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jueves, 13 de septiembre de 2018

Españoles y Franceses: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulo 20 de 26

Mapa alemán de Europa, 1915


Jean Juan Palette-Cazajus

20. Holismo y antítesis alemana 

A partir del ya citado Johann Gottfried Herder (1744-1803) -ver Capítulo 4- Alemania adoptó el camino inverso. Herder rechazaba la cultura francesa a la que consideraba artificial, cerebral y pretenciosa. Él inició, apuntamos, el primer paso a favor del retorno a las tradiciones nacionales y hacia la reivindicación de los sentimientos de identidad y pertenencia a la comunidad. A partir de entonces, la cultura y la política alemana se configuraron de alguna manera como  la antítesis de la francesa: «Soy naturalmente humano y accidentalmente francés» decía el universalismo de la ideología francesa. «Yo soy ante todo alemán, y soy hombre en mi calidad de alemán» contestaron desde el otro lado del Rin. Recordemos que tal postura, es la llamada «etnocéntrica» y no tiene nada de original. Es la que han adoptado tradicionalmente todas las comunidades tradicionales, grandes o pequeñas, desde que el hombre vive en sociedad. Lévi Strauss nos recordaba el tipo de valores básicos  que siempre rigieron las relaciones entre las microsociedades sin escritura: todo miembro de la comunidad se considera como un ser humano canónico mientras los vecinos, generalmente enemigos, eran considerados como piojos. El pangermanismo fue la versión «kulturalizada» de esta actitud «natural». «Natural» en el sentido de que es anterior a la aparición de la distancia reflexiva, del libre examen y de la duda metódica.




Esparta, sociedad holista
David: Leónidas en las Termópilas

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Si Francia fue la pionera del individualismo y del universalismo modernos, Alemania se reafirmó pues en la asunción de lo que Dumont llama «holismo», y define como el tipo de ideología  que «valora la totalidad social y posterga o subordina el individuo humano». Tampoco es una postura original: holistas han sido todas las sociedades humanas hasta la Revolución Francesa. El holismo se diferencia también del individualismo en que no suele separar los hechos de los valores, es decir que propende a considerar que lo que es, es lo que debe ser. En el holismo los valores de la sociedad predeterminan los del individuo. Al revés, en la modernidad política son los valores del individuo los que determinan sus acciones. Así en las sociedades democráticas modernas, basadas en la igualdad del ciudadano ante la Ley y en la autonomía del individuo, los valores holistas comunitarios han quedado subordinados, «englobados» según el vocabulario de Louis Dumont, por los valores modernos dominantes, o «englobantes». La ideología dominante, «englobante», es claramente, en Francia, la del individualismo universalista en un marco republicano. Pero Dumont observaba algo capital: el individualismo moderno «es incapaz de sustituir completamente el  holismo y de reinar sobre toda la sociedad, y además nunca ha sido capaz de funcionar sin que el holismo contribuya a su vida». 

F. von Lenbach: Retrato de Otto von Bismarck

Esto viene a decir que la continuidad de toda nación es tributaria de los valores holistas, «englobados», es decir subordinados, pero siempre latentes. El tema es crucial, no podemos extendernos aquí. Contentémonos con decir que si el holismo es incapaz de regir las sociedades abiertas, su presencia es necesaria para cohesionarlas. Y así cuestiones como las de la «identidad nacional» y de la psicología nacional son temas «híbridos» parcialmente procedentes de la herencia holista de las sociedades, a través de la biología, de la psicología, de la lengua y de la historia. Pero también pertenece a la herencia holista todo el universo expresado a través de la palabra alemana «stimmung» (capítulo 14). Es decir la «tonalidad» particular conferida a la conciencia colectiva por la suma de los sentimientos compartidos, las costumbres vivenciales y convivenciales, los hábitos culinarios, los paisajes, el patrimonio monumental. Toda comunidad humana con la mínima conciencia de serlo, practica lo que Spinoza llamaba «conatus», o sea, la voluntad de perseverar en su ser. Esta es la función impartida por la Historia a ciertos valores holistas que, por tanto no pueden ni deben desaparecer.


