sábado, 10 de septiembre de 2022

Yesterday Grooving At The Pipeline

 

Brighton


 

Get The Water



 

dime si entre las rubias pastorcillas
has visto, que en tus aguas se han mirado,
beldad cual la de Clori, o gracia tanta


Classic Rock In Pics
@crockpics

Vida del pintor Bonifacio. Los forasteros de El Paso I



BONIFACIO

Turner, 1992

 

Ignacio Ruiz Quintano

 

NUEVE
Los forasteros de El Paso I


El juego es una lírica representación de la vida, pero Bonifacio, harto al fin de tantos versos libres, resuelve cambiar el artificio de París por la industria de Bilbao, donde le ha salido un bien remunerado empleo en una imprenta.

En Bilbao, Bonifacio hace en seguida buenas migas con Luis Merino, propietario de la Galería Grisis, parada y fonda de los forasteros de El Paso, esos artistas decididos a preservar el falso cabujón del arte del peligro de estancamiento mesteño que fomenta el Régimen. No son muchos, pero se defienden con el mismo entusiasmo que Gary Cooper ponía en preservar el falso mechón de Lily Langtry de la gana mezquina del juez Roy Bean, que, como se sabe, era la ley al este del Pecos.

Luis Merino proporciona a Bonifacio un estudio abuhardillado donde poder pintar en los ratos libres que le dejan sus ocupaciones en la Imprenta Industrial, que le ha dado la oportunidad de instruirse en el dominio de los utensilios de las áreas gráficas.

De este modo, Bonifacio gana un concurso de murales para la Naval, y eso supone muchos murales para los barcos. La moda se expande, y todos los pudientes locales quieren tener un mural de Bonifacio, y Bonifacio, por una vez en su vida, se deja mecer en los brazos de esta opulencia detalladamente fea, pero no pierde de vista a la pintura.

La ventaja de Luis Merino es que no cobra derechos de los artistas que quieren exponer, y el propio Bonifacio, que ya ha hecho cuatro exposiciones en San Sebastián –dos en el Ateneo de Guipúzcoa y dos en la Galería Arana Darras–, inaugura en la Galería Grises su primera exposición bilbaína. Lo vende todo.

A la galería, y haciendo crujir sus enormes zapatos, llega un día el pintor Fernando Zóbel, el peregrino de la belleza, como lo llaman los críticos cursis. Bonifacio se entera de que Zóbel es un millonario coleccionista que en Harvard, siendo estudiante, pintó un retrato de T. S. Elliot, el “inverosímil compatriota de los Blues de Saint Louis”, en graciosa definición borgiana.

Para Bonifacio, en cualquier caso, Fernando Zóbel es un mecenas y un filántropo que ha fundado en Cuenca un Museo de Arte Abstracto, con la ayuda de Gustavo Torner, de Gerardo Rueda, de Eusebio Sempere y de Antonio Lorenzo.

En la Galería Grises de Bilbao, Zóbel se fija en un par de cuadros, y después habla con Merino para saber dónde puede ver más obras de Bonifacio. Merino contesta que en la casa del pintor, que es una casa como de guerrero nórdico, con la puerta tan baja que los visitantes han de inclinarse para entrar: un guerrero sólo tendría que permanecer dentro de la casa y cortar con su espada la cabeza de los intrusos. Bonifacio todavía se sobrecoge al recordar la calamorrada que dio Zóbel en una viga de la entrada, pensando que allí había terminado el negocio, pero Zóbel, sobreponiéndose al aturdimiento, escoge dos cuadros y, con aire de refinada solvencia, le pide un precio al pintor. Bonifacio, algo escamado, exagera y contesta que cada cuadro vale treinta mil pesetas, aguardando, expectante, la señal para el regateo.

Aunque Bonifacio nunca ha sido un místico, siente en este momento la necesidad de ser exacto, y se agarra sin darse cuenta a la norma de Gertrude Stein, que en estos casos siempre mantenía que un cuadro, o bien vale trescientas pesetas, o bien vale trescientas mil, con lo que Bonifacio apuesta por lo grandioso, que es lo que íntimamente le parecen treinta mil pesetas por uno de esos cuadros que además, de haber dispuesto de más tiempo, habría deseado mejorar.

Lo que Bonifacio no podía esperar era que Zóbel, en lugar de alarmarse, aceptara la oferta como lo hizo: con apremiada obsecuencia, el peregrino de la belleza primero dijo sí, y luego, acompañando sus palabras con gestos que traslucían admiración, dijo que cada cuadro no valía menos de cincuenta mil pesetas, entregando en mano cien billetes de mil, que es cuando Bonifacio pensó que Fernando Zóbel era de esa clase de hombres excéntricos que tienen la calamidad de no escuchar su propio juicio.

