martes, 21 de abril de 2020

Lapsus





Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En España, donde vivo, unos pelafustanes se han valido de la caricatura de Weimar que tenemos por Sistema para establecer una dictadura que nos priva de cualquier derecho con el pretexto de una pandemia cuyo Relato Oficial se reduce a repetir que los salvados son del gobierno, y los muertos, de la oposición.
    
Para imponer el Relato Oficial, el dictador cuenta con la Guardia Civil, al decir de un general margarito (“de Marga, la de Defensa”), el general Santiago para la Historia, en rueda de prensa,
invento, por cierto, español, del periodismo de don Eduardo Dato.
    
Al parecer, la Guardia Civil se dedicaría, con disciplina militar, a proteger de críticas al gobierno con la excusa de protegernos a los demás del “estrés social” (?) que generan los bulos de los Orson Welles que dicen ver una invasión de marcianos, aunque aquí lo más semejante a Orson Welles, en las hechuras, que se despacha sea Ferreras, en cuyo plató de peluquería se da conversación a los españoles bajo arresto domiciliario como si esto fuera una Nochebuena que aspira a durar otros cuarenta años.
   
 Lo del general Santiago sería de extrema gravedad en cualquier país serio, pero España no lo es, y algunos quieren ver en ese hombre al Benito Cereno de Melville, un capitán de barco español secuestrado por sus pasajeros, esclavos, que al ser abordado por un barco americano mezcla en su actuación frases enigmáticas y comportamientos extraños para dar a entender la situación, y como no le entienden se arroja al agua, cosa que no ha sucedido con el pretoriano de Sánchez. De hecho, su ministro, lo ha justificado como… “lapsus”. ¿“Lingüe” o “menti”? Menta y mango.

    Mientras, la oposición desfila por el sótano oscuro (ni luz ni taquígrafos) de La Moncloa, que es donde nuestros demócratas ventilan sus asuntos, como los Soprano. ¡Y como, al decir de las encuestas, gusta a los españoles! La primera en ir, y por horas, como las asistentas, fue Arrimadas, que se dice El Centro, tócala otra vez, Juan Pardo.

Para salir corriendo

ABC



Dejen de hacer aspavientos PP, C's y sus psitácidas, que con ellos no va.  Se trata deVox en la medida en que hagan oposición, pues la oposición se considera odio, homofobia, misoginia o desinformación. Oposición leal, intraconsenso, es validar como alarma un Estado de Excepción y sonreír como Almeida


Almeida


El aplauso que se dieron al final, autoaplauso, nuevo rito que une blindaje y narcisismo emotivo, es sencillamente para salir corrieno. Si se pudiera, y si fueran a admitirnos en algún sitio

Martes, 21 de Abril


To Make a Mask

lunes, 20 de abril de 2020

La Delación

 Centinela

 Obra de José Manuel Belmonte


Francisco Javier Gómez Izquierdo

           Una de las modas que ha acrecentado esta peste y que más me sorprende y asusta es el cambio en la percepción sobre lo que está bien y lo que está mal en el comportamiento de las personas. Los confinados, y más los confinados jubilados, sabemos que no podemos salir de casa, que debemos procurarnos el ejercicio en los pisos y que si alguno se arriesga a controlar la diabetes dando vueltas a la manzana puede topar con la patrulla que pasaba por allí, o lo que es más triste y penoso, con la pareja de guardias que un vecino, diz que celoso de la salud pública, ha llamado para que lo multe.  

Desde mi ventana veo al hombre que andará en los ochenta con sus deportivas blancas y azules y la bolsa del disimulo en la mano pasar varias veces al mismo ritmo cansino y de verdad que no creo que esté haciendo daño a nadie. Lo más que digo a mi doña es: “...mira el abuelete de todos los días. Cualquier día le plantan una receta”. Ni se me pasa por la cabeza chivarme a la autoridad anónimamente como hacían los vecinos indeseables que acusaban de escuchar la radio Pirenaica a los comunistas camuflados en los años 60 o el envidioso y malo de solemnidad del pueblo que confidencialmente confesaba a los civiles, en los mismos años, que el Justiniano andaba cogiendo cangrejos a mano en la parte del “Quejigal”.  “¿Es ése que tiene tantos chicos?”, preguntaba el pikoleto más compresivo.

       Venimos, ¡bueno, vengo!, no voy a meter a todos los de mi generación en el mismo saco, no sea que esté totalmente equivocado y no me haya enterado o educado convenientemente..., venimos, digo, de despreciar al chivato, al bocón, al sapo como dicen en Colombia o al chota en los patios talegueros. Sabemos distinguir la denuncia anónima por miedo al poderoso delincuente del que no puede soportar el tráfico de drogas ante sus morros o del tipo íntegro que confiesa haber sido testigo de un delito grave. Esto no es chivarse. Ésto es ser un buen ciudadano.

      Chivarse es que un mezquino encarcelado diga al funcionario que el “Pirri” está fumando un porro en el “tigre” o lo que a mí más me preocupa por lo que pueda pasar de aquí a nada, que te condenen por escribir o leer papeles y noticias “falsas”, dando un significado al palabro falso tan subjetivo que aterroriza.

