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domingo, 30 de septiembre de 2018

Bajo el Nuevo Techo venteño, los nuevos zombis del destoreo y la pata atrás

El Nuevo Techo Ikea
 

José Ramón Márquez

No puede pasarse un día más sin hablar de la Obra, así con mayúscula. No de la que estableció San Josemaría, cuya influencia en el devenir taurino no está aún acreditada, sino de la que nos tuvo cerradas las andanadas desde los calores de julio hasta el día de ayer. La Obra del Mochu que sobrevivió a la Cifu, que se puso en primer tiempo de saludo con el Excmo. Sr. D. Ángel Garrido y que echó las tardes sesteando en su burladero fetén junto al duque de Gor, mientras la Obra, ese parto de los montes, avanzaba. En este mundo de los toros, siempre tan oscuro, se habían oído prodigios de todo tipo sobre la Obra, sobre nuevos vomitorios, sobre accesibilidad, sobre comodidad y… tres meses después todo se ha quedado en poner un techo como de IKEA en vez de aquellas escayolas llenas de vendas, retejar e instalar una “línea de vida” sobre los tejadillos. He ahí el prodigio. Lo demás, tal cual: el óxido consustancial, los roblones por los que se meterá el agua cuando arrecie el temporal, la pared astrosa y sucia, sin repasar desde la época de Juanito Parra, la “soldadura” de la barandilla hecha con cinta de embalar. Tó pa ná, como dijo aquél, y aquí seguimos a la espera de que el día menos pensado se echen al monte con su proyecto de reducir el tamaño del ruedo a petición “de los toreros” (¿de cuáles? ¿puede saberse?), que lo mismo se encuentra detrás del asunto el gordinflas que mandó allanar innecesariamente el ruedo al que nunca piensa retornar, a poco que las cosas le medio vayan bien.

Para la tarde de hoy las huestes dombianas, devenidas en niños de San Ildefonso del sorteo, después de devanarse los sesos a ver a quién le compraban el ganado pensaron que por qué no se lo compraban a Fuente Ymbro, al popular don Ricardo Gallardo, que a fin de cuentas este año sólo llevamos vistos en Madrid doscientos fuenteymbros entre toros y novillos, y si ayer echaron los de Victoriano del Río, que llevamos otro puñado, a ver por qué no se iban a traer el remoquete éste para acabar de manera perfecta el monocultivo; y mientras tanto en La Ruiza los jaboneros de don Tomás Prieto de la Cal ahí están esperando a ver si los niños de San Ildefonso de Domb se acuerdan, entre bombo y bombo, de que existen. Ahí prepararon la media docenita de Ymbro, que al final se quedó en ese cinco de tan evidente rima, pues don Trinidad echó al averno de Florito al sexto de la tarde con dos banderillas en el espaldar porque andaba con movilidad reducida y se ve que don Trinidad no quería para sí las censuras tan agrias que ayer cosechó don Justo Polo por no sacar el moquero del color de la Esperanza. Al sexto Ymbro lo sustituyó un jandillesco El Cotillo y como sus condiciones eran aún peores que las de aquél al que había venido a sustituir, aún hubo de comparecer el boyero Florito con su troupe para sacar del ruedo al Cotillo y que apareciera el tercer sexto, un guateleado Hato Blanco. De los pupilos del ganadero Gallardo pongamos que hubo dos que cumplieron en su lucha con la guateada faldilla que cubre el bandullo de los pencos. El primero se echó a por el caballo con fuerza, vigor y alegría y Antonio Palomo se lo guisó y se lo comió como pudo. A punto estuvo Escribiente, número 35, de echar al suelo al conjunto escultórico que formaban penco y hombre, pues se puso a empujar por los pechos del aleluya, con lo que eso desequilibra la estabilidad del arre. Palomo no es que dictara un tratado de la vara de detener ni mucho menos, pero consiguió no caer. Y en el tercero, Favorito, número 26, Juan José Leiro puso dos buenas varas: el toro se vino con fuerza y Leiro le colocó la puya perfectamente sujetando los ímpetus del animal a base de brazo y sin hacer la carioca; en un fortísimo derrote contra el estribo del novillo éste desmontó al picador echándole al suelo, lo que valió para que un infausto mono se llevase la ovación de la tarde por tener agarrado al caballo de la rienda y taparse con él. En la segunda entrada, Favorito se vino fuerte y atravesado hacia Leiro, que agarró de nuevo otro gran puyazo en la yema. Esos dos son los Ymbro que cumplieron con la cosa equina y luego estuvo la máquina de embestir, Jurista, número 43, que se fue al desolladero con los sinceros aplausos del público por sus óptimas condiciones durante el tercer tercio, su vibrante y hermosa embestida y la franqueza de sus intenciones.
 