 

Sábado, 10 de Septiembre

 


Pastiche

viernes, 9 de septiembre de 2022

Rocanrol. Get The Water. Live At The Pheline

 

 

¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,
que hasta sus propios pies así la pisan?
un gato es el lindero entre ella y yo,
al lado mismo de su tasa de agua



 

Classic Rock In Pics
@crockpics

 


 

Moral y Derecho


Max Stirner

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Un cronista parlamentario único dijo una vez, año 33, en sus “Acotaciones” de ABC, que había que tener cuidado con los fotógrafos: “Entran en el hemiciclo y, aprovechando la afluencia de diputados desconocidos, ocultan su cámara bajo un escaño y se quedan allí para siempre hasta que en una crisis apurada les hacen directores generales o ministros”. Los fotógrafos se indignaron.
    

–Me parece muy natural –respondió el cronista– que un país donde suceden tantas cosas grotescas exija como comentarista un Kempis. Sólo los pueblos graves, como Inglaterra, admiten a un Swift.
    

Los sofistas tenían una receta para estas ocasiones: contra la risa, la seriedad; pero contra la seriedad, la risa. Cuando Guerra, el director teatral que redactó la Constitución con Abril, un ingeniero agrónomo, declara que “en ese documento estará mi firma” (se refiere al folio del partido con la petición de indulto para Griñán), y lo declara con la solemnidad con que Malesherbes hubiera pedido el indulto para Luis XVI, ¿la situación es de risa o de seriedad?
    

Si de seriedad, diríamos de risa que en el constitucionalismo guerrista debe de existir una cláusula Robin Hood para el “Rule of Law”, que traducida al “Estado de Derecho” se llamaría cláusula Luis Candelas, dado que la base jurídica del indulto es que el reo no se apropió de un solo euro de los millones que faltan y que a lo mejor sólo son otra “ensoñación luciana”, como el “Prusés”, en la democracia que con tanto trabajo nos dimos todos al grito de “Tó pal Pueblo” (Rumasa), con su Boyer y su García Pelayo.
    

Y si de risa, diríamos muy serios que ese indulto supone arrancarle otro pelo al lobo, no al “Estado de Derecho” del cómico Elías Díaz, una tautología para cazar pajaritos con liga, sino al Derecho y a la moral, que en España se baten en retirada.
    

La moral y el Derecho, nos dice un jurista preterido por el Régimen, querían infundir a la convivencia social el carácter fundamental de la vida humana, “desvivirse por mejor vivir”, por lo cual no venían a aquietar la convivencia, sino a irrumpir en la sociedad con propósito contrario.
    

–La sociedad de los hombres no alcanza la dignidad de humana hasta que la penetran moral y Derecho, que son ahijados de la libertad, porque el Derecho y la moral vienen al mundo a decir no, aunque no dicen su no (un no ilustrado, discreto y crítico) sino para proponer un sí.
    

El responsable del estado moral de una nación es el gobierno que lleva largo tiempo en el poder (casi medio siglo, aquí), anota Madame de Stäel, sobrecogida por “la muerte terrible” del abogado defensor del rey, Malesherbes, guillotinado tras presenciar en el patíbulo la ejecución de su hija, de su yerno y de sus nietos, y afina:


    –¿De dónde procedían esas tendencias desordenadas que se desarrollaron con tanta violencia en la Revolución, si no era de cien años de gobierno arbitrario?
    

El derecho, diría Stirner, es un capricho transmitido por un fantasma.

[Viernes, 2 de Septiembre]

Rocanrol. God Save The Queen

 

 
Freddie Mercury
 

Paul McCartney


 
Eric Clapton, Jimmy Page (Led Zeppelin)
 y Brian May (Queen)
 

 
Michael Jackson
 

 
 The Beatles

 
Queen
 
 
POSDATA
 

 


Viernes, 9 de Septiembre

 

 

Chupóptero

He almorzado solo

 

9-9-99

 

He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido

jueves, 8 de septiembre de 2022

En la muerte de la Reina de Inglaterra


 Coronación

 

Sólo un monarca puede controlar a las elites

 

CURTIS YARVIN






Fue Bagehot, el teórico de la Constitución inglesa del siglo XIX, quien mejor describió la diferencia entre Isabel I e Isabel II. Dividió a los soberanos en efectivos (en realidad, en control del Estado) y dignos (una Kardashian coronada, un hombre-muñeco merovingio de pelo largo). Una versión más moderna de estas etiquetas podría ser operativa y ceremonial. Isabel I era la Isabel operativa. Isabel II es la Isabel ceremonial. Un disfraz de Reina.

 

***

 

Los Tudor reinan y gobiernan; los Windsor solo reinan, pero no gobiernan. (Cromwell, también monarca, gobernó, pero no reinó).