     Pongo lo anterior por las preguntas que el hombre de barbas del CIS dice que hace a los españoles para justificar las medidas que sus jefes tienen proyectadas no se sabe si a corto o largo plazo, pero que me malicio se basarán en institucionalizar las bondades de la delación. El hombre de las barbas sabe que ha hecho trampa, pero también sabe que “la gente está tan sensibilizada” que hasta agradecerá las rigurosidades prohibitivas. “La gente” ya admite que chivarse es cumplir con la ley.

 Que si está prohibida la Radio Pirenaica, escucharla es delito.

      Al final, estábamos peor que estábamos. Hablar de libertad ya es tontería.

Dostoyevski y el 78. Una distopía para liberalios




LA LIBERTAD


Ignacio Ruiz Quintano
 10 de Abril de2020

    Tácito tuvo delante la Crucifixión, pero se le escapó. Igual que a nuestros novelistas se les ha escapado la enseñanza moral de la libertad que D. H. Lawrence supo extraer de la parábola del Gran Inquisidor de Dostoyevski, resumida por John Gray: es insólito que un pueblo valore su libertad por encima de la comodidad derivada del servilismo. Y saca el guiño de De Maistre a la “juanjacobada” de Rousseau según la cual todos los hombres nacen libres, pero en todas partes están encadenados: creer, porque algunas pocas personas buscan en algún momento la libertad, que todos los seres humanos la quieren, es como pensar que, puesto que hay peces voladores, volar forma parte de la naturaleza de los peces. O de los españoles.

    –El Gran Inquisidor le dice a Jesús que la humanidad es demasiado débil para soportar el don de la libertad. No busca libertad, sino pan, pero no el pan divino, sino el terrenal.
    
De los “Demonios” de Dostoyevski conviene recordar que “en los tiempos de transición nunca falta esa gentecilla, esa canalla que existe en toda sociedad… Esa canalla, sin saberlo, casi siempre cae bajo el mando de esa caterva de progresistas que operan con un fin determinado, y esa pandilla dirige toda esa basura por donde quiere, a no ser que se componga de idiotas rematados, lo que también ocurre… De qué a qué va la transición no lo sé, y sin embargo los hombres más despreciables se encimaron de pronto, empezaron a criticar en voz alta todo lo sagrado, cuando antes no se atrevían a abrir la boca, y la gente más principal, que hasta allí tan felizmente había ocupado los puestos de arriba, los escuchaba de pronto en silencio y algunos hasta les reían las gracias”…

    –En los tribunales se pronuncian sentencias salomónicas, y si los jurados se dejan untar… Los siervos gozan de libertad y se azotan unos a otros, en vez de que los azoten sus señores como antes… Años de reformas. Y, sin embargo, Rusia nunca llegó, ni aún en las más grotescas épocas de su estúpida historia…

El padre (y modelo) de la intelectualidad española contemporánea




CONVERSACIÓN CON JACINTO GRAU


("Como usted sabrá, yo soy un genio")


Por Alberto Guillén

-Pase usted -dice la criada-, el señor se está bañando, pero le ruega que lo espere.

Yo paso. Lo espero, lo espero; medito filosóficamente y me consuelo. Algún derecho han de tener los hombres superiores. Entre ellos, el de hacerse esperar. En medio de la habitación, un poco de agua canta burbujeando en una cacerolilla sobre una estufa de gas.  Schopenhauer hace gestos misántropos sobre unos botines delicadamente caídos sobre un diván. También Goethe insinúa su testa de mármol y unos zapatos asoman su risa grotesca en un sillón. Hay libros viejos y nuevos. El Doctor Sutilis, de Clarín, junto a la República, de Platón. También hay las obras completas de Ibsen, una Biblia protestante y algunos tomos de Shakespeare. Estos, muy manoseados. Sobre la mesa, un drama sacro de Zúmel muestra sus versos subrayados con un vigor terrible. Aparece Grau. Yo me emociono tres veces como los monaguillos.

-Usted perdone. Me estaba bañando.

-Perdonado. Ya me lo había dicho la criada. ¿Usted también se baña?

-Sí, yo siempre me baño. Siembre, todos los días. De la cama al baño. Al salir del baño soy otro, me siento como nuevo; parece que las ideas geniales afluyen con mayor rapidez. ¿Me permite usted que me ponga un chaleco?

-Hombre, lo que usted guste.

Grau pasa a la otra habitación y sale con un chaleco verde; encima, una americana creo que gris. Luego vuelve a hablar.

-¿Le hice esperar mucho? Perdóneme. ¿Sabe usted? ¡El jabón, la toalla, el agua de colonia! Yo tengo que perfumarme para poder escribir.

-Muy bien, señor Grau, así su producción olerá bien.

-Es usted americano, ¿verdad?

-Sí, señor.

-Ya me lo parecía por la melodía de su hablar. Ustedes los americanos hablan muy bonito.

-¿Sí? Gracias. ¡Usted no sabe el placer que siento al conocerle!

-Muchas gracias. Como usted sabrá, yo soy un genio -me dice a boca de jarro.

