Hughes
Pura Golosina Deportiva
En menos de diez minutos, el Madrid metió tres goles, los tres de córner y fastidió la noche a tanto imbécil que estaría celebrando con el Rac1 pegado en la oreja, y quien dice Rac1 dice cualquiera radio. La remontada pudo suceder por tres cosas: porque Mourinho hizo cambios, porque se había tocado fondo y ya peor no se podía y porque no había siniestros árbitros españoles jodiéndolo todo. De todos modos, a mí ya me han jodido las celebraciones. No celebro el gol hasta que no lo veo en el marcador de la tele. He desarrollado un síndrome provocado por el VAR español.
El partido enseña muchas cosas. Salía Mourinho desoyendo la experiencia del último fin de semana. Así, Güler volvía al banquillo y Valverde al mediocampo, en mediocentro con Tchouaméni. Federico y Aurelien, pareja artística. La cosa fue tétrica desde el comienzo y ya en la primera jugada Bellingham hizo el asomo de querer ser él el que organizara, ganas que se le quitaron tras la primera bajada al pilón táctico del recibir.
La Roma jugaba extrañamente, con marcajes al hombre marca de Gasperini, el entrenador que lo fuera tantos años del Atalanta (contra el Atalanta fuimos felices por última vez, acabó la felicidad en aquella Supercopa europea).
Los aficionados del Olímpico hicieron un homenaje a Mourinho en pleno partido. En Roma fracasó, decían este verano los listos, algunos de ellos millonarios.
En el Madrid, sin Arda, Bellingham era muy central, Sol de una galaxia a oscuras, y aparecía o se dejaba ver mucho en defensa. Tenía mucha presencia.
Pasó que se lesionó el romano Koné, que Diomandé chutó malísimamente, pero chutó, al cuarto de hora, más o menos, y después de unos minutos sonrojantes del Madrid, con regalos repetidos en el mediocampo, la Roma marcó con tiro lejano de De Roon que tocó en alguien.
El gol no era injusto. En el Madrid no había centro del campo, y no era posible localizar a Valverde, que en esa posición tiene partidos en los que se disfraza de césped como Mortadelo.
El gol hacía daño psicológico, que no cundió porque Mbappé empató rápido con un tiro lejano también desviado por una chepa rival.
El empate le daba al Madrid una oportunidad, pero no había manera. No se podía enmendar nada porque no había capacidad. Era un problema de “pie”, como dicen ahora. No había pies blandos. No había apenas en el campo pies blandos, pies capaces de tocar la pelota de una manera redonda, blanda, suave. Salvo Belingham, todo eran pies toscos, picudos, rectangulares y todos corrían como pollos sin cabeza, en correcalles feo de ver. Los de la Roma y los del Madrid iban de un lado a otro, con el balón dando saltos...
Qué pensaría Courtois cuando la tenía (porque la tenía él) y veía por delante a Federico y Aurelien... Era Courtois el que hacía de Kroos, y así buscó a Cucurella, que controló y se fue directo a portería, obviando a un solitario Mbappé. Otra ocasión clarísima del Madrid de las que tiene varias en cada primera parte.
Diomandé lanzaba también latigazos eléctricos, regates centelleantes.
No había ni dos pases seguidos. Era un partido tartamudo y al rato la mente huía a la necesidad de comprar mañana una lechuga, mandarinas, leche y pechuguitas de pollo...
El realizador, acostumbrado al soporífero fútbol italiano, ayudaba con muchos planos del público. Muchos romanistas con los ojos claros, absurdo pensamiento en el que reparaba quizás por haberme machacado el algoritmo con los del “fenotipo”.
Soulé, zurdo en el extremo diestro, martirizaba a Cucurella, solo o con la ayuda de Tchouameni. Siempre es igual. Meten uno medio bueno ahí y el Madrid se desestructura. Si la liaba Soulé, qué no hará Lamine, al que le trucan hasta las imágenes.
A esas alturas de la primera parte (se perdía un poco la noción del tiempo), estaba claro que o los de la Roma eran muy buenos o alguien se estaba escaqueando de la presión.
El que construía era Courtois, pero no una vez ni dos. Era la salida de la pelota del Madrid. ¡El mediocentro era él!
La única gota de fútbol que hubo hasta el descanso fue una media vuelta con balón que se dio Bellingham; al superar a su rival fue como si coronara una montaña de los Alpes y se abriera un paisaje maravilloso. De ese gesto brotó fútbol, y lo saboreamos como una fruta exótica. El partido era como una sopa de pescado en la que metíamos la cuchara y solo había fideos, fideos, fideos...
Reavivados por la sensación, como el que recupera de repente un reflejo, hubo otro conato (que no Konaté) de fútbol en una última jugada de la primera parte, combinación ya clásica de contragolpe entre Bellingham y Vinicius, con origen en un esforzado y altamente productivo Diomandé.