 


Lo que nos enseña esta “prueba de Elizabeth” es que es obvio incluso para los perros en la calle que la democracia ha seguido el camino de la monarquía, volviéndose ceremonial o digna. La eliminación en el siglo XX de la política y los políticos, y por lo tanto de los votantes y las elecciones, de la autoridad real sobre el gobierno, fue el gran cambio de guardia del siglo.

 

***

 ¿Cómo es que las monarquías se volvieron ceremoniales? En general, no en un solo paso. Más bien, su primer paso fue volverse constitucional. Resulta que tan pronto como una monarquía pierde algo de poder, muy pronto pierde todo el poder y, a menudo, también la cabeza.

 

Y el poder es un tiburón. Tiene que seguir moviéndose. El poder por el poder es un pez muerto. ¿Qué quiere hacer Carlos III con su Gran Bretaña? ¿Qué tiene él el poder de cambiar?

***

E incluso nosotros, los estadounidenses, podríamos deshacernos fácilmente del enorme cadáver de nuestro régimen del siglo XX apelando a un poder superior para restaurar el orden, si existiera tal poder. Un día podemos elegir un presidente con el mandato de ceder pacíficamente la soberanía a nuestro legítimo rey, Carlos III.


CLIC


 
Brighton
 
 

Honi soit qui mal y pense (Al hilo de la Monarquía Británica)


 Noblesse oblige

 
 
Jean-Juan Palette-Cazajus
 

Ésta es una de las dos frases en viejo franco-normando que figuran en el escudo oficial de la monarquía británica. Puede traducirse por “deshonrado (o avergonzado) quede quien piense mal”. Tiene que ver con las supuestas circunstancias, sin duda  bastante apañadas, como corresponde a la labor de toda memoria mitógena, que dieron lugar a la instauración de la Orden de la Jarretera. Simbolizada ésta por el lazo azul que figura en el  centro del escudo.

La otra es “Dieu et mon droit”, fundamental, ya que es la divisa que figura a los pies del escudo. Quien la introdujo fue el rey Enrique V (1386-1422) en el peor momento, para los franceses se entiende, de la Guerra de los Cien Años. Tras el desastre de Azincourt, en 1415, que vio la carga desastrosa y anárquica -“business as usual”-  de la caballería francesa, sepultada en el barro y abrumada bajo las nubes de flechas disparadas por el temido “long bow” inglés. De modo que en 1420, Enrique V y el rey de Francia Carlos VI, personaje enfermizo y más que medio loco, firmaban el tratado de Troyes que acataba las históricas pretensiones de las dinastías franco normandas y les concedía el trono de Francia a la muerte del monarca reinante. “Dieu et mon droit” es expresión que simboliza aquellas pretensiones. La milagrosa irrupción de Juana de Arco en los años siguientes evitó el desastre.



 Escudo de armas del Reino Unido

Pero a los reyes de Inglaterra les daría por seguir ostentando el título de rey de Francia nada menos que hasta la Paz de Amiens, firmada en 1802 entre el Reino Unido por un lado, la República Francesa, España y la República Bátava por otro. El caso es que si “Dieu et mon droit” es lema que casa perfectamente con las referencias de una monarquía construida sobre el pacto y el derecho, hay quien sostiene que la aparente cópula “et” es una corrupción antigua por “est”. Entendiendo que en este caso la frase real fuese efectivamente “Dieu est mon droit”, o sea “Dios es mi derecho” en lugar de “Dios y mi derecho”, la consecuencia supondría una reivindicación, por parte de la monarquía inglesa, de su prosapia divina. ¡Trascendental querido Watson! Isn't It?

Entiendo que las anteriores divagaciones puedan resultar enojosas para más de uno. En este caso la hoja de reclamaciones debe dirigirse al castillo de Windsor. Porque estas lucubraciones y más aún las que van a seguir, fueron surgiendo como consecuencia de la ascendente irritación que se fue apoderando de mi cabeza, últimamente para pocos trotes, al ritmo de los telediarios que abrían o cerraban con las noticias del pasado -entonces inminente- bodorrio principesco. Este tipo de acontecimiento peluquero no tiene por que ser forzosamente indiferente. Siempre cabe extraer sabroso jugo etnológico de su contemplación. Pero en este caso la pereza y la indiferencia fueron más fuertes. No vi el connubio en la caja tonta pero, tras el agobio de los comentarios previos, hubo que soportar los posteriores y me volvieron a cabrear los desproporcionados minutos consagrados a la cosa en los canales públicos de la República Francesa. Particularmente el hecho de que una emisión diaria de debate, de muy digno nivel habitual, le dedicara uno de sus espacios.