-Sí, señor; ya lo sabía.

-¿Quién se lo dijo?

-¡Todos! Todos: Sanchiz, Concha Espina, Marquina. ¡Todos! Su nombre ya empezaba a sonar en mis oídos americanos y en España me encuentro con que todo el mundo lo cree un imbécil.

-¿Y me llaman genio?

-Sí, le llaman genio, riéndose.

-¿Pero los inteligentes?

-No sé a quiénes llamará usted inteligentes. Pero todos los escritores que he visitado me han dicho lo mismo. Y no sólo ellos; hasta las porteras y los estudiantillos de la Universidad. Todos, literatos y señoras novelistas muy respetables, todos; y esto bastaba a que se me hiciese usted interesante. Siempre es interesante un hombre de quien la gente habla mal. Yo quería convencerme. ("Hay genios de la brutalidad" -decía Hermida.)

Don Jacinto se turba un poco y ríe con risa forzada. En esto entra su señora. Don Jacinto me la presenta y le dice:

-Mira lo que dice el señor Guillén.

-¿Qué dice? -pregunta la señora.

-Que todo el mundo me habla muy mal de su marido, señora.

Grau tiene lentes y una carita de papagayo. Es deliciosamente tartamudo, pero habla con vehemencia. Manotea. Escupe al interlocutor. Es necesario un paraguas para entrevistarse con el genio. Lo aviso a los que vayan a verle tras de mí.

-¿Quiere usted un cigarrillo? Escoja usted. Los españoles no les podemos ofrecer buen tabaco a ustedes, los americanos...

-Es verdad. ¿Y a qué cree usted se deba la odiosidad que le tienen sus paisanos?

-Es que estos españoles son muy brutos, mucho; brutos como adoquines. No reconocen nunca lo grande que tienen entre las manos. A Cervantes, como usted sabrá, casi lo hacen morir de hambre en un cuartucho. También lo encarcelaron.

-Sí, es verdad. Pero...

-No. Los únicos inteligentes son los adoquines españoles.


(Con los adoquines lapidaban los antiguos a los mentecatos, pero, según Grau, los adoquines españoles son muy inteligentes.)

-Sí, señor; será verdad. Pero hay algunos que lo reconocen: Ramiro de Maeztu, por ejemplo, me ha dicho que hay que esperar a que tenga usted cincuenta y tantos años, como Ibsen.

-Es que Ramiro de Maeztu es la probidad literaria por excelencia. Es que es el más grande pensador del mundo, el más alto valor con que cuenta España, tiene una honradez a toda prueba. Él y Baeza, que es el crítico más fino de nuestra generación, son los más grandes, son los únicos que me comprenden. Pero yo he escrito El conde Alarcos. ¿Usted no ha leído El conde Alarcos?

-Sí, señor; yo lo he leído.

-¿Y qué le ha parecido? ¿No es verdad que es formidable? Usted habrá visto que es lo más grande que...


(Yo no he visto nada, pero digo que sí por señas.)

-Usted habrá visto que es lo más fuerte, lo más grande que se ha escrito en Europa en estos diez últimos años.

-Es verdad, señor Grau -digo, mirándome las puntas de mis zapatos, que sonríen-, es verdad.

Estoy muy serio. He resuelto hacer de monaguillo y sacudir el incensario hasta cuando guste don Jacinto.

-Es verdad, señor Grau. Esquilo...

-No, no -me interrumpe don Jacinto, haciendo bailar los lentes-. Ésa es una frase canalla que me atribuyen. Afirman que yo digo: "Shakespeare, Esquilo y yo". No; yo no he dicho eso. Lo que digo yo es: después de Shakespeare, yo. Yo espero el fallo de los siglos. Yo viviré en la Conciencia Humana. Yo he de...

Aparece la señora de don Jacinto. Don Jacinto se calla mansamente. La señora entra con los cabellos muy rubios y las medias de color de perla. Es muy inteligente. Se sienta entre los dos. Es decir, entre don Jacinto y yo, y, desde entonces, sólo habla ella. Es un ángel, el ángel de la guarda de don Jacinto. Ha venido a salvarle. Habla mucho, mucho, de su vida en los teatros, de su asco por España. Habla tanto que ya no la escucho, aunque no dejo de mirar sus ojos claros y sus cabellos tan rubios. Grau ha puesto una mano sobre la otra, con la mansedumbre de la Gioconda. Parecen palomas las manos de Grau. La señora sigue hablando, con su lenguaje cálido. Nosotros escuchamos. Yo con los ojos, y Grau con toda el alma. De cuando en cuando, don Jacinto me alcanza su mechero para encender un puro, testarudo y malo, que apenas hace humo. Yo fumo para esfumar un poco a la señora, que me mira con sus ojos vivos. Al fin se cansa la señora y se va. Grau se recobra y vuelve a hablar.

-Cuando yo haya escrito veinte cosas como El conde Alarcos o El hijo pródigo. Cuando pueda dar todo el genio que yo llevo aquí...

