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martes, 18 de septiembre de 2018

Desafío ganadero. José Escolar vs San Martín. Nadie entre aquí que no sepa geometría

 Páramos de cemento

Jean Juan Palette-Cazajus

«El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta» escribía el polímata Blaise Pascal (1623-1662) en sus «Pensamientos». La frase recoge con fidelidad el sentimiento que me invadió ayer frente a los interminables páramos de cemento que se ofrecían a mi vista mientras tomaba asiento en la grada del 8. Sólo el tendido 8 y los sectores más aledaños del 7 y del 9 ofrecían un nivel de concentración humana susceptible de aliviar aquella necesidad de sociabilidad humana tan pregonada por Jean-Jacques Rousseau. ¡Afortunadamente, estaba Florencio

Calculo generosamente un tercio de plaza, tenida en cuenta la presencia de una imponente delegación del Imperio del Sol Naciente que había acudido a Las Ventas del Espíritu Santo para devolver, con su legendaria pleitesía, la visita que el maestro Márquez y su familia rindieran este verano a las tierras del Fuji Yama. Ausente el maestro, olvidado de su más presunta que acrisolada afición y dedicado a opíparos ágapes familiares, la delegación nipona, comprensiblemente ofendida, abandonó espectacularmente la plaza en el tercer toro, dejando  reducida la asistencia a un escaso cuarto de plaza.

Algunos de los frustrados visitantes me comunicaron que ante la magnitud del ultraje, el Bushidó, código de honor de los samuráis, no contemplaba otro recurso que no fuera el «harakiri». Logré convencerlos de renunciar a tan nefastas intenciones, tras explicarles que, en mi caso, la espantá del presunto maestro de aficionados suponía nada menos que la obligación de cargar con la reseña de la corrida del día. Impresionados, admitieron que una fruslería como el harakiri no se podía parangonar con tan tremendo castigo.

Además de la vastedad de las extensiones pétreas, me llamó la atención, al ocupar mi asiento, la presencia en el ruedo de un a modo de paralelepípedo trufado de rayas perpendiculares. Pensé por un momento que lo que se iba a dar allí era un partido de beisbol entre los San Francisco Giants y los Detroit Tigers. Tras recapacitar, llegué a la conclusión de que Don Simón Casas, con insoslayable pedantería francesa, se había tomado demasiado al pie de la letra el aforismo de  Pepe Bergamín según el cual el lema de la Academia Platónica debía figurar en la entrada de toda plaza de toros: «Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω», «Nadie entre aquí que no sepa geometría».

No iba yo tan mal encaminado ya que el objetivo de tan abstractas figuras que transformaban el ruedo en pizarra colegial, es el de medir, calibrar y reglamentar la calidad de las arrancadas de los bureles. ¡A estas alturas! Hasta fechas no tan antiguas los picadores estaban presentes en el ruedo en el momento de la salida del toro. Con los consiguientes atropellos iniciales -que no arrancadas- del toro a los caballos y la casquería resultante. Cualquier ser dotado de razón y que además hace uso de ella debería entender que jamás conoció la suerte de varas época idílica ni que fuese digna de añoranza.  Los presuntos centauros pasaban más tiempo rodando por la arena que administrando varas merecedoras de una estampa de Daniel Perea en «La Lidia». Por algo a uno de ellos se le conocía por el mal nombre de «Agujetas».

La suerte de varas fue siempre errática y rudimentaria, tributaria de los albures de una lidia caótica,  determinada por la realidad renqueante de los pencos agónicos y su contumaz propensión a desparramar la asadura por los redondeles. «Ni petos ni corazas. La única defensa del caballo debe ser el brazo del hombre, manejando bien las riendas y la puya o vara de detener» escribía en 1926, el político republicano Rafael Sánchez-Guerra, en pleno hervor de la polémica alrededor de la instauración del peto. Sobraba la retórica, pero faltaban semejantes brazos de hierro. Al menos toda la ventaja física era entonces para el toro y también la psicológica ¡tal vez la más importante de las dos!

Con los petos actuales la ventaja pasó a ser la del picador y los toros entraron en freudiana y definitiva depresión ante la inutilidad de sus cornadas. La suerte de varas se convirtió en lo que sabemos: un trance ortopédico e insignificante. Animales ya de por sí disminuidos, castigados a mansalva entre el esperpento y la ablación de la posibilidad misma del toreo.