Escudo de Felipe VI como caballero de
 la Orden de la Jarretera

 
De modo que, al final, burla burlando, no tuve más remedio que tragarme, a toro pasado, varios retazos del galáctico himeneo. Mi primera impresión fue de necedad absoluta. Que pronto se tornó en sentimiento del absurdo cuando me di cuenta de que no había gesto, mirada o pestañeo mínimos de la novia estelar o de cualquier otro protagonista que no estuvieran pensados para ingesta de las cámaras. La sensación de un irreal teatro de marionetas se hizo total. Decenas de millones de papanatas habían esperado un espectáculo que los apartara de su letargo habitual y lo que vieron era exactamente aquello con que habían soñado. Es decir que, al final de la comedia, cualquier posible realidad se había tornado ficción estandarizada. Pura rutina ficticia eran inicialmente los protagonistas del espectáculo, y en puros productos de su propia ficción se habían convertido los rutinarios espectadores. Como anticipara MacLuhan, no había mensaje fuera del medio. Detrás y delante del espejo, toda humanidad se había ausentado de la representación.

Parece que los “especialistas” de esta clase de eventos consideraron que dichas nupcias iban a señalar un hito en el estilo de las bodas de realengo. Es verdad. El hito más importante del celebrado enlace fue su dimensión de primera boda “post real”. Entendido el adjetivo en su referencia tanto a la realeza como a la realidad. El supuesto y cacareado estilo “rompedor” del pasado sarao no fue síntoma de reverdecimiento sino de agonía. Agonía de la realeza y agonía de la realidad. Fue aquella boda un espectáculo enteramente virtual. Es decir irreal, es decir absurdo.


 La reina Victoria

 
Los currinches dedicados echaron mano de sus inagotables existencias de material casposo. No nos ahorraron nada. Ni lo del “cuento de hadas” ni lo de “los fastos inmemoriales de la monarquía británica”. No será la primera vez que aludo al libro esencial de Eric Hobsbawm y Terence Ranger,  “La invención de la tradición” . Allí encontraréis un capítulo titulado: “Orígenes, tradiciones y ceremonias de la monarquía británica”. Los autores muestran de modo harto fehaciente que en este caso como en tantos otros, las supuestas “tradiciones inmemoriales” suelen ser asombrosamente recientes. «La mayoría de las pompas reales organizadas en Inglaterra a lo largo de las tres cuartas partes del siglo XIX –dicen los autores– oscilaron entre la farsa y el fiasco».

En 1817, en el funeral de la princesa Carlota, hija del príncipe regente, los enterradores estaban borrachos. En 1820, en “The Black Book” y aludiendo sin duda a la coronación de Jorge IV, se podía leer: «El aparato y el espectáculo […] todo aquello se vuelve ridículo ante la mirada de los hombres instruidos». Las carrozas reales, que hoy nos parecen “románticas” o “exóticas” sólo parecían caducas y sus dorados estomagaban a los estetas. Durante los funerales, «largos y fastidiosos», de Guillermo IV, tío paterno y predecesor de la reina Victoria, en 1837, «las personas presentes deambulaban, reían, charlaban y se mofaban en las inmediaciones del féretro». Del acto de la coronación de la propia Victoria dijo el historiador Roy Strong que «la ceremonia de 1838 fue la última de las coronaciones desastrosas». Transcurrió entre la incoherencia y la confusión, entreverada de incidentes cómicos y acompañada por una música nefasta. El excelso hombre de estado y también buen novelista Benjamin Disraeli (1804-1881) dijo que los participantes actuaron sin orden ni concierto y que clamaba al cielo la falta de ensayo. Eso sí, el auge de los ferrocarriles trajo mucha gente a Londres, pero bien pocos de ellos pudieron presenciar el acto.
 

 Los objetos del nuevo ritual tradicional

 
De modo que tras el desastroso evento, se imponía la evidente necesidad del invento. Los más de 63 años del reinado de Victoria dejaron tiempo de sobra a un grupo de historiadores próximos a la corona para poner a punto el nuevo protocolo de la coronación, descartando algunas tradiciones antiguas -como la del “campeón del rey, o de  la reina”, un caballero vestido con armadura que desafiaba a quien cuestionara la legitimidad del entronizado/a- modificando otras e inventando las que hicieran falta, según un proceso, dicho sea de paso, que era exactamente el mismo sobre cuyas bases construyeron su historia la mayoría de los nacionalismos del siglo XIX. Así intentamos mostrarlo, con mejor voluntad que acierto, en una serie de trabajos interrumpidos por razones de fuerza mayor. También aquellos doctos gentlemen codificaron rigurosamente el transcurso del ritual, el listado y función simbólica de los objetos utilizados, así como el orden y la precedencia de las personalidades presentes. De modo que la novísima pompa “inmemorial” de la coronación pudo estrenarse con motivo de la subida al trono de Eduardo VII (1841-1910), en 1902. Luego, el ritual no dejó de pulirse, completarse y adaptarse hasta nuestros días.