El genio se ha dado con la mano en la frente, ni más ni menos que Chénier; y los lentes han rodado por el suelo. El genio los recoge apresuradamente y vuelve a hablar; para recogerlos ha tenido (¡el Genio!) que ponerse en cuatro patas, como un perrito o como un asnito.

-¿Usted no conoce El hijo pródigo? Es grandioso, estupendo; lo más grandioso, lo más estupendo que se ha visto en Europa. Yo le voy a dar un ejemplar. Procure usted que se extienda en América. Su estreno fue una apoteosis. Después de verlo, un húngaro, que tenía su señora, vino y, sin decirme nada, me besó. Yo lloraba como un niño.
La señora ha vuelto.

Yo agito de nuevo el incensario.

-En América se le lee mucho, señor don Jacinto.

-¿Entre los viejos?

-No, entre los nuevos. En el Perú también. Yo he oído hablar de usted a algunos muchachos melenudos.

-¡Cómo! Pero ¿no es Bedoya lo único que hay en el Perú?

-¿Me permite usted que me sonría? ¡Ni mucho menos! Bedoya es...

-Pues Bedoya dijo un día que él y Sassone eran los únicos escritores que había en el Perú! Bedoya es un idiota; a mí me pegó una paliza. Valle-Inclán es otro idiota, porque no quiere leerme. Pero a mí no me importa; él se hace un mal a sí mismo, desconociéndome, negándome: aunque estoy seguro de que, a solas, me lee y me admira, y hasta me atrevo a asegurar que... ¡me plagia!

-¡Es muy posible! Valle-Inclán, según dicen, está agotado.

-Sí, sí; está agotado, muy agotado, enteramente, absolutamente, definitivamente agotado; además, ya nadie lee a Valle-Inclán. Ya nadie se acuerda de él, ya pasó; es un recuerdo histórico, algo así como un megaterio literario; hasta a veces me parece más viejo que el propio don Miguel de Cervantes Saavedra. ¿De modo que en América?...


-Sí, en América le reconocen como un Genio -digo con seriedad cómica, dándole una vuelta a mi sortija, que brilla sobre mi dedo como la sangre de una estrella; mi sortija, que se pusieron todas mis amadas y es el recuerdo de un virrey; mi sortija, que es el amuleto de mis triunfos y un regalo de mi padre; mi sortija, que... (Un día he de escribir el libro Mi sortija encarnada.)

Ya don Jacinto no me escucha. Me ha pedido mi pluma fuente y me está dedicando libros, libros, muchos libros: El hijo pródigo, Conseja galante... Luego me los da y quiere abrazarme. Yo le digo que son las dos de la tarde y que aún no he almorzado. Don Jacinto se compunge muy sinceramente y se arrepiente de todo corazón.

-¡Y yo que le hice esperar tanto! -me dice-, pero ya usted comprende, ¡el jabón, la toalla, el agua de colonia!...

Del libro La linterna de Diógenes (1920), de Ave del Paraíso Ediciones, 2001.


Grau en ABC

Lunes, 20 de Abril



Por si se nos cae el pelo

domingo, 19 de abril de 2020

A propósito de la dictadura sanchista

La España (alemana) de los balcones
De Weimar nos viene el galgo


LA LIBERTAD

Ignacio Ruiz Quintano
Abc, 30 de Junio de 2017

    La libertad, si hablamos a lo grande, nunca arraigó en Europa, un continente demasiado viejo.
   
En Europa puede haber libertades, que es otra cosa: una cosa que alguien, desde arriba, da… o quita.

    Para ser libres, los locos de la libertad tuvieron que dejar Europa y establecerse en América, donde fundaron, todos a una (¡el pueblo, no un ejército!) su libertad a tiro limpio (¡ay, esa Segunda Enmienda que a ningún europeo le entra en la chola!). Ley y orden. “Imperio de la ley”, invento romano que arraigara en Inglaterra y que John Adams define para una señora en la calle:

    –¡La república de las leyes!
   
 Parecía algo irrefutable, pero sólo hasta que oyes a Ana Pastor en el Congreso:
    
–Nuestra democracia se fundó democráticamente.
    
En Filadelfia, nadie, salvo Hamilton, sabía que estaban creando la democracia representativa. Y tampoco nadie citaba a Rousseau, sino a Montesquieu, que en su “Espíritu de las Leyes” advierte de que, si el poder ejecutivo sale de los diputados, desaparece la libertad política.
    
La libertad política es, pues, una felicidad americana (“felicidad” por libertad es la palabra más repetida por Tom Paine). Hoy, con el moderno clero (universidad y mass-media) en contra, es una felicidad en decadencia, pues de ella sólo hace causa el partido republicano. El partido demócrata mira más a Europa (la cabra tirando al monte), cuyo norte no es la libertad (la idea europea de libertad se reduce a ir en bicicleta sin reglamentos), sino la igualdad, que, por utópica, es una ideología catastrófica.

    La Revolución americana es la libertad que lleva a la democracia. La Revolución francesa, que declara demodé a Montesquieu, es la igualdad que lleva a la dictadura. Sin libertad no hay democracia y sin dictadura no hay igualdad.

