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domingo, 9 de septiembre de 2018

Españoles y Franceses: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulo 18 de 26

 Mapa irónico de Europa hacia 1900


Jean Juan Palette-Cazajus

18. El incierto camino del duro Siglo XX

Madariaga tenía conciencia de la excesiva ambición de sus planteamientos y de la imposibilidad de una argumentación probatoria. El mismo justificaba su ambición por una parte en su excepcional conocimiento de los tres pueblos analizados y también en el papel de la intuición cuando es capaz de interpretar la profusión del material proporcionado por la experiencia. Pero con motivo de cada reedición de la obra hubo siempre un prólogo o un apéndice en que seguía defendiendo la legitimidad de su método y la existencia innegable de los caracteres nacionales. Fiel a su método inductivo, consideraba que la abundancia de los ejemplos, de las diferencias significativas, del material empírico recogido sistemáticamente por la observación, permitía legitimar su tesis comparatista y el valor de las generalizaciones inducidas. Tanto más cuanto que no lo movía nada parecido a un nacionalismo cerril. Prohombre de la Sociedad de Naciones, decía que «racionalizar es europeizar». En la edición que manejo, posiblemente la última publicada en vida suya, la de Editorial Sudamericana en 1969, Don Salvador escribe un apéndice vehemente y agudo en que vuelve a proclamar la persistencia de los caracteres nacionales. En él insiste: «Los caracteres de los diversos pueblos europeos han ido variando todos de 1500 acá, pero cada uno en su ecuación, es decir según la ley más honda de su carácter».

 Miguel Primo de Rivera y el "Directorio Civil"
Diciembre 1925

El libro de Madariaga impresiona y a la vez deja abiertas muchas interrogantes. La primera y más básica: Si el trío «acción, pensamiento, pasión» conforma las categorías fundamentales del comportamiento humano, resulta atrevido por no decir arbitrario, repartirlas de forma emblemática entre tres países concretos. ¿Acaso son ajenos a ellas, los alemanes, los italianos, los chinos, los indios o los tukanos del Amazonas? En realidad, en este tipo de trabajos comparativos, nos damos cuenta de que, fatalmente, las consideraciones dependerán del número de países considerados, que condicionará la estructura del modo de interpretación. Este puede ser dual, como en el caso del presente ensayo, triple, como en el caso del libro de Madariaga o incluso séxtuple, como en el caso del libro de Alfred Fouillée, comentado en el capítulo 5. Cada elemento de la estructura comparativa, cada psicología nacional quedará así forzosamente reinterpretada, reajustada en función de cuál o cuáles sean aquélla o aquéllas otras con que se la compara. Luego, cuanto más numerosos los países comparados, más particularizado y contrastado deberá resultar el perfil de cada personalidad nacional, única manera de construir un sistema de diferencias significativas. Al revés, si considerásemos un solo país en el mundo entre todos los existentes, dejaríamos de percibir sus particularidades diferenciales para describirlo exclusivamente como depósito de la común humanidad.

 Año 1929
Inauguración edioficio Telefónica

Y así, de haberse limitado el libro de Madariaga a dos países en lugar de tres, España y Francia en el caso que nos interesa, tenemos que pensar que el contenido de los retratos hubiese resultado muy diferente. De entrada, habría  resultado más difícil adscribirles las categorías axiales usadas en el libro original, puesto que pensadas desde una perspectiva ternaria. Consideremos otra situación posible. ¿Hablaríamos de España o de Francia de la misma manera si el segundo elemento de la comparación hubiese sido, pongamos por caso, Alemania? Véase un ejemplo concreto: en un trabajo de 2007, una universitaria francesa recopilaba textos escritos por muchos autores, uno de ellos el propio Albert Camus, durante los años posteriores a la Segunda Guerra mundial, con las heridas todavía muy abiertas. Textos en los que sus autores trataban de definir Francia a partir de una voluntad de contraposición con Alemania y los alemanes. La investigadora pudo así establecer un juego de oposiciones binarias a partir de los rasgos diferenciales que emergían de esta base textual. Oposiciones que se podían resumir como sigue: estado republicano vs. estado totalitario; difusión del progreso vs. egoísmo nacional; pacifismo vs. belicismo;  individualismo vs. subordinación al grupo; racionalidad vs. irracionalidad; moderación vs. desmesura; derechos del hombre vs. pangermanismo; respeto del derecho vs. respeto por la fuerza; moral personal vs. obediencia ciega; universalismo vs. nacionalismo. Es decir que, predeterminados por la historia última, los escritos analizados exponían un concepto rotundamente negativo de las supuestas características alemanas que contrastaba con la positividad francesa. Claro que vista desde la absoluta subjetividad.

