viernes, 8 de noviembre de 2019

Viernes, 8 de Noviembre

Valle de Esteban

Murió, como un niño, el hijo
de tu loco corazón
y mi loco corazón

jueves, 7 de noviembre de 2019

El hábito



Hughes
Abc

Hace unos años estuve viviendo un tiempo en un pueblo, una ciudad pequeña. Conocía poca gente allí, sólo un amigo y su familia, y muy pocas veces tocaban a la puerta. Después de trabajar, yo pasaba quizás demasiado tiempo solo. Mi mayor compañía era, en realidad, el perro de los vecinos, que, sin ser mi perro, ladraba tanto y tan cerca, y a través de unas paredes tan livianas, que lo sentía allí. Luego, acordándome, me di cuenta de que no era una mala manera de tener perro. El animal era además muy sensible a mí, y ya en el ascensor le podía oír ladrar furioso al intuirme.

En la misma semana, sin embargo, mi tranquilidad se vio alterada por dos llamadas al timbre. Una fue la de un comercial de congelados que me ofrecía la posibilidad de hacerme llegar periódicamente unos platos precocinados muy elaborados. Harto como estaba ya de las ensaladas y el pollo (en esa época aspiraba aún a la musculación), le dije con entusiasmo que adelante y con bastante convicción me apunté, o me suscribí. Esto me ilusionó mucho.

Poco después tocaron otra vez, y en esa ocasión fue una vendedora de El Círculo de Lectores, una institución que para mí era algo como del pasado y que en casa no habíamos conocido. Era una mujer de mi edad, quizás algo mayor, y a mí, con esa vida de convento que llevaba, me pareció guapa y fui incapaz de decirle que no cuando me ofreció hacerme socio. No sólo porque fuera guapa, es que me costaba y me cuesta decir que no. No sabía decir que no, y como la ausencia de no en esa época aún debía de ser sí, me endilgó la suscripción de El Círculo de Lectores.

Hoy me he acordado de aquella mujer y aquellos días al conocer que se acaba. Durante el tiempo que estuve viviendo allí fui recibiendo libros periódicamente. Libros que en realidad no quería leer y que no leí. Creo que ya era un lector desarrollado y tenía mis gustos, y el catálogo, siendo interesante, no me excitaba. Recuerdo haber comprado una edición nueva de Las Armas y las Letras, de Trapiello, una novela de las peores de Martin Amis, que creo que ni abrí, que ya era mala por fuera… Una parte de mí lamentaba gastarse el dinero en libros que me daban pereza, así que la otra se trataba de entusiasmar con el catálogo para aprovechar el hecho consumado. Lo estudiaba minuciosamente. Ya los leerás, me decía, ya los leerás.

No tengo cerca los libros, pero fueron bastantes y poco a poco llenaron esa casa en la que estaba provisionalmente cuando creía que la provisionalidad era una cosa distinta de la no provisionalidad.
Así que lo que recuerdo es el catálogo, haberme acostumbrado a la llegada del catálogo, que tenía algo de autoridad, de prescripción, y a la vez de promesa, como en la Navidad, y, aparejada, la alegría tontorrona cuando llegaba la delegada del Círculo o cuando me la encontraba por el pueblo:

-Hola, ¿qué tal?

-Hola, nada, aquí.

-A ver si te pasas, ya he leído el anterior.

-Sí, sí, claro.

-¿Todo bien?

-Sí, aquí esperando a mi marido…


Durante todo el tiempo que estuve, seguí recibiendo los libros y quizás sólo el final de la empresa me hubiera liberado hoy del compromiso de haber seguido allí. Yo no fui capaz por no quedar mal. Como diría el poeta: “Por no quedar mal, J’ai perdu ma vie”. De los congelados, no sé muy bien cómo, ni cuándo, me acabé “desapuntando”. Pero en el Círculo me mantuve, fiel al ritual. De alguna forma, hacía también “casa”, como cuando a la puerta tocaba “el del Ocaso”. Si va alguien con un recibito periódicamente parece eso más hogar.

No fue de lectura conmigo, porque el lector que yo era, malo o bueno, ya estaba formado, pero lo pienso ahora y reconozco que el Círculo sabía crear un hábito. El hábito era indudable.

Días de ricos y pobres

Coloño


Francisco Javier Gómez Izquierdo

     Anoche no se sintió la emoción del martes y sólo un encuentro menor, el Dinamo de Zagreb-Shakhtar, llegó a conmover a los ucranianos y al espectador neutral -si la especie aún perdura, pues todos tiramos, a veces por nimiedades, hacia uno de los contendientes-... y encabritar a los croatas. ¿Cómo se puede dejar escapar un partido que en el minuto 92 ganas por 3-1? ¿Y que te pase esto en Champions? Uno tiene buenos deseos para el joven Olmo, que tan buen rendimiento está dando, y por Bjeliça, aquel medio cumplidor y formalote que llegó al Albacete y luego pasó por el Betis y  Las Palmas, que ayer despotricaba en veinte idiomas al final del encuentro desde el banquillo. Croatas y ucranianos se jugaban la 2ª plaza para llegar a octavos y me da que la llave la va a tener el City en la última cita de Zagreb, clasificado con seguridad 1º de grupo, aunque el Atalanta, asimismo sin presión y con otro croata, Pasalic, que también estuvo por aquí, en Elche, puede liar a cualquiera de los dos.
 
Bayern y Tottenham hicieron los deberes a pesar de la aparente fragilidad en sus Ligas, lo mismo que PSG y R. Madrid, donde otro joven, Rodrygo, hizo su brillante presentación en Champions. Este brasileñito no tiene la velocidad, ni la potencia, ni los dientes de Vinicius, pero ahora todos han descubierto que es más inteligente que su compatriota. No es cosa de enterrar las virtudes de Vinicius, pero si yo tuviera que fichar a alguno de los dos, ficharía a Rodrygo, porque me parece que ve el fútbol antes que la mayoría y ésa es virtud que para el que ya posee el talento tiene un precio que en estos tiempos es incalculable. Tiene mucho de Benzemá y ya saben que soy convencido defensor del fútbol de Benzemá al que casi todo el madridismo votó ayer por su destierro.
   
¿Y el Atleti? Yo creo que tiene mimbres para hacer mejores cestos, pero Simeone se ha empeñado en llevar la mies al área en aquellos canastos de castaño que usábamos para la hierba de los conejos y se le escapan muchos granos por el culo y por el camino. Con ganar al Lokomotiv en el Calderón bastará, pero el equipo da síntomas de “estrés”. Es posible que no sea conveniente vivir de continuo con esa tensión que exige el entrenador. Pueden sobrevenir pequeños ictus indetectables que van minando el equilibrio físico y mental hasta que el deterioro ya no puede disimularse. Hay fallos increíbles e insospechados en defensa -por Dios, Hermoso- y en punta no se acaba de decir ¡aquí estoy yo! -por Dios, Morata, en el último segundo es cuando se convierte uno en leyenda-.
     