    Nuestro actual igualitarismo es la universalización de una idea falsa: lo llamamos socialdemocracia, que nos entretiene con lo accesorio para que no nos acordemos de lo trascendente.

    Aquí la libertad nunca importó a nadie.

Cuarentena española: un experimento político



Decía Schiller: “La construcción de la auténtica libertad política es la más completa de todas las obras de arte”. La libertad política, garantía de las libertades sociales y personales, no existe desde hace tiempo en España



España'20

Hughes
Abc

España es el país del mundo con más muertos por habitante a causa del coronavirus, y también el país occidental que ha sufrido un mayor trastorno en sus libertades. Mirando al modelo chino y con la vigilancia coreana en el horizonte, la cuarentena española, a imitación italiana, se ha convertido en un arresto domiciliario de más de 40 millones de españoles.

Para los romanos, inventores de la dictadura, el bienestar público era la ley suprema, pero ¿hasta qué punto pueden restringirse las libertades? Asombra cómo el Gobierno, tras su imprevisión, ha dirigido el Estado hacia la vigilancia del ciudadano. Sorprende también la ausencia de voces críticas. Se han visto afectadas o amenazadas las libertades de circulación, de reunión, de información, las económicas, las relaciones laborales, el derecho de propiedad, la protección de datos, la libertad de información y derechos políticos.

Para el constitucionalista José Manuel Vera Santos, la Ley General de Sanidad permite un confinamiento, «pero cuando la relación entre la salud pública y la libertad se plantea en términos de sacrificio, como antinómicas, estamos ante autoritarismo».

«Es la mayor represión sufrida en democracia. El contenido esencial de las libertades es sagrado y sólo se puede suspender (artículo 55 de la Constitución) en el Estado de Excepción y de Sitio, y no todos los derechos. A cambio, esta suspensión va unida a una exigencia mayor de control parlamentario. Y esto aquí no se ha producido. Si una persona multada acude a lo contencioso-administrativo podría plantear una cuestión de inconstitucionalidad». Considera que estamos «ante un experimento político tendente a la paulatina desaparición de las libertades públicas».


Carlos Flores Juberías, también constitucionalista, coincide. «Hay algo de experimento. El Gobierno va probando la temperatura. ¿Monitorización? Lo deja caer, por ejemplo, y espera la reacción. Es una labor sistemática al amparo de la lucha contra el coronavirus». Flores teme que se desarrollen instrumentos jurídicos que luego no se deroguen. No es un temor paranoico. En guerras y crisis es cuando el Estado ha incrementado sus poderes.

Flores considera que el Estado de Alarma no ha limitado las libertades, sino que ha establecido una restricción general con excepciones. «Se han tomado las medidas más lesivas del Estado de Excepción sin las garantías del Estado de Excepción. Un ejemplo: más de 400.000 multas (una por cada cien españoles) entre los 600 y los 30.000 euros. Cuando se decreta el Estado de Alarma no se establece el régimen de sanciones y el margen de maniobra es descomunal. El Estado de Excepción exigiría delimitar la cuantía máxima en el Parlamento. De esta forma, la inseguridad jurídica es palmaria. Hasta el que sale con ánimo de vulnerar el decreto tiene que conocer cuáles son las consecuencias. Se ha invertido la relación en la calle: no es el Policía el que nos indica una limitación, ahora ha de ser el ciudadano el que explique qué hace allí». Considera que los incidentes en las iglesias son una consecuencia de esa inseguridad.

Flores recuerda que se han suspendido unas elecciones y que se amenaza el derecho de información «justo cuando el Gobierno controla el flujo de información, su presencia mediática es constante y no hay control político ni calle. Empezamos temiendo al virus y ahora ya hay inquietud por las decisiones del Gobierno».

Carlos Sánchez Almeida, abogado de la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información, habla de un «Estado de Excepción Digital». «Sánchez iba a derogar la ley mordaza y es la que les está permitiendo poner medio millón de multas». En cuanto a los bulos, «la Ley habla sólo de los que tienen una intención de generar movimientos bursátiles o crear falsas alarmas. En vía civil ya existe el derecho de rectificación y hay un derecho al honor, pero aquí está la Policía patrullando internet. Eso sí, del acoso cibernético no se dice nada. Cada mañana hay bots persiguiendo al disidente en las redes sociales. En mis 33 años de profesión no he visto cosa semejante. En cuanto al fact-checking, la verdad periodística es, por definición, subjetiva. Que el Gobierno la determine es un doble delirio». El Gobierno habló de ello, el CIS ha preguntado y RTVE ha creado un espacio de verificación. El PSOE lo llevó a la Fiscalía.

Almeida señala otros peligros, la geolocalización, que exige orden judicial y caso por caso, la posible creación de certificados de inmunidad o el acceso a nuestros datos por empresas privadas. «La judicatura ha de ponerle freno. Es terrible cómo la sociedad española se ha dejado poner el yugo».

Preguntado por ABC sobre esta actitud española hacia la libertad, el filósofo Antonio Escohotado contesta lacónico: «Blandiblú. Invertebración». Asiste «estupefacto» a lo que sucede. «Parece una preparación. Un momento de transición muy rápida, demasiado rápida, hacia otra cosa». No cree, eso sí, «que aquí pueda montarse un chavismo fácilmente».