Quizás era lo mejor de la primera parte que, a lo tonto, y con el horror de tener a Courtois de mediocentro organizador, había deparado, casi sin querer, un par de ocasiones muy claras del Madrid.
La segunda parte no introdujo novedad alguna. Era llamativa la negatividad futbolística que sobre sí atraía Dumfries. Se observaba la misma flotante inutilidad de todos los presentes, y el único cambio era quizás la situación de Vini, sacado de la banda izquierda donde poco hacía en ataque y menos en defensa. Esto fue un error de Mourihno, pues en el estado actual, sacar a Vinicius de la banda es extender el problema y de ahí vino el 2-1, de una pérdida suya en la media acompañada de la más aristocrática pasividad. Eso, más que el fallo, debió de irritar a Mou, pues fallos de ese estilo, para ser sincero, había habido unos cuantos antes.
Cuando el doble pivote pivotea (y el plumilla que esto escribe defendió el Emerson-Diarrá) el no-fútbol se extiende y exacerba la tosquedad de Konaté y Dumfries, y por ahí se forma una especie de banlieu donde el balón sufre y la República no termina de prender en los corazones.
Era el Madrid un desdoro muy serio y así llegó el 3-1, otra vez Malen tras convertir (tróspido correcalles) una ocasión de Bellingham en gol romanista.
Antes del gol ya calentaba Güler, que entró con el ‘tostao’ organizado. El 2-1 había sido un fallo ridículo de Vinicius, pero el 3-1 quizá fuera peor porque eso que llaman la “transición defensiva” fue una barbaridad; no es que el equipo se partiera, es que unos, los de arriba, se habían independizado. No aparecían ni en el plano. Faltaba Olímpico (o grados de amplitud, que diría Maíllo) para un paneo suficiente para permitir ver el inicio y el final de un equipo que más que roto estaba desmembrado y repartidas las partes en zonas alejadas del desierto.
Mourinho volvió con sus cambios al consenso general, producto de un año de prueba-error, de Güler en la media y Valverde al lateral del que nunca debió salir, con el añadido de Endrick, una bala humana, jugador macizo y duro como un perdigón.
Con Güler volvían a correr las manecillas del reloj. Quedaba media hora. Ese tictac es nuestro solo de Charlie Parker... Fue un goteo incansable de ocasiones. Una de Mbappé tras buena jugada de Diomandé, que gustó mucho; una de Endrick desbordando con altura por la banda derecha; gol de Mbappé anulado por fuera de juego por bien poquito...
Lanzado el equipo, Bernardo Silva entró por Tchouameni, como un chorrito más al chup chup.
Las nuevas remontadas tiene unas regularidades: quitar a algún titularísimo, meter un tocador, y añadir a Espí. Era el tercer hito y efectivamente, al poco, al instante, marcó el 3-2 recogiendo en el área un rechace tras remate de cabeza de Endrick.
El gol ya lo cantaba fuera de juego el locutor del Régimen, y al escuchar su voz introduciendo dudas en nuestra alegría reconocimos el síndrome. Le hemos cogido miedo a celebrar. La Liga Negreira ha matado muchas cosas, entre ellas la alegría del gol, que cantamos callando.
Y eso nos pasa en Europa, que cantamos acobardados, hasta que, poco a poco, redescubrimos la libertad del gol en una competición “con Estado de Derecho”.
Con 3-2 una voz interna celebraba ya la remontada. ¿Cómo es posible que ya lo supiéramos? Era un Madrid lanzado, una Roma acongojada y mórtimer, unos balones parados lanzados con el pie suave de geisha de Guler, y un bosque namibio para el remate, aunque no esperábamos que el rematador clave fuera el más bajito, Endrick, que estuvo colosal de extremo derecho y colosal de rematador. Suyo fue el 3-3.
Endrick, Espi, Güler... y no olvidemos a Diomandé. Una nueva generación le estaba abriendo a Mou esos ojillos de lechuza cana que se le están quedando.
Bellingham pudo marcar, y de verdad lo merecía, pues a todas acude, pero el 3-4 llegó en otro córner; Espi(alidoso), ariete con areté, abrió el área y Rudiger remató en la pequeña. Domeñó la euforia por su pasado romanista.
Todos sentíamos miedo, miedo del VAR, miedo de que un árbitro español lo jodiera todo. Hasta que nos fuimos convenciendo (azul la pena en los ojos del fenotipo latino) de que no, no podían fastidiarlo. Era Europa, el Madrid, y una noche de esas que hacen madridistas en todo el planeta y van liberando al club, poco a poco, cada día un poco más, del cepo ibérico.