Mientras pongo estas letras sobre la Copa de Europa -el fútbol rico y glorioso- me dice uno de mi peña que están registrando las oficinas del Córdoba y la casa del presidente León. Ayer los jugadores del equipo convocaron a la prensa para decir que no cobran y que no tienen expectativas de hacerlo. Se fue el entrenador, dicen que se va a ir el secretario técnico y dice la ley que al tercer mes sin cobrar el jugador puede negociar con otro club sin que éste tenga que abonar cláusula de rescisión. ¡Vamos!, que se puede ir gratis a otro club. Como pasó con el Reus.  David Aganzo y Diego Rivas están ya en el tema y el Córdoba puede ser un episodio propagandístico extraordinario para dar publicidad a la capacidad de la AFE. Todo me huele mal. A como pasó con el Burgos por dos veces, pero aquí en Córdoba es mucho más cutre. Hace tres o cuatro años el amo repartió beneficios y vendió el club no se sabe aún en qué condiciones a un empresario que creo que no supo nunca ni lo que firmaba, ni donde se metía. El problema que veo es que el único modo de no desaparecer es que el club vuelva al amo de hace dos años. En fin, aquí estamos, condenados a seguir maltratados por esos personajes que tratan al fútbol como si fuera una cuadra donde sacudir sus asquerosidades....y el caso es que de la cuadra no somos capaces de salir.

El desprecio

Él es un alma ensombrecida por no sé qué decepciones primarias,
 por no sé qué fracasos iniciales que le mantienen en guardia perpetua 
contra el prójimo


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

  
  Lo más tenebroso del llamado debate en TV fue la mirada de Sánchez (¡el desenterrador!). Si la de Abascal, por mirar a los ojos, fuera una “mirada de derechas”, la de Sánchez, por mirar al suelo, sería la “mirada de izquierdas”: una actitud de amo (hacerse el amo) firmando cartones de bingo (¡el diálogo!) con la inmensa fuerza liberadora del desprecio.

    –¿Acaso podía tener miedo a esos seres insignificantes?
    
Sin un Trump que lo mandara a sentar, Sánchez, que tiene sus jefes y que ha puesto en marcha la Ruptura del Frente Popular del 36 (nada que ver con la Ruptura Democrática de la Junta del 74), escenificó en el plató su plan moral.

    –No pudimos llegar a entendernos –dirá Lerroux de Azaña, otro despreciador profesional–. Él es un alma ensombrecida por no sé qué decepciones primarias, por no sé qué fracasos iniciales que le mantienen en guardia perpetua contra el prójimo.
    
Lerroux es un Hernán Cortés (el gaditano, no el extremeño) del retrato literario, y en la desconfianza permanente y aisladora de Azaña ve “una muralla desde cuyas almenas el castellano otea el horizonte, mira sin compasión a los siervos de la gleba que labran su terruño, desprecia a casi toda la restante humanidad y se reconcentra y recrea en la contemplación y admiración de sí mismo, porque él sabe, él cree, que lleva dentro un gran hombre…”

    Para Ortega, las restauraciones (y ésta de la Ruptura lo es) son lo más artificioso que presenta la Historia: algunos las quieren, pero nadie, ni los que las quieren, las creen.

    –La Historia tiene de río que no sabe andar hacia atrás.

    He ahí, precisamente, el truco de la Ley de Memoria Histórica del sanchismo. Marcha atrás, lo más homologable al Frente Popular (y nos atenemos sólo a las descripciones que hace en sus memorias don Niceto Alcalá-Zamora, su presidente), “Viernes 13”, va de un jugador de hockey mágico que cura a un grupo de adolescentes heridos para que puedan irse del campamento a casa (tuit de @doctorow).

    Ay, mandilones.

Jueves, 7 de Noviembre


Valle de Esteban

desmayarse la luz, y anochecerse

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Noche de jóvenes talentos

Gianluca Rocchi
 
López Silva

Francisco Javier Gómez Izquierdo
     
   Ayer me puse a ver el Valencia y de vez en cuando pasaba al Chelsea-Ajax. Al poco, con el 1-1 de Stamford Bridge, me quedé en esa pantalla que es como un carrusel que conecta con los campos donde hay gol. En realidad no ves los partidos en condiciones, pero reconozco que disfruté durante hora y media como los casi juveniles que anoche pasaron por el televisor desde todos los campos donde se jugaba Copa de Europa. Supongo que a estas alturas se habrán dado cuenta que me gustan los entrenadores que se atreven a sacar a la palestra, no diez minutos con 4-0 a favor, a jugadores jóvenes, 21 años o menos, para que demuestren su capacidad y sobre todo su talento. La palma se la llevó éste Chelsea-Ajax en el que sabíamos las buenas costumbres de Ten Hag y nos sorprendió agradablemente Patrick Lampard, al que no sabemos si permitirán por mucho tiempo tanta alegría postadolescente.

     Ahora, por la mañana y analizado fríamente, tengo que decir que el partido era del Ajax. En la 2ª parte y con 1-4 no se puede escapar un partido, pero el árbitro y el VAR ya me dieron síntomas de peculiar yunta en el 2º gol holandés, el del exsevillista Promes, cuando no dudaron ni un segundo en adecuar impresiones. La verdad es que antes del VAR, en caso de duda en el fuera de juego había que dar gol. Dudoso fue también el 2º de Azpilicueta que ponía 2-4 en el marcador, pero lo que requiere meditada reflexión de los “reglamentaristas” es el triple castigo en el penalty que dio el 3-4. López Silva era un futbolista andaluz enclenque que en un partido de invierno no sé si en Oviedo o La Coruña cometió una falta. El árbitro concedió ley de ventaja porque el rival era más robusto y en la persecución volvió a repetir falta. El árbitro paró el juego y al pobre “Pajarito” -así le llamábamos en preferencia-, muy gráficamente, para que el público entendiera, en la misma jugada le enseñó dos amarillas, una por cada falta, ante el estupor propio y de los cordobesistas y el jolgorio del estadio. Semejante actuación que se puede disculpar en El Toralín o La Balastera la interpretaron el florentino Gianluca Rocchi y el VAR  ni más ni menos que en Londres y sin ningún pudor amputaron la defensa ajacied en la misma jugada. El señor Rocchi expulsó a Blind y el VAR a Veltman en el mismo minuto, en el 70, para desatar una tormenta en la que los holandeses estaban condenados a salir empapados. Al final la cosa quedó en empate a cuatro pero no hubiera sorprendido el triunfo de los azules. Un quinto gol de Azpilicueta anulado por mano de Abraham a mí me dejó muchas dudas. De todos modos, partidazo que ayuda al Valencia a llegar con todas las opciones para pasar a octavos. El encuentro ante el Lille lo revolucionó Ferrán Torres, otro mozuelo que saltó a arreglar un descorazonador 0-1... y el excadista Manu Vallejo, educado en el contrataque por quien mejor lo enseña hoy en España: Álvaro Cervera. Apasionante se presenta el Valencia-Chelsea. Si el Valencia gana, asegura clasificación.
      