Para el profesor de políticas públicas, Miguel Anxo Bastos, «cierto grado de restricción de las libertades era necesario, pero se ha incidido más en la la sanción que en promover hábitos individuales como en otras partes. Si se lo explican, la sociedad española sabría comportarse. Si no, siempre decidirán por nosotros».

Bastos ve algo más que paternalismo, que un trato propio del menor de edad. «El Estado ya era propietario de nuestros bienes, como bien apuntó Pablo Iglesias con su referencia a la Constitución. Ahora constatamos que lo es también de nuestras vidas. Incluso, por desgracia, en el sentido literal de decidir quién vive y quién no».

Como expresión del confinamiento, ha surgido el espíritu de los balcones y también la figura del delator, en la que Gabriel Albiac detecta la pulsión de la servidumbre voluntaria: «En la figura del delator emerge un estrato muy hondo de la subjetividad humana. Ante la certeza de nuestra precariedad, sólo hay dos respuestas posibles. O la libertad, o la cesión en una potestad superior que da sentido y permite la salvación. El ejemplo de las sociedades totalitarias indica un perverso sentido de la santidad: ser uno con ese sujeto sagrado, el Estado, de cuya mano, más allá de indignidades, vendrá la salvación de todos. Se entiende en "El cero y el infinito", de Koestler: el envilecimiento puede ser visto como la vía de acceso al paraíso. Y, así, el delator puede darse a sí mismo rostro de mártir: ha sacrificado sus más puras convicciones para salvar a esa comunidad. De su abyección personal vendrá la gloria colectiva. Espantoso. Y muy común».



En parecidos términos, el profesor Dalmacio Negro recuerda a Lassalle, fundador alemán de la socialdemocracia, para quien el Estado era Dios. La situación española no le sorprende. «El modelo de Estado hoy es el napoleónico y evolucionó hacia el actual de Partidos. La docilidad ciudadana es completamente normal. Los europeos han sido educados después de 1945 por el consenso político entre los partidos, dirigido por la socialdemocracia, para ser los buenos ciudadanos que pedía Rousseau. La gestión de la pandemia está suscitando la impresión de que los sacerdotes estatales son bastante incapaces frente a los virus, con el peligro de que fermente un ateísmo antiestatal y se una a los populismos antisistema».

En España observa el resultado de un proceso «que desarrolla el preámbulo de la Constitución de 1978, formalmente una Carta Otorgada: “establecer una sociedad democrática avanzada”. Un concepto leninista. Es posible que la finalidad del Estado de Alarma interpretado como arresto domiciliario por Sánchez consista en poner fin a ese proceso».

En el contexto de la pandemia, la situación española presenta una particularidad, la vanguardia de algo. «Se dice que es un Estado fallido como si fuese la descomposición de lo logrado desde el 78. Al contrario. España se adelantó históricamente, no es la primera vez, inventando el Estado de las Autonomías. Cabe pensar que este Estado democrático avanzado dirigido por Sánchez se consolide tras la experiencia de la pandemia como el primer Estado Feudal en sentido estricto o como un Imperio formado quizá por diecisiete naciones-estado».

Una libertad que se quita tan rápido, ¿es propiamente nuestra? Dalmacio Negro responde con un punto de ironía. «Decía Schiller: “La construcción de la auténtica libertad política es la más completa de todas las obras de arte”. La libertad política, garantía de las libertades sociales y personales, no existe desde hace tiempo en España. Y da la impresión de que la idea rectora del profundo pensamiento político del Dr. Sánchez apunta a “instalar”, como diría Julián Marías, la verdadera libertad de Marx, que es la igualitaria, ayudado por el también Dr. Iglesias. Mientras tanto, como le dijo Lenin a Fernando de los Ríos, “libertad, ¿para qué?”».

Julio Camba: "España es una charca"

 

ENTREVISTA

Por Alberto Guillén

Una cabeza asoma por entre los cobertores de la cama. Es Camba. Acaba de despertar. Tiene la voz ronca de juerguista, y, en esta postura, Camba no tiene el talento de sus libros.

–Tomen asiento. Ustedes perdonen que les reciba...

–Oh, no importa –decimos a dúo yo y La Jara.

Yo tomo asiento. La Jara se queda de pie delante de Camba. Camba saca los brazos, se confunde y se alisa los cabellos. La Jara es un amigo mío, que tiene mucho talento, que me admira desconsideradamente, que escribe cuentos y tiene fama por un libro... que va a editar. Además, es duque auténtico. La Jara sigue de pie. Camba se vuelve a confundir, ahora sin alisarse los cabellos.

–¿No hay otra silla? –pregunta.

–Gracias. Estoy bien –dice La Jara.

La Jara, parado sobre una pata, parece un ibis en un biombo japonés. Es largo como el deseo de una doncella y tiene la cabeza de pájaro. También tiene alas.

Luego, pitillos. Es la manera de comenzar. El cerebro es también una pipa. Pero el de Camba no humea todavía. Camba no dice impertinencias ni sonríe. Yo le pregunto cuatro cosas, mirándole los brazos velludos, y él me contesta otras cuatro.

