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lunes, 12 de marzo de 2018

La Anábasis del Córdoba

Firmeza en la retaguardia


Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Anoche, nada más acabar el partido y de camino a la mina, me acordé de la Anábasis, un libro de aventuras clásico que leí con ganas pasados los 30 años, por pensar creo acertadamente que hay asuntos que hay que dejar hechos antes de morir. Cuando tenía quince y dieciséis  nos los mandaba traducir don Francisco “el Güenos”, pero como  de aquel santo aprendimos muy poco confieso que la tarea nos la hacía Marco Antonio a todos bachilleres del Diego Porcelos para poder aprobar con un suficiente al menos.

     Digo que me acordé de la Anábasis porque hay que ver las angustias que nos van a malherir de aquí a junio si el Córdoba, mi equipo, consigue salir de los pantanos ponzoñosos en los que nos abandonó el mezquino mercader persa que secó las ubres de un club sentido por más de diez mil cordobeses. Para un servidor lo más emocionante de la Anábasis son las lágrimas de los mercenarios a la vista del mar. No recuerdo y no sé dónde anda -creo que por Burgos- el ejemplar de la editorial Akal, para poder mirar cuántos quedaron de los diez mil, pero nos han de dar igual los detalles cuando lo que se intenta destacar es la determinación en alcanzar imposibles.
      
Reconozco que sigo sin creer que nos alboroce y enloquezca de alegría la improbable llegada al mar, pero ayer vi la fe de Jenofonte en el general que manda al equipo porque ha sido capaz, por ejemplo, de que Loureiro, un lateral que antier temía recibir el balón, se atreva a lanzar proyectiles como cretense con honda, arropado por otros diez o doce hoplitas confabulados para la victoria.
       
Si la clave del éxito de aquella expedición estaba en la retaguardia, donde los mejores rechazaban el continuo acoso de los persas, en el Córdoba, y como ya tenemos puesto, Reyes sale al final de los partidos para matar y descabellar al enemigo con ese maravilloso pie izquierdo que la naturaleza le ha regalado. Ha ampliado minutos y ayer salió casi media hora. En el minuto 78, y como si su zurda fuese un taco de billar, tocó con la fuerza precisa y ese sublime efecto de los mejores extremo-izquierdas de la historia del fútbol para que Guardiola (hay que meterla) pusiera el pie en busca de la carambola perfecta, que no es otra, que el gol. 1-0. Tres puntos y a por el siguiente obstáculo que es Tarragona. 
       
Victoria merecida a la que no pongo peros, si no es el del excesivo ardor guerrero, lindante con la temeridad, de nuestros dos mejores capitanes: Aythami y el mismo Reyes. Como veteranos que son saben intimidar incluso al árbitro. A mí me parece que el defensa canario se excede con las manos y la lengua y nuestro nueve sevillano con la lengua y unos aires flamencos que no todos los colegiados están preparados para consentir. A Arcediano Monescillo del que ya hemos puesto que se le ha apagado el ardor tarjeteril estuvo condescendiente, pero sería menester poner mucho cuidado en las batallas por venir, pues sin cualquiera de los dos, del todo imprescindibles, la Anábasis cordobesa continuaría siendo utópica.

     ¿El Lugo? Creo que de bajada. Mis tres jugadores favoritos muy discretos. Pita, mayor; a Seoane y Campillo ¡qué susto nos dio en una falta!, los desquició Aythami. Como a Chuli que desapareció cuando entró al trapo que no debía. Los excordobosistas, discretos: el portero J. Carlos insultado por sus cuentitis durante el 0-0; Bernardo Cruz, formalote, y Fede Vico ingenuo y un poco asustado. Lo echó Arcediano por simple. Campadabal anda lesionado y Jaime es cedido por el anterior amo con cláusula miedo.

       Un dato creo importante. Ayer sufrí en el final del partido como cuando de cadete me encogía en El Plantío en los córners que sacaba Planelles.