En el grupo del Barça también hubo rock duro en Dortmund donde el Inter dejó escapar de modo incomprensible un 0-2 que casi lo clasificaba y entre Achraf, que está que se sale, y Alcácer, que salió, robó e incendió el Iduna Park en una jugada que aún debe estar reprochando Comte a Candreva y Brozovic, dieron la vuelta a una manta que todos veíamos negra y azul... y supongo que la otra seguirá azulgrana aunque el Barça da lánguidas y menopaúsicas sensaciones a pesar del juvenil Amsu Fatti, que también hubo de salir para animar el triste cotarro catalán. El nene cumplió poniendo un gol a Messi, pero hasta el monstruo anda en horas bajas y lo falló. Me fastidia un poco que no pase el Slavia, porque sigo manteniendo que juega muy bien al fútbol y mereció ganar tanto al Inter en Milán como al Barçá en Praga. Al Nápoles y al Liverpool los asustaron en su grupo, sobre todo al Nápoles con la poderosa presencia de ese Haaland que con 19 añitos hace goles como churros, pero la cosa pinta favorable para los dos favoritos.
    
Sorprende el Leipzig que con el RB nos suena como a dopado extravagante y bravucón  pero ahí está airoso y retador para octavos sin que sepamos si se lo han puesto fácil o es virtud propia tanta soltura como ha demostrado en la fase de grupos.

     Me he puesto a escribir porque quería transmitir las buenas sensaciones que un servidor tuvo ayer viendo auténtico fútbol. Esperemos que esta noche sigamos por el mismo camino.

Ocho



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Según un proverbio griego, todas las cosas son ocho. Por ejemplo, las naciones de España, al decir del periódico de las elites. ¿Por qué ocho y no diecisiete, que son las autonomías que nos salieron de los dídimos? Seguramente porque las ocho naciones escogidas (al modo que Jefferson, allá por el 85, escogió a los granjeros como “pueblo elegido” de Dios, dejando fuera a los menestrales) tienen previsto comerse las otras nueve.
   
 Esas ocho naciones que salen, vía Juan Tamariz, de la Constitución del 78 son como las ocho almas que salieron del Arca de Noé (Noé, que hubiera dado un gran juego con Sigourney Weaver, fue el octavo pasajero en salir), como podría dar fe periodística Ana Blanco, que tal vez estuvo allí.
    
España fue una nación de naciones (una nación fundadora de naciones en América), pero estas ocho naciones peninsulares deben de ser una culminación de “los Cinco Reinos de España” acuñados por Menéndez Pidal, autor, ay, de “La España del Cid”, en cuyo poema, nos dice Díez del Corral, estudiaron Derecho nuestros ases de las leyes.

    –Incluso la ira regia que motiva el destierro del Cid no fue una expansión pasional de Alfonso VI, sino la “ira regis”, una facultad del monarca, cuyo perfil jurídico-político se refleja en el poema.
    
Claro que si Kipling se hizo un nombre con su idea de las cinco naciones (Inglaterra, Canadá, Australia, Suráfrica y la India), ¿qué oportunidades no se presentan ante nuestros escritores “mainstream”, que con ocho naciones entre manos (lo bueno es que nadie pone cara al Dick Van Patten de este “Con ocho basta”) pueden tramar, si quieren, hasta un Mundial de fútbol sin salir de Las Rozas?

    El intríngulis, ciertamente dramático, de estos nacionalismos periféricos está en esa muñeca hinchable que es la soberanía, sobada por la Nación, pero poseída por el Estado, como saben bien los nacionalistas, que le roen las canillas, mientras los expertos agitan, unos por cómplices y otros por ignorantes, el sonajero del populismo.

Miércoles, 6 de Noviembre


No abrir la puerta

martes, 5 de noviembre de 2019

Abstenciones

La cabina

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En 1919 la abstención española fue de 48 por 100. Cien años más tarde, y si, con arreglo al fatalismo taurino, el toro es peor y el torero es el mismo, ¿qué va a ser de nosotros?

    En España tenemos abstencionistas y abstencionarios. El abstencionista viene a ser como el blasfemo, para quien la blasfemia constituye un acto de fe (en el sistema). El abstencionario, en cambio, sería más como el ateo, razón por la cual tiene peor prensa, que lo acusa de incurrir en todos los vicios de la informalidad: apatía, robinsonismo, insociabilidad…

    –¡Otro que va de listo!
    
Al abstencionario lo pintan de vegano a la puerta de un asador, cuando en realidad es el carnívoro a la puerta de un herbolario. Aún duran las risillas en Twitter porque unos acampados en Barcelona pedían el otro día “embutidos veganos”. ¿Qué son “embutidos veganos”? Para mí, “embutidos veganos” son todos esos monólogos como de radio vieja que sueltan profesores, analistas y politólogos con el manejo dadá de conceptos cuyo significado e historia ignoran: nación, estado, gobierno, soberanía, constitución, derecho, democracia, representación, separación, consenso, federalismo, liberalismo y tortitas de camarones.

    El abstencionista se abstiene por indiferencia o por desinterés, pero el abstencionario se abstiene por principio: puesto que el sistema, dicho por sus creadores, no consiste en la representación, sino en la integración de las masas en el Estado, una abstención elevada denunciaría la inutilidad del sistema, obligándolo a probar la solución representativa, aunque sea para dentro de otro siglo. Por eso de vez en cuando los tanques de pensamiento liberalio, atlantes del antiliberal sistema imperante, piden el “voto obligatorio”, convirtiendo en deber cívico lo que es ni más ni menos que un derecho político… y renunciable.

    No es fácil la vida adulta. Un abstencionario que se atuviera al entorno mediático acabaría, al decir de un amigo, como López Vázquez en “La cabina” de Mercero.

Abascal se presenta a España


Abascal / Efe


Hughes
Abc
 
La entrada de Abascal en el debate desniveló, para empezar, el contenido del mismo. Primó la derecha, dominó la derecha, más si consideramos que Sánchez no quiso darle mucho cuartel a Iglesias, que, precisamente, pidió eso, cuarteles. Cómo será el efecto Vox que Iglesias pide cuarteles de la Guardia Civil en los pueblos de España.

Primó la derecha, pesó más, y eso es por Abascal, que amplió el debate de lo “decible” hasta extremos inimaginables hace poco tiempo. Se habló más desde la derecha y de la derecha, muchas veces con los rifirrafes entre Casado y Rivera. Casado estuvo bien, aplicado, perdiendo eso sí mucho tiempo en defender la ejecutoria de Rajoy; Rivera en un nivel de efectismo ya casi trumpiano en el sentido de lo cómico, de lo caricasturesco, aunque gaseoso, impreciso y poco central. No es la mole física y poderosa de Trump, sino un apuntador gracioso, un duendecillo con gadgets punteando a un lado y a otro del centro. La seriedad ha dejado a Rivera como nos sucede cuando hablamos mucho, cuando cambiamos mucho, cuando hemos intentado seducirlo todo. Al enzarzarse con Casado, además, se difuminaron los perfiles de los dos partidos, se hicieron poco distinguibles, nebulosos.