–Nosotros creíamos que usted tenía veinticinco años.

–No, señores. Tengo cuarenta –dice Camba bostezando.

–¿Ha viajado usted mucho?

–¡Mucho!

–¿Ha publicado usted un nuevo libro?

–Sí, La rana viajera.

–¿Por qué lo llama usted así?

–Porque España es un charquito donde ha vuelto la rana viajera que soy yo.

(Esto del charquito está muy bien. Efectivamente, España es un charquito. Pero es también “un golfillo arrimado a un farol”. Esto es también de Camba.)

Total. Camba no quiere decir impertinencias. Está rascándose los brazos como cualquier hortera y hasta bosteza de nuevo sin acordarse de Carreño.

–¿Quiere usted que le veamos otra vez?

–Cuando quieran. Más tarde. En el café del hotel.

Nos despedimos. Bajamos. Nos miramos.

–¿Qué tal? –interrogo a La Jara.

La Jara se levanta de hombros, ni más ni menos que el Pacheco de Eça de Queiroz.

A la tarde, envueltos en el humo del tabaco y en la charla anodina del café, Camba ha empezado a mostrar su finísima alma de clown. Es el hombre que ríe. Tiene un gracejo inimitable. Cuenta chistes con la cara seria y hace cabriolas sin desgonzar el busto. ¡Es él mismo! El Camba de las crónicas. “Puede no firmarlas”, le decía un día Sanchiz. Es uno de los pocos que sabe reír en un país tan lúgubre y sombrío como España. España es negra, Solana tiene razón. Los humoristas, aquí, son necesarios. Hay muchacha que se llama Angustias. Las Dolores son corrientísimas. Hasta en esto se revela la sicología de un pueblo. En Francia las niñas se llaman Fifí o Lulú, o Mimí. Aquí son Angustias. Esto oprime el corazón. El corazón de España está oprimido. La risa de Cervantes no hace bien: hay en ella dolor, como lo hay en la mueca de Quevedo. Hay que vivir aquí para comprender el humorismo macabro de sus artistas. Goya, por ejemplo. Éste es genial. Pero no el Goya pintor de tapices, no: el Goya de los Caprichos. Nunca, en ningún país de la Tierra, ha reído la Muerte como aquí. Los Caprichos de Goya hacen daño: ¡son la epilepsia de lo lúgubre! Goya es un pintor de larvas y de manicomio: ha encontrado lo grotesco en la angustia y lo risible en la Muerte. ¡Es genial!

Además de negra, España es lívida. Todos sus pintores tienen la obsesión del más allá. Goya, retorciendo sus muñecos entre la miseria y la muerte. Velázquez, con sus reyes macilentos, con sus bufones grotescos, donde toda la fealdad y toda la miseria de la carne aspiran a la muerte. Teotocópuli, con sus caballeros entecos, apergaminados, con las pupilas febriles, que velan al borde de la Vida. Ribera, con sus ascetas admirables, de miembros exangües y de ojos llenos de celestes ensueños. Todos místicos, todos atormentados, lúgubres todos. Todos diciendo el dolor de la vida precaria y la celeste penumbra que entreabre la Muerte.

–¿Decía usted...? ¿Cómo, señor Camba? ¿Quiere usted hacernos reír?

El mozo nos sirve café. Camba nos sirve golosinas. El café tiene un gusto a frejoles, las golosinas tienen sabor a...

–Una vez –dice Camba–, en casa de una señora que hace libros de cocina y de boudoir, y creo que se llama Colombine [Carmen de Burgos], se juntaron varios burlones y le pusieron a Salvador Rueda una corona de lata, con hojas en forma de laurel. Rueda se la ladeó con aire de beodo y se hizo retratar. Después puso su efigie coronada en la tapa de sus libros. Luego se fue a América sin olvidar, claro está, la corona de lata. En América no se la dejaron desembarcar. Él protestó, suplicó. “Es prenda de mi uso”, decía. ¡Nada! Luego vinieron unos admiradores de Rueda y se lo llevaron con gritos y tocando peroles y trompetas. Eran unos negros de Nicaragua o Costa Rica que manifestaban su entusiasmo a don Salvador.

–Perdone usted, don Julio –le interrumpo–, no fueron unos negros de Nicaragua o Costa Rica los que tal hicieron, sino unos españoles de la isla de Cuba, que aclamaban a un genio español. Los escritores de Cuba, en cambio, coronaron por aquellos días a un negro coplero a modo de protesta y para que no se fuera a creer que existe un país en América donde se pueda aclamar a ese genio español. ¿Me comprende usted?

Risas. Camba se ha puesto muy serio. Tiene los ojillos huyentes y los labios rapados, con un aire burlón.

–¿Saben ustedes dónde anda Unamuno? –pregunto.

–En Salamanca –dice Camba–. Siempre se vuelve allí a coleccionar anécdotas y paradojas. Cuando tiene un repertorio se viene a Madrid. Las cuenta a todos, en todas partes, hasta que todos las han oído, y cuando todos, absolutamente todos, las saben, regresa a Salamanca y vuelve a comenzar.

