los ingresos. Los telepredicadores lo llaman evangelio del triunfo económico, pero los fidelizadores prefieren decir «five-goal-system», o sistema de las cinco metas -éxito, prestigio, dinero, poder y seguridad-, esa gloria del cinismo que nos hace olvidarlo todo con tal de que convenga.

Un sabio que cultivó con enorme éxito el cinismo literario decía que lo que tememos al entrar en esta lucha no es que nos falte el desayuno al día siguiente, sino que no consigamos deslumbrar a los vecinos. O a los consumidores, en el caso de la publicidad, cuyo éxito consiste en resolverle al mercado el problema del asno de Buridán, que desfalleció de hambre al no decidirse por uno de los dos haces de heno iguales que tenía delante. Si no fuera por la publicidad, ¿cuántos consumidores se irían de este mundo sin comprar nada, al no decidirse por uno de los muchos productos iguales que tienen delante? El método de la publicidad es la exageración, que constituye una de las formas del humor, y esto, que está al alcance de la inteligencia infantil menos favorecida, queda, sin embargo, lejos de la mano invisible de Fomento, que con su fomento de la no violencia no deja a los creativos otro método que el de Gandhi, la «satyagraha», que en esencia es negarse a hacer cosas que las autoridades quieren que se haga.


Gandhi
 
La publicidad, cuyo éxito consiste en resolverle al mercado el problema del asno de Buridán, que desfalleció de hambre al no decidirse por uno de los dos haces de heno iguales que tenía delante. Si no fuera por la publicidad, ¿cuántos consumidores se irían de este mundo sin comprar nada, al no decidirse por uno de los muchos productos iguales que tienen delante?