Otro de los tópicos asociados a la monarquía británica es el de su “connaturalidad” con el supuesto “modo de ser” de la nación. Recordemos que los ingleses le cortaron la cabeza a su rey –la de Carlos I, en 1649– 144 años antes que los franceses. En realidad, la moderna y artificial puesta a punto del “inmemorial” boato británico se proponía, entre otras cosas levantar el prestigio de una monarquía en horas bajas. Horas bajas explicables por el acelerado tránsito del Reino Unido desde una sociedad rural y aristocrática a una sociedad urbana y burguesa, también la más industrializada de Europa.  La base social, caracterizada por la presencia de un inmenso proletariado analfabeto, alcoholizado y desheredado, era mayoritariamente indiferente, cuando no hostil, tanto al prestigio de la realeza como al de la vigente construcción del imperio colonial. Durante su largo reinado, Victoria fue víctima de 7 tentativas de asesinato. En cuanto a la prensa se mostraba generalmente reservada y más bien desafecta frente a la institución. Por no hablar del puritanismo de la Iglesia Anglicana que recelaba de las ceremonias demasiado musicales y ostentosas.
 

 Marianne por Rodin. 1876

 
A partir de 1870, Francia procede por su parte a la construcción de su Tercera República. También ella se dedica a inventar las tradiciones y símbolos “seculares” que servirán para fortalecer el nuevo régimen. Todos los símbolos iconográficos republicanos hoy considerados como fundamentales nacen en esa época, empezando por el personaje y las representaciones estatuarias de “Marianne”, símbolo femenino de la República, entre diosa madre mediterránea, Virgen María laica, robusta Afrodita helénica y reina ciudadana. La Fiesta Nacional del 14 de julio se instaura en 1880 y el “tradicional” desfile militar sobre los Campos Elíseos sólo recorre regularmente la famosa avenida... desde 1980. Anteriormente su ubicación solía cambiar con frecuencia según capricho del presidente de la República de turno.

No nos quepa la más mínima duda, la reinvención, codificación y fijación de los “inmemoriales fastos de la monarquía británica”, a partir de finales del siglo XIX,  coincidió con la creación de la simbología republicana francesa. Mucho tuvo que ver con una voluntad consciente de contrarrestar aquella posible influencia ideológica en un momento en que iba calando efectivamente entre las masas obreras e incluso entre los miembros de las “Trade Unions”. Durante aquellos años se puso en marcha el nuevo papel de la institución monárquica consistente en presentarse como «un foco de estabilidad en una época de grandes trastornos». Así mismo, fue la relativa indiferencia de buena parte de los británicos frente a la aventura imperial la que llevó el gran Disraeli a persuadir a la reina Victoria de ostentar el título de “Emperatriz de las Indias”.

 

 Jubileo de diamante de la reina Victoria. 1897

 
Toda la actual parafernalia real se gestó, pues, durante el último cuarto del siglo XIX y empezó a funcionar con el cambio de siglo. En 1897 se celebró el jubileo de diamante de la reina Victoria con motivo de sus sesenta años de reinado. El ministro de colonias, Joseph Chamberlain, padre de Neville, el de los Acuerdos de Munich en 1938, sugirió combinar el jubileo de la vieja soberana con un gran festival del Imperio Británico y aquello proporcionó la ocasión para estrenar la primera muestra “new look” de aquellas apariencias aparatosas. Quien lo desee podrá encontrar en You Tube primarias y borrosas filmaciones de aquel evento por British Pathé, con el protagonismo de los ahora consagrados landós reales, entonces casi de estreno, y el novedoso -hoy clásico- séquito de las grandes ocasiones. Victoria murió en 1901 y la coronación de su hijo Edward VII, al año siguiente, significaba a su vez, como ya adelantamos, el estreno del nuevo ceremonial. 

Las balbuceantes tomas iniciales de British Pathé en 1897 nos dan por fin la clave de la cuestión: para que haya espectáculo tiene que haber espectadores. Dicho de otro modo, sólo hay ostentosas ceremonias reales desde que existe un público susceptible de contemplarlas. Es decir que nacieron con el cine, sólo capaz de trasladar las imágenes hasta públicos numerosos y distantes. Así de sencillo.