Porque, además, al lado estaba Abascal. Y Abascal se presentó a España, eso fue el debate, en el día de la mayor desfachatez retórica de Sánchez, que es plusmarquista europeo. No habló nada de Cataluña (el “raca-raca”), ni de la EPA, ni de la deuda, ni de cuántas naciones hay ni de con quién pactaría o no. Una posición escandalosa que remató con una propuesta de “modificación” del artículo 99 que le dejaría gobernar como lista más votada en una especie de consenso blando que prolongara la informalidad de su, ya sí, ocupación de la Moncloa. Un consenso para que su inconsistencia no tuviera que retratarse y él pudiera prolongar la “gobernanza”. Ante esa gran desfachatez estaba Iglesias, la camisa arrugada y el gesto algo resignado, atento e inteligente en la réplica, pero solo, solísimo, abandonado por Sánchez. Iglesias quedó de sostén de la izquierda y rescató a Sánchez en el debate de la plurinacionalidad, aunque Sánchez volvió a despreciarle inmediatamente.

La postura natural de la izquierda ante el debate sería la desmovilización si no actuara un efecto de supervivencia ante la amenaza de giro copernicano que supone Abascal (Sánchez sólo ofrece antifranquismo y es solo un cínico gestor de realidades sociológicas). Porque Abascal triunfó. Llegó sin corbata, para desencopetarse, para quitarse el postín señorito y aparecer sencillo ante gente que le vería por primera vez. E hizo bien. Dio una cara suavizada de Vox, articulada con claridad, capacidad y tranquilidad retórica y con una firmeza serena. Muy por encima del cinismo de Sánchez (asombrosas sus caras y resoplidos cuando se negaba a contestar y trazaba lo que parecían ser circulitos en su folio), del histrionismo de Rivera e incluso de la seriedad eficiente de Casado. Abascal demostró su cuajo de político hecho, su tranquilidad ante el toro: con el chiringuito (que le echan a la cara los callagúrteles y los calla-eres), con las alusiones de Sánchez y, sobre todo, con Iglesias, ante Iglesias, cuando en uno de los momentos del debate se plantó ante él para negar la Memoria Histórica de la izquierda y, con una apelación a la reconciliación, poner a comunistas y socialistas en su sitio por sus responsabilidades históricas. Eso no lo ha hecho nadie en la España reciente y fue un hito. Un auténtico hito, ejecutado con sobriedad y tranquilidad y sin olvidar, como un tono sonando por lo bajo, la concordia. Hasta llegó a decir que en un primer momento el planteamiento de Zapatero “estaba muy bien”. Era Abascal contra “los odios viejos”. Ahí no había nostalgia, sino superación. Pero no la superación cabeceante y llena de temores de la derecha mandona hasta hoy, sino algo distinto. Una superación firme que cita a Ledesma Ramos, nada menos.

“Sólo los ricos pueden permitirse perder la patria”, dijo. Pero ¿acaso la reciente premio nacional de Literatura no fusiló a Ledesma Ramos en otra novela premiada? (Recomiendo la columna reciente de Ruiz-Quintano al respecto). Es lo que ahora se llama troleo, un juguetón uso de referencias escandalosas que Abascal cita con ánimo casi posmoderno y que supone no tanto una reactivación de esquemas (conquistar el Estado no es necesario, ya está el Estado bien conquistado por los partidos) como la reivindicación de una derecha española más amplia de la permitida recientemente, que es bien poca.

Abascal abre así el debate. Amplia el debate español. Lo inserta además en una corriente europea, mundial, desarrollada, de la que estaba aislada España y que los politólogos se aprestaban esta noche a denominar de ultraderecha, y además insufla vigor a la derecha que ya ganó el debate en tiempo, en tramas y en peso, con un efecto que llega hasta el Iglesias de los cuarteles y de la “patria”. No es sólo que ese nuevo contenido se pudiera escuchar, es que además lo hizo un político estimable que quizás encierre en su talante personal lo mejor de Vox y la propia promesa de no extremosidad del partido. El carácter llano, pero firme de Abascal choca, supera y clausura rebasándolo hoy una etapa “rivereña” de la política. Lo gaseoso pierde sitio hacia una mayor entereza. Se notaba en la forma de cuadrarse de Sánchez al hacer la foto inicial. Había un desafío incluso de fisicidad amenazada.

“Cuando más unidos teníamos que estar”, dijo Abascal, usted nos viene a separar con lo del muerto. ¿Esperaría la gente esa manera? Abascal superó la caricatura que se le había impuesto y se presentó como un político confiable y de talla, muy superior al entorno, y dueño de tonos humanos, cordiales, indulgentes. Cuando Iglesias fue a por él, en el cuerpo a cuerpo más candente de la política española, le puso en su sitio, la herriko taberna, mientras él se colocaba ante ETA. Es decir, en el orden constitucional, democrático y convivencial. ¡Ah, qué decepción en las derechas suaves y mullidas que querían hoy romance de pistolerismo!

“Patriotismo frente al consenso progre”, es decir, una mezcla de pasión moral (¡el estómago!), de alternativa programática y de cierta ruptura contestaria en un debate menos ideológico de lo que se presumiría, aunque no vacío, centrado sobre todo en la crítica a la España autonómica a la que dijo habría que “transformar”. Transformar, ojo. Dejó deslizar alguna cosa más. Se mostró a favor de las diputaciones porque están cerca de lo local, son ese soporte afrancesado y administrativo a nuestra riqueza local, y atacó un instante los nuevos centralismos que la Constitución actual desarrolla. ¿Deslizaba ahí Abascal un entendimiento más rico de una España plural, diversa, una “pluralidad” que ahora tiene hurtada, secuestrada el 78 y su degeneración federalista? Pero fueron solo menciones. Lo que centró a Abascal y vertebró sus intervenciones en lo territorial y en lo económico fue el cuestionamiento del Estado Autonómico.

Además de eso, Abascal fue el único en criticar el lacerante problema de la deuda pública y el único en hablar de Cataluña como un “golpe permanente”. Es decir, que sin dejar de ser un partido en lo constitucional y en el sistema, no calla las realidades y las nombra con crudeza y urgencia “fuera de la caja”. En este sentido, la mirada de Vox, el populismo de Vox, es paradójicamente más realista. Vox no es declaradamente anti78, pero su mirada no participa del optimismo oficial. Hay algo de diagnóstico que la sociedad civil le hace llegar a la necrosada clase política.

En Abascal hubo además una nota social que en él resulta creíble, un cierto tono, aún no del todo estructurado y desarrollado, de orientación social del mensaje. Porque cuando Abascal está peor, o es menos él, es cuando repite el discurso populista europeo, cuando repite mucho lo del extranjero y carga la mano en eso, cuando se suma a la corriente que llaman euroescéptica o repite diagnósticos sobre élites mundiales o se homologa a una nueva internacional derechista. Sin despreciar eso, que tendrá su sitio y su razón, ahí suena más mecánico y menos convicente, también menos seguro. Todo eso es un poco postizo en él. La pasión de Abascal es España y cuando habla de ella, dentro de ella, sus palabras se hacen firmes y por ello más entendibles y seguro que también más comprensivas.