Spinoza en Amsterdam:
 "No reírse, no burlarse ni detestar, sino entender"

 El drama de la nación francesa, bien podría ser hoy su renuencia a recurrir, para perpetuarse, a la necesidad de los valores holistas, tachados por los talibanes  de la abstracción universalista de «reaccionarios». Pero es un drama que acecha asimismo otras sociedades occidentales. Al revés, el drama de la Alemania pangermanista, hasta 1945 consistió en el exceso inverso, es decir en la incomprensión del papel imprescindible desempeñado hoy por los valores del individualismo moderno y de la libertad política. Entre 1870 y 1945 estos valores fueron considerados como peligrosos para la continuidad de la «gemeinschaft», la comunidad holista idealizada. El problema, como se vio, fue que en cualquier sociedad moderna no hay más posibilidad de restituir una comunidad holista que no sea la imaginaria o la totalitaria. En España la añoranza de una sociedad holista estuvo presente en la mente de los ideólogos del régimen salido de la Guerra Civil. No hubo nunca capacidad política de imponerla y resultaba contradictoria con el papel social dominante atribuido al catolicismo histórico. Recordemos, en este sentido, que Bismarck instrumentó el llamado «Kulturkampf» contra la Iglesia Católica cuyos valores consideraba contradictorios con los del Imperio Guillermino.

 La forma de perpetuación de los valores holistas en cualquier sociedad moderna pasa pues por su subordinación en el plano de una existencia implícita. La sociedad francesa, y, podemos añadir, también la española, son particularmente vergonzantes e ingratas con lo valores holistas  “englobados”, que contribuyen de forma importante al equilibrio de su metabolismo. Merece la pena observar que si las afloraciones holistas residuales, en las viejas naciones históricas, son rutinariamente calificadas de reaccionarias por los apóstoles del universalismo, resulta en cambio que el recurso habitual de los «neonacionalismos» al holismo más primitivo suele beneficiar entre los mismos de una sorprendente indulgencia.

Debate sobre identidad nacional en el pueblo galo

Ciertos franceses, dijimos, se sintieron en algún momento histórico «un poquito más iguales» que los demás. Pensaban que el mundo les debía conceder una superioridad tácita por su papel protagonista en la instauración de la modernidad política. Vista desde la actualidad, esta forma de chauvinismo progresista casi podría suscitar añoranza. Hoy una minoría considerable se siente sinceramente dispuesta a asumir hasta el final sus presupuestos ideológicos y piensa estar totalmente preparada para disolverse dentro de la «totalidad» humana, por más que en esta escaseen las culturas predispuestas a caminar hacia los valores de «Libertad, Igualdad y Fraternidad». Si lo pensamos bien, esta predisposición al «harakiri» nacional bien podría considerarse como la paradójica culminación, masoquista y nihilista, de la vieja arrogancia francesa. Es como si nos dijeran, petulantes: «¡Franceses tenían que ser quienes fuesen capaces de llevar sus valores hasta las últimas consecuencias, es decir la autodilución del propio país!».

El lema revolucionario de la «Unidad e Indivisibilidad de la Nación» era la respuesta francesa, lógica y racional, a una situación en la que el rey y, con él, los símbolos de la autoridad y la unidad tradicionales habían quedado, carnal y metafóricamente, descabezados. Caída la real testa, fue la idea republicana de la Nación, jerárquicamente «englobante», la que vino a «englobar» la sacralidad antes encarnada por el monarca, garantizando la continuidad y la unidad de Francia. Pero hoy abundan los zelotes de la ductilidad social, incapaces de percibir la diferencia entre los seres humanos y la plastilina y persuadidos de que las sociedades son tan modelables como ésta. Es el caso de los que creen que les aguarda un luminoso horizonte «multicultural» allí donde la experiencia cotidiana solo nos muestra un «multioscurantismo» patibulario. Tal vez no haya más remedio que admitir, con Louis Dumont que «una ideología nacional como la francesa es absolutamente impermeable a la experiencia».

Oriente y Occidente