En las semanas anteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido movió pies y manos para mantenerse al margen de un conflicto que, cualquiera que fuese el vencedor, dejaría a Francia y Alemania desbaratadas y exhaustas. Ya se imaginaba sin competencia, entonando definitivamente el “Rule Britannia”. No pudo ser y el país salió, él también, arruinado y muy debilitado de la catástrofe. Las clases populares urbanas tenían la clave de la hegemonía electoral. Dos componentes contribuirán a la reconstrucción de la cohesión nacional, el papel de la recién creada BBC y las ceremonias reales, retransmitidas en todas las salas de cine. Su cometido consiste en difundir la imagen de una monarquía políticamente neutra y personalmente admirable, gracias al esplendor del ceremonial, antes ridículo, ahora nostálgicamente anacrónico y al mismo tiempo edificante y mesurado. Aquella época culminó con el impacto mundial, gracias a la novedad del medio televisivo, de la coronación de Isabel II el 2 de junio de 1953. Todo lo que vino después solo fue señalando el paso progresivo de la realidad hacia la ficción. En el Reino Unido la monarquía se convirtió en un paliativo confortable a la pérdida del estatuto de potencia mundial. Lo que confirma Hobsbawm cuando considera que existe una tendencia nacional británica en «exaltar la monarquía en el momento en que el prestigio nacional declina».
 

 Jubileo de diamante de la reina Isabel II. 2012

 
Para la inmensa mayoría, lo que define las monarquías es el carácter dinástico. Este es en realidad su punto flaco, simbólicamente sugestivo, racionalmente insostenible. En realidad las monarquías iniciales, algunas hasta hace muy pocos siglos, fueron electivas. Así el Santo Imperio Romano Germánico hasta Carlos V y los Habsburgo, con sus siete “Grandes Electores”, así las coronas de Polonia, de Hungría, de Sajonia, de Bohemia. Monarquías electivas, no precisamente democráticas. La elección era entre Pares, Grandes, Magnates, unas élites aristocráticas impepinablemente dispuestas a arruinar el país a sangre y fuego cuando sus ambiciones quedaban frustradas. De allí la opción dinástica como mal menor. La percepción dinástica solo puede ser sagrada, intocable e incuestionable. Fue así en Europa durante no más de 5 o 6 siglos. La decapitación de Luis XVI acabó con el tabú de la sacralidad dinástica no solamente en el inconsciente colectivo de Francia sino en el de toda Europa. No es el momento de meternos en cuestión tan compleja. Digamos que no hay monarquía alguna hoy en Europa que sea otra cosa que una opción. Particular y definitivamente frágiles son las monarquías que padecieron interrupciones históricas para dejar sitio a otro tipo de regímenes. Las roturas en el sentimiento de continuidad histórica anticipan siempre un desenlace letal.

De alguna manera, todas las monarquías actuales han vuelto a ser, finalmente, electivas. Esta vez en el sentido del sufragio universal. La llamada “Francia insumisa”, más o menos la versión local de “Podemos”, tacha al actual régimen presidencial de “monarquía republicana”. Siendo en este caso “monarquía” el término problemático. En Francia, en el año 2000,  el tradicional septenio presidencial quedó reducido a quinquenio. Mitterrand tuvo la suerte de poder gobernar durante 14 años. Ningún proyecto político puede cumplirse sin tiempo para desarrollarlo y no es la menor paradoja del  trágico siglo XX  la de comprobar que los únicos que pudieron beneficiarse de la “duración” bergsoniana fueron los dictadores y los totalitarismos. De la aparente serenidad de las monarquías bátava y escandinavas, no sé lo suficiente para enjuiciarlas. De la monarquía española poco cabe dudar de que también se trata de una “monarquía republicana”, pendiente del hilo de la opinión. Siendo en este caso, a la inversa del caso francés, “republicana” el término problemático. En cuanto al misterio de la monarquía británica, será siempre -no hemos dicho eternamente- su capacidad de supervivencia entre lo imprescindible y lo irrisorio.
 

Decapitación de Luis XVI

Un emprendedor

 


Vida del pintor Bonifacio. Cubismo desamparado III

  


BONIFACIO

Turner, 1992

 

Ignacio Ruiz Quintano

 

SIETE
Cubismo desamparado III



En esta época conoce Bonifacio a Julio García Sanz, un discípulo de Olasagasti al que Bonifacio recuerda como al hombre que lo enseñó a pintar. García Sanz se lleva a Bonifacio a pintar los cielos, y Bonifacio discute con García Sanz porque García Sanz no entiende que Bonifacio, siendo todos los cielos azules, se empeñe en pintarlos negros, pero Bonifacio continúa pintando los cielos como los ve, hasta que un día, “pintando a una francesa que había venido a comer marisco”, Bonifacio pinta una cabeza que impresiona vivamente al crítico Villota.