 Año 1929
Simone de Beauvoir y J. P. Sartre en una barraca de feria

¿Nos sirve hoy el libro de Madariaga? ¿Se parecen todavía los tres pueblos analizados a lo que eran en 1929?  En 1929, Francia está probablemente en el clímax de su prestigio histórico. Había salido desangrada pero victoriosa de la carnicería de 14-18 y su cultura estaba en el apogeo de su resplandor y proyección mundial. Recordemos que casi todos los «ismos» del arte y la literatura del fecundo primer tercio de la centuria nacen o se producen en Francia. El porvenir del imperio colonial se suponía todavía largo, aun cuando los más lúcidos advirtiesen ya las primeras fisuras. Recordemos la guerra del Rif, ocho años antes, mancomunada con España. Una España que, por aquellas fechas, no acaba de ver la salida del túnel, inmersa en la larga decrepitud de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, al que Alfonso XIII se había referido como “mi Mussolini”. Período jalonado por tentativas de golpe de estado con sabor a viejos pronunciamientos que le hicieron decir al historiador Santos Juliá que "en este sentido, la Dictadura (de Primo de Rivera) fue como un retorno a la política del siglo XIX". Iniciativas como la creación de CAMPSA y la de TELEFÓNICA, contrastaron con una obsoleta voluntad de autarquía económica. El prometido “descuaje el caciquismo” se quedó en retórica. El propósito de acabar drásticamente con el separatismo catalán no hizo sino empeorar la situación. En 1930 se habían enconado todos los problemas fundamentales. Ciertamente las líneas dedicadas a España por Madariaga se resienten de esta situación. Cualquiera que sea la faceta de la vida abordada, social, individual, afectiva, cultural o política, España y los españoles aparecen, entre dudas, como un potencial sin explotar, la historia de un parto tan interminable como doloroso. La especificidad española parece yacer siempre en lo «primigenio», el «pueblo» o la metafísica, porque falla lo social, lo institucional y lo político.

 Postal antirrepublicana de Action Française

No creo que en 1929 Madariaga fuese particularmente optimista sobre el inmediato futuro político de España. No creo que la perspectiva de alcanzar un tipo de democracia española homologable con las de Francia e Inglaterra le pareciese posible a corto plazo. Pero tampoco era posible que pudiese anticipar la próxima y terrible aceleración de la historia española: el advenimiento de la República, y, su errática andadura hasta la/las revoluciones fallidas de 1934, camino de la catástrofe final. Luego, los 36 años de dictadura a la que sobrevivió. Muerto en 1978, Madariaga llegó a conocer los primeros pasos de una democracia parlamentaria duradera, a la que, toda su vida, había tratado de contribuir.

En cambio, las páginas dedicadas a Francia producen siempre una sensación de desconcertante acierto. Nos sorprendemos pensando: «¡Qué bien visto está esto!» Y en el peor de los casos «¡Algo de esto hay!» Podemos hacer dos reparos de cierto calado, el primero se refiere evidentemente al parti-pris metodológico de Madariaga, su obsesión por sistematizar y establecer una red implacable de causalidades. Donde nosotros, frente al mismo tema, nos ahogaríamos entre dudas, Madariaga no corta el mar sino vuela entre evidencias. El segundo es que pinta una Francia mucho más estable y segura de sí misma de lo que era en el fondo. La visión de Madariaga parece ignorar las consecuencias psicológicas de la terrible sangría humana y económica debida a la guerra. También en el caso de Francia, las cosas empeorarán posteriormente a la publicación del libro. Económica y políticamente. Se irá radicalizando una extrema derecha católica, conservadora y monárquica, propensa a la violencia y más activa y poderosa de lo que correspondía a su representación políticamente muy minoritaria. Hombres como Charles Maurras y su partido de «Action Française» sentían un odio cerval por la República, a la que llamaban «la gueuse», o sea «la golfa». En el otro extremo, el crecimiento electoral de un Partido Comunista particularmente sometido a las órdenes de Moscú era constante. Cuando llegó la guerra, la Tercera República se había quedado casi exsangüe. En realidad, Madariaga ejemplificaba Francia a través de un grupo social muy concreto, y socialmente minoritario: el que trató y conoció, la clase media culta, liberal y educada. Se trata de una visión indudablemente benévola. Si algo queda de esta Francia sociológica, está en vías de obsolescencia y en un momento crepuscular. Es cierto no obstante que si fuese posible preservar hoy cierta imagen emblemática de Francia, ésta se parecería mucho a la que ofrece Madariaga.

Mapa ruso de Europa, 1915