Por ello resulta sorprendente que todavía pueda surgir la  emoción cuando un toro como Ventero, negro entrepelado, primero de la corrida y pupilo de Don José Escolar, se arranca por cuarta vez y en esta última ocasión desde el extremo del paralelepípedo platónico, ya cercano casi a la boca de riego. Por más que lo hiciera con tardanza y tras ser requerido muy reiteradamente por el piquero. También resultó gratificante ver cómo unos pocos buenos aficionados asumían la parsimonia indecisa del toro, al precio de lo que Bergson llamaba la «duración», es decir la cadencia del tiempo real. Porque mientras Ventero se lo pensaba, una mayoría de cerebros mutantes manifestaba su impaciencia, todos ellos pertenecientes a quienes confunden el ritmo de la vida real con el de las series televisivas, donde los meses y lo años se resumen en una hora. ¡Qué ganas tienen algunos de morirse pronto! Digamos por lo demás que si a Ventero se le castigó mucho en la primera vara, tampoco se empleó excesivamente en ninguna de ellas. 

Patoso, el tercer Escolar fue el que mejor metió los riñones de toda la corrida. Luego se paró y terminó despatarrándose escandalosamente. Muy bien presentados los tres Escolar, casi escurridos, sin una onza de grasa sobrante, con trapío y defensas.

Los dos primeros San Martín, correctos de presentación, pero en la línea del toro moderno, pasaron sin pena ni gloria. Particularmente nulo fue el primero que hizo cuarto de la tarde. El sexto, por nombre Precioso, muy bien presentado, astifino y cornivuelto arrancó aplausos iniciales. Su comportamiento en varas merecería una larga disertación sobre las incógnitas tierras fronterizas entre bravura y mansedumbre. Se arrancó de lejos en la primera vara, metiendo los riñones para terminar saliendo suelto. De nuevo se arrancó de lejos para la segunda vara propinada por un Antonio Muñoz que barrenó con ferocidad. Precioso salió de najas con la firme intención de no parar hasta llegar a los refajos del caballo de puerta. Recogido in extremis por Sergio Aguilar, se arrancó por tercera vez, con cierta alegría, desde la máxima distancia. Doctores tendrá la Iglesia.

La tarde transcurrió entre «vivas». Los iniciales fueron a España sin que se supiera bien a santo de qué. Les sucedieron «vivas» a México y a Aguas Calientes, motivados por la presencia de Arturo Macías y que desconcertaron a más de un desconocedor de la geografía azteca, extrañado de que pudiera vitorearse brebaje tan insulso. Hubo sana intervención de un presocrático de la grada que expresó enérgicamente su hartazgo de  «tantos “vivas” y tantas “po..as”». No por ello cesaron los vítores sino que se fueron diversificando, pudiéndose oír desde un «Viva Japón», sin duda de desagravio, hasta un «viva» a la tesis de Pedro Sánchez -¡si señores!- e incluso un «viva» a Maluma. Creo que Don Teófilo Gautier tiene que plantearse un segundo viaje a España porque los indígenas vuelven a ser muy exóticos. 

Casi se me olvidaba. Sin duda forma parte de mi cometido contar algo de los toreros. La verdad, se me hace cuesta arriba. En el primer Escolar, serio, encastado, para nada «la tonta del bote» habría dicho «El Bombero», pero tampoco una alimaña, Javier Castaño, más que precavido, anduvo «precaucionoso» que dirían los gabachos. Lo único notable de Castaño en el cuarto fue su ausencia. El maño Ricardo Torres, 18 años de alternativa, ninguna corrida toreada en 2015, una en 2016 y otra en 2017, cara de pueblo de cuando había pueblos, mereció de verdad el tan manido adjetivo de «voluntarioso». Torció a su primero en dos verónicas de castigo y dominio de mucho mando y autoridad que me sorprendieron. Torres fue lo más próximo a estar en el sitio que se vio en toda la tarde. Incluso alguna tanda llegó a rozar la dignidad. En su segundo hubo un intento de media verónica Belmontina muy descaderada y al borde de la cogida. Luego poco que reseñar pero sí, otra vez, su presencia y su voluntad. Arturo Macías anduvo por delantales con cierta prestancia frente al tercer Escolar, el que más se dejaba. Con la muleta, se dejó llevar por un fulero toreo de expulsión, de clara prosapia “ajulianada” como le recordó uno del tendido. En su San Martin de turno, hubo triste intento de faena encimista. Como siempre, sonaron aplausos tras ambas fechorías. 

Hubo buenos pares de Fernando Sánchez, Joao Ferreira, Venturita y Sergio Aguilar. Serio y oportuno el quite de Fernando Sánchez a Juan Carlos Tirado. Poco más se me ocurre sacarle a la tarde. ¿O queréis otra dosis de mala literatura?

 Donde está Florencio, está (florece) la gente

 Geometrías platónicas

La última arrancada de Precioso