Martes, 5 de Noviembre

Valle de Esteban

Por mi sombra están las ranas
privadas de las estrellas

lunes, 4 de noviembre de 2019

Las zapas de Rivera


Rivera en zapas


Hughes
Abc

Nos hemos fijado en la escena de Rivera con el perro Lucas, y muy poco en sus zapatillas. Yo tengo unas zapatillas parecidas, de la misma marca, que me regalaron hace unos años. No me gustaba ir con zapatillas, pero una vez puestas me encantaron. Me sentí de repente a la moda, moderno, y además eran muy cómodas. Me vi más joven, la verdad. Salía de mí otro yo desenfadado.

Años después quise comprarme otro modelo de New Balance, aun a sabiendas de que las llevaba todo el mundo. Quería unas azules, pues soy de natural aburrido y tendente a lo oscuro, pero con un leve relieve de color. Las busqué alguna vez en Madrid y en Valencia, pero las encontré negras o llamativas o solamente azules. Desistí porque no me gusta ir de tiendas y me fui olvidando aunque alguna vez pensaba: Me tengo que comprar unas New Balance azules… Hasta que vi ayer a Rivera. Eran exactamente esas zapatillas, las suyas. Rivera llevaba las zapatillas que yo quise comprarme durante años. Me había clavado.

Rivera borda un cierto look con el que alguien como yo, partidario del normcore, del ir normal, se acaba identificando por pura dejadez.

Acabas vistiendo como Rivera. Somos todo Rivera. Este fue el gran mérito de Ciudadanos, y no su liberalismo de palo ni su multicentro. Ciudadanos no creó nada sino que más bien algo tomó forma en ellos. Ciudadanos es un tipo de español alrededor de los 40. Ni de derechas ni de izquierdas ni arriba ni abajo, ni mucho ni poco ni para comerse el coco (los Hombres G lo anticipaban), liberal, bueno, sí, como si los pantomima full se hubieran dedicado a hacer un programa político. Esas cosas que decimos todos. Cosas en las que nos reconocemos casi todos por defecto. Un partido por defecto. Para lo demás había que ponerse. O adoptar una posición de izquierdas o adoptar una posición de derechas. Ciudadanos es… lo que sale, lo que se ve, lo que está en los medios.

Cuando dicen que el IBEX lo creó, acabas pensando en la genialidad que sería, pues el IBEX ya nos “creó” a nosotros antes.

El producto no sociata de 40 años de postfranquismo socialista. La inercia de estructuración postfranquista de España con la inercia de desparrame neuronal de 40 años de PSOE. Es el partido para integrar políticamente de un modo más preciso a lo que ha salido de España en estas décadas: la propaganda socialista más el mundo Aznar, la cultura socialista Babélica-humorística con el liberalismo y el patriotismo constitucional habermasiano-pucelano más el detalle chic artístico y aspiracional de raíz catalana como espuma de lo sublime. Es decir, nuestras teles, nuestros escritores, nuestra cultura o la ausencia de ella. Somos liberales, pero a libertades (a disfrutar) no nos gana nadie.

Todo ya en un entorno urbano. La España ya emigrada.

El aspecto es importante. No parecer encuadrado en ninguna de las camadas organizativas de la derecha tradicional. No ser un pijo de borla, no ser un coñazo de mocasín. Con las zapatillas de Rivera puedes ir a tomar unas cervezas oyendo a un grupo, a una reunión de trabajo o a una cita romántica. Te gusta Oasis, te gusta Led Zeppelin. Representan el individuo urbano integrado-hedonista-masculino. Puedes ganar pasta en el trabajo y ser un disfrutón anclado emocionalmente en los 90. Llegar de la oficina y ser el alma de la fiesta. Puedes aspirar a presidir el país y seguir siendo juvenil. Por eso las llevamos todos. Somos formales, ganamos un poquito de dinero, pero oye, estamos en el toma y daca del mercado sexual, podemos echar un polvo enérgico (uno). Unas zapatillas de runner por fuera. De corredor que no corre mucho. Son unas zapatillas de virilidad. De lanzar un mensaje: soy activo, el corazón aún me late, soy moderno, soy lobezno, me gusta el rock y me gustas tú. Incorporo en mí un dinamismo muy urbano y actual y me siento bien conmigo mismo y con las cosas.

Hay una edad, un estado de madurez actual que son esas zapatillas. Un estado que aún no tiene nombre. No es tardolescencia. No. Otra cosa. ¿Madulescencia? En realidad son zapatillas de lo viejo-joven y de querer ser un poco audaz sin ser tampoco estiloso (hay algo vagamente italiano en llevarlas). Cuando los normales queremos ponernos italianos.
En España esas zapatillas exitosas se han llevado a una especie de centro urbanita. ¡Se han ciudadanizado!

House Sexta Temporada

Las zapatillas son una prenda de ejecutivo post-yuppie. Son, en general, una extensión del éxito. Una visión social del éxito. Se las ponía Steve Jobs, los muy ricos por encima de todo. Los que podían permitirse el lujo porque nadie les tosería. Los ejecutivos de Silicon Valley irían con ellas al principio. Cuando las llevamos todos estamos mandando, de alguna forma, el reflejo ingenuo de ese éxito corporativo. Nos imbuimos de esa cultura y filosofía. Es un calzado cómodo y de satisfacción con el mundo. De pisa con garbo. Pero ¿es así? ¿Cuándo obtuvimos la suficiente confianza o la suficiente desenvoltura como para ir a los sitios con zapatillas? Mi comodidad, decimos, no está reñido con mi respeto por ti ni por las convenciones. Es un calzado de joven triunfador urbano, pero cuando las lleva todo el mundo… ¿de qué clase de triunfo estamos hablando? Es el calzado del que cree en las bondades participativas del sistema. Del satisfecho, del poco crítico. Del realmente des-enfadado. Estoy cómodo, estás diciendo. Te pones esas zapatillas y ¡es que estás cómodo!

Aquí zapatillas llevaba Emilio Aragón. Es estremecedor pensar que en España todos hemos acabado vistiendo como Milikitos, con americana y zapatillas, la versión masculina del arreglao pero informal de Martirio.

En estas últimos 25 años nos hemos hecho todos Milikito.

El regalo de mis primeras New Balance me cambió. Cambié mi calzado. Dejé lo formal por lo informal. Mi novia de entonces lo hizo pensando en mí. Paco, te tienes que actualizar. Me di cuenta de que si no quería desentonar tenía que ponerme zapatillas. Aquí con 50 años se es joven si se llevan unas zapatillas. Y aquí sólo se puede ser joven. Es lo que han visto los más listos (los listos), que van de jóvenes eternos. Tampoco tiene mucho sentido ir con zapato duro si todo el mundo pisa blando. Es, la verdad, hacer el gilipollas. Pronto, los jubilados llevarán jeans y zapatillas, como si todos fueran Escohotado. La siniestra juventud perpetua, y el desenfado frívolo (mas no freevolo) exige las zapatillas. Con una chupa y unas zapas puedes perpetuar tu juventud e imponérsela a los demás.

Las zapatillas son también la forma de perpetuar el vaquero, que es, a partir de cierta edad, un problema acuciante. ¿Qué ponerse, si no? Una generación que ante la tesitura de tener que elegir por el pantalón de vestir prolonga los jeans mediante las zapatillas. El correlato es que del mundo cultural anglosajón ya no salimos. Acabamos.