La terna que salió del bombo de Domb (la grosse caisse de Domb) estaba compuesta por Juanito, Pablo Mora y Francisco de Manuel y sus respectivas circunstancias, tan iguales, tan repetitivamente idénticas a las de tantos otros que van pasando por Las Ventas.
 
Juanito no puso encima de la arenisca ningún argumento digno de reseña en lo positivo. Los mismos modos que todos, la misma consuetudinaria falta de compromiso con las normas del toreo, la misma evidencia de la ventaja por bandera son las señas de identidad que Juanito presentó a la cátedra. Y no es que nos pongamos en plan catedrático del plan antiguo, es que la tesis que presentó Juanito tenía más plagio que la del Presidente del Consejo de Ministros, plagio ajulianado, plagio del destoreo, del pase por las afueras, de aprovechar los viajes del novillo sin mandarle en ningún momento y sin dar la sensación de que aquello obedece a un mínimo plan, pues sus dos trasteos componen una mera colección de momentos prescindibles, de falta de personalidad, adoleciendo de tener algo que decir. Que no se aflija por esto, pues visto cómo va la cosa ni es el único ni lo va a ser.
 
Pablo Mora venía con el dudoso título de ser el triunfador de las corridas nocturnas, aquellas en las que se convirtió el pasillo del tendido alto en merendero, émulo de aquellas chuleterías que había en lo que luego sería la M30. Pablo Mora tuvo la mala suerte de que le tocase en suerte el Jurista del que antes se habló, un novillo que regaló incesantemente su franca, vibrante embestida y que se quedaba colocado, le dejase el matador donde le dejase. A la franqueza de Jurista, Mora respondió con su cite por las afueras, con el abusivo uso del pico, con la descolocación y la falta de encaje… la tormenta perfecta para las aspiraciones taurómacas de Mora, que ha tenido el toro adecuado para dar un aldabonazo en Madrid y ha dejado que el animal se fuera al desolladero sin formarle el lío que sus condiciones pedían.
 
Y por último ahí tenemos a Francisco de Manuel, que iluminó el corazoncito de la afición con su actuación en San Isidro, también con novillos de Fuente Ymbro y a quien, como siempre suele pasar, le han robado el alma. Los que vinieron hoy a Las Ventas pensando en la frescura de los modos que presentó en San Isidro se han vuelto a su casa empapados por el jarro de agua helada que significa ver cómo el sistema taurino vigente es capaz de robar el alma a un muchacho y echarlo, una vez deglutido, como uno más, otro zombi del destoreo y de la pata atrás. No obstante vamos a reseñar tres cosas interesantes: en su primero no es que echase el paso hacia adelante, pero al menos no cedía la posición, quedándose en el sitio, al menos en los primeros compases de su faena;  la segunda es que tiene porte y figura; la tercera, que se esforzó en poner tres pares de banderillas, reunidos en la cara y de exposición, y que a despecho de las condiciones del novillo reunió uno de ellos en los medios aguantando la fuerza de la embestida de su oponente. Por dar un consejo, que es gratis, debía este muchacho poner tierra por medio de Carlos Aragón y buscarse un apoderado de aquellos como don Luis Álvarez, que engrandecían a los toreros.
 
La selecta crítica de la capital abandonó en masa Las Ventas para irse a Sevilla a ver el presumible derribo ganadero y los pingüis que fueran saliendo. Ellos son así.

 El guano

 Laurus nobilis

 Papelera de un parque

El roce

 Toro y paloma

 Bueyes

La soldadura con cinta de embalaje