sábado, 3 de octubre de 2026

Feria de Otoño'26. Gayumbada de los Lozano con el hierro de Alcurrucén y un público a la riojana para encumbrar a Urdiales como rey (de los cow-boys). Márquez & Moore

 


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ


    Con Diego Urdiales se da la paradoja de que si no eres de la provincia de Logroño puedes juzgar su actuación y llegar a la idea de que en su labor ha estado mal, regular, bien o sublime, según los casos, pero si eres de la Comunidad Autónoma de La Rioja solamente se contempla como posible la última de las alternativas antes descritas. A tal fin, para poder pasear por la calle San Juan de Logroño sin que me apedreen, he compuesto, al final, un “Epílogo para riojanos” donde encontrarán lo que les gusta leer de su ídolo inspirándome un poco en el estilo sobrecargado del crítico oficial del diario El Mundo, famoso por su adjetivación. Ruego a los riojanos que desde aquí salten a dicho epílogo y no tengan en consideración lo que viene a continuación. Gracias.

Para el resto del personal digamos que hoy habían preparado una gayumbada de los Hermanos Lozano, a los que claramente se les ha ido la ganadería de las manos, con el hierro de Alcurrucén, encaste Núñez, como es bien sabido. Para que se cumplieran los designios establecidos habían contratado a Mario Navas, pero un percance ocurrido en Toro (Zamora) a finales de agosto hizo imposible su presencia en Madrid a confirmar la alternativa que le dio Luque en Valladolid hace un par de años. Si hubiera estado Navas, el aguacero que cayó en la lidia del primero se lo habría comido él, pero al ser sustituido por Christian Parejo, con alternativa confirmada en el San Isidro de 2024, el aguacero cayó sobre los 51 años de Diego Urdiales, de berenjena y oro. El Niágara se produjo tras el segundo tercio. Urdiales había podido pulsar el afecto que Madrid siente por él tanto cuando le hicieron salir a saludar al tercio tras el paseíllo, como cuando un enfebrecido público comenzó a jalear desaforadamente todos y cada uno de sus lances, pases, medios pases, intentos de pase e incluso enganchones. Daba la sensación de que la magia del Rioja se había infiltrado en las venas de media plaza que aplaudía todo lo que hiciera el faraón del Cidacos, fuera lo que fuera, sin atender a colocación y otros aspectos no menores. Verdaderamente la torería que emana de su figura ya le da medio aplauso, como atestiguan las excelentes fotografías del maestro Moore, pero el pase debe ser rematado, la colocación, la precisa, el viaje el correcto y la resolución del pase la deseable. A cambio, las sugestionadas gentes se explayaron en esos horribles ¡bieeeeen!, y otros sonidos que evocan a los croantes, aullantes y guturales sonidos de los Profundos, esos seres que relata H.P. Lovecraft en su narración «La sombra sobre Innsmouth» (1931) y que sustituyen al honesto y castizo ¡ole! Con la presencia del monzón se enfriaron un poco los ánimos, máxime porque los habitantes de los tendidos huyeron en tropel a la busca de lo seco, pero el Urdiales-state-of-mind retornó con idéntico vigor en el cuarto toro y ahí se vio claramente que muchos habían venido a ver el triunfo del de Arnedo y que no estaban dispuestos a que la realidad de lo que se contemplaba en el ruedo, la descolocación los medios pases, los enganchones, les estropeasen la fiesta. Entre todo ese marasmo seamos justos y reconozcamos que Urdiales dejó algún souvenir de mucha estima: un natural, dos verónicas, una trincherilla... Hoy no fue su día, por más que se quieran empeñar los hooligans, pero su acrisolada torería, su manera de estar en la plaza ahí están como un referente en el que pueden ir mirándose los jóvenes toreros.

Tras la muerte del primero, que era curioso ver cómo el cuerpo inerte arrastrado por las mulas se deslizaba por el empapado ruedo, los altavoces volvieron a hacer sus habituales cacofonías, de las que nada se entiende en las andanadas, y se esperó el tiempo prudencial hasta que los matadores estuvieron de acuerdo en continuar la corrida. A las siete, una hora después del inicio del festejo, salió el segundo, que le tocó en suerte a Fortes, a ese constante amagar y no dar de Fortes que recibió muy generosos aplausos del respetable en sus inicios por abajo y luego fue viendo cómo se le iba yendo el toro y cómo su labor se iba a menos, sin conseguir levantar pasiones, así que optó por dedicarse a hacer bernardas, a ver si con eso llamaba la atención de alguien, cosa que no ocurrió hasta que al entrar a matar el toro se puso a perseguirle, haciéndole atravesar la plaza a toda carrera, con el toro detrás, sin que cuatro capotes, cuatro, que se dice pronto, fueran capaces de hacerle un quite al matador, que entró en el burladero del 9 por los pelos.  Cuando le tocó el segundo turno puede decirse que ya apenas nadie le hizo caso y él mismo tampoco estaba en su mejor momento de motivación, por lo que su labor pasó completamente inadvertida. Se encenagó con el verduguillo.

Christian Parejo encandiló en las nocturnas del agosto madrileño a Pepe Campos, aunque hoy no ha dado esa talla de variedad, frescura y desparpajo que Pepe relataba en su crónica. De su faena al primero lo más relevante es el hecho de que brindó su labor a Mario Navas y de que fue volteado por dos veces, una en plena faena y la otra al entrar a matar, quedándose como prendido del pitón, ambas sin otras consecuencias que el susto y el porrazo. Al ir a salir el sexto la desbandada en los tendidos fue enorme, tras casi tres horas de nada y de humedad, y cuando comenzaron a verse las trazas del colorado cundió el desánimo en cuanto al posible resultado de su vis a vis con Parejo. Se encenagó con el acero. Cuando salíamos, volvía a chispear.

 


EPÍLOGO PARA RIOJANOS

En Las Ventas, bajo un cielo enloquecido y vengativo que descargó un apocalíptico aguacero, Diego Urdiales desplegó otra vez su torería sublime, clásica y embriagadora, transformando el anegado ruedo en un escenario de pureza tauromáquica mientras el agua torrencial convertía la arena en un anfractuoso y traicionero lago. Sus suaves verónicas, de añejo aroma, fijaron al abanto Afectivo con magistral destreza; y cuando el diluvio se desató con furia bíblica durante la faena de muleta, Urdiales, hierático e imperturbable, bordó naturales lentos, profundos y de una belleza sobrecogedora que desafiaron a los elementos. En el cuarto, de nuevo, Urdiales extrajo las embestidas con su sabiduría ancestral, dejando estampas inolvidables de clasicismo y de lentitud bajo los focos y el relente. Tan sólo los caprichosos aceros le negaron los trofeos que su arte deslumbrante merecía, mientras las ovaciones resonaron con justicia, entronizando a Urdiales como rey.

 



 

ANDREW MOORE

  



 

 
 
 
 



 
 

 
 

 

 
 
 

 

FIN