Rivera en zapos

Con el VAR, la confusión

El señor Prieto Iglesias con un servidor

 
Francisco Javier Gómez Izquierdo

     En la parte de los Montes de Toledo  que toca Toledo y C. Real –si no lo recuerdan les refresco que además de las dos provincias castellano-manchegas, Cáceres en su extremo suroriental, y Badajoz en el noreste, también pasaban sus animales, frutas y hortalizas por la puerta de Bisagra sin pagar fielato gracias a un privilegio real que permitía mercadear productos traídos a la capital desde tan agreste geografía -el paisanaje local tira más a merengón que a colchonero, aunque entre los toledanos creo que están los atléticos de mejor casta. El caso es que como al día de difuntos le dio por llover con conocimiento, echamos la tarde en el bar desde el café y copa con el Barça hasta los botellines con el Madrid. ¡Vamos, como si estuviera en casa y no en el monte! Y como un servidor, la mayoría de los deudos que tienen enterrados a los suyos en este tranquilo rincón de “las Españas”.
        
El hincha culé de la zona empieza a ser especie endémica y los pocos que se dejan ver asoman como avergonzados y atornillados a la silla colocada en el más discreto rincón del establecimiento desde la que piden otra cerveza huyendo de la mínima polémica y contestando con un levantamiento de ceja, una sonrisa amarga o un encogimiento de hombros. “En el penalty ha habido un fuera de juego de Griezzman” decía el madridista que creía haberse percatado del lance, pero al apostar Colás, el de la camiseta de Koke, 50 leuros, Paco ya no estaba tan seguro. Para acabar la discusión el tabernero sentenció que si así fuera el VAR lo hubiera anulado.

     Pasó el Barça con más pena que gloria y llegó el Atleti con una segunda parte movidita y muy a propósito para los bares de antes, cuando la polémica tenía nombre de árbitro, y según la influencia federativa, responsables intelectuales. Entonces era mucho más divertido y apasionante y no te venían los trencillas retiradas con ínfulas sabihondas desde una  tecnología que modestamente creo que no entienden. Penalty  a Koke conforme a la regla y cartabón del VAR  y gol anulado a Morata  por el quisquilloso elemento que no quiso saber nada de una de esas preguntas difíciles que de ciento en viento saltan como liebres en las áreas para que los árbitros demuestren su conocimiento del reglamento. El lebrato salió al final y entiendo que lo más lógico es pitar lo que se ve en el instante y si la jugada tiene dos o tres soluciones posibles, optar por la más probable. “Es gol o retención” solté antes de la repetición. Cabía también el penalty como gritaban los atléticos, pero parece ser que no nos acabamos de enterar conforme a las clases magistrales del juez Iturralde de las competencias del VAR. El  VAR no está para ese tipo de jugadas decía el Von Braun al otro día en el As, por lo que Gil Manzano actuó correctamente pitando falta del delantero al defensor Koundé. El defensor Koundé tenía retenido el balón, acción que se sanciona con libre indirecto, por lo que la colocación de la barrera hubiera sido un ejercicio de extraordinaria complejidad reglamentaria... pero como el VAR no está para eso...  A lo visto tenemos que aprender las funciones del VAR para saber de fútbol conforme a la última gran novedad aportada por los Iturraldes  cum laude que tanto proliferan las últimas temporadas.

  A la nueve y con el ambiente ya templado fue llegando más gente a ver al Madrid y aquello fue peor que una tertulia de la tele cuando cerca del final Feddal al caer dio con la mano un balón que la mayoría tabernaria  hizo penalty. Como ya no se sabe qué manos tienen la máxima pena y cuáles no, la maldad del árbitro se pasa al “tío del VAR” como si el “tío del VAR” no fuera un árbitro aún en ejercicio que tiene la capacidad de decidir con la chuleta de las repeticiones. Estoy convencido que el árbitro titular y “el tío del VAR” tienen sus conversaciones antes de los partidos y sus trucos para “chivar” la posible y a veces subjetiva intencionalidad del infractor, pero también creo que no siempre es así pues tanto sorprende y confunde la negativa del titular de revisar la jugada por televisión como la decisión de hacerlo porque el colega tecnológico se supone que no lo tiene claro. 

El aficionado no entiende que Sánchez Martínez no se acercara al monitor en el Bernabéu y sí lo hiciera Prieto Iglesias anoche en Los Cármenes para certificar su opinión de no-penalty por mano de Carlos Neva cuando los comentaristas de la tele y un servidor daban por hecho que el bueno de Prieto señalaría el “punto fatídico”. Inexplicable. ¿O no? Quizás el árbitro navarro entienda que la clave está en la primitiva voluntariedad del Reglamento y sólo un juez debe interpretar dicha voluntariedad con sus ventajas y sus defectos. A él lo de Carlos Neva no le pareció penalty. A mí, sí, pero entiendo la discrepancia. Más tranquilo quedo con el individuo que con la máquina, porque entre la máquina y los sabihondos de la moda de “todas las manos sancionables y tarjeta” y la nueva ola del “depende la intención”, uno ya no está seguro de las evidencias que ve. ¡¡Qué desperdicio de artefacto!!

Anticipo (de cuento) navideño


Joaquín Dicenta

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Cruzar el Puente de los Difuntos vivos en las Tres Competiciones, y sin Pogba, es un mérito enorme del club, que primero se hizo el loco con Pogba y luego aceptó sin rechistar el deseo sanchista de disfrutar de la Profanación del Muerto sin interferencias del Clásico, donde la banda de Valverde hubiera corrido a gorrazos a la banda de Zidane, con las consecuencias que todos sabemos, es decir, ninguna.

    En la banda de Zidane todos los muchachos trabajan, no sé si con la promesa de salir luego en el Documental de El Cortihero, para llevar a su capitán a los Juegos Olímpicos, y en la banda de Valverde todos los muchachos trabajan para llevar a los Juegos Olímpicos a su capitán. Ramos y Piqué, Piqué y Ramos, amigos y socios, abanderados de lo que quede de España en el desfile de bastoneras del barón de Coubertin. “Et tout le reste est littérature!” Que si otro Balón de Oro a Messi por la babucha, que si dónde ha hecho la mili Ansu Fati, que si el Bernabéu perdona a Courtois (¿de qué le vale a uno el perdón del Bernabéu, si luego viene Aitor Esteban y te niega la absolución?) o que si Rodrygo le ha comido la tostada a Vinicius.
    
–En este momento, si usted fuera socio de la tribuna del Bernabéu, ¿a quién adoptaría primero para la cena de Nochebuena, a Vinicius o a Rodrygo?
    
Se acerca la Navidad y aquí las únicas zambombas que se oyen son las de la Partidocracia, pero el Madrid de Zidane nos trae este año, a falta de fútbol de verdad, sentimentalidad navideña de la que nos despachaban en la infancia.
    
