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viernes, 26 de noviembre de 2010

De qué pie cojea José Tomás



José Ramón Márquez

Hoy toca Tomás, que hace mucho que no nos ocupamos de él. Lo primero que hay que decir es la pena que sentimos de que, por circunstancias desafortunadas, no se le haya concedido este año el ‘prestigioso premio Paquiro’ para completar la tríada de espantos de Víctor Ochoa en la repisita. Pena mora para nosotros, para el Sr. D. Luis Abril, que había abandonado la afición taurina y la retomó gracias al pétreo de Galapagar, y para el Sr. Almansa, recién incorporado al ‘prestigioso jurado’, para quien habría sido un inmejorable augurio, ya que entra a sustituir a un finado, el de estrenarse en tan imponente sanedrín entregando un premio a alguien que practica el toreo con tanto desapego del propio cuerpo, al decir de sus afines.

Luego hay que decir que lo de la pierna de Tomás ha tomado unas proporciones totalmente desproporcionadas. Hablando de piernas, uno siempre tiene presentes dos de ellas; una es la del Tato. Hubo que cortarla a causa de la cogida que le dio el toro Peregrino, de Martínez. Aunque el hombre intentó torear con una prótesis, la cosa no funcionó. La prótesis acabó en casa de un marqués en la campiña cordobesa y su pista se perdió en las convulsiones del año 1936, creyéndose que fue utilizada por ciertos milicianos como combustible, acaso para guisar una pierna de cordero.

La otra pierna pertenece al Papa Negro. Cuando la tremenda cogida que le propina el toro Viajero de Trespalacios se duda si cortarla. El gran Manuel Mejías esconde un revólver Smith and Weson bajo su almohada, en la habitación del Hotel Ultramar y cuando viene el doctor a hacerle las curas y expone tal posibilidad, el Papa Negro le explica:

-Doctor, si usted me corta la pierna, yo le vuelo la tapa de los sesos.

El Papa Negro consigue salvar su pierna, aunque queda mermado en sus facultades y su carrera prosigue, fecunda, en sus hijos.

De la pierna de Tomás lo que sabemos es la confusión de los primeros momentos, los hectolitros de sangre que, al decir de la prensa adicta, la fueron trasfundidos y su retirada de las plazas a causa, según dicen, de tal percance. Choca la lentitud de su recuperación con la velocidad de la recuperación de otros, a fin de cuentas toreros más terrenales y menos divinos. Tan solo van apareciendo con cuentagotas sus habituales noticias de tipo filantrópico y, de vez en cuando, alguna referencia a sus terminaciones nerviosas y a la exasperante lentitud de su recuperación, igual que surgen rumores de que ha toreado en tal finca o de que se ha encargado cinco vestidos. Mi querido amigo Antonio Pérez le vio en el velatorio de Adrián Gómez.

-Dime la verdad, Antonio. ¿Cojea Tomás?

-¡Qué va! ¡Anda de p… madre!

El aficionado taurino de base es un ser suspicaz criado a base de estacazos y tiene una tendencia natural al amoscamiento. Yo creo que todas estas cosas son indicios de un proceso en el que el propio torero no tiene nada de claro su futuro. Si a su falta de ambición -¿de afición?- se une la excusa perfecta, es más que probable que piano, piano, no tengamos Tomás en 2011. Pero cabe también la posibilidad de que acaso este tiempo le haya servido para reflexionar en profundidad. Entonces, quizás, podríamos ver resurgir a aquel Tomás que nos encantó y que no necesitaba de los trucos de la mercadotecnia y del halago mercenario. En estos momentos de confusión creo que sería muy deseable que el Ciprés de Galapagar estuviese en los carteles. Pero en ese caso, sólo a sangre y fuego.