Villota era un crítico de arte muy amigo de García Sanz, cuyo estudio visitaba a menudo. Ese día, Villota llamó a la puerta, entró y dijo: “¡Hombre, Julio, qué retrato más estupendo!” Y era el retrato que Bonifacio había pintado de la francesa mientras la francesa se comía el marisco, con lo que Julio García Sanz, que había pagado el marisco, pero que, sobre todo, había descubierto al discípulo, declara que Bonifacio, a los efectos artísticos, es ya un liberto.

Bonifacio, sin embargo, por apego y otras cábalas –el estudio de Julio García Sanz lo utiliza él casi en exclusividad–, decide continuar al lado de su maestro, y se dispone a pintar en serio. Un año después, en 1958, organiza la primera de sus exposiciones individuales, en el Ateneo de Guipúzcoa.

Aun así, Bonifacio no renuncia a esa suerte de fatalismo personal que había ensayado de niño para poder estar de mayor siempre dispuesto a perder todo en cualquier momento, como un señor.

A sus veinticuatro años, se casa por la mañana, pinta por la tarde y toca la batería por la noche en una banda de jazz –Bonifacio nació en la Edad del Jazz– que ha reunido Perico Salinas, “un músico muy bueno”.

Bonifacio es baterista de jazz, de salsa y, ya puestos, de pasodobles. Toca con su banda en El Zorongo, y quienes los escuchan se alucinan como si se encontraran en las mismísimas Islas Sonantes de Rabelais.

De todos los ritmos se ocupa Bonifacio, que pasa por percusionista jamaicano para todo el mundo menos para un celoso funcionario sindical con ganas de marear que le exige el carné de miembro de Actividades Diversas para poder tocar la batería en bodas y banquetes, y a sus treinta y tantos años, con presurosa y casi alegre resolución, Bonifacio se matricula en el Conservatorio. “Una vergüenza que no veas –dice–, ir al Conservatorio”, porque en el Conservatorio había que cantar las notas de la escala musical en grupo y con todos los niños.

Pasa por el aro de la burocracia sindical haciendo de tripas corazón, pero Bonifacio, finalmente, aprueba los exámenes, y con el carné de Actividades Diversas en el bolsillo trasero del pantalón ya puede dedicarse, con su banda, a hacer bolos: salsa en las fiestas de los pueblos, pasodobles en las bodas y jazz, siempre jazz –con mucho saxo– cuando se trata de tocar lo que a los músicos de la banda les gusta. Su fama, la de la banda, ha traspasado las fronteras, y de repente reciben una llamada de Hamburgo, donde quieren verlos tocar, pero la oferta no es muy golosa –orquesta única, lo que supone actuar ininterrumpidamente durante ocho horas diarias en un garito del barrio chino–, y declinan la invitación.

Curiosamente, Bonifacio emplea en estos años más horas a la batería que a la pintura. Socialmente, a los ojos del vecindario no deja de ser un pordiosero.

 

 

Jueves, 8 de Septiembre

 


Persiana

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Vida del pintor Bonifacio. Cubismo desamparado II

                        


[Detalle del retrato de Bonifacio por García Alix en el libro]

 

BONIFACIO

Turner, 1992


Ignacio Ruiz Quintano

 

SEIS
Cubismo desamparado II


En el extranjero, el biquini ha hecho ya su curvilínea aparición, y Adorno se rebela contra la monstruosa fusión de la cultura, de la publicidad y de la diversión industrializada, si bien el fenómeno, lo mismo que su descubridor, todavía no es comprensible en España. La del individuo libre, despreocupado, creador, y su correspondiente, el éxtasis frívolo del yo, es una teoría occidental demasiado avanzada como para sorprender descuidado al indomable espíritu español, constituido en reserva nacional de lo universal.

Estamos en los cincuenta, y los cincuenta es la década de las imitaciones. Si en España los malos toreros remedan a Belmonte, en América los malos cineastas remedan a Capra, y en 1956 cometen una versión infame de “Sucedió una noche”, aquel saco de óscares para Claudette Colbert por enseñar la pierna y para Clark Gable por levantar el dedo. Esa pierna y ese dedo habían derrumbado por sí solos las murallas de Jericó, simbolizadas en la manta colgada para separar las dos camas del motel, y el mundo, sin murallas de Jericó, no volvería a ser el mismo.

En España, sin embargo, los españoles siguen en 1956 sin renunciar a la camiseta masculina, cuyo uso, gracias a Clark Gable en “Sucedió una noche”, está desterrado por la moda desde hace veinte años, y hay que vender camisetas. Los publicistas nacionales, ignorantes de la locura tecnológica que se apodera del mundo, basan en el dibujo más o menos artístico toda la magia del reclamo comercial, y los artistas que carecen de posibles para alquilar un estudio en París descubren que la única manera de defenderse es poner su talento al servicio de la publicidad.