Cristiano es un atleta y Messi es Oliver Twist: un pequeñín que llega a la estación Victoria y se lleva las carteras de todos sin llamar la atención y que tiene a un gran grupo de pícaros trabajando a su lado –dijo una vez, cuando empezaban los dos matones del gol, Terry Venables, aquel simpatiquísimo inglés que en el Barcelona prefirió a Archibald cuando tenía fichado a Hugo, del mismo modo que Del Bosque hubiera cambiado de mil amores al Zidane de la Juve por el Manuel Pablo del Deportivo, que era su gran apuesta futbolística.
    
Salvando todas las distancias, Vinicius es un atleta y Rodrygo es Oliver Twist, sólo que después de haber leído el libro (dicho sea como licencia literaria, pues sabido es que el único lector de Dickens en Madrid ha sido Galdós, que tradujo para un periódico de la capital el Pickwick, “donosa sátira, inspirada, sin duda, en la lectura del Quijote”.

    Ojalá un día en un plató de TV Rodrygo dicindo a Vinicius lo que Lola Flores dijo a Rocío Jurado:
    
–¡Tú eres una piedra dura de Chipiona que no se “pué aguantá”!
    
Pero, de momento, Vinicius es un zapato roto en el tejado, el cuento navideño de Joaquín Dicenta: aquél del niño-hombre que, esperanzado en los emisarios del Niño-Dios, había puesto un zapatito, mordido por la suela, sobre las tejas que oleaban junto al tragaluz de la buhardilla. Huérfano de padre (Solari) por una explosión de grisú (las derrotas en Copa y Liga ante el Barcelona), el chiquillo repugnó la ubre materna (el Castilla). Quería carne y pan. Y la viuda (papel que ha hecho Casemiro), que pudo venderse al vicio y tasarse alto, se vendió al trabajo servil por unas cuantas perras chicas. De noche, encendió el hornillo y preparó la humilde cena, y cuando el chiquillo, descalzándose alegremente, se fue hacia el tragaluz, la madre no le dijo nada: le dejó ser dichoso. Sus ojos siguieron la triunfadora ascensión del niño a la silla, su enérgico temblor al depositar el roto zapato en las tejas. Vino la aurora (Zidane). El niño, desnudo, abrió de par en par el tragaluz y con las dos manos hizo presa en el zapato roto y, al mirarlo vacío, saltó de la silla gritando en un estilo muy Dicenta: «¡Nada!... ¡nada! ¡Los Reyes no me han puesto nada!... ¡Malos! ¡malos! ¡malos!...» (Peor que nada: le habían puesto a Hazard). La madre despertó. «Pero hijo, ¡hijo de mi alma, qué has hecho! ¡Eso es buscar la pulmonía!».

    Dicenta, que era de Calatayud, carga la mano: la pulmonía, dice, más generosa y espléndida que los Reyes Magos, no defraudó al chiquillo; acabó con él en cinco días; ahora, en el jardín del manicomio pasea la infeliz obrera con los cabellos en desorden y los ojos enmatecidos por siniestro estupor; sus manos oprimen convulsivamente contra el pecho algo que no se puede ver: es un zapato roto, sobre el cual ha pintado la loca una calavera…
   
 La salvación de Vinicius pasa por Klopp, que en Liverpool haría de él un Mané pasado por Nicolás Guillén: “Tu inglés, / un poco más precario que tu endeble español, / sólo te ha de servir para entender sobre la lona / cuánto en su verde slang / mascan las mandíbulas de los que tú derrumbas / jab a jab”…
    
El zapato roto de Vinicius (ese zapato que le impide hacer goles al arco iris) debe de ser un zapato escapado de la pesadilla de zapatos rotos, como de madera de pino, que en el entrenamiento previo a la final del 2 de mayo del 86 con el Atlético en Lyon los jugadores del Dynamo de Kiev alineaban cortés y supersticiosamente frente a su banquillo, supervivientes del Big Bang, ocho días antes, de Chernóbil.



TODOS LOS ERIKSEN

    Para distraer esta murria de Segunda Venida de Zidane se habla de Eriksen, cuyo único atractivo es su retrato resultante de Boadella y Fernán Gómez. Sólo una “bisabuela” del Liverpool, Jamie Carragher, ha puesto el dedo en la llaga: “Eriksen es un jugador realmente bueno para el Tottenham, pero no para el Madrid. Podría ir a donde quiera, al PSG o a otro club, pero no haría mejor a ese equipo”. ¿Cuántos Eriksen llegados para mejorarlo llevamos vistos en el Madrid?

Lunes, 4 de Noviembre

Valle de Esteban

los corretines del sendero

domingo, 3 de noviembre de 2019

Nichos electorales

Se nos cae la noche

Se nos cae la cara

Susto de ultratumba


Colunga, Asturias
Día de los Fieles Difuntos

Néant



 Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Decía Santiago Bemabéu que lo mejor y más gracioso de todo lo que había leído en su vida lo conservaba en unnos recortes de prensa con las crónicas de un periodista deportivo de los años treinta que desde la Redacción en Madrid, y traduciendo como podía el único periódico francés que le llegaba, hacía en verano las veces de corresponsal en el Tour. Un día, en el apartado de retirados, apareció «Néant», o sea, «Nada». O «Nadie». O «Ninguno». Pero el periodista, sin duda uno de esos tipos que pasan delante de una librería, respiran hondo y sienten inmediatamente la voz de la poesía clara, anotó: «Ayer sólo hubo un retirado: Néant. No tiene mayor importancia, porque Néant no figura entre los  favoritos.» Al día siguiente, lo mismo: «Retirados: Néant.» El periodista hubo de tirar de oficio: «El único que ha abandonado el Tour ha sido Néant, hermano del que se retiró ayer.» Para explicar la tercera jomada consecutiva sin retirados hacía falta tirar, no ya del oficio, sino de la fantasía, y ahí estuvo el periodista, tan terne: «Es curioso, pero se ha vuelto a retirar Néant, tercero de los hermanos Néant. Da la sensación de que se han puesto de acuerdo los tres hermanos para retirarse de la carrera en días sucesivos.» Dato comprobado, interpretación comprensiva y buena forma artística son, desde siempre, los tres elementos de una buena historia.

Avanza el Tour y arrecia la controversia entre políticos y académicos a propósito de la historia, y ésta es la señal de que, al menos para  nuestras  clases pasivas, ya está aquí el verano. La posmodernidad, que consiste en vivir al día, nos había traído el olvido de la historia, que venía a ser el único modo de olvidar lo enormemente viejos que somos, pero políticos y académicos han aprovechado la llegada de los primeros calores para meternos otra vez en el lío de la historia, con la consiguiente puesta en escena: veraneo en el apartamento de Gandía, donde sólo hay un televisor, con el abuelo, don Celestino, que quiere ver el concurso «¿Quiere ser millonario?», peleando sin éxito por el mando del aparato con su  nieto Joshua, que quiere ver el partido, o lo que sea, de Anna Kournikova. «Mira que te lo tengo dicho, María Fabiola. Este chico tuyo es un penco. ¡Ni sabe ni quiere aprender historia!» Pero, ¿de qué historia hablan?