–¿Y Maeztu? ¿Qué hace Ramiro de Maeztu?

–Hombre, vaya usted a verle. Es un tipo muy interesante. Comenzará rezando el Padre Nuestro y acabará con un Sermón de la Montaña, o algo parecido.

–¡Ah! ¿Es muy religioso? Pues he de verle. ¿No sabe usted de otros pintorescos?

–Sí, hombre, sí. Puede usted ir a ver a Grau. Éste es todo un caso; le hará reír mucho. No ha leído nada, pero se llama Genio. “Él y Shakespeare” es su lema y su obsesión. Si usted tiene paciencia, acabará por abrazarle.

Luego hablamos de Belda. Camba no se santigua, como hizo al decir el nombre de Maeztu, pero le pide la mano a un banquero gordo, que ríe, y que es amigo de Camba.

–¿Usted lee a Belda? –le pregunta.

–No, hombre –dice el banquero–. Yo soy casado y no me hace falta.

–¿Será como Vargas Vila? –digo yo.

–¿Quién es Vargas Vila? –dice Camba.

–Es un señor a quien leen los seminaristas, los viejos verdes y hasta las niñas a escondidas de su mamá –digo pensando en mis quince años y en mis escapadas a la campiña, donde leía a Vargas Vila a escondidas del sol.

Eso fue todo. Luego, más tarde, pensando en Camba, me dije, con un un verso del más americano de nuestros poetas, el inimitable Luis Carlos López:

Como si fuese una caricatura de trapero sin garfio, tu figura hace reír a mi sinceridad...
 
 
(De La linterna de Diógenes, 1921, libro cruento de semblanzas venenosas
 sobre los escritores más famosos del momento.)

Domingo, 19 de Abril



Los atacados de Madrid

"Bienaventurados los que crean sin haber visto"

DOMINGO, 19 DE ABRIL

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-Paz a vosotros.
 
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

-Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
 
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

-Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

-Paz a vosotros.
 
Luego dijo a Tomás:

-Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
 
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo:

-¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto.
 
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Juan 20, 19-31

sábado, 18 de abril de 2020

Comunismo

Congreso de Educación y Cultura, 1971


Ignacio Ruiz Quintano
Abc
    
Tenemos un coronavirus comunista en las calles, y en el gobierno, una dirección comunista. Esto, más que a deseos de Año Nuevo, suena a maldición de Cuelgamuros por remover muertos (hay que releer a Frazer). ¡La malaventura de Merry al gobierno en el Valle de los Caídos!
    
–Vamos a hacer un Arlington –dijeron entonces, con tono de chulos de zarzuela, los centristas, que siempre son los pluviales (pajaritos mondadientes) del cocodrilo.
    
El cocodrilo es Pablemos, que se toma el poder en lo que Sánchez, ese Tony Manero de Hughes, se tomaría el bacardí.
    
La última vez que los comunistas estuvieron en el gobierno, el tragaldabas de Prieto presumía que el comunismo nunca podría implantarse en España debido al individualismo de los españoles, que, como hemos visto, se reduce a chivarse en secreto del vecino de balcón. Pero era la forma que tenía Prieto de explicar, entre cochinillo y cochinillo que se metía al cinto en Casa Botín, el famoso párrafo de Tocqueville: “Cualquier esfuerzo general de una sociedad para hacer iguales a los ciudadanos, el orgullo individual siempre intentará escapar al rasero común y querrá formar una desigualdad de la que saque provecho”.
   
 Carecemos de orgullo individual y, además, la desobediencia es el pecado capital de la religión comunista, y Pablemos ya ha lanzado su aviso a navegantes en la peluquería de Ferreras.
    
–¡Vivirán pero no pervertirán! –cerró Fidel su Congreso de Educación y Cultura del 71 contra el Desviacionismo (desviados eran los homosexuales, llamados “enfermos de patología social”), asunto que tocó Néstor Almendros en su “Conducta impropia”, por cuyo pase en “Tatuaje”, de TVE, dejó Calviño, el papá de Nadia, nuestra eminencia económica, sin programa a José-Miguel Ullán.
    
Para la situación invivible española sólo hay las dos soluciones que Cabrera Infante diera para la situación invivible cubana: “La esquizofrenia o la huida”.

    Y olvídense de la Oposición: forma parte (y seguramente no lo sepa) del problema.

Los bulos

ABC

Si bulos y posverdad existen, su pionero español fue Ferreras con las capas de calzoncillos. No había WhatsApp entonces, pero sí SMS, los que aportaban Pablo Iglesias y sus amigos


En 2016 la posverdad se convirtió en palabra del año. Era la forma de explicar el Brexiy y a Trump en el nuevo contexto de Internet. No es que se mintiera, es que ya no importaba la verdad. Era una queja científica del centro (obamobruselense) que miraba con asco ilustrado lo que pasaba a derecha e izquierda


El absurdo del hombre moderno lo representa el intento del barón de Munchausen de querer salir del pantano tirtirándose de los pelos. O sea, Ferreras verificando un bulo