Bonifacio se coloca en Industrias Nerecán, y una de sus labores principales consiste en perfilar modelos del natural, pero, en un país de hombres en camiseta, ¿cómo contemplar modelos femeninos en el seno augusto de la Naturaleza?

El mercado de modelos femeninos está por las nubes, y los empleados, si quieren perfilar esos desnudos, no tienen otro remedio que reunirse y entre todos costear los servicios de una puta dispuesta a dejarse pintar, lo que, a la larga, tampoco se presenta como un socorro artístico, porque la cuestación, por un lado, y, por el otro, la inevitable furia sexual –nostalgia de la escultura, en boca de los parnasianos–, hacen que el negocio deje de redituar.

Bonifacio, como artista, tiene más razón que la realidad, pero la realidad no se da por vencida, y Bonifacio busca fortuna entonces en Publicidad Eiffel, donde se mata a dibujar, y lo mismo portadas para fundas discográficas que etiquetas para latas de escabeche destinadas al consumo de españoles en camiseta y bien ajenos al certero y poderoso instinto del dibujante que los guía.

 

 

Get The Water. A hora que no hay quien vaya

 

Get The Water

 

A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tánto qué será de mí,
todas no están mías
a mi lado



 Classic Rock In Pics
@crockpics

Miércoles, 7 de Septiembre

 


Trago

martes, 6 de septiembre de 2022

Vertebrados gaseosos

Ernest Haeckel

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    El “vertebrado gaseoso” de Ernest Haeckel (el tipo que inventó la “ecología”) es un ser superior (vertebrado) e invisible (gaseoso). Como el Hombre Nuevo del Consenso, ya de “rentrée”. Si son invisibles ¿cómo sabemos que regresan del veraneo? Por los aparcamientos: toda la mugre que la incuria municipal acumula en Madrid vuelve a quedar oculta bajo los coches, que ahora son eléctricos: gusiluces del tonto contemporáneo para combatir el miedo a la oscuridad, que es el futuro.


    ¿Y qué es el Consenso? Una transgresión moral, en palabras de quien lo estudió a conciencia:


    –Una transacción sobre principios donde cada uno tiene que renunciar a ser lo que es para estar todos juntos en lo que nadie es: en el Estado.
    

Todo en el Estado, todo por el Estado, nada sin el Estado. Esta España socialdemócrata de paguita, calzón y bicicleta (¡los vertebrados gaseosos!) es una sociedad individualista que cultiva el individualismo de Estado. Pero el hombre “piensa por mor del pienso” (Ramiro Rico), e históricamente la sociedad que se confiesa por el individualismo tiende, irremediablemente, a colectivizar los individuos, a crear e imponer un modelo “standard” de individualidad, eso que tenemos delante.


    El teatrillo nacional del Consenso es tan ordinario que hasta la indignación moral por los indultos de turno suena falsa, con una Constitución que hace la misma función que la pegatina de la Itv en la luna del coche, y sólo es un hablar, porque la pegatina, si no la llevas al día, te cuesta noventa euros de sanción, mientras que la Constitución puede saltársela el gobierno con el apoyo incondicional del cuerpo social que lo sufre, que ahí reside la grandeza de mandar sin separación de poderes, cuando el designado (no elegido) para el mando legisla, juzga y ejecuta (“para sentirse más asentado, valga la redundancia”, como dice Morientes en el fútbol).


    Ningún tirano antiguo gozó de la cobertura cínica que dispone un jefecillo en un moderno Estado de Partidos, ni siquiera aquel Petrucci, “insignificante y malvado”, que en Siena, cuenta Burckhardt, gobernaba con un jurista y un astrólogo (Bolaños y Alvares, o al revés), y cuyo mejor pasatiempo veraniego consistía en hacer rodar grandes bloques de piedra monte Amiata abajo (aquí vuelan presas y centrales térmicas), “sin preocuparse por el objeto o la persona que pudiera aplastar”.
    

El vertebrado gaseoso frutece, pues, en tiranía. Coulanges repara en que la aparición de la palabra “tirano” en la lengua griega marca el nacimiento de un principio que las generaciones precedentes (que sólo a la divinidad habían hecho acto de sumisión) no conocieron: la obediencia del hombre al hombre.


    –La obediencia a un hombre, un poder de origen y naturaleza completamente humanos, había sido desconocido por los antiguos, y sólo fue concebido el día en que las clases inferiores buscaron un nuevo gobierno.
    

La nueva España de paguita, calzón y bicicleta.

[Martes, 30 de Agosto] 

El hijo de la Sirena Varada

 

 




Haciendo el futuro, de Bañuelos, en Príncipe de Vergara

(Cierta influencia)

Martes, 6 de Septiembre

 

Milla de Oro