Al decir de políticos y académicos, la historia que ahora se enseña en las escuelas está plagada de disparates. ¿Cómo refutar este juicio? Desde luego, no seré yo, que tuve que aprender la historia que se enseñaba antes, es decir, la que se expendía con la enciclopedia Álvarez, quien critique el manual actual, aunque la historia de los manuales nos enseña que la historia siempre fue un género literario destinado a justificar la dominación de un grupo político, y, bien mirado, ¿cuántos disparates políticos no han pasado a la historia convertidos en grandes proverbios? No tiene más secreto que el estilo literario, pues la importancia y el interés de cualquier historia nunca han de buscarse en los hechos que se nos enumeran, sino en la excelencia  y la elegancia con que se nos narran.

«Tácito no percibió la  Crucifixión,  aunque la registra su libro», dice Borges. Bueno, si Tácito hubiera sido corresponsal de prensa, habría merecido el despido. Pero Tácito fue historiador, y tan magnífico como para hacer que sus lectores se eleven al revivir el tumulto de las legiones del Rin y la llegada de Agripina a Brindisi con las cenizas de Germánico. Y a pesar de los consabidos bailes de los cargos públicos, yo no creo que Tácito haya sido desalojado de los estantes de la Biblioteca Nacional. Tampoco Herodoto, ni Tucídides, ni Tito Livio, ni Plutarco, ni Gibbon, imprescindibles para los curiosos con ganas y tiempo de descender a los detalles de la escena en el baño de Giges, de la oración fúnebre de Feríeles, de la ignominia de las Horcas Caudinas, de la afición de Marco Antonio por las actrices o del triunfo de la barbarie y la religión. Esos señores siguen ahí a disposición de todo el mundo. Otra cosa es que los niños prefieran saber de la historia por el «Age of Empires» de Microsoft, que, por cierto, es fantástico. Y si ustedes se preguntan quién  puede arreglar esta historia, a mí sólo se me ocurre un nombre: Néant.


Tácito

«Tácito no percibió la  Crucifixión,  aunque la registra su libro», dice Borges. Bueno, si Tácito hubiera sido corresponsal de prensa, habría merecido el despido. Pero Tácito fue historiador, y tan magnífico como para hacer que sus lectores se eleven al revivir el tumulto de las legiones del Rin y la llegada de Agripina a Brindisi con las cenizas de Germánico

Domingo, 3 de Noviembre

Valle de Esteban

Por tus blancos ojos cruzan
ondas y peces dormidos.
Pájaros y mariposas
japonizan en los míos.

"Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido"

DOMINGO, 3 DE NOVIEMBRE

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo:

-Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa.
 
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo:

-Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Lucas 19, 1-10

sábado, 2 de noviembre de 2019

El Trilingüismo Pepero

 Prado, Asturias

Trilingüismo Pepero
    1.  Cuidau
2.  Perru
3.  Sueltu

Ariel y Calibán

Metro de Londres

Difuntos

Francesca


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Al hilo de la huesa de Lope de Vega, que a saber dónde andará, Julia Escobar ha sacado a colación una buena frase –las buenas frases son la verdad en números redondos– del entrañable Ramón Gómez de la Serna:
    
En España no hay descanso para los muertos.
    
Con su corolario: “Y eso de la sepultura perpetua es una de las mentiras más absurdas”. ¿Quién se va a dejar aquí los ahorros en un ataúd de Gautier, París, con incrustaciones de marfil talladas en Italia por Guerrini?
    
Buen día, hoy, festividad de los Fieles Difuntos, para pasear la madrileña avenida de Daroca, que lleva a la Almudena (un paisaje del cual se sale, en que todo se empequeñece y se pierde: eso, nos dice Julio Torri, es la vida), y ojear en los escaparates los tarjetones de despedida, en fotocerámicas, que oferta el gremio lírico de la muerte, una vez que, “Gott ist tot!”, el Estado, dueño de la vida y de la muerte, interioriza como ramas de la seguridad social el aborto y la eutanasia.
    
Como por no discutir, Santayana llega a conceder que morir es algo horrible, igual que haber nacido es algo ridículo, con lo cual, aunque entrar y salir de este mundo no incluyera ningún dolor, podríamos aún decir lo que sobre ello dice la Francesca de Dante:
    
Il modo ancor m’offende.
    
Es la manera lo que la estremece.
    
Nuestro filósofo (“católico estético”) ve en el miedo radical a la muerte amor radical a la vida, algo que enseña a cada animal a buscar comida y pareja, y a proteger su descendencia: la muerte puede ser amada por un espíritu desilusionado y fatigado, del mismo modo que, a pesar de ser nada –o, más bien, porque es nada–, debe ser odiada y temida por todo animal vigoroso.
    
A vueltas con la muerte, ponerse a bien con Dios, como hace un buen caballero que se pone un buen traje para cita mediana o importante: “Eso va siendo todo”, nos dejó dicho el más grande funebrista de esta Casa.
    
La Muerte aún dice algo si la vemos de lejos.

Sábado, 2 de Noviembre

Valle de Esteban

los muertos son, los muertos son, devueltos
a la luz maternal: los muertos pasan

viernes, 1 de noviembre de 2019

Tenorios





Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En “Tosantos” ya no hay Tenorios porque… ¿para qué? España no es un Estado Romántico, como el francés de la Restauración tras la caída de Napoleón. España es un Estado Prebendario, y en “Tosantos”, con la cosa del puente, da más dinero un bar con plancha en Gandía que un teatro con Zorrilla en la capital.
    
Además, las leyes de género se han llevado por delante hasta el concepto de tenorio. Lo más tenorio que nos queda sería ese Manolo Valls que vino de Francia al rescate de Cataluña, tierra de románticos a lo Mario Cabré, y se encontró con Ada Colau, a la que se arrimó en el Ayuntamiento como los gatos a la chimenea, y una buena boda.
    
Sin ideas ni convicciones, Valls no era el experimentado hércules capaz de limpiar los establos de Augias de la corrompida política catalana, y recuerda un poco a aquellos periodistas-botijistas de Bonafoux que de buenas a primeras aparecían en París, desaparecían y paraban en Madrid a echarla de “boulevardiers”, como uno que, de regreso de Francia y al salirle al paso en la Puerta del Sol un galgo, le gritó a un guardia:

    –Sergent, sergent, separé de muá ese perrit!
   
 ¿Un romántico? Romántico, dice Ramiro de Maeztu, es el que cree en la caída del hombre, pero no en el pecado original. Lo dice en “El Sol”, contestando al crítico de su libro “La crisis del humanismo”, Rivera, discípulo de Giner y sustituto de éste en Filosofía del Derecho en la Universidad de Madrid, que dice cosas que hoy nos hacen sonreír a la vista de las últimas producciones del Supremo.
    
La creencia en el pecado original carece de aplicaciones al Derecho y a la Política, que miran al hombre por fuera, en su actividad, y no por dentro, en sus pensamientos, pues la conciencia, como las mónadas de Leibniz, “carece de ventanas”, y de ella nadie sabe nada, cuando menos los jueces, que contemplan a los hombres sólo en lo que “hacen” y no en lo que piensan ni en lo que dicen.
    
¿Qué pensaría este señor Rivera del “delito de odio” y la “ensoñación” rebelde?

Viernes, 1 de Noviembre

Valle de Esteban

¡cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!